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La Gemela Psicópata. — capítulo 1

La gemela psicópata.

Único capítulo.

El usual camisón le llegaba poco debajo de la rodilla, estaba harta de ese tonto camisón blanco completamente, ¡Cuánto deseaba usar sus pantalones de mezclilla! Pero eso sería pronto, se reconfortó. Peino nuevamente su cabello castaño, y lo dejo suelto y al aire, haciendo que sus ondas cayeran por los costados de su rostro, otra cosa que no le gustaba de ese lugar era que su cabello no podía ser más largo hasta llegar a sus hombros. Se paró del asiento y se sentó ahora en la cama, blanca, igual que su cuarto. ¡Esos malditos doctores se empeñaban en hacerla enloquecer con esos colores! Si no era blanco, era rosado, celeste o cualquier otro color pastel ¡Que no se daban cuenta que lo suyo eran los colores oscuros!

Bufó otra vez al ver entrar a la enfermera, otra cosa que odiaba de ese maldito hospital ¿Qué acaso se habían empeñado en torturarla?

-Buenos días, señorita Thomas.- dijo la enfermera con su usual sonrisa de oreja a oreja, entrecerrando sus ojos. Llevaba el vaso en una mano y la pastilla en otra. La miró nuevamente, de pies a cabeza, era rubia de ojos verdes aqua, de buen cuerpo y la falda y la camisa blanca le quedaban bien haciendo resaltar sus curvas.

-¿Qué hay de buenos?- preguntó entre dientes, apartó la mirada como solía hacerlo siempre al ver al doctor, o, en este caso, a la enfermera. Ella frunció el ceño, mientras miraba a la castaña jugar con su corto cabello. Dejó el vaso con agua y la pastilla en la mesita blanca de noche, sí, como ya comenté, todo era blanco.

Se quedó parada en el marco de la puerta para cerciorarse de que Madison tomara su pastilla. Madison rodó esos ojos verdes y se paró sin ganas, caminó hacia la mesita de noche, se echó la pastilla a la boca y bebió la pastilla. Miró a la enfermera con su sonrisa de superioridad, sin más que decir, se volteó y desapareció de la vista de Madison. Volvió a sentarse en su cama blanca y comenzó a jugar con su cabello oscuro, eso era lo que más adoraba ahora, su cabello, a pesar de que estaba un poco opaco, sin duda era mejor ver eso que los colores pasteles de ese tonto hospital siquiátrico.

Suspiró fuertemente al ver al viejo doctor entrar en su habitación, ya tenía suficiente con esa tonta enfermera rubia, y ahora venia el doctor de aspecto arrogante, de ojos cafés y cabello negro. Se paró sin dejar de enrular su cabello con el dedo.

-Su hermana esta aquí, señorita Thomas, la dejaré verla si promete comportarse.- el doctor miró por encima de sus anteojos a la castaña, quien asintió pesadamente. Otra vez vería a su gemela y tendría que fingir alegría al ver quien si tenía libertad.

-Me drogan a diario ¿no?, seguro me comportaré.- sonrió maliciosamente, la enfermera rubia que ahora acompañaba al doctor se estremeció al ver ese brillo en los ojos verdes de Madison.

Caminó por los pasillos del hospital, algunos husmeaban sacando la cabeza de sus habitaciones. Había variedad de personas con diferentes historias, locos, drogadictos, alcohólicos, asesinos, y Madison encajaba muy bien en esta última.

Aún podía sentir ese olor a sangre aquel día…

Flash Back

Era un día sin sol, pero aún así los pájaros cantaban afuera de la casa de los Thomas. Madison estaba recostada en la cama de su madre mientras miraba al techo al igual que ella, su madre suspiró pesadamente. Su gemela estaba en clases de Ballet, a ella no le gustaba tanto: tutus, vueltas, cansancio… No, eso no era lo suyo, prefería leer todo el día.

-Mamá, ¿Cómo es la muerte?- preguntó sin apartar la mirada del techo blanco. Sintió como su mamá se ponía incomoda, pero aún así no hizo nada para retirar lo dicho, amaba cuando las personas se ponían incomodas. Sabía muy bien porque su madre estaba incomoda respecto a la pregunta, su papá había muerto el verano pasado por culpa de un asalto en su tienda de música.- Mamá.- la llamó al ver que la madre no respondía.

-No lo sé, querida- paso una mano por el cabello castaño de Madison, lo tenía largo mucho más debajo de los hombros, por la espalda-, pero si lo supiera seguro te lo diría.

-Pero cuando uno muere va al cielo con sus seres queridos, ¿no?- levantó la vista para mirar la mueca de su madre y sus ojos mirando a la nada. Asintió como repuesta-, entonces, ¿Sí tú, Miranda y yo morimos, iremos con papá?

-No sé qué decirte, Madison- se levantó de la cama-, es hora de la merienda ¿Quieres sándwiches?

Madison asintió. Se bajó de la cama al igual que como lo hizo su madre, se acomodó la larga y blanca camisa que usaba, miró el reloj de mano, eran las 2:30 pronto vendría su gemela para divertirse juntas, aunque Miranda era más alegre y risueña, en cambio Madison era fría y distante. Bajó las escaleras, miró a su madre llorar, ¿Y si de ella dependía que su madre fuera más feliz? La señora Thomas estaba cortando los tomates para los sándwiches, de vez en cuando llevaba una mano a su cara y se daba a si misma alientos para ya no seguir llorando, aún sin saber que su hija menor la miraba desde las gradas.

Recordó que en la noche le habían dejado una tarea que era recortar imágenes y pegarlas en su cuaderno, había dejado los útiles en su mesita de noche. Empezó a subir las escaleras sin hacer ruido, lo que hizo muy bien pues es quitó los zapatos. Entró a la segunda puerta de la derecha, rápidamente cogió lo que necesitaba para llevar a cabo su plan. Nada podía fallar.

Bajó rápidamente a la cocina, Jenna Thompson aún seguía en la misma posición de antes, con el llanto silencioso y cortando los tomates. Comenzó a caminar hacía la dirección que se encontraba su madre, tan indefensa.

-Ahora serás feliz.- Jenna se volteó para ver a su amada hija menor con una tijera en la mano, esa escena helaba la piel. Madison le enterró la tijera mientras los ojos de Jenna veían sin mirar.

Después de eso su tía llegó con Miranda, la hallaron con la camisa blanca llena de sangre y comiendo los sándwiches, ni siquiera se había molestado en sacar la tijera del vientre de su madre.

Fin del Flash Back

Madison sonrió al recordar eso, le parecía tan divertido ese propio juego macabro, que después de eso mató a su gato y siguió, siguió, hasta que una vez mató a su tía, fue ahí, cuando solo tenía 14 años, cuando entró a ese siquiátrico. ¿Pero qué era lo malo? Ella solo quería el bien para aquellas personas, su mamá estaba sufriendo, su tía llevaba el peso de un embarazo no deseado y a ellas también, el gato estaba muy enfermo… ¿Qué era lo malo en todo aquello?

Miró a su melliza sentada al otro lado del escritorio, se veía cuidada, feliz y, como siempre, no se parecía a su Melliza. Miranda Thomas era la viva imagen de la juventud.

-¿Cómo has estado, hermanita?- se paró cuando escuchó la voz de Madison-, si digo incoherencias, no te preocupes. Me han drogado.

-Yo muy bien, Madison. Por cierto ¡Feliz cumpleaños!- Miranda abrazó un poco a su melliza.

-Igual, Miranda. Yo tengo un regalo, pero está en mi alcoba. Lástima que no me dejarán ir sola, ¿Podrías venir conmigo?- Madison fingió una sonrisa inocente, claro está que ella no es nada inocente.

-Está bien, vamos.- Miranda enganchó su brazo en el de Madison y se dirigieron hasta su habitación. Madison repasaba los pasos para llevar a cabo su plan.- ¿Y qué es?

-Lo buscaré.- se agachó y levantó el colchón lo miró ahí, era hermoso sin duda. Lo agarró y no dejó que su melliza lo viera-, solo quiero decirte que espero que seas feliz.

-Yo también te quiero.- sonrió de oreja a oreja, luego comenzó a reír un poco.

-Saludas a todos de mi parte.- enseñó el chuchillo, y lo enterró en el pecho de su melliza, quien abrió los ojos. Madison adoraba cuando sus ojos no miraban ya nada, cuando ya no tenían brillo… Cuando ya estaba muerta-. Te amo, Miranda.