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Recuerdos de un banco de Madrid — capítulo 1
Recuerdos de un banco de Madrid
Yo siempre había pensado que la historia de una mujer que lee los grandes clásicos de la literatura a escondidas de su marido, un hombre machista de mente cerrada y abrupta, tiene que ser forzosamente mucho más interesante que la de una mujer que dedica sus tardes a bordar junto a la ventana de la sala de estar mientras observa el paso de las horas y de las personas, sin otro propósito que el de dibujar con la aguja un bonito muñeco en el babi de su nieto, o tal vez una vistosa flor con la que adornar un mantel muy viejo heredado de su bisabuela. Y es más, estoy segura, querido lector, que de haberte visto alguna vez en la tesitura de tener que elegir una u otra historia, hubieses optado sin duda por la primera.
Lamento pues el tener que comunicarte que si has entrado aquí dispuesto a leer sobre una mujer culta que se rebeló contra los estigmas de su época, te marcharás con una desagradable sensación de decepción. Si por el contrario estás dispuesto a abrir tu mente y seguir con la mujer que borda junto a la ventana hasta el final, descubrirás que muchas veces las personas más sencillas y aburridas son las que albergan las mejores historias en su interior.
Luz María siempre había sido una niña muy buena. Todos los que la conocían lo decían. Siempre estaba dispuesta a ayudar a todo el mundo; por ejemplo, llevaba la bolsa de la compra de su vecina desde el mercado hasta la casa de esta, pues estaba demasiado vieja y demasiado cansada para hacerlo ella misma. Y cuando despedía a la niña con una sonrisa de agradecimiento, no podía evitar comentar con su hermana, tan vieja y cansada como ella: "¡Hay que ver qué buena es Luz María!".
Los domingos era frecuente encontrarla en la iglesia con sus padres y sus cinco hermanos pequeños, todos tan morenos y con los ojos tan verdes como ella. Y viéndola allí sentada, sin molestar a nadie y tratando de acallar los sollozos del más pequeño de sus hermanos para que no distrajese a aquellos que escuchaban el sermón con el misal entre las manos, incluso el cura comentaba con el monaguillo, una vez finalizada la celebración: "¡Hay que ver qué buena es Luz María!".
Algunas tardes de domingo, cuando en el casino del pueblo se celebraba alguna fiesta, se la podía ver allí, sentada y conversando con alguna amiga, o tal vez bailando con algún muchacho atrevido que no había dudado en invitarla. Y entonces, las viejas más viejas del pueblo, aquellas cuyos huesos apenas les permitían moverse, comentaban: "¡Hay que ver qué buena es Luz María! ¡Y qué gracia tiene, la condenada!".
Y sin embargo quiso la mala suerte que a esta niña tan buena le sobreviniese una desgracia. Cuando apenas contaba con diecisiete años, su madre cayó enferma, y nadie supo decir de qué. El médico del pueblo afirmaba que era probable que se recuperara, pero que necesitaba mucho reposo y descanso. Por ello el padre de Luz María, ignorando los ruegos de su hija mayor, que quería quedarse en el pueblo para cuidar de su madre, decidió enviar a sus hijos a vivir a Madrid con su hermana.
A Luz María no le quedó más remedio que obedecer y marcharse a casa de su tía. Cuando las buenas gentes del pueblo la vieron subir al autobús que debía llevarla a Madrid, con la cabeza gacha y la mirada triste, no pudieron evitar comentar con tristeza: "¡Pobre, pobre y desdichada Luz María!".
Lo primero que pensó Luz María cuando el autobús los dejó en la estación fue que todo estaba a punto de cambiar. Nunca supo qué fue lo que motivó aquel pensamiento, pero mientras esperaba a que su tía acudiera a recogerlos, rodeada de maletas y tratando de evitar que sus hermanos echaran a correr, comprendió que aquella estancia en Madrid iba a marcar un antes y un después en su vida.
Pasaron los meses. Luz María, ante la insistencia de su tío, que afirmaba que cualquier muchacha que pretendiese considerarse una buena esposa en el futuro debía aprender cosas tan inherentes a las mujeres de la época como la realización de las tareas domésticas, decidió acudir a un curso de bordado que se impartía en un local no muy lejos de la casa donde vivían.
Desde el principio Luz María demostró tener gran habilidad para el bordado. Le parecía una actividad sencilla y amena, algo que le permitía desconectar de las preocupaciones del día a día. Y pese a que había allí muchas mujeres jóvenes que, como su tío, consideraban que una esposa que no sabía bordar no era una buena esposa, Luz María no pudo menos que sentir curiosidad por una de ellas que nada tenía que ver con las demás.
Se llamaba Leonor, y pese a que a Luz María le parecía un nombre muy bonito, su compañera le confesó que de haber sido por ella se hubiese arrancado del cuerpo aquel nombre de niña rica y lo hubiese dado como alimento a los perros que callejeaban por la ciudad. Desde el primer día se había fijado en ella con cierta curiosidad. Parecía estar allí por obligación, como si considerase que el bordado no era una tarea lo bastante útil para perder en ello un tiempo que podría estar empleando en cualquier otra cosa. Tiempo después le confesó que su padre la obligaba a estar allí, pues consideraba que pasarse los días leyendo y paseando por el parque del Retiro en soledad no eran actividades adecuadas para una señorita de diecinueve años que pretendiera ser considerada como una muchacha cuerda, sana y decente.
A Luz María le hacía gracia la facilidad que tenía Leonor para expresar lo que pensaba sobre cualquier cosa sin miedo a lo que pudieran decirle. A Leonor, por el contrario, le atraía la serenidad con que su compañera aceptaba la situación en la que se encontraba. Sin embargo, ninguna de las dos había mencionado a la otra en casa más que de pasada. Esto preocupaba a Luz María, que no acostumbraba a tener secretos con su familia. Pero algo en ella la impulsaba a cerrar la boca. Por una razón que no acababa de comprender, se resistía a hablar de Leonor a sus tíos.
Una tarde llegó a Madrid una carta del pueblo. La tía de Luz María la abrió y la leyó lentamente, mientras su única sobrina luchaba contra el impulso de arrancársela de las manos. Estaba preocupada. Las primeras cartas que su padre había enviado, pocas semanas después de su marcha, estaban escritas en un tono alegre y optimista, un tono que denotaba esperanza. Pero últimamente las cartas que llegaban eran cada vez menos prometedoras. En todas se mencionaba a su madre, afirmando que estaba mejorando y que pronto podrían volver al pueblo para visitarla. Pero Luz María había notado (aunque nadie más parecía haberlo hecho) que su padre ya no confiaba como antes en la pronta recuperación de su madre. Por eso, cuando su tía levantó, tras unos minutos de tenso silencio, la vista de la carta, Luz María vio confirmados todos sus temores, y la verdad, que su padre había intentado ocultarle sin éxito, cayó sobre ella como un jarro de agua fría.
-Tu… tu madre ha muerto.-le dijo su tía con voz ronca.
De repente, todo pareció oscurecerse, como si el sol, cuyos rayos traspasaban las ventanas y se tendían tranquilamente sobre los muebles, hubiese sido ocultado por una nube envidiosa que quería cobrar protagonismo en el inmenso cielo de verano. Siendo apenas consciente de lo que hacía, Luz María salió por la puerta como si de una ráfaga de viento se tratase. Corrió sin saber a dónde ir, pues lo único que sabía en aquel momento era que quería alejarse cuanto pudiera de aquel lugar. No quería enfrentarse con la mirada de sus tíos, ni quería ver las caras de sus hermanos cuando se enterasen de la noticia. Sabía que su deber era estar allí con ellos y darles apoyo, pero no se sentía con fuerzas. No podía contarles esa noticia y fingir una calma que no sentía. Sencillamente, era más fuerte que ella.
Sus pasos la condujeron sin querer hasta el local donde cada día acudía a sus clases de bordado. No sabía por qué había ido allí, pero en ese momento no le preocupaba demasiado. La única cosa en la que podía pensar era que su madre estaba muerta, y que no la volvería a ver nunca más.
Siguió caminando sin rumbo fijo, pues no tenía ganas de quedarse quieta, y mucho menos de volver a casa. Las lágrimas le nublaban la vista y le impedían ver por dónde pisaba, pero no se molestó en enjugárselas. Estuvieron a punto de atropellarla dos veces, pero se dio cuenta que lo que pudiera pasarle no le importaba demasiado.
-¿Lucy?
Luz María giró la cabeza. Leonor la miraba con cara de preocupación desde la otra esquina. Pese a lo mal que se encontraba, no pudo evitar sonreír. Siempre sonreía cuando ella la llamaba Lucy.
-Hola Leo.-murmuró.
-¿Estás bien?-preguntó Leonor, preocupada, mientras se acercaba a ella.
-Sí.-mintió.
-Sí, claro que sí, no hay más que verte. ¿Se puede saber qué es lo que te ha pasado?- al ver que no contestaba, le pasó el brazo por los hombros y le dijo- Demos un paseo. El Retiro está precioso en esta época del año.
Se dirigieron al parque en silencio. Allí, se sentaron en un banco, y durante unos minutos ninguna abrió la boca. Luz María no se decidía a hablar, no porque no quisiera, sino porque no quería mostrar debilidad delante de su amiga, y sabía que si comenzaba a expresar con palabras lo que sentía, las lágrimas brotarían de sus ojos sin remedio. Leonor, por su parte, se había propuesto no presionarla y esperar a que Luz María estuviese dispuesta a contárselo, pero viendo que el sol comenzaba a ponerse y que el parque empezaba a vaciarse poco a poco, decidió que no podía esperar más.
-Lucy…
-¿Mm?
-¿Vas a contarme lo que te pasa o voy a tener que meter la mano por tu garganta y sacártelo a la fuerza?-bromeó.
Luz María levantó los ojos, que hasta ahora habían estado mirando al frente, viendo sin ver a las parejas que paseaban sin atreverse siquiera a cogerse de la mano por miedo a lo que los subordinados del dictador Francisco Franco pudieran hacerles, y miró directamente a los ojos oscuros de Leonor, que la observaban con preocupación. Y en ese momento se dio cuenta de que quería contárselo. Quería confiar en ella, y quería que ella la consolara, que la tomara de la mano, que la acariciara y le susurrara al oído que todo iba a estar bien, aunque fuese mentira. La intensidad de ese sentimiento que de pronto la había embargado la dejó sin respiración. Con gran esfuerzo, tomó aire por la boca, pues sentía que se ahogaba, y comenzó a hablar.
Tal y como había supuesto, las lágrimas descendieron por sus mejillas sin que ella pudiese hacer nada por evitarlo. Trató de limpiárselas, avergonzada, pero Leonor se lo impidió. Al contrario de lo que había supuesto, no había burla en los ojos de su amiga. Sólo una tristeza profunda e intensa. Luz María no comprendía por qué de repente su amiga también estaba afligida, hasta que se dio cuenta de que la tristeza que reflejaban las pupilas de Leonor era su tristeza, una tristeza que ambas compartían y soportaban por igual, porque ya no eran dos personas separadas, sino una sola que sentía y padecía a la par que la otra.
Leonor acarició levemente la mejilla de Luz María, y este suave contacto fue como un bálsamo para su alma rota. Por un momento, olvidó todo lo que había pasado en las últimas horas y disfrutó de aquel contacto, que tenía un efecto asombrosamente tranquilizador. De repente era tremendamente consciente de todos los detalles de la persona que tenía en frente: su pelo azabache, sus ojos brillantes, las pecas que cubrían su nariz, sus labios finos, que cada vez estaban más cerca de los suyos…
Tiempo después, al pensar en lo que había hecho aquella noche, sintió miedo, pero un miedo muy diferente al que había sentido entonces. En aquel momento, mientras besaba a su amiga sentada en un banco del Retiro, se había sentido asustada por la intensidad del sentimiento que poco a poco cobraba fuerza en su interior. Porque aunque los adultos se esforzaban en acallar ciertas cosas, había sido imposible evitar que llegase a oídos de Luz María rumores acerca de personas mentalmente enfermas que besaban a personas de su mismo sexo. Un buen amigo de sus tíos le había dicho un día, estando de visita en su casa, que esas personas estaban poseídas por el Diablo, y que para curarlas de su enfermedad se las sometía a todo tipo de extraños exorcismos. Por eso en aquel momento sintió miedo, miedo a lo desconocido, miedo a lo que, según le habían enseñado, era peligroso. Pero pese a lo que había dicho aquel hombre, Luz María se sentía reacia a creer que algo que la hiciera tan feliz pudiera ser malo. Si algo había aprendido durante los años de catequesis era que Dios amaba a todos por igual, y uno de sus mandamientos decía claramente que se debía amar al prójimo como a uno mismo. ¿Y no era eso, al fin y al cabo, lo que ella estaba haciendo?
Y sin embargo, años después, volvió a sentir miedo, pero un miedo distinto al que había tenido entonces. Temblaba al pensar lo que podría haber sido de ellas si alguien las hubiese visto allí sentadas, besándose a la luz de la luna. Probablemente las hubiesen internado en un manicomio, o algo peor. Por suerte, no habían tenido ocasión de averiguarlo.
Cuando sus labios se separaron, ambas se miraron sin decir nada, pues habían comprendido sin necesidad de hablar que se amaban, y al mismo tiempo se habían dado cuenta de que nunca podrían estar juntas. Tal vez, de haber nacido en otra época, o quizás en otro lugar, hubiesen albergado alguna esperanza. Pero no podían engañarse confiando en que un régimen político que no permitía que los novios se besasen en público les dejase ser pareja, y mucho menos casarse. No, eso sería pecar de optimistas.
Leonor asió la mano de Luz María, y ella la apretó suavemente. Se quedaron así durante horas, sin decir palabra, mirando la brillante luna que se reflejaba en el pequeño lago del parque, ahora quieto y liso, pues hacía rato que los patos que solían nadar en él se habían ido a dormir. Durante ese tiempo ninguna pensó en el futuro. De lo único de lo que eran conscientes era de la presencia de la otra, y de las manos que parecían conectar no sólo dos cuerpos, sino dos almas.
Comenzaba a amanecer cuando por fin se separaron y se desperezaron, entumecidas tras haber pasado la noche sentadas en el frío y duro banco del parque. Se despidieron con cierta tristeza, pues pese a que ambas tenían la esperanza de volver a encontrarse esa tarde en el curso de bordado, de algún modo intuían que aquella iba a ser la última vez que se vieran. Y tal vez fuera eso lo que impulsó a Luz María a vencer su timidez y decir sin vacilar:
-Te quiero.
Leonor, cogida por sorpresa, sonrió.
-Y yo, Lucy, y yo.
Se miraron por última vez, y entonces Luz María le dio la espalda y se alejó. Y mientras la veía marcharse, Leonor dejó escapar una sola lágrima, que se deslizó por su mejilla y cayó al suelo, fundiéndose con el rocío de la mañana.
Tal y como ambas habían predicho, la despedida que había tenido lugar en el parque había sido la definitiva. Esa misma tarde Luz María y sus hermanos partieron hacia el pueblo para acudir al entierro de su madre, que tendría lugar la mañana siguiente. Durante el viaje en autobús, los seis permanecieron anormalmente silenciosos, y cuando al día siguiente los vecinos la vieron seguir al féretro camino al cementerio, no pudieron evitar exclamar: "¡Pobre, pobre y desdichada Luz María!".
Pasaron los años. Luz María creció y se convirtió en toda una mujer. Su padre, preocupado por el hecho de que su hija no mostraba interés en ninguno de los pretendientes que a diario esperaban junto a su puerta para agasajarla con flores y otros regalos, decidió casarla con un joven rico del pueblo. Ella, pese a no estar enamorada de ese joven, obedeció, pues no quería contrariar a su padre.
Tras la muerte del padre de Luz María, ambos se trasladaron a Toledo, pues a su marido le habían propuesto un buen negocio basado en la construcción de una serie de viviendas en las afueras de la ciudad. A Luz María no le importó mudarse, pues el pueblo estaba muy cerca de su nueva casa y podía visitar a sus hermanos cuando quisiera. Tiempo después, al rememorar aquellos años, se dio cuenta de que había sido una época feliz. Incluso podría decirse que en algún momento llegó a amar a su pareja, no de la misma forma que a Leonor, pero sí como a un buen amigo en el que sabía que podía confiar. Y eso le bastaba.
Si alguna vez paseas por Toledo durante el verano, es bastante probable que veas muchas ventanas abiertas. Sentada junto a una de esas ventanas, podrás ver a una anciana que borda a la luz de los últimos rayos del sol estival. Puede que tú no te des cuenta, pero aunque sus ojos verdes miran la aguja con la que trabaja, su mente está muy lejos de allí. Y me atrevería a aventurar que si viajamos a Madrid, la encontraremos sentada en un banco del parque del Retiro, con la vista puesta en lago, recordando.