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Los Juegos del Hambre: Finnick Odair — capítulo 1
Las calles en el Distrito 4 son angostas y siempre suelen estar vacías, especialmente en las mañanas. Viese por donde se le viese es un lugar acogedor con sus casas siempre iguales de madera pintada de blanco y el arrullo de las olas rompiendo contra las salientes rocosas; un pequeño pueblecillo que rodea la costa y el muelle. Los hombres desde una edad temprana solemos comenzar a trabajar en los barcos pesqueros, usualmente ayudando a cargar y almacenar el pescado o vigilando las redes que lanzamos al mar. Pero no importa cuanto pesquemos, nunca es suficiente para el Capitolio.
Despierto con la espalda adolorida y una extraña molestia en el cuello; las noches en el bote de mi padre nunca son cómodas. Puedo oír perfectamente el canto de las aves que sobrevuelan el cielo en busca de lo mismo que nosotros: peces. Mi camarote es apenas un cuartucho forrado de madera con un catre en la esquina y un colchón tan gastado que siempre cede ante mi peso y va a dar contra el suelo. Levanto una mano y no puedo evitar desordenarme el cabello rubio antes de estirarme. El polo desgastado con el que suelo ir a pescar comienza a oler mal tras la jornada de ayer y el sudor pero me encuentro lo suficientemente cansado como para no cambiarlo.
Aunque apenas tengo catorce años soy bastante alto, lo que es un gran problema para las diminutas puertas del bote, y salgo dando trompicones hasta la proa del barco donde un hombre ya entrado en edad y con varias canas asomándole en la cabellera y la barba me espera. Sí, es mi padre.
Voltea a verme y me dirige una sonrisa deslumbrante entre su tupido bigote.
—¡Al fin despiertas, Finnick! —me dice y luego vuelve la vista hacia mi atrás donde un par de hombres tiran de las redes que dejamos ayer
Mi padre se agacha y pone una mano en mi hombro. Acerca su boca a mi oído y en un susurro me ordena:
—Sé un buen chico y lleva las cajas frigoríficas para llenarlas. Con un par bastará —me da un pequeño empujón y yo corro otra vez hacia abajo, al almacén. Apilo dos cajas blancas y las levanto. Son pesadas pero en cierto punto me he acostumbrado a ellas y el dolor en los brazos ya no se me hace tan notorio
Llenamos una y la mitad de la otra. Solo soy capaz de pensar en lo amargado que va a estar mi padre este día por no haber podido llegar a la cantidad que el Capitolio exige. Mientras bajo a guardar las cajas y el pescado oigo el grito de uno de los trabajadores que indica que ya estamos llegando al muelle.
Por alguna razón no puedo evitar emocionarme al saber que bajaré del barco; no interesa cuanto tiempo lleve con mi padre, nunca me ha gustado pescar y probablemente nunca lo hará. En cuanto tocamos puerto, salgo corriendo aunque mi padre me detiene para obligarme a cargar los míseros kilos que hemos llegado a pescar. No tardo en hacerlo y al poco rato me encuentro recorriendo las calles de regreso a casa.
Es como las otras: las paredes pintadas de blanco, el techo rojizo y plano, la puerta hundida y el único gran ventanal que da hacia la calle. Empujo la puerta y me dejo caer pesadamente sobre el sillón en la estancia; tras una noche en el bote extraño mi cómoda cama en el Distrito 4. Comienzo a roncar exageradamente para llamar la atención de mi madre que en ese momento se debe de encontrar arriba en su habitación. Cierro los ojos y me lleno los pulmones del aroma a sal que me ha acompañado desde la mañana.
No sé en qué momento caigo dormido pero me despierto con el almohadazo que me tira mi padre. Veo que mis padres se abrazan y sonriendo me uno a ellos.
—¡Finnick! —grita mi madre apartándome con una mueca— ¡Báñate hijo!
No puedo evitar soltar una carcajada. Me quito la polera sucia y me vuelvo a acercar a ella pero termino cediendo ante su mirada amenazadora y me meto en la bañera. El agua está fría pero, extrañamente, eso me agrada. Si hay algo que adoro es el agua, y nadar. Al terminar me envuelvo las piernas en una toalla y me sacudo el cabello, voy hacia mi habitación y me encuentro un conjunto pulcramente colocado encima. Hago una mueca. Nunca me ha gustado vestir formal y de hecho nunca lo hago, excepto en días de cosechas.
La realidad me cae como un balde de agua fría, o mejor, una descarga eléctrica. ‹‹Hoy››, me digo, ‹‹es día de cosechas››.
Trago saliva y me lamo los labios nerviosamente. En los dos años anteriores en los que he participado en el sorteo no he sufrido problemas y no hay razones para creer que ahora pasará. Nunca he pedido teselas (dudo que hayan muchas personas con teselas en el Distrito 4) y la suerte siempre suele ir de mi parte. Me esfuerzo por sonreír y comienzo a vestirme con los pantalones negros y la camisa verdosa.
Al bajar mi madre me sonríe y hace un par de halagos sobre lo guapo que estoy. No me resisto a dar uno de mis comentarios petulantes por lo que recibo un coscorrón de mi madre. Entre risas salgo de la casa y les informo que me iré adelantando, están de acuerdo.
Con forme avanzo me voy deleitando con la visión que la calle principal me ofrece de la ciudad, hasta que escucho un gemido. Doy la vuelta y me encuentro con un par de ojos llorosos que me miran con tristeza. Es una niña y su rostro me parece vagamente familiar.
—¡Annie! —llama alguien desde el interior de la casa a cuyas afueras está ella sentada
¡Claro! ¡Annie Cresta! Unas pocas imágenes se amontonan en mi cabeza. Si no me equivoco (y sé que es así), ella estudia en mi mismo colegio pero es dos años menor que yo. Recién ahí caigo en la cuenta: es su primera vez en las cosechas.
No sé qué es lo que se me mueve en el pecho pero me acerco a ella y me siento a su lado. Ha dejado de llorar pero todavía se le escapan unos cuantos gimoteos.
—Hola —susurro pero ella no me contesta, ni siquiera voltea a verme. Carraspeo—. Soy...
—Sé quien eres, Odair —me interrumpe sin dejar de mirar el suelo—. ¿Qué haces aquí?
—Yo... —tartamudeo pero ella vuelve a tomar la palabra
—¿Cómo lo aguantaste?
—¿El qué?
—La primera cosecha
Sé que no me he equivocado con mis suposiciones y no puedo evitar sentir compasión por ella.
—No es tan complicado —empiezo hablando bajito. Me aclaro la garganta y continúo:—, quiero decir, solo recé que no saliera mi nombre
No sé si el sonido que sale de su garganta es otro sollozo o una risa irónica pero permanezco callado.
—Si salgo elegida —empieza y nuevas lágrimas se asoman por sus ojos. Me apresuro a calmarla
—No saldrás
—Pero si salgo —se le corta la voz y se mantiene en silencio por un rato hasta calmarse—, moriría
Sacudo la cabeza tristemente. Me mantengo ahí sentado a su lado hasta que en tal vez un minuto ella susurra:
—Finnick —volteo a verla y le indico con la cabeza que hable—, ¿puedes abrazarme?
Extiendo un brazo por su hombro y la aprieto cariñosamente a mi costado
—¡Annie Cresta! —exclama la voz de antes y veo a su madre salir por la puerta igual de hundida que la mía
La señora se queda un rato observándome de pie en su antiguo lugar y al cabo de un rato ella toma a Annie del brazo y tira de ella y se la lleva hacia adentro.
—Gracias —murmura ella antes de irse y sacude una mano como despedida
Me muerdo el labio y también agito la mía. Su madre me parece extraña porque ya más de una vez me ha mirado mal (recuerdo aquella vez en el muelle en el que por casualidad mojé a la señora Cresta al bajar del bote) pero decido restarle importancia, he llegado a la plaza.
Me detengo un rato a contemplar el escenario improvisado y las grandes pantallas con el sello del Capitolio en dorado. La gente comienza a entrar y no creo que sea necesario esperar; doy mi nombre e ingreso hacia el grupo de los chicos con catorce años. No tardo en encontrarme con algunos amigos y entre broma y broma el tiempo pasa rápido hasta que oigo el carraspeo del alcalde.
Aquel hombre robusto y bigotudo que nunca ha sido de mi especial agrado se acerca al micrófono y le da un par de golpecitos que hacen que un chirrido suene por el ambiente.
—¿Está prendido? —lo oigo susurrar tontamente y reírse de sí mismo. Se aclara la garganta y se arregla el traje antes de comenzar— ¡Buenos días habitantes del Distrito 4!
Muerdo mi labio y me entretengo con él mientras miro hacia adelante donde hay tres asientos ocupados. Uno de ellos pertenece a Quia, el acompañante enviado del Capitolio. Tiene el cabello castaño y aparentemente se ve normal (por su ropa muy parecida a la mía) pero al fijarse bien se puede ver la ligera tonalidad amarilla que su piel ha adquirido tras una cirugía en el Capitolio. El otro de los asientos es de Wayneth, un hombre viejo que lleva siendo mentor desde, creo, antes de que yo naciera. Tiene la mirada cansada y está cabizbajo, aun así se las arregla para conversar con Mags. Mags, la última en el podio, una señora casi tan vieja como Wayneth pero con mucha más vida y astucia reflejada en el brillo de sus ojos.
—¡Arrepintámonos y demos gracias al Capitolio! —dice el alcalde y recién me doy cuenta que la historia sobre la revuelta y la caída del Distrito 13 ha terminado. No sé de donde ha sacado la frase pero me parece tan falsa en sus labios como cualquier cosa en su persona. El alcalde da media vuelta y vuelve a su asiento mientras Quia se levanta con una sonrisa descomunal en sus labios
—¡Buenos días Distrito 4 y felices sexagésimos quintos Juegos del Hambre! —dice y lo miro cancinamente— ¿Empezamos por las damas?
Me estresa su intento de hacer parecer todo esto el más feliz e interesante de los espectáculos pero me atrevo a prestarle atención por primera vez porque la imagen de Annie Cresta llorando todavía sigue grabada en mi mente.
Quia conserva su sonrisa mientras se dirige a la urna con los papelitos y zambulle la mano en ella. Se demora unos minutos tratando de elegir el correcto hasta que sonríe con satisfacción. Vuelve hacia el micrófono y se agarra de él antes de abrir el papelito.
—Que emoción —murmura y lee el nombre para sí mismo. Echo la cabeza hacia atrás y espero a escuchar el nombre rogando por la niña dos años menor que yo. Al fin, Quia pronuncia las dos palabras:—. Nicté Edahi
Suelto todo el aire que mis pulmones contienen y sonrío ligeramente. Volteo a ver al grupo de las chicas y descubro los ojos verdes de Annie mirándome. La saludo y le sonrío mientras con señas trato de expresarle mis palabras y mi alivio de que siga aquí.
A penas soy capaz de darme cuenta de en qué momento Quia ha caminado hacia la otra urna y ha escogido un papel. Tampoco de cuando ha vuelto y cuando lo ha abierto, pues estoy tan distraído en Annie que las palabras que dice me toman por sorpresa más de lo que imaginaba.
—Finnick Odair —dice y emocionado mira hacia mi grupo
Tardo un minuto en darme cuenta de lo que ocurre y entonces solo soy capaz de pensar una cosa:
‹‹¡Maldición!››