Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Los ojos curiosos · de adictaapotter

Los ojos curiosos — capítulo 1

Capítulo único

Mírame a los ojos. ¿Puedes verme? Vamos, inténtalo.

Tengo unos ojos muy curiosos, ¿has notado? Apuesto a que no se parecen a ningún color que tú hayas visto antes. ¿Tengo razón, ah? Claro que tengo razón. Yo siempre tengo razón.

          No todas las personas tienen ojos curiosos. Algunas los tienen obtusos, secos, sin vida. No me gusta que sean marrones, ni que sean celestes o verdes; me gusta que sean curiosos. Me paseo por las calles buscando ojos curiosos, buscando una mirada que haga contacto con la mía y me haga entender que quiere que yo me los lleve.

Supe en cuanto la vi que ella también tenía unos ojos curiosos. Tal vez la elegí por eso, porque tiene unos ojos curiosos. Me gustan las personas con ojos curiosos, nariz recta, pómulos pálidos y labios suaves. A ellos también les gusto, ¿sabes?

La encontré cuando ya no esperaba encontrar a nadie; llovía y el cielo estaba oscuro por las nubes. Ella caminaba calle abajo con un paraguas en la mano, y cuando le hablé se giró y abrió sus ojos cuan grandes eran. Sus ojos curiosos.

          Intentó negarse a hablar conmigo y seguir caminando. Absurdo, lo sé. Intentó negarse aún a pesar de mis insistencias, aún a pesar de mi galantería. La traté dulcemente, sí. He descubierto que a las mujeres de ojos curiosos les gusta que las traten suave, dulcemente; letalmente.

          Lo intenté; le dije mi nombre, le dije que me llamaba Jhon y que estaría muy feliz de poder llevármela a casa esa noche. Llovía, con ese extraño sonido que produce la lluvia cuando cae sobre un techo de policarbonato. ¿Alguna vez te has fijado? Como si alguien estuviera golpeando las paredes, el techo, el alma de las personas sin piedad, sin perder el tiempo.

          ¿No es maravillosa? El dulce rumor de la lluvia que resbala del cielo y acaricia la tierra, el sonido hueco de los pasos que intentan hacerse oír en la oscuridad.

Me encanta el ruido de la lluvia, ¿a ti no? La lluvia al anochecer juega trucos con la mirada, la confunde, la marea; te hace creer que afuera hay algo que no está, que del otro lado hay alguien que susurra palabras, y solo es el viento. Te hace creer que a tu lado, justo a tu derecha, hay alguien con los labios pegados a tu oído susurrándote estas palabras. Gírate, ¿me ves?

Logré llevármela a casa esa noche. Ya sabía que lograría que viniese conmigo, claro está. ¿Quién en su sano juicio se negaría? La llevé a mi casa, mientras afuera llovía y nosotros nos empapábamos bajo el rumor del agua. También es interesante cómo funciona la lluvia al caer, ¿has visto? Cae y te acaricia, y de pronto tú ya no sabes si son manos, uñas o solo el agua lo que te araña el rostro.

Fuimos a mi casa, entonces, mientras las sombras se deshacían en la oscuridad, mientras el viento se reía en su oreja, mientras yo le susurraba al oído que tenía unos ojos muy curiosos, y que los quería; que los quería para mí.

Al llegar, serví vino en una copa alta, en una sola y única copa alta. Ella me preguntó, con una voz extraña y susurrante, con los ojos brillosos, si no le iba a servir a ella también. Me sorprendí. Le pregunté si le gustaba el vino, pero ella solo se reía, se carcajeaba, se sacudía el cabello.

No sabía que a las mujeres de ojos curiosos les gustaba el vino; el vino, que se parece tanto a la sangre, tan espeso y tan ligero a la vez, tan oloroso, tan dulce. ¿Por qué si les gustaba gritaban tanto cuando se los arrancaba de la piel?

Ella se reía ante mi confusión, se reía porque no me entendía. La gente no suele entenderme, ¿sabes? No está preparada entenderme, no está a mi nivel. Nos sentamos en el sillón de la sala; ella se hundía entre los almohadones y se reía con tanta facilidad que me enojaba. ¿De qué se reía, de qué? ¿De mí, acaso?

Se lo pregunté, y me acerqué a su cuello; ella calló la risa, la redujo a un dulce susurro que nacía, como un ronroneo, en lo más profundo de su garganta. Me miró, y le brillaban los ojos. Tienes unos ojos muy curiosos, le susurré, y volvió a reírse. ¿Me los prestas?

Por favor, di que sí. Los quiero, los quiero para mí. Cada vez mi boca estaba más cerca de su cara; mis labios acariciaban la piel tibia, la piel suave de su rostro.

Los tomé, ¿sabes? Sí, lo hice. Los tomé porque ella me susurró que los tomara, me dijo que eran míos si así lo quería. Los tomé con mis propias manos, con mis propias uñas, con mi propia piel. Mientras ella se reía y yo me inclinaba sobre su cuello, los tomé.

Es placentero, ¿has notado? Es enloquecedoramente delicioso enterrar las uñas en aquellas cuencas, notar cómo se rompe la piel bajo la presión, cómo resbala el vino tinto de sus ojos. Ella ha dicho que le gusta, ¿no? Entonces que lo beba, que beba su propio vino tinto.

Ya no ríe, ahora grita. Grita y el grito me encanta, me fascina. Tomo sus ojos entre mis manos, los dejo resbalar por la palma mientras la manchan de rojo, los pruebo, los aprieto contra mi pecho. Ella llora vino tinto, llora y grita y yo dejo sus ojos curiosos en la mesa y la abrazo; grita porque los extraña, ¿sabes? Extraña a sus ojos. Pero me los dio, dijo que eran míos si quería, y ahora ya no hay vuelta atrás.

Me voy de la habitación y la dejo sola, porque ya comenzó a quedarse afónica y sus gritos no tienen el mismo encanto. Atravieso el pasillo oscuro, lavo sus ojos con la lluvia fría al pasar, sin querer, y entro a mi dormitorio.

          Los guardaré en una caja, ¿te parece? No, tienes razón, no los guardaré en la misma caja donde guardo todos los otros ojos curiosos, estos se merecen un lugar más importante, un lugar más relevante; gracias, gracias por la sugerencia.

          Ahí están, ahí estarán mejor. ¿En que estábamos? Ah, sí. Mírame a los ojos, vamos. No te haré daño, lo prometo. ¿Puedes hacerlo, puedes hacerlo por mí? ¿Puedes mirarme? Aunque sea un segundo. Así es, muy bien. Gracias.

          Tus ojos también son bonitos, son curiosos. Muy curiosos, en realidad. ¿Me los prestas? Anda, di que sí. Di que sí. Gírate hacia atrás. Con cuidado, lentamente, sin pestañar.

          Estoy justo detrás de ti.