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La luna sigue brillando... — capítulo 1

Desesperación. Eso fue lo primero que sintió Draco Malfoy al despertar, de madrugada.

Bañado en sudor, el chico se asomó a la ventana. La luna estaba llena, en lo más alto del cielo. Conciliadora, amable, gobernaba la noche desde las alturas.

La angustia volvió a invadir a Draco al recordar a su padre, preso en Azkaban.

De pronto, sintió la necesidad de salir de allí. Al mirar de nuevo hacia arriba, la luna había cambiado.

Ahora era una soberana cruel, un ojo inmenso y vigilante que sabía lo que cada uno estaba haciendo.

Impotencia, ansiedad, miedo… Draco estaba poco acostumbrado a estos sentimientos, y, presa del agobio, necesitó urgentemente salir de allí.

El terror guió al muchacho por los corredores vacíos de Hogwarts. Asustado, desmoralizado, ahogado por los acontecimientos, corrió y corrió sin importar a dónde.

Lo urgente era huir, de su pasado, de su futuro, pero, sobre todo, huir de su presente.

Jadeando, se detuvo ante las puertas del castillo. Les dio una patada, y, sorprendentemente, se abrieron.

Draco, sujetándose el dolorido pie, miró boquiabierto la cancela.

Luego se olvidó del pie y echó a correr de nuevo.

Paró frente al Lago Negro. Se cayó de rodillas, y se derrumbó.

Lloró por la mierda de vida que llevaba, por su padre preso, por su madre abandonada en casa, por sus insoportables "amigos", por todo. Lloró como nunca antes había llorado, odiándose interiormente a sí mismo por ser tan débil. Lloró hasta que se le acabaron las lágrimas y pensó que nunca más sería capaz de derramar ninguna otra.

Se sentó abrazándose las rodillas, y recordó otro de los horribles acontecimientos que se llevarían a cabo en su vida dentro de poco: su boda con Pansy Parkinson.

La desesperación se volatilizó, la impotencia desapareció, la ansiedad fue sustituida por la ira.

Colérico, con los ojos enrojecidos de tanto llorar, Draco se levantó y se puso a gritarle a la luna.

-¡AYÚDAME, MALDITA LUNA, AYÚDAME! ¡NO VES LA VIDA QUE LLEVO! ¡AYÚDAME, JODER!- exhausto, volvió a caer en la hierba.

-Mándame a un ángel, si es que los tienes.- susurró, abatido. Una lágrima traicionera se deslizó por su mejilla, y él se la quitó con rabia.

Un Malfoy nunca llora.

Pero al recordar la deshonra en la que había caído la familia Malfoy, dejó que las lágrimas corrieran limpiamente.

Pasó un tiempo, quizá horas. En silencio, temblando porque estaba en pijama y no quería ir a por algo de abrigo, Draco miraba el agua.

Y esperaba.

Porque, pese a lo absurdo de la idea; en el fondo esperaba a aquel ángel.

Al rato, oyó un ruido de sollozos. La mirada gris del chico se dirigió instintivamente al otro lado del lago, donde una chica en camisón blanco de alborotados cabellos castaños lloraba abrazándose las rodillas.

Por alguna extraña razón, Draco se quedó mirándola en vez de ir a burlarse de ella. No todos los días Hermione Granger se lamentaba al pie del lago.

De pronto, la chica se enfadó y lanzó al agua una especie de colgante. No reparó en él, pese a que el collar aterrizó cerca de sus pies.

Draco, vencido por la curiosidad, agarró el colgante.

Sí, era un medallón, en forma de corazón, con las letras H y R grabadas en el.

Así que Sangre-sucia Granger había discutido con su noviecito Weasley.

El chico se llevó las manos al pecho, sorprendido por el calor que se extendía lentamente por su torso.

Mente y corazón se coordinaron por un instante, y de pronto la confusa y deprimente vida de Draco Malfoy tuvo sentido.

<<Aquí está mi ángel>>, pensó levantándose.

La luna seguía brillando en el cielo.