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Mamá y yo — capítulo 1

Mamá y yo

Mamá está enojada. Casi siempre está enojada desde que llegamos aquí, hace tres meses. Se queja de que le roban el dinero y papá se burla de ella diciendo que en la casa tenemos un espíritu maligno. A mamá no le hace gracia. Le reclama a papá, pero papá nunca deja de hacerle bromas a mamá, quizá intentando mejorarle el humor. Pero a mamá el humor nunca le mejora. Siempre está nerviosa, porque tiene problemas para controlarse y grita muchas veces. No cuando se enoja, no. Cuando se enoja está tan tranquila que da miedo. A veces, cuando está muy enojada le palpita la vena de la sien, pero ella no alza la voz nunca. Habla con una impasible tranquilidad que da escalofríos.

A veces le habla así a papá, y lo amenaza con tirarse del balcón, pero ella nunca lo hace. Papá sólo la lleva al psiquiatra cuando eso pasa para que le den tranquilizantes o lo que sea que toma. Últimamente lo único que hace es gritarme, y hablar del ladrón que le roba el dinero que pone en el escondite de la alacena. Papá bromea con eso. A ninguno se le ha pasado por la cabeza que el ladrón soy yo, su propia hija, sangre de su sangre, que quiere dinero para una cajetilla de cigarros. En casa nadie puede fumar, le altera los nervios a mí mamá, así que robo el dinero y compro las cajetillas para fumar cuando estoy fuera. Las escondo muy bien, para que nadie las encuentre. No como mamá esconde el dinero de la alacena; hasta un retrasado mental podría encontrarlo.

Hace dos días mamá gritó. Gritó mucho, y luego empezó a calmarse y le empezó a palpitar la vena de la frente. Yo me enojé y grité. Le reclamé muchas cosas. Algunas de ellas pasaron hace tiempo, pero la mayoría fue de los dos últimos días. Así que hace dos días tome el coche y me largué. Conduje por largo rato. Y tomé. Tomé hasta ahogar las lágrimas que no llegaron a salir, y que nunca llegaran a hacerlo. Me embriagué en tequila barato, probablemente de mala calidad. Asesiné brutalmente mis penas en alcohol, y aunque no me gusta el tequila, hace dos días supo a gloria.

O a penas ahogadas, quien sabe. Volví a casa con todas mis lágrimas bien escondidas, y al enojo lo dejé en la carretera, donde también se quedo mi memoria de esa noche. Sin embargo, mamá sigue mal. Llora. Mucho. Llora todo el tiempo y papá la consuela, tanto que puedo estar todo el día escuchando música a todo volumen con los audífonos puestos y nadie me molesta. Dejo que la voz de Sabina me inunde e ignoro lo demás. Me la paso en la cama o en el sillón y a nadie parece importarle. Mamá ya no se queja del ladrón, ni papá le hace bromas sobre la casa embrujada.

A mí, me ignoran. Mamá siempre hace eso cuando se enoja conmigo. Desde hace tiempo que lo hace más. Y para hoy ya va para los dos días sin hablarme. Lo único que hace es llorar y lo único que hago yo es reclamar su atención. Gritar para ver si me escucha cuando no tengo los audífonos puestos. Y cantar. Cantar a todo pulmón, o tal vez un poquito más bajo y a nadie parece importarle. Papá se ve demasiado preocupado por mamá y yo paso a segundo plano.

Mamá llora y papá la consuela y yo soy olvidada. Y no quiero ser olvidada. Grito y no me oyen. Nunca antes habían pasado tanto ignorándome. Quiero que mamá me escuche, que oiga cada una de mis palabras. Quiero que me diga que me odia y que me quiere con cinco minutos de diferencia, quiero que escuche lo que canto. Por eso cogí la cuerda de las herramientas de papá. Está noche iré a su cuarto cuando esté dormida y le apretaré el cuello tan fuerte que ni siquiera tendrá tiempo de gritar.

Para que estemos juntas otra vez. Mamá y yo.