← Historia 133857 · de
Historia 133857 — capítulo 1
No ha pasado demasiado tiempo, solo unos cuatro años; nada que sea suficiente para olvidarlo. Todavía recuerdo su sonrisa alegre, su continúo e incesante parloteo, ese molesto "click, click, click" aquí y allá mientras correteaba de un lado a otro por la sala común de la torre. Jamás pensé, en todos los años en que lo seguí fervorosamente, que algún día nos separaríamos para siempre, que no volvería a escuchar el "click, click" a donde fuera que caminase, que su constante ánimo se esfumaría y no volvería a sentirlo.
Es difícil no verlo en la multitud, aplaudiendo mi más reciente logro, con su radiante sonrisa y sus gestos de aliento. Qué no daría por tenerlo cerca en este día, por hacerlo sentir orgulloso de que al fin esté a punto de graduarme del colegio. Mis ojos pueden ver montones de personas sentadas en sillas adornadas con algún tipo de tela blanca y dorada, gente que se ríe y señala el escenario donde algún familiar o amigo recibe su diploma. Ojalá él también pudiese hacer lo mismo, volver a ser víctima del maldito "click, click" es lo que más deseo ahora.
Mis padres saludan emocionados cuando la profesora McGonagall menciona mi nombre con firmeza. Me obligo a esbozar la mejor sonrisa que puedo, aunque estoy seguro de que más parece la mueca que haces ante un sabor amargo. Tras levantarme de una de las tantas sillas que miran desde el escenario a la multitud, me acerco a recibir el enrollado cartón que me certifica como un mago completo.
—Felicitaciones, Creevey —sonríe McGonagall mientras estrecha mi mano.
—Gracias —murmuro sin mucho entusiasmo.
Un "ese es mi hijo" se alcanza a oír sobre los aplausos de los asistentes. Mi padre, el lechero fascinado con las habilidades de sus hijos, no pudo reprimir su emoción ante el suceso; él tenía que expresar a quien quisiera oírle que yo era su orgullo ahora. Lamentablemente el único que podía tener.
Regreso a mi asiento a esperar la conclusión del acto. No puedo, por más que lo intento, sacar de mi mente la idea de que mi hermano debería estar sentado junto a mis padres, con su "click, click" resonando en el lugar… cuanto añoro la estúpida cámara y su infernal sonido. Por supuesto, el aparatejo está sano y salvo en casa; Colin no la llevaba consigo esa noche. Pero, aunque todavía funcione, no me atrevo (ni se lo permito a nadie) a tocarla para otra cosa que no sea limpiarle el polvo; en algún momento decidí que la cámara debía permanecer en silencio, que si volvía a escucharse su "click, click", debía ser porque de alguna forma Colin había regresado a usarla.
Mientras los nombres siguen yendo y viniendo, no dejo de mirar a mis padres. Mi madre se limpia los ojos con el borde de un pañuelo blanco, con su nariz enrojecida y una sonrisa radiante en sus delgados labios; mi padre, sin avergonzarse ni por un segundo, deja que las gruesas lágrimas se deslicen por sus mejillas curtidas por el sol, mientras aprieta a mi madre con su fuerte brazo. Son tan diferentes a Colin… él parecía salido de alguna fabrica de pequeñas porcelanas, fue diminuto hasta el día en que nos abandonó.
No es que yo fuese precisamente grande, pero la pubertad me convirtió en algo bastante parecido a un hombre adulto. Ya no me parecía a Colin, solo mi cabello y mis ojos dejaban ver que teníamos un parentesco… y lo lamento, siento profundamente no poder ser más como él, porque ni siquiera mi forma de actuar se le parece. Soy tan taciturno, tan apagado y alejado del mundo, que a veces la gente no se percata de mi presencia; todo lo contrario a mi hermano mayor, quien siempre fue divertido, viéndose emocionado a cada segundo del día, como si todo mereciera ser visto con asombro.
Aún recuerdo los días en que mi actitud era un poco más anímica, pero no puedo decir si en realidad era por mí, o tal vez era solo Colin quien me hacía actuar de esa manera. Me inclino por la segunda opción, debió ser Colin el motivo de mis días alegres; no he encontrado a nadie que me haga sentir igual, no hay nada que me asombre ni me divierta.
He estado tan absorto en mis pensamientos, que casi ni me doy por enterado del final de la graduación. Sólo comprendo que todo ha llegado a su fin, cuando siento los brazos de mi padre apretándome casi hasta romperme en dos. ¿Habría hecho Colin lo mismo? ¿Me habría abrazado tanto como mis padres? ¿Sólo se dedicaría a tomar fotos a montones? Ojalá tuviese una respuesta a mis interrogantes.
No quiero parecer grosero con mis padres, así que soporto su feliz perorata el resto de la noche. Los veo comer y beber dichosos, tratando de no enfadarme por su aparente amnesia; a veces no sé si en realidad no recuerdan a Colin, o si solo se aferran a la idea de que si no piensan en él todo estará bien. Sea cual sea la respuesta, me incomoda que finjan que nada ocurre, que solo tienen un hijo; es como si Colin solo se hubiese ido de vacaciones.
—¿Cuántas fotos crees que Colin habría tomado ya? —pregunta mi padre abruptamente.
Me quedo viéndolo anonadado. En realidad, no sé si he escuchado bien o no.
—Yo creo que a estas alturas iría por el cuarto rollo —continúa mi padre —. Sin duda tendríamos un álbum bastante completo de tu graduación, Dennis.
—Sí, tal vez más de uno —comenta mi madre.
Tardo unos cuantos segundos en salir de mi estupefacción.
—Creí… pensé… que no volverían a nombrarlo —digo con voz ronca.
—Estoy seguro de que a él le encantaría estar aquí —mi padre se pasa los dedos por el cabello entrecano —. No hay razón para nombrarlo cuando no ocurre nada importante, pero en ocasiones como esta, sin duda debemos tenerlo más presente que nunca.
—Siempre deberíamos… —comienzo.
—No, él no siempre tomaba fotografías —pone sus manos como si sujetara una cámara fotográfica invisible y finge tomarme una foto —. Lo hacía cuando en realidad veía algo importante.
—Todo aquí era importante para él…
—Exacto. En casa no iría a tomarle fotos a los cántaros ¿verdad? —ríe mi madre, poniendo su mano sobre la mía.
Así que era eso. No se habían olvidado de Colin, simplemente querían recordarlo solo en momentos en los que a él le habría gustado estar. Entonces no era solo yo quien pensaba en mi hermano constantemente, mis padres tal vez lo hacían tanto o más que yo.
—Iría por el quinto rollo —digo permitiéndome sonreír genuinamente, por primera vez en los últimos cuatro años —. Hemos tenido el tiempo suficiente para ir por la toma ciento sesenta y algo.
Mis padres también sonríen.
Es agradable recordarlo sin ese acostumbrado peso de tristeza en mi pecho. Quiero seguir pensando en él de una manera más alegre, sin querer llorar, sin añorar estar tan muerto como él. Pienso que a partir de ahora me dedicaré a cambiar mi forma de actuar, ya no quiero estar lejos de mis padres, no solo yo sufro por su ausencia, ellos también perdieron a su hijo mayor.
Nunca habría pensado que solo una simple mención de su nombre por parte de mis padres mejoraría mi yo interno, que me sentiría menos vacío, que tendría más deseos de vivir realmente. Ya no estoy seguro de querer haber estado en la batalla donde él murió; estar muerto no habría ayudado en nada, solo hubiese conseguido dejar completamente solos a mis padres.
Colin, mi querido hermano mayor con su estúpido y constante "click, click"… Ya no están y no estarán nunca más; pero ya no me siento tan oprimido con ese pensamiento. En solo un par de minutos he comprendido que no está bien pensar en él con infinita tristeza, que deshacerme en llanto cada noche no ayuda en nada, que lo mejor es recordarlo como mis padres lo hacen: como el alborotado chiquillo de las fotografías, quien le ponía la mejor cara a todo, quien lo daría todo por ver felices a sus seres queridos.
Decido brindar por él, así que levanto mi copa instando a mis padres a hacerlo también. Juntos exclamamos: ¡Por Colin Creevey! Y por una milésima de segundo me parece escuchar un "click, click" tan ligero como un susurro de viento.