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El silencio — capítulo 1

Capítulo único

«A veces, el silencio es la peor mentira»

Miguel de Unamuno

El silencio es uno de los fenómenos más curiosos que existe. Es pesado, aplastante y denso; si no te cuidas y lo dejas flotar alrededor tuyo durante mucho tiempo, te acaricia el cuerpo y te envuelve en una bruma ilusoria que te tapona los sentidos y te convence de la ausencia de todo sonido.

Sin embargo, si lo piensas cuidadosamente, si aguzas el oído con precaución, estarás de acuerdo conmigo en que el silencio no existe; es una mera ilusión. Es simplemente la ausencia de algún ruido más relevante que venía aturdiéndote. El silencio es como creerte solo en una habitación en la que no hay nadie; es una falacia porque si miras por el rabillo del ojo hacia tu derecha, con cuidado y sin sobresaltarte, verás que no estás solo. No, nunca estás completamente solo.

Pruébalo; aguza el oído e intenta escuchar algo en el silencio. Siente el silbido bajo y rítmico de tu propia respiración, el sonido que producen tus dedos al rozar el computador. Escucha atentamente, e intenta distinguir el latido de tu corazón; pum, pum, pum. ¿Lo oyes?

Creo que si de verdad lo intentas, también puedes oír el sonido que producen tus pestañas al rasgar el aire cada vez que parpadeas. Pero debes concentrarte mucho, ¿de acuerdo? Y si pruebas, si abandonas tu cuerpo a ese vaivén de ruidos que hasta entonces se te habían pasado por alto, tal vez logres oírlos.

¡Allí! Eso. Eso, justamente eso; eso que creíste que fue un susurro a tu derecha, una brisa que entró por la ventana y barrió el suelo, en realidad fue uno de ellos. Pero cuidado, quedate quieto. Muy quieto, ni se te ocurra moverte. Y, sobre todo, pase lo que pase, no sientas miedo.

Ellos pueden oler tu miedo; están diseñados para rastrearlo, para rozarte silenciosamente y ver qué efectos provocan en ti. Tal vez se te erice la piel de los brazos, tal vez gires un momento y te quedes contemplando la habitación aparentemente vacía que hay a tus espaldas; o tal vez mires otra vez por el rabillo del ojo y veas a uno de ellos mirándote fijamente.

No te engañes; no son trucos de tu mente. ¿Qué creías, que esta madrugada te habías despertado sin razón alguna? Claro que no, iluso. Te despertaste porque uno de ellos se sentó en la orilla de tu cama y te miró por un rato largo; probablemente también deslizó la mano sobre tu cabello y lo tironeó suavemente. Claro que fue eso. Seguro que se rió cuando te despertaste, cambiaste de posición y seguiste durmiendo.

¿Pero qué hubiera pasado si en vez de girarte y seguido durmiendo, hubieras prendido la luz de tu velador en ese momento? Tal vez no les habrías dado tiempo para ocultarse; a la noche, cuando todo está oscuro, ellos se mueven con libertad y soltura, porque no temen que tú los veas; eso arruinaría toda la diversión, ¿no crees?

Por eso, claro está, por la noche oyes mejor sus sonidos, sus movimientos; sientes con más nitidez la intensidad de su mirada sobre tu cuerpo. Pero durante el día se ven recluidos al mundo de las sombras y los escondites; encima de los armarios, debajo de las camas y escondidos en cuanto rincón encuentren. Echa un vistazo debajo de tu cama un momento. ¿Ves algo? ¿No? ¿Estás seguro? Mira bien, porque juraría que acabo de ver a uno moverse allí abajo hace un segundo.

Se alimentan de tu miedo; les encanta, los enloquece. Así que pase lo que pasa, y óyeme bien lo que te digo, no temas. Y sí, me refiero a cualquier clase de miedo; desde un pequeño susto al escalofrío que sentiste al creer ver uno de ellos hace unos segundos, y también al miedo en su estado más puro; aquel que se desliza por tus brazos y los enfría, que triplica los latidos de tu corazón, que te seca la boca y te hace temblar. Eso nunca lo sientas, porque entonces ellos vendrán y te rodearán para alimentarse del miedo que exhalas con cada respiro.

Mantén la calma; pretende que no hay nadie detrás de ti en este instante, con sus ojos clavados en tu nuca, esperando que te gires para sonreírte abiertamente. Uno te acaba de rozar la espalda, y otro está intentando sujetarte el tobillo. Me parece que uno ha tomado un mechón de cabello y lo está estirando para ver qué tan largo es.

No tienes miedo, ¿verdad? ¿Ni un poco? Bien. Mejor así, porque si tuvieras miedo estarías absolutamente perdido. Aquel que observa tu nuca daría unos pasos hacia delante hasta rodearte el cuello con sus brazos, y aquel que te rozó la espalda te la acariciaría otra vez con las uñas largas y afiladas que guarda para estas exquisitas ocasiones; sentirías su caricia fría y profunda rasgar tu piel, y lo sentirías agitarse detrás de ti. Porque el miedo les encanta, los divierte, y siempre quieren más.

Así que ten cuidado, mucho cuidado. No te confíes del silencio, ni de la oscuridad, ni de los rincones. No te fíes de las casualidades, ni de los pequeños accidentes, de los roces furtivos que atribuyes a tu imaginación, aunque tú y yo sepamos que no es así. No te fíes de la aparente sensación de soledad porque, óyeme bien, nunca estás solo.

Y por último, ten cuidado; porque una vez que se embebieron en tu miedo, aunque haya sido durante solo un instante, siempre volverán por más.