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← Final escrito · de Little Grey

Final escrito — capítulo 1

Capítulo único

Sigilosa y tranquila, una mujer abrió la reja que daba la entrada a su monótono destino. Respiraba con dificultad, lenta y pausadamente, lo que la hacía parecer mayor de lo que en realidad era. Llevaba una hoja de papel en la mano, algo manchada de tinta, y una pluma en la otra, como si hubiera terminado de utilizarla hacía menos de un segundo, lo cual era casi cierto. Había pasado la noche completa colocando frases y pensamientos en aquel pedazo de papel, hasta que sin darse cuenta la vela se había consumido por completo y ella había terminado. Le parecía irónico y casi gracioso ir a aquel lugar para llevar a cabo sus actuales pretensiones, pues era allí donde había comenzado todo. Era allí donde lo había visto por primera vez. Casi podía ver el reflejo de sus recuerdos frente a sus ojos, como si estuvieran pasando de nuevo. Finalmente llegó al lugar que había estado buscando. Suspiró mientras leía su carta de nuevo, como queriendo cerciorarse de que las palabras no habían desaparecido del papel.

Las cartas siempre comienzan con un saludo, con un "hola", o un "Querida persona que está leyendo esto", pero como ya sabes, siempre he querido irme por lo original, aunque a veces eso pueda mezclarse con lo incorrecto. Sé que han pasado años, y que tú ya no puedes responderme, pero de todos modos, deseo tener esta conversación, incluso si la única que puede expresarse soy yo. Necesito despedirme de ti. Los recuerdos no me dejan vivir mis últimos momentos de vida, irrumpen en mis pensamientos por más que les suplico que no lo hagan. Y eso tiene que terminar.Estotiene que terminar.

  —Me llamo Cecilia.

          Un niño pálido y de ojos oscuros levantó la vista de su pequeño juguete con un bufido, para luego regresar casi inmediatamente su atención a él. La niña llamada Cecilia, sin embargo, no se marchó ante aquella muestra de desinterés. Acomodó su vestido de forma que no se ensuciara al momento de sentarse junto a él, para luego colocarse un mechón de cabello rubio atrás de la oreja.

        —Y tú te llamas Tom —añadió, como si el chico no supiera su propio nombre. Levantó de nuevo la vista y divisó con curiosidad las profundidades azules que aquella chiquilla tenía por ojos. —No hablas con los demás niños —siguió, señalando hacia la plaza de Pequeño Hangleton, como si recitara información que había estudiado anteriormente—. No te gustan, y no les gustas —arrugó un poco la nariz, y bajó la voz, como si estuviera confesando un secreto de lo más divertido—. A mí tampoco me agradan. Son escandalosos, ridículos y creen que a nadie le importa que se comporten como salvajes sólo porque son pobres —sacudió su cabeza en señal de desaprobación—. Pero tú eres diferente. Tú me agradas.

         Sonrió alegremente, sin avergonzarse ni un poquito de lo que decía, como era usual en muchas de las otras chicas. Levantó una mano, como hacían los hombres adultos para saludarse.

   —Mi nombre es Cecilia —repitió, esperando una respuesta.

El niño, cauteloso, aceptó la mano que ella le ofrecía.

   —… Yo me llamo Tom.

Es curioso cómo pasan las cosas, ¿no crees? En aquel momento en el que decidí hablarte por primera vez, lo hice sólo para encontrar una excusa que me librara del aburrimiento y saciara ni curiosidad. Quién diría que terminarías convirtiéndote en más.

           —Mis padres volvieron a salir de viaje —comentó la niña, mientras se balanceaba en un pequeño camino de ladrillos mal colocados. Era un día soleado y alegre—.Mi nana dice que están buscando un chico rico y educado para que se case conmigo —bufó, poniendo los ojos en blanco.

        —Yo soy rico y educado —señaló Tom, frunciendo ligeramente el ceño, con su usual y arrogante tono de siempre—. ¿Por qué no les dices que te casarás  conmigo? Creí que lo habíamos acordado.

Cecilia sonrió ampliamente.

       —En primer lugar, eres rico, no educado —. Se inclinó un poco para que sus ojos quedaran a la altura de los de él—. En segundo lugar, sí, lo acordamos. Y en tercer lugar, claro que les diré que me casaré contigo, porque efectivamente, me casaré contigo.

Éramos unos niños, estúpidos y felices. Y me gustaba, me gustaba ser niña, estúpida y feliz contigo. Siempre supe que había lago especial y único en mí, y tú me hiciste sentir que podía compartir eso contigo, así que lo hice. Y en el fondo pensé que tú también lo hacías.

      —Mi madre dice que las parejas prometidas se envían cartas —Tom sacó un pedazo arrugado de papel blanco de su bolsillo. Hacía un día de invierno, algo monótono, pero igualmente agradable—. Tiene que ver con algo sobre "ser romántico" y "probar el amor que se profesan"…

Cecilia alzó las cejas.

      —Es ridículo — dijo, tomando la carta de todos modos—. Tú y yo nos vemos todo el tiempo, ¿para qué necesitamos cartas, si podemos hablar?

 Él se encogió de hombros.

      —No lo sé —admitió—. Quizás tiene que ver con las palabras. Si solo las dicen, las olvidan, si las escriben, quedan por siempre. Escribirlas las hace… oficiales, de alguna manera.

Una vez me dijiste que me escribías porque querías que supiera que eras sincero conmigo, que las cartas eran una prueba de ello. Que las personas pueden negar lo que dicen, pero no lo que escriben. Me mentiste, por supuesto. Pero tenías razón. Las palabras quedan, perduran, y de alguna forma, liberan. O al menos espero que lo hagan. Por eso decidí escribirte esto, de alguna forma quiero que sea oficial, definitivo.

           —¿Te has recuperado ya de esa horrible urticaria del otro día?—preguntó Cecilia, mientras acariciaba con cariño el lomo de su caballo.

           —Gracias al cielo, sí —bufó Tom en respuesta—. Y no te rías, que sigo pensando que fue tu culpa, por haberme hecho rescatarte: debí tocar alguna planta venenosa. ¡Veinte años y no puedes arreglártelas para nadar en un patético charco de pueblo!

          —Lo dices como si fuera toda una anciana —le reprochó Cecilia, levantando una ceja—. Déjame recordarte que tenemos la misma edad. Además, te he dicho miles de veces que fue un accidente, no sé cómo resbalé. Y, de todos modos, ya estás bien. Escuché por allí que no dejaste en paz a esa fea anciana del pueblo que hace medicinas hasta que tuviste tu piel perfecta de nuevo, así deja de quejarte.

       Siguieron avanzando, hasta que divisaron una choza con aspecto de basurero, sucia y desvaída.

     — *¡Dios mío, qué desagradable a la vista! ¿No puede tu padre eliminar este cuchitril, Tom?

     — No todo es nuestro, el otro lado del valle nos pertenece a nosotros, pero esa casa pertenece a un viejo vagabundo llamado Gaunt. El hijo es un loco, tú debes de haber escuchado algunas de las historias que dicen en el pueblo.

     —Santo cielo, Tom, ¿eso que hay en la puerta es una serpiente?

     —Vámonos de aquí Cecilia, querida. Te dije que están locos.*

Ella  sonrió.

    — ¿Cuándo dejaré de ser "Cecilia querida" para ser "esposa querida"? —preguntó, en tono de broma.

        —Pronto —prometió Tom, acercando tu corcel y levantando una mano para acariciar la mejía de la muchacha, sorprendiéndola. No era muy usual que él le mostrara su afecto por otro medio que no fueran las cartas—. Pronto lo serás. 

Como ambos sabemos, nunca lo fui. Ni tú tampoco. No fuimos lo que acordamos que seríamos, pese a que toda mi vida había esperado por eso. Y aunque al principio me pareció muy claro, con el paso del tiempo me he dado cuenta de que en realidad jamás conseguí entender por qué.

       Sin mostrar el mayor interés en las ramas de los árboles que rasgaba su vestido, Cecilia corría. Corría entre el bosque, corría con todas sus fuerzas. Entre sus rubios cabellos y las lágrimas, apenas podía ver por donde pisaba, pero no le importaba, sólo quería correr. Había estado buscando a Tom desde la tarde anterior, extrañada al no encontrarlo durante un tiempo tan largo. Algo iba mal, ella lo sabía, lo sentía. Y lo comprobó cuando una de las chicas del pueblo, no muy agraciada y bastante chismosa, le comentó maliciosamente el nuevo y más reciente escándalo que recorría las calles.

      Cecilia no había querido creerlo, se rehusaba completamente. Pero era verdad. No había servido de nada llegar a la gran Mansión Riddle exigiendo una respuesta a su desesperado "¿dónde está?", porque los ojos cansados y molestos de Mary Riddle se limitaron a mirar a otro lado, confirmándole la realidad.

Mi primer pensamiento fue que todo había sido una mentira, que me habías utilizado para que nadie pudiera sospechar que en realidad la querías a ella. Pero me parecía inconcebible. Ella era todo lo contrario a mí: fea, tonta y pobre. Aún recuerdo las veces en las que nos reímos de ella, como solíamos reírnos del resto del mundo. No podías haberla escogido sobre mí. Y aún así lo hiciste.

    — Te lo he dicho mil veces, madre. Y no lo repetiré ni una más. Quiero irme. Lejos. A donde sea, pero no permaneceré ni un solo día más en este pueblo apestoso y horrible.

     La mujer mayor que observaba a Cecilia con tristeza suspiró, para luego asentir con la cabeza. Como el resto del pueblo, opinaba que era mejor para la jovencita no haberse casado con aquel Riddle.

—El tiempo cura las heridas, hija. Te recuperarás, ya lo verás.

Pese a todo, lo hice, me repuse. Volví a sonreír, a cantar, a reír. A veces ni siquiera pensaba en ti, como si en realidad no hubieras existido. Fingí que no habías sido más que una pequeña desilusión, y lo hice muy bien. Pero ahora estoy muriendo, Tom. Estoy cansada, y deseo parar de pretender. Porque la realidad es que me perseguiste todos estos años. En especial cuando supe que habías regresado sin ella, asegurando que no la querías. Eso fue lo más duro, lo más insoportable. La duda. No saber si me habías amado si quiera un poco en realidad era peor que tener la certeza de que me habías utilizado. Durante mucho tiempo esperé a que aparecieras en mi puerta, para poder exigirte una explicación, pero tuviste el descaro de morirte antes de dármela.

Así que aquí estoy, suplicando paz. Decidida a terminar mi pena de una vez por todas, despidiéndome por siempre de ti.

No sé si desear que te pudras en el infierno o que tengas tranquilidad, así que no haré ninguna de las dos cosas. Dicen que el perdón también cura las heridas y, aunque no creo que sea verdad, lo intentaré. Le pediré al cielo que si se obtiene algo después de la muerte, obtengas lo que mereces.

Por último, quizás deba dejar en claro que yo te amaba. Aún cuando me sentí engañada, traicionada y abandonada, aún cuando quería buscarte para herirte y hacerte sufrir, te amaba. Nuestra historia no estará completa si no lo admito.

Todavía te amo, incluso mientras te odio.

          Cecilia se inclinó y dejó la carta sobre la lápida, justo debajo de las fechas de nacimiento y muerte de su viejo amigo. Luego, cuando estaba a punto de salir del cementerio, se percató de que había falta algo. Podía parecer irrelevante, pero era necesario. Apurada, regresó corriendo, lo cual hizo que le faltara la respiración y comenzara a toser. Como ya era usual, vio pequeñas manchas de sangre en su pañuelo justo después de limpiar su boca. Les quitó importancia y volvió a abrir la carta, escribiendo una última palabra justo en el medio del último espacio libre, con la letra torcida y distorsionada por la superficie de piedra. Luego, se fue. No volvió la vista atrás.

…oOo…

    En la penumbra, una figura encapuchada se acercó a la tumba y cogió la carta, alzando  una ceja, aparentemente aburrido. Su cabello negro y ojos oscuros resaltaban mucho en su pálida piel. Era un joven, casi un adolescente. Antes de irse, soltó una breve y fría carcajada, más aún cuando descubrió lo que la ridícula mujer había regresado a anotar.

    La última palabra escrita en la carta, era «fin».

Los diálogos escritos entre los asteriscos (…) son propiedad de J.K. Rowling, así como estos personajes.