← Por fin · de
Por fin — capítulo 1
— ¿Cómo sigue?—preguntó James Sirius en un susurro apenas audible.
—Mal—repuso Lily reprimiendo un sollozo—no mejora.
— ¿Han llamado al sanador?—quiso saber Rose con los ojos muy hinchados.
—Acaba de marcharse—repuso Albus tragando saliva con dificultad; su prima le apremió con la mirada—dice que… está en las ultimas—dijo moviendo solo un poco los labios.
Los ojos de los cuatro chicos se posaron en la cama. Ahí estaba acostado el famoso Harry Potter, con más años de los que las arrugas y canas podían decir; años y años habían pasado, tantos que era imposible decir cuántos a ciencia cierta. Lo único que sabían era que él era el único que quedaba de su generación; el primero en morir había sido el tío Charlie a causa de la viruela de dragón, el tío Percy había fallecido debido a causas naturales, tía Fleur murió un dos de mayo y Bill un mes después, debido a la gran depresión. La esposa de Percy no duró mucho tiempo sin su esposo. Angelina tuvo un accidente casi dos años después, a Hermione le había dado un infarto, la muerte más inesperada había sido la de George que estaba riendo divertido, se fue a recostar y ya no despertó; Ron simplemente decidió que ya no quería estar más sin Hermione. Y Ginny…
— ¿No se puede hacer nada más?—era Hugo que rápidamente se acercó a abrazar a Rose que rompió en llanto.
—No—dijo Sirius con la voz temblándole.
— ¿Con quién se han quedado los niños?—preguntó Albus limpiándose la nariz.
—Están bien, con Scor—contestó Hugo—están abajo, todos quieren verle.
—No sé—James busco la mirada de sus hermanos, en busca de apoyo—no creo que sea lo mejor.
—Son sus bisnietos—declaró Rose—todos deberían despedirse de él.
—Pero…
—Diles que suban—murmuró entonces Harry, haciendo un grandísimo esfuerzo por abrir los ojos y mover la boca.
— ¡Papá!—Lily se acercó a él lentamente, le sujetó la mano que él a duras penas le apretó en señal de cariño—no te esfuerces.
—Quiero despedirme—susurró Harry respirando rápidamente, Hugo abrazo con más fuerza a su hermana mientras que Albus cerró los ojos, cayendo lágrimas por su rostro—por favor—añadió mirando a James Sirius que le miraba con dolor.
— ¿Cómo dices eso?—le reclamó el mayor de sus hijos, tratando de reír—no vas a despedirte de nadie ¿A dónde crees que vas?
—Es hora—dijo Harry sonriéndole a Lily que lloraba desconsoladamente—es mi hora.
—No hables así—terció Albus abriendo los ojos de golpe, regresándole la mirada con esos ojos tan parecidos a los suyos.
—Estoy cansado—James puso una mano sobre el hombro de Lily que hacía temblar la cama debido al llanto—hace años que quiero reunirme con ellos.
—No te fatigues—le aconsejó Teddy que estaba escondido en una de las esquinas de la habitación, se acercó con paso decidido—no te canses…
—Te pareces tanto a tu padre—le dijo Harry cariñosamente—menos los ojos…
—De mi madre, lo sé—terminó Teddy sonriendo, él y su padrino siempre habían compartido aquel comentario que no era más que cierto.
Hugo tenía demasiadas dificultades para mantenerse sereno.
—Iré por ellos—dijo al fin James Sirius, saliendo de la habitación pisando con cuidado.
—Abuelo—dijeron al mismo tiempo, en cuanto abrieron la puerta.
Y ahí estaban todos, mirándole con la pena desbordándoseles por los ojos; con lágrimas pidiendo a gritos salir.
—Hola—Harry hizo un esfuerzo sobrehumano para incorporarse, James y Albus lo ayudaron mientras que Lily le acomodaba la almohada.
— ¡Abuelo!—soltó un gritito ahogado una mujer que no parecía mayor de treinta años y rompió a llorar en brazos de James Sirius, su padre.
—Tranquila, Ginny—dijo Harry sin dejar de sonreír—no quiero que lloren—y esta vez habló mirando a todos sus nietos y bisnietos—yo… quiero esto.
—Abuelito—hipó un niñito de unos siete años que se subió a la cama y se abrazó de él—no te mueras.
—Debo ir a descansar, Harry—dijo Harry acariciándole el cabello, ese cabello tan parecido al suyo, porque ese niño era él, una copia fiel y exacta—no te preocupes por mí ¿vale?
El pequeño Harry asintió, pero no lo soltó.
—Te amo, papá—dijo entonces Lily Luna dándole un beso en la mejilla.
—Y yo a ti—contestó él cerrando los ojos, al tacto—a todos, en realidad.
—Pero a mí más, siempre—soltó James Sirius sonriendo tan pícaramente como desde siempre—más que a Albus.
No pudieron evitarlo y rieron.
—A los tres… por igual—dijo Harry con su último aliento de vida, sin dejar de sonreír; agradeciéndole a la vida la gran familia que había formado—Para una mente bien preparada la muerte es solo la siguiente gran aventura…
— ¡Papá!
Harry abrió los ojos de golpe; sintiendo un extraño déjá vu. Miro a su alrededor, todo esta tan blanco y limpió…
— ¿Estoy muerto?—preguntó a la nada, mirando sus manos—¡Wow!—exclamó maravillado al comprobar que sus manos no estaban llenas de arrugas, se tocó el rostro; nada, su piel se sentía perfecta, como si tuviera diecisiete años—¿Qué sucede?
— ¡Harry Potter!—chilló una voz a sus espaldas, sobresaltándose se giró.
Era Dobby, Dobby el elfo domestico que había muerto. Pero ahora le miraba sonriente, con devoción, ataviado con un sueter que le venía bastante grande, un montón de gorros de lana de los que había hecho Hermione y en sus pies… los calcetines disparejos que alguna vez le habían regalado él y Ron en una navidad.
— ¿Dobby?—dijo acercándose instintivamente a él— ¿Eres tú?
—El mismo, señor—repuso Dobby sonriendo radiante, comenzó a caminar y Harry le seguía, con el entrecejo fruncido.
— ¿Estoy muerto?—preguntó mirando hacia atrás, pero atrás ya no había nada.
— ¡Oh sí, señor, bien muerto!—exclamó el elfo dando de brinquitos.
Harry sintió un retortijón en el estómago. Pero sonrió feliz, eso era lo que había querido hacía mucho tiempo.
— ¿A dónde vamos?—quiso saber luego de un rato de caminar y caminar en silencio.
— ¡Lo esperan!
El chico no se había percatado que frente a ellos estaba una gran puerta de roble, casi tan parecida a la de…
Los ojos se le llenaron de lágrimas porque una motita blanca se venía acercando hacía él, que cada vez se hacía más y más grande.
— ¡Hedwig!—exclamó estirando instintivamente su brazo para que la blanca lechuza se posara sobre él, dándole un picotazo en el dedo en señal de cariño—Hedwig—repitió acariciándola.
—Pensé que le gustaría, señor—dijo Dobby complacido—ella ha estado mucho tiempo intranquila, ululando, en su espera.
—Pero…
Entonces Dobby abrió la puerta de un empujoncito y se encontró ahí. Realmente estaba en Hogwarts, donde todo había comenzado y donde había terminado. Entró sin esperar que el elfo lo invitase a hacerlo, porque era como volver a *casa,*Hedwig no paraba de picotearlo, chillando de felicidad.
—En el Gran Comedor…
Pero no hacía falta que Dobby se lo dijera, porque sus pies ya lo llevaban ahí. Miraba cada detalle del castillo, por más mínimo que fuera, esperando recordarlo para siempre; era como si nada hubiera cambiado desde la primera vez que lo piso, todo estaba tal cual.
Respiro profundamente antes de abrir la puerta del Gran Comedor, conteniendo una gran sonrisa porque estaba casi seguro de lo que le aguardaba…
Puso una mano temblorosa sobre la manija y tiro de ella.
A continuación un estruendo le hizo cerrar los ojos, asustado pensando en sacar la varita y comenzar a recitar una y mil maldiciones. Pero no era nada de qué preocuparse, porque aquel sonido…
Eran aplausos. Aplausos resonando por todo el lugar. Nada más abrir los ojos se topó con una multitud; sonriéndole anchamente.
— ¡Oh Harry!—chilló la señora Weasley abrazándolo con fuerza, llorando sobre su hombro—Harry querido, tanto tiempo…
— ¡Harry Potter!—exclamó el señor Weasley tendiéndole la mano que el muchacho le apretó con ganas.
— ¡Tenemos a Potter, tenemos a Potter…!—canturreaban los gemelos a la vez, con la misma complicidad que cuando los conoció.
Harry trataba de librarse de la llorosa señora Weasley que era abrazada por su esposo, los dos iguales que la primera vez que los vio. Junto a ellos, dos hombres pelirrojos, que debían ser los hermanos Prewett…
—Harry—dijeron entonces, Bill y Fleur, tomados de la mano, sonriéndole, la rubia le plantó dos besos en cada mejilla, dejándole un calorcito en ese lugar.
El chico se fijó bien, ahí estaban todos. Todos los que se le habían adelantado en el camino, pero por más que los buscaba con la mirada, no los encontraba.
—Bienvenido—le dijeron entonces la profesora McGonagall, el profesor Slughorn, la profesora Sprout y Hagrid, con una familiaridad que rayaba en la incredulidad.
—Gracias—dijo recibiendo la palmada en la mejilla que la profesora McGonagall y el abrazó estrujador de Hagrid.
Siguió caminando, sonriéndoles a todas las caras conocidas que se topaba en el camino para llegar hasta la mesa de profesores. Neville le saludó con un gesto con la mano, abrazado de su madre y su padre, se le veía tan feliz… Colin Creevy sacaba fotos con mucha destreza, la profesora Vector y la profesora Trelawney estaban junto a Oliver Wood y Percy. Los aplausos no cesaban, Kreacher sonreía mirando con adoración a Regulus Black. Madame Bones y Emmilen Vance le saludaban con la cabeza, Kingsley le dio una palmada en la espalda cuando paso por su lado.
—Has hecho un gran trabajo—dijo alguien a su lado, era Remus, parecía más joven y feliz que nunca—gracias por tratar a mi hijo como si fuera tuyo.
—Remus, yo no…—Harry se sonrojó, y agradeció que Tonks enterrara su cara con un abrazo.
—Ay Harry—decía Tonks feliz—nunca vamos a saber cómo pagártelo…
—Harry—se giró para toparse con la cara llena de alegría de Hermione, tan joven como él— ¡Oh Harry, estas aquí!
La abrazó con tanta fuerza… era increíble que otras vez la mirase, sonriendo alegre, con el mismo cabello alborotado y la misma voz de mandona.
— ¡Déjalo que respire, Hermione!—le reclamó Ron que salía detrás de ella.
La chica hipo y se alejó de Harry, sin soltarle la mano, dándole espacio para que Ron y Harry se abrazaran. Todo el lugar resonó de nuevo en sonoros aplausos, que reventaron los tímpanos de Harry cuando el trióse fundió en un abrazo tan puro que la paz reinaba por todo el lugar.
— ¡Ah el amor!—dijo, haciendo que se volvieran, sorbiendo la nariz, sin dejar de sonreír; su sonrisa se hizo más ancha al ver que el que hablaba era Dumbledore—noble muchacho, por fin…—Y abrió los brazos de par en par, listo para recibirlo—eres increíble, Harry, increíble—le dijo una vez que se separaron y se miraron a los ojos, Harry sentía que explotaba de felicidad—te ganaste a pulso todo lo que obtuviste, sin embargo… he aquí tu mayor recompensa.
—Creí que nunca vendrías—dijo Ginny con una gran sonrisa, lanzándosele para darle un largo beso—te amo—susurró en su oído para que nadie más la oyera.
Porque Ginny lucía exactamente igual que el día que la besó por primera vez, porque de nuevo le devolvía la mirada tan llena de amor, igual que siempre.
—Te he extrañado tanto—dijo Harry estrechándola más hacía sí.
—Lo sé—admitió ella con una risita—pero creo que esperabas a alguien más…
Se apartó con cuidado, dándole espacio a Harry para que mirara a las tres personas que estaban justo en medio de la mesa de profesores; sin poder evitarlo, soltó a Ginny y camino con paso lento hasta ellos, como si temiera que en cualquier momento iban a esfumarse.
—Hola, cariño—dijo la mujer pelirroja, con la sonrisa más pura que hubiera visto jamás, acercándose él, acariciándole la mejilla—has sido tan valiente.
—Y ahora, has llegado—dijo Sirius, con las manos en los bolsillos, sonriéndole casi con burla pero mirándole con cariño—por fin.
—No puedo creerlo—balbuceó sin querer pestañear, con los ojos escociéndole—están aquí…
—Siempre hemos estado contigo—aseguró James Potter, pasándole un brazo por los hombros—era tu hora, hijo.
—El hombre más valiente que he conocido—dijo entonces, Snape, saliendo de quién sabe dónde, regalándole la sonrisa que se negó a darle durante su vida—bienvenido, Potter.
De nuevo, todos comenzaron a aplaudir… más fuerte que antes, más felices, más decididos que nunca a darle la bienvenida a Harry como se merecía.
Porque Harry comprendió que esa era la mejor de todas las recompensas. Por fin.
Y fue cuando Dobby cerró con cuidado la puerta del Gran Comedor.