← La pluma de plata · de Violet Boudrilliard
La pluma de plata — capítulo 1
La pluma de plata
Llovía con fuerza. ¿Oyes caer las gotas como yo, que conservo un vívido recuerdo de aquella tarde tormentosa? No podría olvidarla ni aunque viviera mil años.
Había comenzado con un leve tamborileo de dedos infantiles sobre el cristal. Tac, tac, tac, tac. Luego, cuando empezó a llover a cántaros, ese sonido —melódico a mi parecer— perdió su original belleza para simular a un joven descarriado que arrojaba cubos de agua contra la ventana.
La tormenta había crecido.
Muy a pesar de mi acompañante, no pude evitar hacer una comparación en voz alta, en virtud de mi alma de poeta.
—El viento es como una madre, o una institutriz, o un ama de llaves con aire maternal. La lluvia hace de las suyas, sin preocuparse por las consecuencias, y el viento le silba, furioso, exigiéndole que pare.
La joven, que se paseaba ansiosamente por la habitación, me dirigió una mirada de reproche. Realmente no le interesaba lo que yo tuviera que decir y era obvio que acababa de interrumpir el hilo de sus pensamientos. Sin embargo, reaccioné como si hubiera interpretado sus gestos de otra manera y cambié mi comparación.
—O quizá no es el viento más que su más devoto y descarado cómplice —comenté con tranquilidad. Volví a dejar caer mi cabeza de lado y mi vista se perdió en el gris paisaje que a duras penas se entreveía a través del vidrio—. Que, escandaloso y desenfrenado, busca sacarnos de quicio.
—Tú buscas sacarme de quicio —murmuró la joven. Frunció el entrecejo. La ignoré y proseguí.
—Pero a mí no me saca de quicio. Curiosamente, me arrulla.
Cerré los ojos, como si estuviera rememorando algo que me causaba mucha felicidad. Lo cierto era que la tormenta me tenía sin cuidado; de hecho, me resultaba sumamente relajante. A Liz, por otro lado, mis acciones parecían provocarle cierto nivel de exasperación. Aunque no estaba seguro. Nunca había sido bueno para descifrar las emociones ajenas. Tampoco me había sentido interesado en ello alguna vez.
No conocía a Elizabeth desde hacía mucho tiempo, aunque desde el principio me había tomado la libertad de llamarla Liz. Casi podría afirmar que me sentía a gusto con ella, por más que fuera de carácter malhumorado y, en ocasiones, irritante. Era inteligente y tenía cierto encanto que atraía de las maneras más inusuales a los demás. Pero no era por ello que se contaba entre las únicas personas con las que realmente me relacionaba. Liz era la herramienta más útil que poseía para lograr mi cometido.
—Estoy aburrido —dije, paseando la mirada por la habitación. Todo eso me resultaba tedioso.
El tener que pasar horas y horas en aquella casa de las afueras de la melancólica ciudad de Londres… solía tornarse sumamente pesado. Lo mío era el campo, la soledad. No la pestilencia, los gentíos y la compañía nunca solicitada de la hermana de un conocido, el dueño de la residencia. Aunque ya me había acostumbrado a Liz.
Cuando Robert Browning, a quien conocía desde la infancia, me pidió como favor que me trasladara a su casa durante unas semanas, no pude dejar de aceptar, aunque claro, luego de darle muchas vueltas a la idea. De qué maneras me convenía, por qué razones toleraría yo mi estadía allí. Lo que es cierto es que en ningún momento me planteé las razones —más allá de las expresadas por escrito en la carta recibida— por las cuales Browning me querría. Di por sentado que necesitaba algo más de mí, que mi presencia le aportaría algún beneficio. Tenía interés en lo que yo pudiera brindarle, no en mí. En ese sentido nos parecíamos tanto.
De niños, solíamos pasar mucho tiempo juntos; horas y horas de diversión junto a los arroyos que no quedaban muy lejos de nuestro respectivos hogares. Para ser sincero, por lo menos yo siempre hallaba la forma de entretenerme; detesto el aburrimiento. Pero Browning… él era una quejica. Y su hermana, una niña insufrible. Aun así, siempre pude ingeniármelas para sacar provecho de las situaciones fastidiosas en potencia, algo de lo que aún hoy me enorgullezco.
Browning había salido de viaje y me había dejado su casa para que la cuidara. ¡De cuántas formas podía ver eso! ¿Por qué no le había pedido eso a alguien más? ¿Por qué no había contratado los servicios de un ama de llaves, por ejemplo? ¿Por qué no, para variar, optaba por dejar a su hermana sola?
Creí tener la respuesta a ese interrogante. Elizabeth estaba loca.
¿Y por qué me había pedido a mí que la cuidara? ¡Oh, qué fácil responder eso! Browning albergaba la esperanza de que Liz se enamorara de mí. Después de todo, era un buen partido para cualquiera: rico, apuesto, inteligente. Pero ninguna era buen partido para mí. Y él esperaba que, tras los años que él consideraba de "amistad", yo accediera a comprometerme. La respuesta la tenía bien clara, y sólo la modificaría de considerarlo apropiado.
Quizá, si todos mis intentos fueran vanos, inútiles, lo reconsideraría. Porque Liz tenía algo que yo quería. Algo que necesitaba más que ninguna otra cosa en el mundo.
Algo que cualquiera, menos yo, llamaría alucinaciones.
No dudaba de que muchas de ellas fueran, en efecto, producto de su imaginación. Pero otras… otras eran más reales que tú, que yo. Eran unas privilegiadas visiones.
No les hablaré de los ataques en los cuales a Liz la encerraban, mientras pataleaba y chillaba histéricamente. Pues, ¿de qué les serviría? Carecen de importancia en estos momentos. Pero ella tenía un don especial que había acabado con enloquecerla realmente. ¡Y sólo yo había sido capaz de notarlo y aprovecharlo!
—Eres un inservible, Anthony Riley —susurró Liz, quizá sin verdaderas intenciones de que la oyese. Acomodó el moño que sujetaba su fino y rubio cabello, frunciendo los labios ligeramente y dedicándome una sonrisa desdeñosa. Como de costumbre, le resté importancia a su aparente desagrado. ¿En qué me afectaban sus gestos, sus palabras? En nada, ni tampoco afectaban mis intereses. Sabía cómo conseguir lo que quería de ella, independientemente de lo que Liz dejara traslucir. Porque yo sabía cuáles eran sus verdaderos sentimientos.
Sólo era cuestión de tiempo. Con suerte, Elizabeth saldría de la casa durante una hora para reunirse con unas amigas —a las cuales odiaba con todo su ser— para cotillear y tomar el té. Un hábito de lo más estúpido, por supuesto. Cuando se fuera, haría lo mismo que todas las tardes durante los seis días que llevaba allí: recorrer pasillo por pasillo de la gran residencia, revisar las habitaciones abiertas, buscar las llaves de las cerradas.
No descansaría hasta encontrar lo que con tanto ahínco buscaba o, en su defecto, oír a Elizabeth llegar. Y entonces aguardaría con una increíble paciencia al día siguiente, para probar nuevamente.
El sonido de cascos que provino del exterior, donde la tormenta había amainado temporalmente, nos indicó que el carruaje de Liz había llegado. Sonreí y simulé estar feliz por ella, que le gustaba salir aunque el día fuera tan gris como ese día. Ella casi me devolvió la sonrisa. "Vete, Liz, vete de una vez", pensé. Salió del salón apresurada, sin mirar atrás.
Entonces comenzó la carrera, como todos los días. Una terrible angustia me invadió. ¿Y si aquél era el día en el cual Browning regresaba, mi último día para hallar el libro?
Me incorporé de un salto, como quemado por ardientes brasas. Eché a correr con la intención de revisar el ala este de la gran residencia. La zona que me faltaba.
Los pasos resonaban por los oscuros pasillos, al igual que aún hoy resuenan en mis oídos. ¿Los escuchas? ¿Puedes acaso distinguir la figura que recorría la penumbra con desesperación? ¿La vislumbras?
Una terrible idea cruzó mi mente. ¿Y si Él ya se había dado cuenta? En ese caso, sólo contaba con segundos. Estaba ahora más cerca que nunca de hallar la respuesta por la cual probablemente moriría. Seguro que ya lo había presentido, había sentido mi presencia. Y sólo era cuestión de instantes para que bajara su arma mortal y decidiera acabar con mi vida. ¿Cómo lo haría? ¿Elegiría un método rápido e indoloro, o se deleitaría con mi sufrimiento? Para ser sincero, no creía conocer nada acerca de él. Sólo sabía que era mi perdición. Por esa razón debía encontrarlo cuanto antes, asesinarlo. Quemar el libro y calcinar la pluma, la raíz de todos mis problemas.
Pluma afilada, como las palabras que escribe. ¿Por qué no me sorprendería enterarme de que la tinta utilizada es roja y espesa? Y ¡ah, qué risa me da imaginar tus pensamientos inocentes! Así como me alcanzó a mí, a ti también. ¿Por qué habrías de creer que ibas a librarte de la pluma, que ibas a ser la excepción? Tu nombre está escrito en una caligrafía en cursiva en un libro como el que busco. Pero, como la mayoría de los humanos sobre la Tierra, jamás lo verás, jamás sabrás quién es el escritor. Sé que, desde el momento en que tengo una certeza, él también. ¿Podrías tú vivir con eso?
Así pues, por eso me hallaba allí. Para buscar algo cuya existencia Elizabeth me había revelado cuando éramos adolescentes y que yo no había olvidado. Estaba convencido de la veracidad de las palabras que pronunció en medio de uno de sus ataques… Cuando la realidad se fusiona con su distorsionada mente, ¿quién habría de creer lo que sus labios balbuceaban? Sólo yo estaba allí, la última vez que nos habíamos visto antes de que se mudaran a la ciudad. Su mirada juvenil enloquecida, sus facciones contraídas en una mueca de terror, su horrible lividez. Todo eso quedó grabado en mi memoria. Ella había visto al libro. Me había revelado su utilidad, lo infaltable que era. ¡Había un libro por cada persona, pero casi nadie sabía de él! Qué tontería más grande. Yo necesitaba hacerme con él, aunque no entendiera del todo muchas cosas sobre su poder.
Probé con una puerta, probé con diez. Y sólo una se resistió a ser abierta. Revolví cajones y armarios llenos de objetos personales, sin que me importara el desorden que iba dejando a mi paso, en busca de la llave. Me imaginaba su apariencia aún antes de encontrarla: antigua, curva, plateada como la pluma. Pero no fui yo quien la localizó.
Liz abrió de golpe la puerta del estudio que estaba desorganizando por completo, provocando que me sobresaltara bruscamente. Tenía los ojos abiertos como platos y que lucían una mirada que identifiqué de inmediato. Ay, Liz. ¡Estaba rendida a mis pies y, a la vez, en medio de uno de sus ataques! ¡Qué fáciles se me habían puesto las cosas tan de repente! Y qué veloz volaba el tiempo.
Cantar victoria tan pronto fue un error; sin embargo pasó un tiempo antes de que lo comprendiera. Se acercó tambaleándose, sosteniendo la llave con fuerza, como si en ello le fuera la vida.
—Anthony… —musitó.
Esbocé una sonrisa cuando la depositó sobre mi palma abierta y extendida y ni me inmuté cuando acto seguido se desplomó sobre la alfombra, con sus cabellos despeinados formando una aureola alrededor de su cabeza. "Quizá debería asegurarme de que esté muerta", pensé. Y me ocupé de ello, para no dejar testigos de mi descubrimiento. No siento remordimiento alguno.
Creí escuchar un ruido a mis espaldas. Me volteé, con el corazón exprimido y un nudo en la garganta y otro en el estómago. Pero no había nadie.
Respirando rápida y entrecortadamente, me dirigí hacia la puerta resueltamente, pasando junto a la inmóvil y frágil Elizabeth. Ella había sabido, en sus últimos momentos, que algo de esto iba a ocurrir. Y no me había equivocado al pensar lo ventajosas que resultarían las circunstancias de instalarme en la casa.
Caminé la distancia que me separaba de la dichosa puerta en un suspiro. Me faltaba el aire y una angustia tremenda me oprimía el pecho. ¿Tú también sientes esa presión? ¿Sientes la necesidad de tomar el pomo, abrir y luchar contra lo que sea que esté ahí dentro?
Extendí el brazo. En ese instante un agudo dolor me recorrió. Me miré el antebrazo y descubrí un largo corte sangrante, hecho, al parecer, con una punta filosa. Unas lágrimas que sentí ajenas me inundaron los ojos y una furia inenarrable me colmó. Abrí la puerta.
Una gran habitación. Tres gigantescas estanterías, una en cada pared, frente a mí, o a mis costados. Vacías. Un escritorio de madera en el centro, una silla del mismo material. Un libro de oscura vestimenta abierto en las primeras páginas y decorado con una impecable caligrafía. Sobre el libro, la pluma de plata con sus barbas negras, tal y como la había imaginado.
Pero la silla no estaba desocupada. Y quien se hallaba sentado en ella tenía ambas manos reposando sobre el libro, a centímetros de la pluma. Él me miraba con fijeza y expectación.
Me costó ver a través de la cortina de niebla que difuminaba su rostro. Enfocarlo requirió grandes esfuerzos por mi parte y, cuando finalmente lo logré, deseé no haberlo hecho nunca.
Era yo.
Estiró con pereza los dedos de su mano derecha y tomó la pluma. La mojó en un tintero de metal y se dispuso a bajar su mortal instrumento. Lo deslizó con suavidad sobre la hoja y escribió apresuradamente. Me acerqué unos pasos y distinguí las palabras "…deslizó con suavidad sobre la hoja y…".
Observé el corte de mi brazo hacerse más profundo y sentí aparecer otras nuevas marcas. Más letras, más palabras.
Lo miré con pánico, sin entender nada.
—¿Por qué quieres deshacerte de mí? ¡Yo te encontré! —chillé, paralizado del espanto—. ¿Por qué me afectas tanto? ¿Por qué no puedo hacerme con el libro?
—¿No lo entiendes? —preguntó con tono burlón y con mi voz—. Tú ya te hiciste con el libro, siempre fue tuyo, aunque no lo vieras. Yo soy tú, tonto. Todo lo que yo te haga… bueno, tú te lo hiciste.
Parpadeé e intenté asimilar el significado de lo que había dicho.
—Soy el producto de tus decisiones —explicó, con impaciencia—. Soy tus palabras y tus acciones, también soy su resultado. Soy, como dirían, el destino.
No entendí lo que entonces dijo. Sólo supe que quería acabar de una vez con todo eso; no podía tolerar la idea de que alguien más me controlase. Porque ése no era yo, no podía ser yo el causante de todo.
Corrí hacia él, sobresaltándolo. Empuñé la pluma y me dispuse a acabar con mi vida con su filo. Lo preferí a confrontar la situación.
En este momento, no sé quién soy. Dónde estoy, qué hago aquí, cómo llegué. Sólo existo, o algo por el estilo. Sólo poseo un libro negro y una pluma de plata para escribir lo que me sucedió. Nada más. De alguna manera, queda un registro de una de las pocas veces que alguien osó actuar como de una manera similar a la mía al descubrir la existencia de las páginas malditas, como yo las llamo.
Y no sé cuánto más existiré ahora que ya he terminado de escribirlo.
Bajo la pluma con cuidado. Sé, de alguna forma, que ya no me pertenece más.