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Historia 112161 — capítulo 1

Insaciable verano, sí, verano de podreduras, desesperanza y falsas ilusiones. Quién sintiera ese fresco aire ajeno al verdadero clima; quién llevara sobre su cuerpo ese pesado cadáver que aquél de ojos tristes tiene encima. Ver, sentir, tener; nadie, ni siquiera él podía hacerlo. No podía verlo, no podía sentirlo, mucho menos tenerlo. Él, ése, esa persona. Aquél que se ahogaba por dentro. Ése, el del cuervo en la cabeza, el del tatuaje en la frente. Sí, ése, el del recuerdo; el de las flores en las manos.

— ¿Rosas, Margaritas o claveles? —pregunta el dueño del puesto de flores.

Lo mira, más a las flores que al viejo de bigote gris. Flores ¿qué flores llevará ese día? Esa es una buena pregunta. ¿Rosas, margaritas o claveles? Quién será la que se dejará ver en esa ocasión. ¿Será Vivian, Zuleth o quizás Marina? Cómo desea que esa flor sea para Marina.

Vuelve el recuerdo, el recuerdo carente de su persona. Sí. Marina. Marina. Marina… "Si tan sólo la pudiese ver una vez más. Si solamente pudiera estar en esos ojos otra vez. Cómo la extraño… Cómo la amo." Vuelve, vuelve y regresa de nuevo; ella, en su mente; ella, como siempre. Marina, Marina…

Se mira en ese lugar gris, se ve en aquel lugar lleno de amor. "¿Cómo es que nos olvidamos? ¿Cuándo fue que dejamos de ser quienes fuimos? ¿Por qué mi Marina dejó de ser mi Marina?". Su lugar gris, su morada estéril de esperanzas. Ya casi se da por vencido; ya casi olvida que Marina sigue en él. Siempre, siempre… Ese sitio de penumbras y llantos, ese terreno donde no se encuentra nada, nada… Ni a su Marina, ni a sí mismo.

Recuerda, recuerda… -cuatro espejos, cuatro rostros, tres flores y la amargura de la incertidumbre. ¿Quién yace tras el espejo? ¿Quién sostiene las flores? ¿Quién habla? ¿Quién calla? Ninguna de esas personas es Marina, ninguna de las respuestas le son contestadas.

— ¿Cuándo volverá a ser ella? —pregunta ése que yace inmóvil frente a los espejos.

—Dale tiempo, déjala descansar un poco más. Está dormida, ya vendrá.

No lo cree, ya son cinco años, ya es mucho tiempo. Marina no vuelve. Marina no regresa. Sus ojos ¿Dónde están sus ojos? ¿Y su voz? ¿Por qué la tiene tan presente? La recuerda y la olvida. Tiene en la mente el recuerdo de esos ojos color miel, de dos grandes y bellos ojos. Vuelve la vista hacia la mujer que lo acompaña y acerca las flores a sus labios; el olor de la rosa le eriza la piel, pero el roce del clavel y la margarita le causan un vuelco en el estómago.

— ¿Dónde está ella? —le pregunta a la joven que aparece a su lado, la de bellos rizos de color cobrizo— ¿Hasta cuándo podré verla?

La joven suelta una larga carcajada y se muerde los labios en señal de burla; él no entiende porqué ni ella ni Zuleth desean que Marina por fin lo mire. Aunque conoce la razón, sabe porqué no deben estar juntos, porqué Vivian no la quiere a su lado.

—Corazón mío —menciona con hilarante ironía—, es mejor que me tengas sólo a mí.

—No —menciona Zuleth, agitándose la larga melena rubia—, no puedes elegirla a ella, sabes que fue a mí a quien viste primero.

Las flores aparecen en sus manos, el clavel para Zuleth y la margarita para Vivian; la rosa aún yace en su mano derecha, en espera de llegar a las manos de Marina.

Vuelve la vista hacia las dos chicas y cierra los ojos con fuerza. Recuerda el día en que conoció a Zuleth, aquel último día en la preparatoria, pero su memoria no es tan buena, sólo reconoce algunas partes de la historia. ¿Y cuándo conoció a Vivian? Lo único que sabe es que estaba con Marina esa misma tarde, las conoció al mismo tiempo.

— ¿Quién conducía el auto? —pregunta la que yace tras el escritorio— ¿Alguno de ustedes puede responder esa pregunta?

Y aunque trata de recordarlo, él no lo sabe, no quiere recordar. Piensa y piensa en lo que ocurrió esa noche, pero lo último que vuelve a su cabeza es esa mirada triste desapareciendo con la distancia. ¿Quién conducía el auto?

"¿Rosas, margaritas o claveles?" todavía piensa mientras mira al hombre que le arrima las flores. Rosas para Marina, margaritas para Vivian y claveles para Zuleth… ¿Cómo es que llegó a esa situación?

El viento le golpeaba el rostro cuando decidió que era buena idea amar a tres mujeres, el viento fue el culpable. "¿Por qué no?" pensó "todas tienen su encanto, de seguro me puedo divertir un rato, mientras que ellas la pasan bien". Eran amigas, no las mejores, pero sí inseparables; Vivian y Zuleth siempre peleaban por el trono, mientras que Marina sólo deseaba ser ella. No supo en qué momento fue que inicio con el juego de las flores, sólo sabía que eran tres y la más hermosa era para aquella linda y delicada niña de nombre Marina.

— ¡Margaritas! —dijo Vivian en cuanto las miró.

— ¡Amo los claveles! —mencionó Zuleth.

La última sólo le agradeció con una bonita sonrisa y una mirada que hasta la fecha no logra quitarse de la mente.

Y así inició el juego, salía con una un día y con otra y otra los días que tenía libres; el secreto para que ellas no supieran lo que pasaba era que el joven les mencionó a cada una de ellas que no deseaba que nadie lo supiera, puesto que temía que hablar tan rápido sobre lo suyo les trajera mala suerte. Y así, los labios de las chicas se sellaron ante la mentira de ese impostor de ojos azules, de ese que sólo deseaba ser amado por las tres al mismo tiempo.

—Fue un largo viaje —menciona Vivian con su voz irritante—, todos conducimos, todos íbamos en el auto.

La mujer que hacía las preguntas sacudió la cabeza y anotó algo en su libreta. Había sucedido lo mismo desde cinco años atrás. El tiempo pasaba lento en esas hojas gastadas en las que ella apuntaba, ninguno de los tres sabía qué era eso que escribía. Era una incógnita más, como la desaparición de Marina.

  —Siempre la misma pregunta —dice Zuleth comenzando a verse molesta— ¿Siempre tiene que ser así?

El otro empuña una mano y se golpea la pierna, posiblemente está arrepentido de haber iniciado con todo eso, sí, lo está. Ése de ojos azules se arrepiente de haber tenido tres corazones al mismo tiempo.

—No logro recordar quién conducía, quizás fue ella —responde el tercero—, debió ser ella, no recuerdo mucho después del comienzo del viaje.

— ¿Ella iba con ustedes? —pregunta la mujer.

— ¿A quién le importa eso? —Se exaspera  la rubia— ¡Dejémosla ir! ¡Ella querría ser olvidada!

El único que no piensa lo mismo es él, pues se aferra a la silla y omite un grito en contra de su segunda amante. A la única a la que quiso fue a Marina, a la única a la que amó y seguía amando. Recordaba esos ojos al final de la calle, en el pueblo vecino, los recordaba y quería gritar. Ese viaje, ese maldito viaje que los separó.

No fue un día caluroso, tampoco uno de esos que nos hacen saber que es verano, pero lo era. Irían los cuatro juntos, viajarían a la playa. Los cuatro, en su convertible viejo y de potente motor. Qué gran día sería ése. Cuatro amantes en un auto, en el silencio de la incertidumbre, en las manías de un amor oculto. Las miradas yacían en la carretera, pero el candor de unos labios sedientos posiblemente se hacía notar en los rostros de los que amaban. Tres lindas muchachitas, tres niñas de corazón puro. Y él, un perverso tipo y de corazón agrietado.

No se supo cómo sucedió, sólo pasó. El auto se detuvo y un alma bajó de él: Marina. Marina y sus ojos tristes le dijeron adiós a esos tres que ahora yacen tras los espejos en espera de ella. ¿Qué sucedió? ¿Por qué lo hizo? No era tan tonta como él creía, se dio cuenta de lo que ocultaban esos cuatro cuerpos. Él no la amaba como ella deseaba, él sólo quería ser adorado por tres al mismo tiempo. Ella lo supo, se dio cuenta por las miradas que le regalaba a cada una de ellas ¿Por qué ninguna de ellas se dio cuenta?

—No te puedes bajar aquí, estás loca. —dijo Vivian.

— ¿Qué es lo que sucede, Marina? —preguntó la otra.

Pero él, él ni siquiera hizo el intento por hacerla reaccionar, no la detuvo. La dejó ir así, abriendo la puerta y mirándola por el retrovisor. La miró llorar al final de aquella larga calle, sin tocarse el corazón, sin ver por ella que tanto lo amaba.

Y ahora el recuerdo lo consume, lo hace trizas. Mientras mira las flores, mientras espera que la rosa no se marchite en su mano, piensa en ella, la recuerda y se da cuenta de cuánto la quiere. A ella, a Marina. "¿Rosas, margaritas o claveles?" trata de elegir, ¿A quién le dará el gusto ese día? ¿Quién aparecerá para hablar con él?

Recuerda un beso, una caricia y una mirada de aquella a la que hora sabe ama. La recuerda y se pudre por dentro, porque sabe que jamás podrá estar con ella. Si tan sólo él hubiera amado a una sola mujer. Si tan sólo no la hubiera dejado ir. Marina estaría a su lado.

—Una de cada una —menciona al fin, después de pensar unos segundos qué flor llevaría.

El camino fue largo para esos tres que iban a la playa, tan largo como estar en medio de dos princesas que deseaban el trono y, de igual manera, el amor de un hombre. La carretera se volvió extensa, el tiempo los acosó y las prendas comenzaron a caer una a una, las mentiras se volvieron parte de aquel fresco día de verano. ¿Quién ganaría esa guerra? ¿Quién si no el dolor de un golpe llamado desilusión? La fruta prohibida de Ennis les tocó el alma. Gritos, gritos y más gritos. El control de un viejo auto que iba a mil por hora y la estrecha carretera que juega con sus vidas. ¿Dónde quedó el amor? Los ojos azules de un caballero disfrazado se vieron cerrados junto con los de sus damiselas.

Y Marina, lejos de la playa y de su amor, lloraba, pues anhelaba ser amada y deseaba. Marina, la de los ojos de color miel, ahora esperaba ser encontrada, que alguien volviera por ella, que le regalaran rosas.

El vendedor mira cómo esas flores se alejan de su pequeño puesto, se hace a una sonrisa y degusta ese instante. Flores que se venden, flores que irán a manos de una bella muchacha. Analiza y vuelve a mirar al comprador. Sus ojos bailan alrededor de aquellos pasos lentos y suaves, no logra comprender cómo es que siempre lleva las mismas flores. Voltea a ver a ese pequeño que lo acompaña y menciona:

—Qué chica tan curiosa.