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Sra. Norris. — capítulo 1
Galletas fallidas.
Agotado, se dejó caer sobre la silla de su despacho. La giró hasta quedar frente al fuego, mirándolo crepitar. Dio un suspiro y se relajó, el toque de queda para los estudiantes ya había pasado. Si algo le sucedía a algún estudiante, era asunto de los prefectos de las diferentes casas; aún así, él debería patrullar por los pasillos.
No eran muchos los estudiantes que quedaban en Hogwarts, la mayoría estaban en sus casas debido a las vacaciones de Navidad, pero él debía encargarse de vigilar los pasillos, no solo por los estudiantes, si no por los fantasmas; en concreto, el fantasma. Ese maldito Poltergeist de Peeves que lo único que hacía era dificultarle su trabajo.
No le importaba mucho que fuera su cumpleaños, disfrutaba en ese viejo castillo al cual él nunca había podido asistir cómo alumno debido a su condición de Squib. Por esa agradecía que le hubiesen contratado cómo celador del castillo.
Se comió una galleta que se había permitido el lujo de prepararse. La escupió inmediatamente al notar un extraño sabor en su boca. Tal vez se había excedido demasiado con el jengibre a la hora de prepararlas.
Bebió un largo trago de zumo de calabaza de para intentar paliar el amargo sabor de las galletas de jengibre fallidas antes de salir de nuevo a hacer la ronda por el pasillo.
Comenzando por el recibido del castillo, fue ascendiendo plantas del mismo. Prestó especial atención al tercer piso. Los estudiantes creían que, por haber pocos alumnos por esas fechas, podrían hacer el vano intento de entrar allí, aún nadie lo había conseguido, los fantasmas, menos Peeves, solían ayudarle en la tarea de persuadir a los alumnos de entrar en ese pasillo que solo los dirigiría al lugar dónde él sabía que estaba una de las "inofensivas" mascotas de Hagrid, el guardabosque. Un perro de tres cabezas merecedor del título "Gigantesco". La cabeza del medio era la más terrorífica a juicio del celador.
Continuó con la búsqueda de alumnos fuera de su cama hasta la planta más alta. Se llevó una decepción, le hubiera encantado castigar a alguno de esos pseudo-magos que pululaban por el castillo, pero no le habían dado el gusto.
Volvió arrastrando los pies a su despacho y miró por encima el correo. Desde el fallecimiento de sus padres solo había recibido cartas de felicitación por parte del director de Hogwarts, tampoco le importaba. Las lechuzas volando solo le recordaban que, en su juventud, el pudo haber sido un chico normal, que enviaba sus cartas a sus padres contándole qué hacía en Hogwarts y esperando tener una noticia sobre ellos. Pero nunca sucedió, nunca había recibido la carta de admisión a Hogwarts cómo estudiante. Si bien, años más tarde, recibió la carta de admisión a Hogwarts como celador del castillo.
Miró los expedientes de diferentes alumnos sobre su mesa, hacia bastante tiempo que no los clasificaba. Cogió todos y comenzó a colocarlos todos en los lugares que correspondían a las letras de sus iniciales en su gran archivador.
Su tarea se vio interrumpida por unos golpes en la puerta. Gruñendo en voz baja, maldijo a quién había llamado; seguro un prefecto que traía consigo a un alumno, debería paralizar su tarea para escribir el expediente.
Dejó los papeles que llevaba en la mano sobre la mesa y abrió la puerta. Se sorprendió al no ver a nadie. En lugar de eso, una caja descansaba sobre el suelo de piedras del castillo.
Recogió la caja, entró en su despacho y soltó la caja encima de los papeles. Abrió la misma para encontrarse con una pequeña gata.
Argus la cogió entre sus manos. Le recordaba muchísimo al gato que su abuela materna, Claire Norris, tenía. La misma persona que le había intentado enseñar a hacer las galletas que esa misma noche intentó reproducir.
Abrazó a la gata.
―Te llamaré―susurró a la pequeña gata―Señora Norris.