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Por un mito — capítulo 2

Capítulo Dos:El Final

Pasamos por el comedor, aún estaba allí la madre de los niños, alejada de la realidad. Me fijé en los detalles macabros de la casa, toda sin muebles, lo único que cubrían las paredes eran pinturas de Drácula, de vampiros observándote y de toda clase de brujas.

Subimos al segundo piso, eran las habitaciones. Me enseñó la habitación de Rosesto. Era blanca y llena de cajas, seguramente no había terminado de desempacar.Y faltaba la habitación de Amalia. El padre giró la perilla, yo estaba impaciente de ver su mundo.

-¡Papá!-Gritó ella antes de que él abriera la puerta.-¿Quién es ella?-Indignada me sentí, después de que me dió el susto más grande de mi vida el no conocerme, qué decepción.

-Hija ella será tu nueva tutora de artes oscuras. Se quedará en la habitación próxima a la tuya.-Lo miré con cara de que estaba bromeando. Ni siquiera le dije el salario. Lo quise corregir.

-Señor Hidalgo, eso todavía no se ha discutido.-El se giró a mí.

-Oh,pero señorita-Me dijo maliciosamente.-Usted entró aquí bajo su propio riesgo, no habrá forma de que usted salga de aquí. A menos de que sea sin latir. -De nuevo el miedo y el horror me recorrío el cuerpo.

Si se daban cuenta de que no conocía nada de artes oscuras me matarían, en qué lío me había metido.

Me cerraron en la habitación. Gracias a Dios traje un diario y lápiz para escribir todos mi avances, estaba en esa habitación sola, sin muebles. Parecía que esa gente no sabía ir a una mueblería.

Por la noche escuché unos gritos, del techo de mi cuarto. Me asomé por la ventana, allí estaba Amalia en el roble escondiendo algo en sus raíces, pareció que había escuchado los gritos así que comenzó a llorar.

Me sentí invadida por emociones nunca antes descubiertas. Así pasaron los meses, me las arreglé enseñando con un libro que encontré en el cuarto de Rosesto mientras éste estaba durmiendo. Me acostumbré en las noches a dormir en el piso y soportar los gritos provenientes del ático.

Salí con Amalia al patio, pocos días antes del incidente y mientras recitaba un poema de la vida de Van Gogh rebusqué entre las raíces del roble. Resulta que todas las noches Amalia escondía algo allí.

Encontré un cofrecito, lo abrí discretamente, estaba repleto de joyas. Diamantes, rubíes, esmeraldas.

¿De dónde esa niña habrá sacado tantas joyas? Las envolví en mi túnica. Remanzo me había obligado a vestirme como ellos, pasados de moda.

-Muy bien Amalia, creo que tu padre estará muy orgulloso de tí. Entra en la casa.-Disimuló una sonrisa y de camino a la casa sacó su libro a leer,«Lucifer y su sombra». De verdad esa niña tenía problemas. Volteé y miré mi casa abandonada. Lo digo ya que faltaba lo esencial en ella, mi presencia.

Ahí estaba otra vez Rosario, enfrente de su ventana. Desde mi llegada nunca había oído su voz. Cada día estaba más vieja. Mi madre tenía 64 y me atrevo a decir que luce mil veces más joven que ella.

¿Porqué ese cambio repentino de apariencia? ¿Qué le sucede a Rosario Hidalgo en el interior de su corazón? Definitivamente el vacío de su vida se refleja debido al vacío en su interior.

Esa noche Amalia no salió de su habitación, los gritos del ático habían cesado, lo único que se escuchaban eran las voces de Remanzo y Rosesto en la habitación de Amalia, ésta estaba llorando. Me paré del suelo para escuchar la conversación distante aunque estaba al otro lado de la pared.

Rosario había muerto. Remanzo y Rosesto la estaban envolviéndo en una sábana y la terminaron por arrojar en una tumba del cementerio. Me llamaron, mientras ellos salían con el cuerpo yo me quedé sola con Amalia, consolándola.

Esa habitación negra y vacía sin ningún destello de luz, le bajaba el autoestima a cualquiera. Lo curioso era que Rosario no había muerto naturalmente, alguien la mató.

Pero,¿quién? Se podría pensar que fue el marido, pero no fue hasta la mañana siguiente que era evidente su inocencia.

Ahora estamos aquí, en el mundo oscuro de Amalia; su habitación. Remanzo, Rosesto y yo veíamos el sufrimiento de Amalia, su familia le reclamaba a gritos la muerte de su madre.

-¡Yo no lo hice!-Gritaba en desenfreno la muchacha, mientras se ahogaba en un mar de lágrimas.

-¿Dónde escondistes las joyas Amalia?-Le preguntaba Rosesto amargamente.

-¡No sé de qué me hablan!-Estaba en la habitación arrinconada al lado de la ventana abierta. Era la temporada de tormenta .Estaba histérica por el cuestionamiento.-¡Déjenme en paz!

-Amalia ese comportamiento no se vá a aceptar en la casa.¿Dónde escondistes las joyas?-Le gritó a su hija. Qué tanto afán en conseguirlas.

-¡En el Roble!¡En el Roble!-Gritó, ambos corrieron hacia el árbol antes de que cayera el diluvio que se avecinaba.

Buscaron entre las ramas, raíces, tronco,no estaba Remanzo cojió una soga y la puso en el cuello de Amalia, y la colocó a ella en el afeizar de la ventana del cuarto.

-No por favor, bájela.-Grité. No me hicieron caso.

Ella lloraba mientras estaban a punto de ahorcarla. Rosesto ayudaba a su padre a colocarla.

-Por última vez, Amalia, antes que te despidas de éste mundo, ¿dónde están las joyas?

-¡No sé!¡No sé!-Remanzo la soltó. Como por instinto traté de quitarle la soga antes de que ella dejara de respirar.

Fue inútil. Luchar contra los nudos de la soga y la tempestad quue se avecinaba era demasiado. La habitación se volvió más oscura. Remanzo comenzó a sollozar en silencio.

-El hombre que está en la cima de la montaña no cayó allí.-Decía mientras se secaba las escurridizas lágrimas del rostro.

-Es cierto. Al igual que su familia.-Ya estaba cansada de tener que esconder mis sentimientos. Los expresé con temendo sarcasmo.-Ustedes son unos tontos,han desperdiciado lo único bueno que han tenido.

-Papá, ella tiene razón. -Rosesto apoyó su mano en el hombro de su padre en señal de apoyo.

Este le torció la mano a su propio hijo. La ira se apoderó de su cuerpo, al igual que la locura de su mente. Empezaron a pelear. Habían perdido mucho esa noche como para perder más.

-¡Basta!-Gritaba mientras trataba de separarlos. Me empujaron con fuerza a la pared. Choqué contra ésta haciéndome una herida bien grande en la cabeza. Lo último que recuerdo fue el grito de ambos al caerse por la ventana de la habitación de Amalia.

Se habían matado.

Ahora estoy aquí, en mi casa. Con una cirugía en le cráneo, después del horror que había pasado. Nadie supo quién fue el verdadero culpable de la muerte de Rosario. Ni nadie la tendrá.

Los niños que viven ahora en la casa de los Hidalgo, me vienen a visitar de vez en cuando. Mi mito se hizo realidad. Ahora tienen que creer en mí, porque sólo yo tengo la absoluta verdad.

Las joyas me sirvieron para comprarme unas casas más en la costa y para pagar mi operación, eran de Rosario.

Amalia se las robaba cada noche de la habitación, e ahí el porqué de sus gritos. Sus joyas eran su vida, le partía el alma el saber que su propia hija se las robaba a mandato mío, sí, yo la manipulaba.

No era nada de díficil sólo me comportaba como una diosa de la oscuridad y eso le fascinaba. Sabía que Rosario era una mujer debilucha que había conservado esas joyas desde que sus padres murieron y ellos le hicieron jurar que nunca se las pondría.

En todo caso nunca se las puso,ni Amalia tan siquiera, pero ése día cuando encontré el cofre me las probé.

Era un suicidio eminente, Rosario Hidalgo nunca se permitiría vivir con el remordimiento de que alguien las usó. Ahora saben que Rosario Hidalgo no fue “asesinada” por algún miembro de su familia sino por una extraña, por mí.

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