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Los Sexagésimos Séptimo Juegos del Hambre. — capítulo 1
Me levanto temprano, igual que cada mañana. Apenas ha salido el sol, así que no deben ser más que las ocho de la mañana, y hoy no hay clases. Mi habitación está bañada por una luz blanca que viene de afuera, dejando todo muy iluminado. No quiero ni pensar dónde puedo estar en unas horas, ni siquiera con quién. Me siento, apoyando mi espalda en el respaldo de la cama. A unos metros de mí está mi hermano pequeño, tapado hasta las cejas por una sábana color caoba. Algunas veces creo que es un simple árbol, pues respira tan lento cuando duerme que es como si no lo hiciera. Siento un poco de lástima por él, ya que con suerte hoy me elegirán a mí en la Cosecha, quedándose solo en mi casa con mi padre y mi abuelo. Pobre niño.
Camino a hurtadillas para que Keevin, mi hermano, no despierte. Las bisagras, oxidadas, de la puerta crujen cuando la abro, y Keevin se mueve de un lado a otro de la cama. Respiro hondo. Ahora abro con más cuidado la puerta, y camino por el corredor de puntillas. Mi abuelo duerme en la habitación a un lado de la mía, con un ruido pesado y algo molesto. Los ronquidos de mi abuelo, podrían despertar a una marmota tal vez, pero también a mi padre. Camino más rápido, y luego bajo las escaleras.
Vivo en el Distrito 2, uno de los más populares entre el Capitolio. Nuestra especialidad es la construcción, pero también entregamos otras cosas a Panem, algo secreto en todo el país. Bueno, secreto salvo para algunos pocos. Mi padre fue un vencedor de los Juegos del Hambre, y mi abuelo también. Ambos fueron tributos voluntarios. Ser voluntario y profesional es igual que decir "vengan, aquí estoy, matadme, no me importa, puedo destruirlos si quiero". Yo debo correr la misma suerte, pero el próximo año, cuando sea mi última Cosecha. Siempre hay algún voluntario entre nosotros, algún chico o chica. Eres elegible para la matanza, digo, para los Juegos del Hambre, cuando tienes entre doce y dieciocho años. Los Juegos son una especie de reality-show a base de matanza entre críos. Menuda programación tenemos.
Entro en el escritorio de mi padre. Hay libros por todas partes, y la mayoría los ha escrito él. Son los libros sobre cómo matar, o sobre matanzas. Sí, mi padre es algo morbo. Sin embargo, todo parece estar en orden. Salvo por ese aroma a... Oh, ¿a qué huele? Bueno, pronto lo averiguaré.
—¿No es algo temprano para estar despierta? —preguntan a mis espaldas.
Tengo una mano sobre el escritorio de roble de mis padres. La deslizo con delicadeza, sintiendo cada veta en la madera. Me doy la vuelta. Los ojos de mi padre, negros como cuentas, están clavados en los míos, un poco menos oscuros. Me acaricia el cabello y me mira dulce. Otra vez le recuerdo a mi madre.
—Vale. —Mi voz es dura, no quiero oírlo. —¿Qué quieres?
Mi padre me lanza una sonrisa. Sabe lo que vengo a hacer, lo que hago cada mañana antes de la Cosecha. Vengo a entrenar.
Si bien es ilegal que nos preparen antes de los Juegos, a nosotros nos perdonan hacerlo, al igual que a los demás distritos profesionales, el 1 y el 4. ¿Quién en todo el Capitolio podría quejarse de la diversión que los profesionales les han propiciado en todos estos años? Bueno, yo no sé cómo sería allí adentro. En la Arena, quiero decir.
—Sabes que no te elegirán, Irisha. Este año le toca a Jannelie ser voluntaria.
Mi padre tiene un pequeño centro de entrenamiento parecido al que está en el Capitolio, y entrena a un grupo que le paga lo suficientemente bien por ello. No necesitamos el dinero, claro, somos asquerosamente ricos desde que mi abuelo ganó los Juegos del Hambre. No pensarás que fue casualidad que mi padre también ganara.
—No lo sé, siempre es mejor estar preparada.
Mi nombre está en la urna solo seis veces, una por cada Cosecha a la que asistí. Nunca pedí teselas, ya que tengo el dinero suficiente, por lo que no tengo más. Sé que la hija de uno de los constructores de mi pueblo tiene treinta y cuatro, y el primo de mi mejor amiga tiene ciento cuatro. Por suerte, cada año se presenta alguien voluntario y salva a los que están con menos probabilidades. Bueno, no siempre. El año anterior, una muchacha que comía de la basura de un restaurante en el centro del pueblo fue elegida.
—Haz lo que quieras, nena.
Oh, Dios. Si mi padre me llamó "nena", es porque está muy enojado. No puedo creer que no me deje preparar para la lucha. ¿Qué tal si salgo elegida? ¿Qué tal si Jannelie no se presenta? Puedo estar muerta en una semana, y me olvidarán todos. Sale sin más de su escritorio, y yo me pongo a buscar mi arma.
Mi arma está bajo el escritorio. El metal es una aleación de cobre y estaño llamada bronce, y tiene un color tan particular como hermoso ante mis ojos. La hoja está algo sucia, pero no creo que sea ningún problema a la hora de partir algún cuello o algo así. La sostengo con la mano izquierda, pues soy zurda. Liviana entre mis dedos, lanzó unos mandobles al aire, como esperando que algo se rompa.
Tal vez pueda sobrevivir si caigo. O tal vez no.
La plaza central del pueblo está llena de gente. Claro, muchísimos son jóvenes de mi edad, todos muertos de miedo por si su papeleta es tomada por la mujer del Capitolio, Ahnell Blink. Hoy tiene un vestido por las rodillas color salmón con brillantes, y una peluca color plata con un pez a juego —me pregunto si vivo o muerto— sobre ella. Vamos, iría al Capitolio solo para saber si todos son tan… tan… tan ridículos al vestirse. Yo tengo una blusa color marfil y una falda púrpura. Aquí no resalto tanto, porque todas las muchachas se disfrazan casi como en la capital de Panem, pero seguro que sí lo haría en los distritos más pobres, como el 12 o el 11.
Los ojos de muchos están clavados en mí. Estoy sola entre muchas chicas que no conozco. El Distrito 2 está compuesto por muchos pueblos pequeños, ubicados todos en un lugar llamado las «Rocallosas» o algo parecido, y es uno de los 12 más próximos al Capitolio. Me pregunto si algún día podría escapar y los aerodeslizadores me perseguirían.
—¡Bienvenidos, jóvenes trabajadores! —nos saluda Ahnell Blnk con su extraño acento del Capitolio. Después de cinco años no me he acostumbrado—. ¡¡Felices Sexagésimo Séptimos Juegos del Hambre, y que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte!!
Nos indica que miremos a la pantalla para el video editado (o manipulado) por el presidente de Panem, Snow. Las horribles imágenes de los Dias Oscuros me hacen querer devolver a tierra el desayuno. Baja la mirada hacia unos niños que se estaban riendo, demasiado alto tal vez, y sus ojos se crispan. Unos segundos después, unos agentes de paz agarran a los chicos. Me obligo a no pensar si estarán como avox en unos momentos.
—Como siempre, ¡las damas primero! —Me encantaría que a Ahnell Blink la convirtieran en avox, con esa voz tan… tan… —¡Irisha Fleekoff!
Las muchachas que tengo a mi alrededor me miran con aire de tristeza. Saben que no tendría que estar subiendo así, por aquella escalinata hasta el escenario. No, hasta la muerte. Miro a todos. Siento su tristeza, y quiero gritar que odio al Capitolio y a todo lo que nos hacen hacer. Siento una impotencia tan insana que no puedo dejar de removerme y casi rechazo la mano de Ahnell. Miro a la gente. Jannelie no está por ningún lado, no está. Por más que hubiera miles de personas allí, podría reconocerla, ya que es una de las únicas personas que podría dibujar en mi mente, una de las únicas a las que considerar «amiga» o algo parecido. ¿Por qué no se ha presentado voluntaria?
—¿Ningún voluntario? —pide la señorita Blink. O repite, no lo sé—. Oh, bueno. Sigamos por los caballeros. —Su mano se mueve con delicadeza dentro de la urna de los muchachos, hasta que elige uno que sí le gusta. —Winnelow Pesselo.
Jamás había escuchado de él, y tal vez ni siquiera lo conocía. Como dije, conozco a pocas personas como para recordar su rostro. Ahnell nos toma las manos y las alza. Todos aplauden. Unos segundos después, estamos dentro del Edificio de Justicia.