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So Far Away — capítulo 1
Will you stay away forever?
Yo te lo repetía no dos, cien, ni siquiera miles de veces: te lo dije un millón de veces, ni una más ni una menos. Un millón de veces que te lo dije, a la luz de la fría y solitaria luna, o de la cándida gran estrella del día, o bajo el manto brillante de un millón de estrellas. Ahí estaba yo, día y noche, insistiéndote con mi voz silenciosa, brincando agitado para presionarte o tocando una sinfonía romántica que te hiciera sonrojar. Te insistí tantas veces que seguro en algún momento ganas tuviste de lanzarme al lago, para que me devorara el calamar, pero curiosamente nunca lo hiciste.
"Díselo" te susurre mientras la observabas reír con sus amigas. "Díselo" te repetí, mientras escondías los poemas que le escribiste debajo de tu almohada. "Díselo", cuando tropezabas por haberte distraído devolviéndole la sonrisa que te lanzó. Díselo, díselo, díselo.
Pero… ¿Cómo decírselo? ¿Cómo decirle que no parabas de pensar en ella, que era ella la protagonista de tus sueños, la acompañante de tus pensamientos diurnos? ¿Cómo decirle que te temblaban las rodillas al hablarle, que te ponías tan rojo como un Weasley cuando ella te tocaba, que a veces no sabías de que hablarle, y te quedabas callado, avergonzado y sintiéndote un pelmazo? ¿Cómo decirle que ardías en celos al verla reír con alguien que no fueras tú, que quería patearle el engreído trasero a ese Potter? ¿Cómo decirle que su presencia te reconfortaba, y hacía que yo me acelerara, tanto que creías que ella lograba escuchar mis latidos?
¿Cuándo, por qué ella, cómo, dónde? No podías responderte esas simples preguntas, no lo recordabas, no lo habías pensado, no querías hacerlo: simplemente estabas enamorado, como fuera, donde fuera, por el motivo que fuera.
*"Entonces, díselo"*te dije. Pero tú te negaste casi inmediatamente, permitiéndote por un segundo el lujo de imaginar, imaginar que se lo decías y que ella te correspondía. Pero eran sólo imaginaciones, escenas románticas que nunca te atreverías a realizar, sueños imposibles. ¿Por qué imposibles? ¡Pues simple! Porque no encontrabas en ti ninguna maldita cualidad, ningún atractivo que pudiera enamorarla. ¿Quién amaría, después de todo, al flacucho y terriblemente raro chico de la nariz ganchuda, la ropa andrajosa y el pelo grasoso?
Pero a pesar de esas crueles y poco motivadoras afirmaciones que te hacías antes de irte a dormir, ahí estabas al siguiente día detrás de ella, silencioso y acosador, saludándola tímidamente mientras sus amigas te veían raro, sonriéndole para darle ánimos cuando estaba nerviosa. Ahí estabas siempre, a pesar de que te repetías a ti mismo que no había ninguna esperanza, que para ella eras solamente su amigo, su amigo raro y feo. Ahí seguías tú, perdidamente enamorado.
"¡Díselo!" Siempre hay que escuchar a tu corazón, rumorean los enamorados. Y yo te dije en ese entonces: "Escúchame pues, y haz lo que te digo. No tienes nada que perder: ya soy un corazón frío lleno de cicatrices al que le cuesta latir, al menos que sea ella la causante, entonces bailar dentro de tu pecho se vuelve pan comido."
"Tengo una idea", te comente, entusiasta: ve hacia aquella iglesia adornada de lirios y rosas, camina con paso decidido, no, no tiembles. Que no te importe nada, que lo único que necesites para vivir sea ella. Que te den igual los murmullos de la gente al verte, ignóralos, que lo único que quieras que murmuren entre tazas de té y meriendas sea que la amas. Que no te importe si el mundo se pone en tu contra, mientras estén juntos.
Entras a la iglesia, interrumpes la ceremonia, las miradas desdeñosas se clavan en ti como espinas. Pero entre tantas espinas encuentras una flor hermosa, vestida de blanco, con una corona de lirios sobre su cabello apasionado. Ella te mira sorprendida, se le escapa una sonrisa. Avanzas por el pasillo, paso fuerte, decidido, la tomas tiernamente de la mano. La miras a los ojos, te olvidas de todo, de que hay mil pares de ojos mirándolos, de que estás frente a tus enemigos, de que no es el mejor momento. Miras sus ojos verdes, y te vuelves a enamorar de ellos, como la primera vez que siendo sólo un niño los miraste. Al mirar esos ojos verdes, te perdiste en el laberinto de sueños y sentimientos que eran, y jamás encontraste la salida.
Y se lo dices. Finalmente, después de tantos años imaginando el momento. Se lo dices sin temblor, después de tantas noches en vela pensando en ella. Se lo dices sin duda, después de todo el dolor. Y ella te sonríe, jamás ha sonreído de esa manera, y te dice que te también te ama, con lágrimas en los ojos, henchida de la felicidad. Y tú sólo cierras los ojos, creyendo que todo es un sueño…
Y al abrirlos, suspiras aliviado al verla dormida a tu lado: su eterna y embriagadora melena roja resbalando por las sábanas blancas, el sonido de su tranquila respiración arrullándote, su olor floral y fresco atrapándote con dulce seducción. Ahí está ella, a tu lado: ella sigue aquí, como siempre.
Estiras la mano, pálida y afilada, garra de murciélago, para acariciarla. Me acelero al tratar de detenerte, casi puedo salirme de tu pecho, escuchas a mis latidos agitados bombardearte; pero nada es suficiente, testarudo, ignoras mis advertencias, sumido en tu fantasía, embriagado en tu amor, tan intenso como el primer día. Rozas su rostro de porcelana con la punta de los dedos, suavemente, cuidando no romper a esa frágil criatura con tus toscos movimientos. Está cálida, siempre ha sido cálida, y hermosa, muy hermosa.
Sonríes al enterrar tu mano en su cabello, pero entonces es cuando aquel cruel juego termina: tu mano se cierra en la vacía y oscura soledad, tus dedos atraviesan solamente el aire. Y es entonces cuando despiertas, y te encuentras solo en tu fría habitación de siempre, las mismas sábanas heladas, las mismas cortinas corridas, el mismo vacío de la ausencia. Y tú sigues siendo aquel poema nunca escrito, aquel beso nunca dado, aquel cadáver que no ha muerto. Sigues siendo el mismo ser atrapado entre la verdad y la mentira, sin pertenecer a ninguno de los dos, sin encontrar la dicha en los dulces e imposibles sueños ni en la cruel y despiadada realidad. Sigues siendo aquel chico que nunca le confesó su amor a esa chica pelirroja.
Pierdo mi ritmo, me vuelvo silencioso, sintiendo como el veneno del dolor se extiende por todo tu cuerpo: no hay antídoto, no está vez. Y ella te mira con sus tiernos ojos verdes desde aquella vieja y amarillenta fotografía en tu mesilla de noche, sonriéndote. Te abalanzas sobre ella, al tiempo que de tu garganta profieres un desgarrador sollozo. Abrazas la vieja fotografía, y de tus ojos oscuros corren lágrimas amargas, lloras la pérdida con la misma angustia de hace diez años.
No encuentro manera de consolarte, después de todo, ahora sólo soy un viejo corazón herido y maltrecho, sin ilusiones ni amores, que late a duras penas, cubierto de escarcha, muerto y tieso desde hace diez años. Perdón, muerto y tieso a excepción de una parte: bajo mi corteza de polvo y telarañas, hay un núcleo cálido. Rojo, como el cabello de ella. Sólo soy un corazón que sigue sólo acelerándose al pensar en ella, de otra manera no; que sigue saltando al recordar su mirada, la cual esta tatuada en nosotros para siempre.
Hace años te dije: "Díselo". Pues hoy, este catorce de febrero amargoso, te digo: "Olvídala" Que ella está tan lejos, que ella es tan imposible, que su presencia en nuestro pasado es tan intensa que ya no puedo soportarlo. No puedo soportar otra ilusión, otro sueño donde le tomas la mano, otro melancólico recuerdo. Ya no puedo soportar tu agobiante culpa, tu profundo arrepentimiento. Por favor, olvídala, y deja de hacernos daño, tanto daño, a ti y a mí.
Bórrala de tu memoria, haz como que nunca existió. Rompe sus cartas y echa los pedazos al fuego, destruye sus fotos, asesina cada parte de ti que aún la ame, límate la piel para borrar sus tatuados recuerdos. Hazlo, hazlo por favor. Por una vez en tu vida, hazme caso.
Pero siempre has sido tan testarudo. Te levantas de la cama, el rostro bañado en lágrimas, retorcido del dolor, y yo roto en pedazos, otra vez. Roto como cuando la viste dar el "Sí" a aquel engreído con lentes, roto como cuando ella no fue más que una muñeca tiesa dentro de su féretro. Roto como cuando finalmente aceptaste que ella se había ido. Siempre roto, eternamente condenado a ser infeliz.
Me aseguras que ella sigue aquí. Te lo niego, pero no me crees. Insistes: ella está aquí. Siempre ha estado conmigo, me dices. Te estás volviendo loco, Severus, y volverse loco de amor es algo muy amargoso. Y sin embargo, es la locura más hermosa de todas.
Y al levantar la mirada, la ves ahí, sonriente; mirándote desde el umbral de la puerta, tendiéndote la mano para que la tomes. Me acelero. Y ese núcleo cálido y apasionado enloquece. Brinco de un lado a otro en tu pecho, sin poder evitarlo, a pesar de que tu cerebro, tu parte más cuerda, suspira decepcionado y se da una palmada en la frente. Sí, lo sé: esto tan sólo nos hace daño. Pero tú no puedes olvidarla, y yo no puedo dejar de latir.
*"¿Después de todo este tiempo?"*te pregunto. Pero ya sé la respuesta:
"Siemp**re"