← Sombras. · de Sherezade
Sombras. — capítulo 1
Somos las noches sin dormir, las sombras que se mueven.
Ahí estaban sus padres, al otro lado de la enorme pantalla de plasma que decoraba su habitación. Sonrió a la pantalla con vehemencia viendo a su padre, el reconocido científico Johnson y a su madre, la bióloga Rojas. Sonrió, aunque no pudiesen saberlo, a aquellas personas que le habían dado la vida y que alargaban con sus investigaciones la vida de millones de personas desconocidas.
Bajó a la cocina para tomarse un vaso de zumo de naranja que seguro ayudaría a mejorar su resfriado; aquel que le había impedido asistir a la fiesta y presentarse como la persona modélica que cualquier padre querría tener en su casa bajo sus cuidados. Presumir de sus cualidades, de sus caros estudios que sus padres podían permitirse y, aún así, mantener el punto justo de modestia tan característico de su persona.
Sirvió en un vaso largo de cristal transparente un poco de zumo y, aprovechando que no había nadie, bebió directamente del envase. Guardó el tetra brick de nuevo en la nevera y tomó un pequeño trago del vaso, buscando algo dulce que poder comer.
El cristal se escurrió de sus dedos al escuchar un ruido proveniente del sótano, mejor conocido como "zona de imposible acceso". Ahí sus padres guardaban sus experimentos y descubrían otros y, como le habían enseñado, no podía bajar ahí porque cualquier mínimo detalle podría acabar con un resultado drástico y eso no era de su interés. El característico sonido de cristales al romperse llegó hasta sus oídos y decidió, contradiciendo las órdenes de sus padres, bajar al sótano. No era la primera vez que un animal se colaba y no sería la primera vez que un espía de las compañías rivales se infiltrara entre sus archivos. No iba a dejar que nadie fastidiase a sus padres, no sería justo que alguien se apropiase de todo el esfuerzo ajeno.
Armándose con una cuchara de madera en una mano y un cuchillo en la otra que esperaba no tener que usar, abrió la puerta de madera con delicadeza, la delicadeza de alguien que quiere llegar a lo más alto de la rama de la neurocirugía para seguir salvando vidas, como ellos. Encendió las luces del estrecho pasillo y bajó los escalones sin hacer ruido hasta llegar a la puerta metálica con combinación digital que sus padres habían instaurado allí.
Marcó los cuatro números que había escuchado a hurtadillas e hizo pasar primero la cuchara de madera, advirtiendo de su llegada a quien estuviese dentro.
Las luces en el laboratorio estaban encendidas, como siempre, emitiendo un ligero zumbido característico de esos fluorescentes que colgaban del techo. Escudriño con la mirada todo el laboratorio, al menos, las partes donde la luz alcanzaba.
Se giró con rapidez al escuchar un ruido a su espalda. La puerta se cerró, dejó caer el cuchillo de su mano y corrió hasta ella, la combinación del interior era diferente a la necesitada para entrar. Al girarse, golpeó con el pie el cuchillo y lo envió a la zona en penumbra. Debería decirles a sus padres que se había fundido un fluorescente.
Caminó hasta quedar a escasos metros de esa zona, mirándola con el ceño fruncido, parecía que algo se movía. Alzó la cuchara de madera sobre su cabeza.
─ ¿Quién está ahí? ¿Qué quieres? ¡He llamado a la policía y está de camino!─mintió, mintió porque tenía miedo, porque sabía que no debería estar ahí, porque sus padres no llegarían hasta dentro de bastante tiempo, tras la cena de rigor. Mintió porque era lo único que creía capaz de hacer.
─ Por fin te conocemos─ una voz rasposa habló desde la oscuridad, acompañándose de un movimiento─ hemos oído hablar de ti─ le costaba apreciarlo en ese matiz de voz, pero hubiese jurado que el tono de esa frase era burlón.
─ ¿Quién eres? ¡Muéstrate! Te lo ordeno.
─ La arrogancia es de familia─ unas risas, escalofriantes, acompañaron a la voz. Había más de una persona ahí.
─ Por favor─ pidió.
Una sombra se aproximó. Tenía un ojo de cada color, uno amarillo, otro verde nuclear. En su cuello tenía varios apéndices que tardó en reconocer como dedos, en su mejilla, apreció con horror, otro ojo de un color negro como la noche sin luna. De su cintura brotaba el brazo que le faltaba a su hombro izquierdo y, en lugar de cabello unas protuberancias que se tornaban azuladas.
─Hola.
─H… Hola─ respondió entrecortadamente, deseando saber cómo había llegado hasta ahí─¿Quién…? ¿Quién eres?
─¿Quién?─lanzó una risa monosilábica al aire─ No finjas que no te importa. Sé que prefieres saber qué soy. Me llamo Stefan, pero ya nadie me recuerda por ese nombre, para ti soy sujeto 003─eso hizo que un escalofrío recorriese su cuerpo, días atrás sus padres hablaban de un tal 215, pero siempre pensó que eran cobayas o ratas de laboratorio.─ Soy el más fuerte, el rey entre los nuestros, quien me sigue es el sujeto 174, llevo más tiempo aquí que tú en la vida, joven Johnson.
─Mientes─ un arranque de valentía acompañado con furia invadía su cuerpo─ no es posible lo que me dices.
─Soy tu hermano, creación de tus padres. Soy un líder─ alzó su brazo bueno, el unido a su cuerpo por el hombro y el resto de sombras se movieron. Podía contar más de 30 sombras que cobraban aspectos tenebrosos, todos con características no normales en una persona, todos con miradas de odio en sus ojos, dos, tres, cuatro, incluso más, o, algunos, en su solo ojo, miembros ausentes o en lugares incorrectos.─ Su líder, el líder de los condenados por tus padres.
─ ¡Mientes!─ intentó lanzarse contra su líder pero dos sombras se materializaron a su lado, sujetando sus brazos─ ¡Soltadme! ¡Cobardes!─ gritaba forcejeando con aquellas criaturas que aseguraban haber sido creados por sus padres.
─ ¿Nosotros? ¡Tus padres me cogieron de las calles cuando solo tenía seis años! Mi familia era pobre y no pudo hacer nada. Tus padres experimentaron con un niño pequeño y asustado; con gente sin hogar prometiéndoles una vida mejor ¿y qué se llevaron? La muerte, en su mayoría. Me cortaron los dedos de las manos y los pies y me inyectaron con vete a saber qué. Mira qué bonitos mis nuevos dedos─ acercó su cuello a sus ojos para que viera lo que sabía que eran dedos─ Me cortaron mi brazo y quisieron regenerarlo pero, por si acaso, me dejaron el mío propio cosido a mi cintura. Quisieron cambiar mi color de ojos y me apareció uno nuevo. No quiero saber qué me crece en la cabeza, no quiero saber por qué me siento más muerto cada día, no descansaré hasta ver muertos a tus padres. No solo me han quitado la vida a mí, sino a todos ellos, a los marginados, a los sujetos, a los sin nombres. A ellos, tus hermanos en cierto modo─ señaló a todas las personas que habían cobrado colores, formas, que no eran solo sombras al acecho. El líder parecía querer llorar─ vamos, recuerda, siempre hemos estado ahí, somos los monstruos debajo de la cama, en el armario. Somos las noches sin dormir, las sombras que se mueven, los "no pasa nada" de uno de tus padres mientras el otro hacía… ¿qué? Redirigirnos. Piensan que somos idiotas, pero no, no lo somos, minan nuestro cuerpo pero no nuestra inteligencia, no nuestros deseos. Hemos cuidado de ti, dejándote crecer, vigilando que no te pasara nada para tomar nuestra venganza─ la respiración del líder era cada vez más agitada, exaltada, ilusionada─ Haz memoria, sé que puedes. ¿Te caíste por las escaleras cuando papá y mamá no estaban? Recuerda la sombra en la oscuridad, recuérdalo. Recuerda que te dijeron que te habrías golpeado en la cabeza y fue una alucinación momentánea. Yo estaba ahí, dirigiendo, y no era el único. Los ruidos que te advirtieron con la fuga de gas, ¿coincidencias? ¡No! Nosotros, y nunca te diste cuenta de los mutantes que velaban por tu seguridad. Gracioso, ¿verdad? Tus padres juegan a ser Dios con nosotros, manejándonos a su antojo para lograr alargar la vida de los más ricos, matando a pobres por dinero. Juegan a ser Dios y nosotros a ser tus ángeles, pero no hoy, hoy nos toca ser los dioses─ su cuerpo se convulsionó intentando liberarse al ver las jeringuillas brillando en manos de aquellas criaturas que se autoproclamaban sus hermanos y que, al final de todo, tenían razón, habían sido creaciones de sus padres en su ascenso al poder. Rememorar el rostro de sus padres empezaba a darle asco; ver a su interlocutor pena al pensar en el chiquillo de seis años, en los hombres sin techo, las mujeres sin hogar que tenían una vida, triste, pero vida, antes de conocer a sus padres.
Y esta vez sabía que no mentía, sabía que el líder le decía la verdad, recordaba todo lo que él había dicho, encajaba todo en su cabeza, como un puzle al que le faltaban piezas hasta ahora que las había encontrado en la sala prohibida, en la boca del lobo. Y, aún a pesar de saber que ellos tenían motivos para hacerlo no pudo evitar suplicar.
─ Por favor, no. Os liberaré, dejadme y haré que mis padres lo paguen. Estudiaré para revertir los efectos de lo que mis padres os hayan hecho, lo prometo, dedicaré mi vida entera a devolveros la vuestra, por favor─ viendo que no surtía ningún efecto en sus interlocutores, apeló a su última opción─ Hacerlo solo os convertirá en personas como ellos─ el líder esgrimió una sonrisa que nunca llegaría a ser sonrisa después de lo que sus padres le habían hecho.
─ Nos da igual.
Esas palabras actuaron como señal para todos los sin nombres para comenzar su ataque. Pincharon su piel con jeringuillas que contenían experimentos, fallados y en desarrollo, de sus padres. Ningún centímetro de su piel quedo exento y, aún así, sabían donde clavar el frío metal para no provocar el sufrimiento. Sus ángeles seguían velando por él, pero quitándole la vida que sus padres les habían negado.
─ Parad─ 003 hizo un gesto con la mano y sus brazos quedaron libres.
─ ¿Qué me habéis hecho?─ preguntó con un hilo de voz, aún sabiendo la respuesta, con la vana esperanza de una macabra broma para hacerle temerles y odiar a sus padres.
─ Te doy la bienvenida, sujeto 385.