La Apuesta de la Novia — capítulo 2
Capítulo 2
RODEADA por la multitud que no paraba de entrar y salir de la sala de fiestas del club de campo, Katniss escuchaba las melodías de rock que se colaban por la puerta.
Se trataba de una cena benéfica patrocinada por dos emisoras de radio y algunas empresas locales entre las que se encontraba el bufete para el que trabajaba Marvel. Había mucha gente y, en un descuido, Katniss se vio separada de los demás.
Poniéndose de puntillas, localizó a sus hermanos Cato y Thresh, que ya habían pedido dos mesas para ellos ocho.
Katniss se sentó en el último sitio vacío, entre Gale y Peeta que, a juzgar por sus serias expresiones, no iban a ser los compañeros de mesa más animados.
Suspiró. No entendía el mal humor de Gale, pero se sentía responsable del de Peeta. Según le habían dicho, seguía muy afectado por la trágica desaparición de Delly; su prometida. Tal vez haberle obligado a salir esa noche no había sido tan buena idea.
El prometido de Johanna, Marvel y Cato estaban quejándose de la falta de camareros. Desde la otra mesa, Johanna dirigía miraditas cómplices a Katniss y después indicaba con los ojos al grupo de hombres sentados de la barra.
«De acuerdo». Ella no estaba allí para preocuparse por Peeta, sino para preocuparse por sí misma y por encontrar a un hombre con el que ganar la apuesta a finales de mes.
Johanna había sugerido ir a esa cena para poner a Katniss en circulación. En caso de que se sintiera insegura llevando un vestido nuevo, maquillaje y tacones, tendría a sus hermanos y amigos como apoyo.
Katniss se inclinó para ver mejor al hombre que Johanna le había señalado. Tenía la edad perfecta y no estaba bebido. Dos puntos muy importantes.
— ¿Te traigo algo para beber? —la voz de Peeta la sobresaltó — . Hemos desistido de esperar al camarero.
— Sí, claro. Una copa de vino tinto —dijo Katniss buscando su monedero.
Peeta sonrió.
— No te preocupes por el dinero. Paga Gale.
Ella le devolvió la sonrisa y los dos hombres se levantaron. Gale llevaba una lista escrita en una servilleta con lo que quería cada uno y Peeta iba detrás mientras Katniss los seguía con la mirada.
Gale tenía el atractivo que compartían todos los hermanos Everdeen. Un tipo de belleza muy conocida para Katniss, pero Peeta era de una especie diferente. Era muy alto, y rubio. Llevaba vaqueros claros y una camiseta deportiva de manga corta de un color que hacía juego con sus ojos,azules.
— ¿Te gusta alguno? —Johanna se había deslizado hasta el sitio de Gale, ahora vacío—. ¿Quién?
—El peor candidato de todos —murmuró Katniss.
—¿Cómo? —Johanna se acercó más — . ¿Quién?
Katniss no se decidía a confesarse.
—No hay ninguno que me guste... por eso me quejo
La vuelta de Gale y Peeta libró a Katniss de más preguntas. Tras decirle que se pusiera «manos a la obra», Johanna volvió con su novio. Katniss asintió y trató de centrar su atención, obediente, en los hombres de las otras mesas.
La llevó más de media copa de vino darse cuenta de que eran dos mujeres y seis hombres, y además ella estaba colocada entre los dos más imponentes, y que los hombres no sentían muchos deseos de acercarse a ella.
Las sillas estaban colocadas alrededor de la mesa en frente de la banda. Cuando su hermano Cato se levantó de su sitio para buscar otra cerveza, Katniss se pasó a su silla, que estaba en uno de los extremos del grupo. Ese sitio estaba más cerca de la pista de baile y no tenía a nadie a su izquierda.
Un par de mesas más lejos, un chico bastante guapo con pantalones color caqui la estaba mirando.
Katniss sintió un escalofrío por todo el cuerpo.
Ella sonrió tímidamente y volvió la mirada, esperando que él se acercara para hablar con ella o para sacarla a bai lar.
¡Tal vez eso de salir con alguien no fuera tan difícil al fin y al cabo!
Decidió centrar su atención en la copa de vino, pero con el rabillo del ojo seguía vigilando a «Caqui». Este se levantó lentamente de su silla y el corazón de Katniss empezó a palpitar con rapidez.
¿Tenía que mirar hacia él? ¿Sonreír, acaso? ¿Hacer como si no lo viera hasta que no estuviera delante de ella?
— Aquí tienes, Peeta — Cato acababa de volver con una cerveza en cada mano.
Peeta se levantó para tomar la bebida y ella quedó rodeada por los dos hombres de pie, como dos rasca cielos cubriendo el sol. Ante la visión de los dos hombres, Katniss presenció como «Caqui» se daba la vuelta y se alejaba.
Cato se agachó y le dijo:
— Creo que te acabo de salvar de bailar con un niñato. Ese tío se dirigía hacia aquí.
Katniss lo miró.
— Creo que puedo decirles que no a los niñatos yo sólita, gracias.
— No mientras yo esté delante, hermanita —y Cato le guiñó un ojo.
Katniss creyó ver un gesto de satisfacción en la cara de Peeta mientras Thresh asentía a Cato.
No había pensado en que sus hermanos pudieran suponer un problema, pero no iba a dejar que le hicieran perder la apuesta. Katniss se levantó y se dirigió a la barra, donde estaba «Caqui». Una vez allí, pediría un refresco y esperaría su oportunidad para hablar con él.
Mientras andaba entre las mesas, apareció en el escenario el grupo principal de la noche, y el público en loqueció. El ritmo del rock invadió los pies de Katniss y le hizo tomar una
determinación. Iba a bailar con ese chico.
El camarero le sirvió la bebida y ella se acercó a la pista de baile tomando pequeños sorbitos. Cuando miró hacia donde estaba Caqui, él la respondió con una sonrisa. Su corazón empezaba a latir más deprisa mientras él se acercaba. El volumen de la música estaba tan alto que tendrían que acercarse mucho para en tablar una conversación.
Cuando estaban a un metro de distancia, Thresh y Finnick se levantaron de un salto. Thresh tomó el vaso de Katniss y Finnick la llevó hasta la esquina de la pista de baile más alejada de Caqui.
Katniss se despidió con la mano del desconocido, pero él ya se había dado la vuelta.
Cuando el baile terminó, Finnick la agarró por el brazo y la llevó hasta la mesa.
— No tengo quince años, Finnick —le dijo entre dientes—, dame un respiro.
Finnick ni se inmutó e hizo gala de sus mejores modales para retirarle una silla y sentarla a la mesa, de nuevo entre Gale y Peeta.
Katniss tenía ganas de llorar, y lo hubiera hecho si eso no hubiera arruinado su máscara de pestañas.
Finalmente decidió mirar apáticamente sus casi intactas bebidas. Con esas perspectivas, podía abandonar e irse a casa. Una vez fuera de aquel estrecho vestido, se pondría una camiseta cómoda y se haría unas palomitas en el microondas. Por supuesto, era la costumbre la que la había llevado hasta ese pensamiento.
Estaba muy irritada. Miró a sus guapos hermanos y por un momento pensó en gritarles a todos que la dejaran tranquila.
Pero, si realmente la escucharan, Thresh no le hubiera regalado a su última novia una caja de herramien tas para el coche y Finnick no se haría un tatuaje con el nombre de cada mujer a la que amaba y después perdía. También estaba la posibilidad de pedirles ayuda... Suspiró. Seria un completo desastre. Aún recordaba la tarjeta de San Valentín que había recibido en tercero. Sus hermanos habían creído que alentar el romance consistía en perseguir al pobre durante dos meses, y tomarle el pelo a ella durante dos años.
El único que había sido capaz de callarlos había sido Peeta. «Peeta...»
Katniss lo miró y un plan se dibujó con claridad en su mente.
—Me apetece bailar —anunció en voz alta. Sus hermanos se miraron unos a otros con expresiones similares en sus rostros; obviamente estaban esperando a que alguno se propusiera voluntario para cumplir con el deber fraternal. Sólo Finnick, que ya había hecho el esfuerzo anteriormente, pareció no inmutarse ante la petición.
—Quiero bailar country —añadió. Los cuatro Everdeen a coro empezaron a quejarse. Todos odiaban la música country. «Perfecto». Ella miró a Peeta.
—¿Bailarás «tú» conmigo? —intentaba que la satisfacción que sentía no se reflejara en su cara.
No le quedaba más remedio que aceptar, mientras los cuatro hermanos suspiraban aliviados.
Katniss sonreía. Con Peeta detrás de ella, se dirigió a otra pista más alejada, donde tocaba una banda de country y así podría seguir buscando hombres sin que sus hermanos la vigilaran.
Los remordimientos atacaron a Katniss mientras Peeta la seguía entre la multitud. Probablemente no le apeteciera bailar y no había podido contarle su plan. Por supuesto no le contaría la humillante verdad, que había hecho una apuesta con su hermano para obligarse a salir de casa y encontrar un hombre, pero le dejaría claro que sólo necesitaba su ayuda para escapar de la vigilancia férrea de sus hermanos.
No esperaba que él la tomara entre sus brazos. Un escalofrío recorrió su cuerpo y ella atribuyó la reac ción a la corriente de aire que entraba por la puerta abierta de la sala.
Una vez fuera, en la oscuridad, Katniss dudó al dirigirse al caminito iluminado que llevaba a la pista donde tocaba la banda de country.
Una pareja les adelantó.
—Me encanta esta canción, cariño —dijo ella—, ven a bailar conmigo. Abrázame.
Katniss se quedó petrificada.
— ¿Estás bien? —dijo Peeta tras ella.
Acababa de recordar su sueño de adolescencia. Si Peeta bailaba con ella, si la estrechaba entre sus brazos, sólo con tocarla... su respiración se detendría.
Sólo el imaginárselo la atemorizaba. Era como si hubiese estado ocultándolo en el fondo de su mente desde que lo vio en casa de su padre.
No podía arriesgarse a bailar con él en ese momento.
Con el ruido de sus tacones de fondo, corrió en dirección contraria al patio abierto donde estaba el escenario, hasta llegar a un pequeño jardincito rodeado de rosales y árboles decorados con bombillitas blancas. Se detuvo en el centro, al lado de un pedestal que en realidad era un reloj de sol de un metro y algo de alto.
La voz de Peeta, que la había seguido, sonó extrañada:
—¿Kat?
Ella se volvió para mirarlo, y la brisa cargada de una dulce esencia de rosas hizo flotar su vestido alrededor de sus piernas.
No tuvo tiempo de darle una excusa para no bailar con él o de decir algo gracioso sobre su escaso sentido del ritmo, Peeta tenía la mirada clavada en sus piernas.
Una mirada muy masculina que fue subiendo por todo su cuerpo.
Katniss sintió una oleada de calor.
De entre sus dientes salió un suave silbido mien tras movía la cabeza lentamente.
— Kat, no, Katniss... ¿Qué te ha pasado? Ella no sabía qué decir.
Peeta se acercó y ella retrocedió hasta que su espal da se encontró con el pedestal.
—He pensado en ti estos años —dijo él—. La niña traviesa de ojos grises y gesto decidido —volvió a menear la cabeza—. ¿Cómo has podido cambiar tanto?
La brisa jugaba con el vestido de Katniss y lo ajustaba más a su cuerpo.
—Te fuiste hace mucho tiempo, Peeta —no podía deshacer el nudo que tenía en la garganta.
— ¿Tanto tiempo?
Ella volvió a tragar saliva.
— He tenido tiempo suficiente para crecer.
Se quedó callado un momento y después soltó una sonora carcajada.
— ¡No parece que tus hermanos lo hayan aceptado! —No —dijo ella.
— ¿Y por qué tendría que hacerlo yo?
Katniss bajó la mirada. «Porque quiero que me veas como a una mujer». Se mordió la lengua y no le dio a conocer sus sueños de adolescente.
—Katniss...
Peeta se estaba acercando de nuevo y ella intentó separarse, pero uno de sus tacones se enganchó en la base del pedestal y perdió el equilibrio. El intentó sujetarla, pero Katniss, para evitar que la tocara, apoyó la mano en el pedestal.
— ¡Ay! —se había clavado la punta metálica de la aguja del reloj de sol.
— ¿Qué te ha pasado? —Peeta intentó tomarle la mano, pero ella se apartó justo a tiempo.
— No es nada, sólo un pequeño corte —«y una gran vergüenza», pensó. ¿Cómo iba a considerarla una mujer si se portaba como un payaso?
—Vamos a desinfectarte esa herida.
— ¡Ni hablar! —Katniss se apartó de él y echó a andar hacia el camino principal— Escuece muchísimo. Voy al servicio a lavarme con agua.
Él la seguía de nuevo mientras ella evitaba mirarlo y caminaba apresuradamente para seguir delante.
Su voz la detuvo frente a la puerta del servicio de mujeres.
—Katniss —dijo él.
—¿Sí? —ella se dio la vuelta lentamente.
Allí también había árboles decorados con bombillitas, que rodeaban con su luz a Peeta mientras la sonreía.
—Te has convertido en una mujer preciosa —dijo el.
Katniss creyó que las piernas iban a fallarle y sintió su corazón palpitar a mil por hora. También se dio cuenta de que no era necesario que Peeta la tocara para hacerla subir hasta el séptimo cielo.
En el amplio patio donde tocaba la banda, Peeta miraba a Katniss desde una mesa casi oculta entre la exuberante vegetación. Con una cerveza en la mano, no le quitaba ojo mientras ella bailaba en la pista.
Ella se equivocó en un paso, se rió, se apartó el brillante pelo de la cara. En la penumbra de la pista, su vestido resplandecía.
Tal y como él lo había imaginado la tarde anterior, aquel vestido mostraba su cuerpo como no lo hacían los vaqueros y las camisetas. Las curvas de Katniss eran perfectas, y su constitución recordaba a la de una gimnasta: músculos tonificados y pechos firmes.
Como llamados por su pensamiento, dos hombres se acercaron entonces a Katniss. Peeta apretó su cerveza. Mantendría las distancias.
Después de haberla curado la mano con una tirita que Peeta encontró en el botiquín del personal, ella había evitado su mirada y le había dicho que no le apetecía bailar realmente. El motivo no estaba muy claro, pero él no había insistido.
Aunque Katniss no lo sabía, él estaba al corriente de su apuesta con Gale. Ella estaba buscando un plan, y necesitada estar libre de la vigilancia de sus hermanos para conseguirlo.
Pero no iba a librarse de él.
No, se había asignado la tarea de cuidar de ella esa noche. Cualquier hombre que quisiera a Katniss iba a tener que pasar por su filtro.
Uno de los hombres que se le habían acercado se inclinó hacia ella. Katniss sonrió y le dirigió una mirada misteriosa. Su pelo oscuro acariciaba el brillante vestido y un segundo hombre se acercó a ella.
A Peeta le ardían las entrañas. Maldición. Ella era candida y preciosa y él quería mantenerla a salvo.
— Hola —una voz femenina interrumpió sus pen samientos. Una chica alta y rubia se sentó frente a él — . ¿Está ocupada?
Negó con la cabeza. Con el rabillo del ojo miró de nuevo a Katniss. Seguía bailando rodeada por aquellos dos tipos.
— ¿Lo estás pasando bien? —el largo pelo rubio de la chica le recordaba al de Delly.
Se le formó un nudo en la garganta, pero logró es bozar una sonrisa.
—Claro que sí.
—Acaban de dejarme tirada —dijo la chica. De un solo trago acabó con la mitad de su copa de martini.
La canción había terminado y Katniss estaba aplaudiendo al igual que los dos hombres que tenía al lado. Ambos la sonreían.
Peeta parecía tener la mirada pegada a ellos. La rubia seguía hablando.
—Era un cerdo, pero un cerdo generoso. Ya sabes, flores, joyas —movió la mano libre, llena de anillos y Peeta se dio cuenta de que ya tenía otra copa en la mano.
Ella levantó las cejas, haciendo un gesto hacia la copa.
—¿Quieres tomar algo? Es vodka con martini.
—No, gracias.
El primer hombre que se había dirigido a Katniss, con pelo largo y vaqueros ajustados, se inclinó hacia ella. Peeta los observaba mientras Katniss afirmaba y sonreía una vez más.
—Como te estaba diciendo —otra vez la rubia—, me tenía atontada. Decía las palabras adecuadas. Todo era perfecto. Incluso me regaló un anillo de diamantes.
Peeta mantuvo la boca cerrada. No podía creer que esa chica estuviera confiando en él de ese modo. No era el tipo de hombre que tenía amigas íntimas.
Katniss volvió a asentir y sonreír mientras el hombre de pelo largo le hablaba.
La chica rubia acabó con el segundo martini en dos tragos y Peeta se dio cuenta de que eran el vodka y el vermouth los que le soltaban la lengua.
— Cuéntame —dijo ella, insistente — . Tú eres un hombre. ¿Por qué hizo eso?
Peeta miró a la rubia. Los hombres realmente hacían daño a las mujeres.
Aquel tío podía jugarle una mala pasada a Katniss.
Cualquiera que conociera esa noche podía romperle el corazón. ¿Lo harían? ¿Podrían? Estaba claro que sí.
Él sabía que la vida no era fácil, aunque tuvieras juventud y belleza de tu lado.
Aquel pensamiento lo asustó y volvió a mirar hacia Katniss. El hombre de pelo largo cada vez esta ba más cerca y cada vez se sonreían más.
La mano sudorosa de Peeta apretó aún más la botella de cerveza.
—¿Quién es ella? — dijo la rubia señalando la pista de baile—. No puedes quitarle los ojos de encima.
— Una amiga — ¿le molestaría a ella que se acercara?
La rubia se rió.
Katniss también se reía mientras le ponía la mano sobre el brazo a aquel hombre. Él la correspon dió colocando su mano sobre la de ella.
Peeta se levantó. Sólo se presentaría y le dejaría claro a ese cerdo en potencia que Katniss tenía quien la cuidase. En el momento en que avanzó un paso, el cerdo saludó a Katniss con la mano y se alejó. El otro tío que había estado con ella le siguió.
Ya podía tranquilizarse, ya podía volver a su sitio frente a la rubia para que le recordara cuan peligroso podía ser el amor. O... también podía dar un primer paso del plan que se estaba forjando en su mente para ayudar a Katniss a ganar su apuesta.
¿Por qué no? Por orgullo, por el dinero o por ambos, Katniss estaba decidida a ganar la apuesta el día de la boda de Johanna y Marvel. Pero con un plazo tan corto, una chica inocente podía acabar metiéndose en problemas o pasándolo mal.
La banda empezó a tocar una canción lenta, y Peeta se imaginó a Katniss entre los brazos del cerdo de pelo largo, con las manazas sobre su cuerpo.
Peeta se dirigió hacia ella, que no le había visto acercarse. La tomó por la misma mano que antes le había tocado el cerdo y la llevó hasta la pista de baile. Después la estrechó entre sus brazos.
Dios... aquellos misteriosos ojos lo miraban tan fijamente que él hubiera querido responder a todas sus preguntas. Diría lo que fuera con tal de ha cerla sonreír.
— Parecías... —«perdida».
Querría entrar de nuevo en su vida, como lo había estado años antes, y hacer que todo fuera mejor. Se detuvo un momento para sentir a Katniss entre sus brazos. Respiró profundamente y notó el perfume que ella le había enseñado la noche anterior.
Todo su cuerpo se endureció.
La reacción no lo sorprendió. Había pasado más de un año y medio desde la última vez que había abrazado a una mujer. No quiso asustar a Katniss por una reacción física natural y la apartó un poco de él.
Le pareció oírla suspirar.
Manteniéndola a unos centímetros de su cuerpo, em pezó a mover los pies al ritmo de la música.
Otra vez le llegó el olor dulce y picante del perfume, esta vez junto con otro olor cálido, el de su piel, tal vez. De repente se notó ligeramente mareado por el olor del perfume y el brillo de su vestido.
—Katniss.
La miraba asombrado, como un hombre que tiene en sus manos un tesoro inesperado. Ella levantó la mirada y sus pupilas se dilataron al ver aquella cara. ¿Qué vio en él? ¿Deseo, sorpresa, aquel sentimiento de que todo seguía en su sitio?
Peeta tenía la mano sobre el hombro de ella y las suaves puntas de su pelo le rozaban los nudillos con un suave cosquilleo.
— ¿Por qué haces esto, Peeta? —preguntó ella.
¿Bailar? ¿Sentirse así?
— Porque quiero salir contigo algún día. ¿Qué te parece?