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La magia más poderosa — capítulo 33

Dolor. Infinito. No iba a acabarse nunca. Aquel enorme escombro se le clavaba en las entrañas, matándolo poco a poco.

Iba a morir. Y no podía moverse. Solo gemir, como un animal mutilado. Como una persona mutilada. Aquella mortífaga lo había sentenciado a muerte casi inconscientemente, al destrozar con un par de hechizos aquella habitación. ¿Cuándo se acabaría aquella tortura? ¿Cuándo moriría la última célula de su cuerpo?

La oscuridad lo consumía. Estaba ciego. No estaría viendo nada, antes de desaparecer.

Todo por lo que había luchado…

Sus últimos pensamientos fueron para Victoire. Su sonrisa, su rostro su voz…jamás se había enamorado antes de conocerla a  ella, y jamás lo haría de otra persona. Moriría pensando en las miles de cosas que se perdería junto a Vic…aunque fuera como amigo, eso ya no importaba. Toda la felicidad posible se esfumaba con cada segundo. Agonizaba. Se retorció de dolor, una vez más.

-¡Lumos máxima!

Ni siquiera se alegró cuando escuchó una delicada voz pronunciar el hechizo. Sus ojos apenas le dejaban ver. Solo vio una luz blanca, proveniente de una varita, y una figura pequeña y poco intimidante. O quizás ya nada le asustaba y la certeza del fin lo hacía osado.

-¿Quién anda ahí?

La pequeña chica aún no había reparado en él. A pesar de ser sus últimos instantes, no se permitió ser egoísta. Si todavía había familiares de pacientes allí, tenía que decirle que huyera, deprisa. Intentó hablar, pero solo le salió un triste balbuceo.

-¡Wingardium leviosa!

El enorme bloque que lo mataba se fue separando de su cuerpo, y a pesar del alivio quiso gritar. Jamás había entendido tanto el sufrimiento.

-Ayuda…-suplicó. Quería que todo acabara. El frío que sintió en su abdomen solo podía indicar que se desangraba. Unos brazos pequeños y delgados lo intentaron agarrar, y se giró para mirar a la última persona a la que iba a contemplar.

Tenía unos brillantes ojos azules. Los más brillantes que había visto jamás. Una mirada de luz pura. Ese tipo de luz que ciega y que no puedes evitar seguir mirando.

A pesar de que estaba a punto de perder la conciencia, pudo entender que ella se preguntaba desconcertada cómo podía ayudarle.

Aquella criatura de luz no debía de preocuparse por esas cosas. No debía de preocuparse de él.

-Voy a…morir- consiguió decir. Intentó decirle que nada podía hacer, pero sonó a lamento.

Al fin y al cabo, era humano.

-No- le entendió, sin embargo- pero me tienes que guardar el secreto, ¿lo prometes?

No entendió nada hasta que la luz se hizo todavía más hermosa y, como un abrazo cálido y reconfortante, algo suave acarició su cuerpo, despejando el dolor. Alejándolo.

Quiso llorar. Estaba resucitando. Una lágrima se escurrió por su mejilla. Estaba fascinado. Jamás había experimentado algo así. Era magia en estado puro. Su cuerpo era de plata, como si fuera un patronus humano. Se sentía feliz, en paz.

De pronto, se encontró perfectamente, y la chica le soltó, rompiendo esa bonita conexión, ese instante de felicidad. Pudo ver cómo se escapaba.

-No te vayas…- suplicó, de nuevo.

-Ya no estás herido- escuchó su voz mucho más cercana. Volvía a estar en el mundo de los vivos- y créeme. Como te vean conmigo, sí que estás muerto.

Ella ya se alejaba, como se acaba todo lo bueno, como acaba todo lo que tiene que acabar. Se sintió vacío. Y calló en la cuenta. Había oído una voz fuerte hacía unos minutos, amplificada por magia. Llamaba a…

-¿Eres Ann?- preguntó.

Pero ella ya no estaba allí.

A Victoire le aburría la tarea de organizar los expedientes de los alumnos, una vez más. La organización se hacía tediosa, demasiado teórica, demasiado aburrida. A pesar de que era una buena mujer, la señora Pomfrey no era una gran conversadora. Aquella mañana, se había limitado a darle los buenos días y a decirle que en aquel día, Vic se llevaría una gran sorpresa. Ella no podía imaginar de qué se trataba, pero tampoco era una chica impaciente, así que no pensó ni pensaba mucho en ello.

El despacho de la enfermería estaba en completo silencio mientras ambas mujeres realizaban las tareas.

Lo cierto es que a la chica le agobiaba un poco estar allí. No por falta de trabajo, ya que solo hacía unos días que Harley y Emily Stump habían estado en la enfermería, y más de una vez alguien se hacía daño entrenando al Quidditch (además de algún otro accidente con hechizos no demasiado inocentes). Pero San Mungo le gustaba más. Y la libertad que ofrecía, y la cantidad de pacientes y…

Estaba deseando acabar sus prácticas.

La sorpresa llegó por la tarde, cuando el sol ya comenzaba a ponerse en el horizonte. La chimenea del despacho se llenó de humo verde, y tras él, un joven que conocía bien, de cabello negro espeso, mandíbula cuadrada e intensos ojos verdes, que lucía como siempre una cálida sonrisa.

Victoire entraba de su descanso cuando él apareció. Al verlo, abrió los ojos, y sonrió, entre la sorpresa y la dicha.

-¡Yem! ¡Qué sorpresa! ¿Qué haces aquí?- preguntó, mientras abrazaba a su amigo, que todavía vestía la bata del uniforme de estudiante.

-La señora Pomfrey me ha llamado- se justificó él, nervioso- ya que voy a ser el que te sustituya próximamente, tendré que ir aclimatándome ¿no?

-Exacto- concordó la señora Pomfrey, incorporándose a saludar a su nuevo estudiante- caramba, chico- exclamó, observándole mientras se aproximaba a él-…eres todavía más joven que Victoire ¿me equivoco?

-Solo un poco más- contestó Vic en nombre de su amigo.

-Soy Yemhal, señora- se presentó él, procurando presentar su faceta más formal.

-Pues claro. No esperaba a otro. Victoire, ¿Querrías ir explicándole muy por encima cómo funcionamos por aquí?

-Claro que sí, señora Pomfrey. Ven Yem, es fácil, ya verás…

Yem le sonrió, animado. Hacía mucho que no veía a Vic y estar con ella le sentaba muy bien. Al fin y al cabo, eran muy buenos amigos y se habían pasado un par de años prácticamente inseparables. La acompañó a la enfermería, nervioso por conocer todos los misterios.

Y había uno, en particular, que Yem quería resolver.

Llevaba meses obsesionado con la idea de encontrar a la chica que le salvó la vida.

Rose no podía ver nada. El humo era espeso todavía, a pesar de que el hechizo había sido conjurado hacía ya varios segundos. Permaneció inmóvil, paralizada por la incertidumbre. ¿Habría hecho algún daño a Emily? No podía escuchar nada afuera.

La angustia la estaba matando, y adolorida y a duras penas, se arrastró por el suelo, lleno de tablones de madera, unos centímetros.

Al asomarse a mirar qué había pasado, un hechizo de color verde casi le acierta en el rostro. Una vez más, sus reflejos de cazadora le salvaron la vida. Soltó un grito.

-¡Emily!- gritó, con rabia- ¿Por qué haces esto? ¿Qué ganas tú? ¿Quién te obliga?

-Debo matarte- contestó Stump, sin gritar pero con potente voz, para que Rose entendiera cada palabra. Sonaba fría, sin vida, vacía.

¿Una maldiciónimperius? ¿Podría ser posible?

Escuchó unos pasos acercarse a ella. A Emily no le importaba salir herida. Solo quería matarla. Rose reptó como pudo entre los cubículos, huyendo de ella. No quería hacerle daño. No quería pelear. Pero estaba perdida. Y no le quedarían muchas más opciones.

De pronto, escucho una voz, una voz que sonaba urgente, furiosa, bélica.

-¡¡Emily!!

Rose no supo si llorar de alegría o morirse de miedo.

-¡¡Harley, márchate, ahora!!

-¡¿Rose, dónde…

-Si te interpones en mi camino tendré que matarte a ti también- resolvió Emily, de nuevo hueca. La chica se había detenido, atraída por la aparición de Harley.

-Tengo mi varita aquí- le informó él, aproximándose a ella- No sé a qué estás esperando.

-¡¡Harley, no!!

Rose se incorporó con fuerzas renovadas y salió de su escondite. Nada le pasaría a él.

Fue rápido, como un relámpago en el cielo. Stump, que se había concentrado en avanzar hacia Harley y pronunciar su hechizo, se giró justo cuando Rose apareció entre ella y la pared del  baño, con la varita en alto. Harley corrió hacia Rose, alarmado por la súbita aparición de la pelirroja. Emily pronunció el hechizo, esta vez ante una descubierta Weasley, y, aunque la chica volvió de nuevo a ser rápida y a esquivar la maldición asesina, Harley consiguió llegar hasta ella y arrastrarla de nuevo a la protección de las puertas de madera de los lavabos.

Rose, todavía aturdida por la velocidad de los acontecimientos, alzó la varita de nuevo, hacia los lavabos contrarios.

-¡Bombarda máxima!

Una terrible explosión cubrió cualquier otro sonido. Los váteres estallaron en mil pedazos, el agua salió disparada sin control. Harley intentó cubrir a Rose con su cuerpo, pero aun así, varios restos de los lavabos los golpearon con fiereza. Más humo.

-Nos va a matar- murmuró Rose, enloquecida.

-No, si la matamos antes- siseó él, entre dientes.

-Sabes que no podemos hacer eso- reprochó, mientras los ojos se le humedecían. Casi cubiertos de escombros de la cabeza a los pies, esperando a que Emily volviera a la carga- está bajo una imperius.

-Me da igual. Además, alguien ha tenido que oír las explosiones.

-Harley…lo siento mucho- no podía pensar en por qué él estaba allí, por qué nadie más acudía en su ayuda, en nada de eso- lo siento- se lamentó, con todo el sentimiento  que fue capaz de imprimir. Un poco de cordura acudió en su ayuda-Cuando nos descubra, tú intenta reducirla como puedas. Eso podría darme la oportunidad de lanzarle un hechizo desmaius.

-Vale- contestó él, mientras procuraban incorporarse y alzar sus varitas. Los pasos de Emily comenzaban a escucharse bastante cerca.

-Puedo oíros- notificó Stump, como quien dice el tiempo previsto por la mañana.

Ambos contuvieron el aliento. Podían oír a sus corazones palpitar, arrítmicos.

-Rose va a morir- sentenció, concluyendo su corto diálogo.

Y entonces, escucharon una voz que hizo que a los presentes se les detuviera el órgano vital, por un momento.

-Por encima de mí, entonces.

-Ann- pronunciaron Harley y Rose, asustados.

No podían verlo, pero Ann se alzaba en su pequeña longitud contra Emily, con la varita en alto y un rostro temible y amenazador. Estaba dispuesta a emplearse a fondo. Emplearía toda su magia.

-No vas a tocar a mis amigos- le aseguró, remarcando cada palabra, autoritaria. Convencida. Mortífera.

Rose respiró aliviada. Nadie ganaba un duelo a Ann. Nadie. Era imposible. Miró a Harley, casi triunfante.

Pero Harley ya no estaba a su lado.

Había salido de su escondite y apuntaba con su varita de Serbal a Emily, haciendo que la hechizada quedara entre Ann y él, acorralada.

-Si estás determinada a matarla- comenzó Ann- entonces nosotros…

-¡Emily- interrumpió él- eres fuerte! Yo sé todo lo que has tenido que sufrir hasta hoy. Solo yo comprendo el dolor que has podido pasar. Y sé que una parte de ti lucha por resistirse a la imperius. ¡Puedes hacerlo!- gritó, convencido- solo pelea contra ella, como has hecho con tu enfermedad tanto tiempo…es tu oportunidad. Estamos contigo. No contra ti.

Ann observó un tanto incrédula como la mano de Emily que sostenía la varita vacilaba.

En aquel lavabo, todos eran víctimas.

-Resístete. Yo sé que puedes- insistió.

Por unos instantes pareció funcionar. La chica miró a Harley, y la desesperación se asomó en sus ojos.

-Harley…-lo llamó.

-Funciona- murmuró Ann, incrédula.

Rose contuvo el aliento, saliendo de su escondite también con su varita en alto. Tras unos instantes, contempló como sus amigos cómo Stump se enzarzaba en una lucha contra sí misma. Verla así resultaba horrible y angustiante.

De pronto, o no tan de pronto, se dio cuenta de que algo no iba bien.

-¡Emily!- la llamó Harley, de nuevo. Estaba asustado, por algún motivo que no alcanzaba a entender.

La chica cayó de rodillas, torturada.

Harley corrió hacia Rose, una vez más. En apenas un segundo, estuvieron de nuevo ocultos en el cubículo.

-¡Protego totalum!- exclamó Ann. Y Rose sintió que le costaba respirar.

Y sucedió. Fue como una onda expansiva. Ella ya lo había sentido antes, comprendió. El dolor resultaría insoportable, hasta la inconsciencia, y supo con certeza que si no moría, se despertaría tiempo después en una cama de San Mungo. Como la última vez. Harley la apretó contra sí, desesperado.

Emily se había descontrolado. La magia en su interior había estallado. Y ya había poco que hacer. Cerró los ojos, esperando el dolor.

 Un dolor que no llegó.

Pasaron varios segundos, y nada ocurrió. Ambos chicos se separaron, mirándose asustados.

De pronto, ella lo entendió.

-El hechizo…-murmuró- no…elprotego…- salió deprisa de allí- ¡Ann! ¡¡Ann!!

Harley no se movió ni un centímetro. Se había quedado sin aire, sin respiración. La certeza de lo que había pasado lo golpeó, como la peor noticia que podría haber recibido en su vida.

Ann yacía en el suelo, inmóvil. La mejor bruja de su generación había sufrido un ataque demasiado fuerte, demasiado letal. Y había escogido gastar sus últimos segundos, su última oportunidad, en salvar a sus amigos.

Rose se inclinó y le tomó del rostro.

-¿Ann?- preguntó, vacilante. El miedo se salía por cada poro de su cuerpo. La voz le temblaba.

No hubo respuesta.

Se giró, desesperada, solo para ver cómo el cuerpo de Emily Stump yacía de la misma manera, quizás descansando, por fin.

Mientras, a la desesperada, pronunciaba el hechizo de levitación y se disponía a llevar a Ann a la enfermería lo antes posible, observó por el rabillo del ojo cómo Harley recogía el cuerpo de Emily del suelo, lentamente, y como si pesara toneladas.

-A la enfermería- le indicó, Rose, sin más explicación.

Cuando Albus se enteró de lo que estaba pasando, casi no podía ni creérselo. No tuvo tiempo ni a preguntarse por qué aquellas cosas que les sucedían a sus amigos les sucedían cuando él no estaba presente. Tras el entrenamiento de Quidditch, en el castillo en seguida se enteró de la noticia, una noticia que Albus sabía que estaba mal contada, y ojalá fuera la versión que todos contaban: Que Emily Stump y Ann Anderson se habían batido en duelo. El motivo: Harley. Y Rose Weasley estaba presente, y había llevado rápidamente el cuerpo inconsciente de Ann hasta la enfermería.

Corrió hasta que la piel del rostro le ardió como quemada por el sol. Cuando llegó a la Enfermería, vio a su prima salir por la puerta, con el rostro nublado de terror, mientras todavía dentro, Harley vociferaba.

-¡¡Quiero verla!! ¡¿Entiende?! ¡¡Solo quiero saber que está bien, maldita sea ¿es mucho pedir?!!

-¡¡Y lo sabrá!!-rebatió la señora Pomfrey, también bastante alterada-¡¡pero si no nos deja trabajar…¡¡mucho me temo que será peor!!

La señora Pomfrey le cerró la puerta en las narices a Harley, y la selló con magia para que él no pudiera entrar. El chico lo comprobó instantes después, cuando golpeó la puerta con mucha fuerza, y esta brilló, protegida por el hechizo.

-Chicos- les llamó Albus, sin saber qué decir exactamente- ¿Qué ha pasado?

Fue Rose la única que no lo ignoró. Harley, desolado, se sentó en el suelo, al lado de la puerta de la enfermería, y enterró el cabeza en los brazos, encogido sobre sí mismo.

La chica se alejó un poco de la entrada mientras relataba a su primo en susurros todo lo que había pasado. La expresión de Albus fue mudando hasta absoluta preocupación.

-Y  no…no sabemos qué le va a pasar, Al. Está viva, pero…

Rose se quedó sin voz, y ya no añadió nada más. En bastante rato. Los jóvenes estaban muy nerviosos. Cualquier cosa podía pasar. Desde que Ann estuviera bien. Hasta que la joven no pasara de aquel día.

Había otra cosa que inquietaba a Rose mientras esperaban, impacientes, a que alguien les avisara. Se preguntó si el episodio que habían vivido le haría recordar a Harley lo sucedido en San Mungo. Lo recordaba. La situación había sobrepasado al chico, y la magia había estallado, justo como había pasado con Emily. Rose se dijo a sí misma que Harley no recordaba aquella parte de lo sucedido aquella noche, y, por callárselo y no hacer que él se sintiera culpable, había fingido que nunca había recordado lo que había sucedido. Pero siempre lo recordaría. No con miedo. Al fin y al cabo, él había llegado a ese extremo solo por salvarle la vida.

De vuelta al presente, la chica no soportaba ver a Harley tan roto, tan inmóvil, tan destrozado. Cruzando la barrera que ella misma se había ocupado de alzar entre ambos, se inclinó hacia él, poniéndose de rodillas.

-Harley…-lo llamó. Pero él apenas se movió- se pondrá bien. Solo confía. Ella es mucho más fuerte que esto.

Él tardó tiempo en contestar.

-Nos salvó de Emily…y a cambio la…la explosión le dio de lleno- se lamentó. Parecía ausente, como si se estuviera muriendo también.

Albus, de pie, los observaba, incapaz de pronunciar una sola palabra. Ann no había resultado herida jamás. La reina del ajedrez, que hacía también el papel de rey, tendría que ser la última en caer. Pero parecía que la partida había acabado demasiado pronto, y las negras, el equipo oscuro, había hecho jaque mate.

-Saldrá de ésta- se repitió Rose, tanto para Harley, como para sí misma- todavía tengo que arreglar las cosas con ella, ¿recuerdas?- la voz le tembló, cargada de emoción.

Al desvió la mirada, incómodo. Nadie tendría que estar observándolos.

Rose juntó sus manos con las de Harley, buscándolas, y uniéndolas, pidiendo miles de perdones y suplicando el contacto cálido que tanto le había faltado todos aquellos meses. Él pareció reaccionar, y la miró, viéndola realmente por primera vez.

 Estaba allí, y no se desvanecía en el aire, como en sus sueños. No había rencor en su mirada, ni enfado. Solo estaba ella, como hacía ya demasiado tiempo.

-Rose- solo dijo. Sin orgullo, sin rencores, sin súplicas. Simplemente, como si pudiera volver a contar con ella.

Y ella con él.

Su abrazó duró casi hasta que las puertas de la enfermería se volvieron a abrir. Mientras tanto, dos personas los observaban, aunque tal como lo había hecho Albus (enfrente de ellos), incómodos.

-Algo me dice que ella no te necesita ahora mismo, Scorpius.

Scorpius en cambio no podía apartar la vista de ambos chicos, igual de rotos, abrazándose, como si ninguna otra persona pudiera entenderlos. Solo fue eso lo que molestó a Scorpius.

Bueno, no. No fue solo eso.

-No me puedo creer que al final haya sido la propia Anderson la que haya resultado…

-No está muerta todavía- especificó Grace- pero es posible que esté muriéndose- concluyó, con gravedad.

La posible muerte de Anderson los asustaba. ¿Qué sería de Sameor si Ann no estaba para impedirle desatar sus artes oscuras? Podría suponer el principio del fin del mundo mágico. Justo lo que Grace tanto había temido.

-Debería de irme. Nunca debimos venir- le dijo a su amiga. Ellos sufren y nosotros no podemos consolarlos. No al menos todavía.

La chica negó sus palabras.

-Necesito hablar con Albus.

Él suspiró.

-Está bien- concordó- te esperaré en los jardines.

-Gracias- le murmuró mientras Scorpius se alejaba, procurando que Albus no reparara en su presencia.

Grace caminó hasta su amigo, con expresión preocupada. Solo podía verlo de perfil, él miraba por la ventana, con esa expresión que le caracterizaba de tenerlo todo bajo control, cuando no tenía nada bajo control, cuando todo se le escapaba de entre los dedos, y siempre había otros sufriendo, o salvando el mundo, o sacrificándose.

-Al- le llamó en voz baja, procurando no molestar a Rose y a Harley, a unos metros de ellos.

El chico se giró y la miró, serio, tenso. La luz del atardecer iluminaba su rostro. El invierno todavía no había llegado del todo a Hogwarts. Solo bajo aquella luz, pudo ver cómo el tiempo había afectado a Albus, volviéndole más serio, madurando por fuera, y por dentro.

Se preguntó si ella se veía diferente a aquella chica que se había enterado de que su madre iba a morir. Si había madurado, o seguía siendo la niña que se protegía con su coraza de ironía y poca empatía.

De pronto, supo que sí.

-Quién iba a decir…-comenzó Albus, aclarándose la garganta- que menos de un año después de conocerte ibas a venir a buscarme justo como cuando yo te busqué, intentando ayudarte. Supongo que esto definitivamente determina lo grave de esta situación- comentó, con dolor.

-Una persona a la que le tengo mucho cariño me dijo una vez que tenía que saber ayudar a los demás, y así a lo mejor los demás me ayudaban a mí. Solo he venido para que sepa que tenía toda la razón…si no quiere que me vaya.

Los ojos de ambos formaron un mismo verde, por unos instantes.

-No, no quiero que te vayas.

-Su corazón casi no late- informó Victoire, nerviosa.

Yemhal no podía apartar la vista de la alumna, estupefacto. Ella estaba tendida en la cama, pálida e inconsciente. Parecía esa misma chica. La que le había salvado en San Mungo. ¿Cómo podía…

¿Podía ser el destino tan caprichoso? ¿Justo cuando él pisaba Hogwarts de nuevo, por primera vez en años? ¿Justo cuando él estaba presente, iba a ver a su pequeña salvadora morir?

-No podremos trasladarla a San Mungo- determinó Pomfrey, alterada también- no sobreviviría al viaje.

-Aquí no hay las pociones suficientes como para salvarle la vida- observó él, desatado.

-No hay las garantías que hay en San Mungo de que sobreviva, pero una cosa te voy a dejar clara- le espetó la vieja enfermera- no voy a dar a ningún alumno por perdido antes de pelear. ¡Victoire, trae la poción de fibra de dragón!

-Sí claro- respondió, casi volando a por ella, angustiada.

-Y tú- siguió la enfermera- ya que no sabes todavía dónde están las cosas, ayúdame. Tenemos muchos conjuros que formular- desvió la mirada hacia la otra chica, una tal Emily Stump, que parecía todavía menos viva que la primera chica- por ella no podemos hacer nada.

Yem vio el dolor en los ojos de Pomfrey. Vio el profundo arrepentimiento, por haber permitido que una chica con una grave enfermedad mágica pisara el suelo de Hogwarts, haciendo peligrar la seguridad de sus alumnos. Vio el derrotismo. No hizo más preguntas, y se limitó a colocarse a un lado de Ann Anderson, intentando pronunciar hechizos que la mantuvieran atada a la vida.

Todo lo que hicieron los tres resultó inútil. Tras lo que parecieron horas intentando hacerla despertar, el débil corazón de la chica parecía resistirse a abandonar, pero había pocos hilos que la ataran ya al mundo de los vivos. Su vida se desvanecía ante sus ojos, tal y como se había ido desvanecido la vida de Yem, meses atrás, hasta que ella le salvó. Pomfrey, desconsolada, comenzó a dar vueltas por la enfermería, y Victoire, en un último acto desesperado, había cogido la red flu hasta San Mungo, buscando a contrarreloj algo o alguien que pudiera salvarla. Un acto inútil, negando lo evidente. El corazón de la chica iba a detenerse en apenas un par de minutos.

Yem, al que siempre le había afectado la muerte mucho más de lo que debería para la profesión que quería ejercer, se quedó contemplando a la chica, con una ternura que un desconocido no podría mostrar. Le tomó de la mano, fría como el hielo.

-Siendo que mi voz sea lo último que oigas antes de irte. Criatura…tú me salvaste- le susurró, como un secreto. Realmente, era su secreto. Se preguntó si ella le recordaría todavía- y el destino te ha traído otra vez a mí, pero…esta vez estás tú en mi lugar y yo no sé cómo salvarte- se lamentó- nadie sabe cómo hacerlo.

Se quedó unos segundos callado.

-Me temo que tú, en temas de saber cómo salvar vidas, tienes más conocimientos.

Calló de nuevo, para no volver jamás.

De pronto, se le ocurrió algo. Una locura. Un acto arriesgado que no sabía si funcionaría, pero tenía que intentarlo, porque era la última opción de la chica. Sacó su varita de la túnica e irguió a Ann, sujetándola con el brazo. Con la mano de la varita, apuntó a la chica.

Pomfrey, llena de impotencia y frustración, se giró a mirar al becario de San Mungo y a Anderson, que descansaba en sus brazos. El cuerpo de Ann brillaba, como con luz propia, como hecha de plata y un tipo especial de magia pura. Yem la sujetaba todavía, maravillando.

-¿Qué está pasando?

Victoire acababa de volver de la chimenea, con un supuesto Sanador experimentado como ultimísimo recurso, pero habría sido demasiado tarde para salvarla.

Sobretodo porque todos observaban cómo Yem la había devuelto a la vida, milagrosamente.

Todos se acercaron a ellos, incrédulos.

-¿Cómo lo has hecho, chico?

Ann, todavía durmiendo, inspiró con fuerza, llena de vida. El color le había vuelto, y su corazón latía con normalidad.

Yem dudó, nervioso…

-Yo…

-Ahora no importa- cortó la enfermera- hay que asegurarse de que está bien.

En medio de aquel revuelo, Victoire no pudo resistirlo por más tiempo y retuvo a su amigo a su lado, cuando iban en busca de más pociones.

-¿Cómo, Yem?- preguntó, entre susurros.

El chico se agobió de nuevo.

-Si te lo digo, no vas a creerme.

-Conozco a Ann, sé que es una chica muy especial, y me costó mucho creerme que lo fuera. Estoy vacunada contra las cosas increíbles.

Yem miró a los lados, pendiente de que ni Pomfrey ni el Sanador que había venido a ayudar los escucharan.

-He usado un hechizo…un hechizo de magia avanzada que hace que los grandes actos de magia que haya podido cometer el mago al que va destinado el hechizo se vuelvan contra él. En este caso, ella.

-Y Ann…- pensó Victoire, en voz alta.

-Puede curar gente- completó él.

Ella abrió mucho los ojos.

-Yem ¿cómo podías saberlo?

-Es una historia que, si me prometes no contar a nadie, te revelaré cuando todo esto haya acabado definitivamente.

SACABÓ.

Este y el anterior capítulo deberían de haber sido uno solo. La introducción de Yem a la trama me hace mucha mucha ilusión. Es uno de esos personajes guardados en el cajón durante mucho tiempo, y por fin he podido escribir sobre él. Aunque ya lo hubiera hecho, en aquel capítulo en el que Ann le salva la vida. Y digamos que Yem no va a dar todavía su deuda por saldada. ¿) ¿) ¿)

En fin, reencuentros y reconciliaciones everywhere. Aunque…me falta una, ¿Me equivoco?

Nos leemos. Creo. Espero.

Melty.