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Dos Pequeños Milagros — capítulo 2

—La he encontrado.

Draco se quedó de piedra.

Era lo que llevaba esperando desde el mes de junio, pero en ese momento le daba miedo formular la pregunta.

Sintió que le daba un vuelco el corazón, se reclinó en la silla y miró al detective en busca de pistas.

—¿Dónde? —le preguntó al fin.

—En Surrey. Está viviendo en una casita.

«Viviendo», pensó y su corazón recuperó el ritmo normal. Durante todo ese tiempo había temido que…

—¿Está bien?

—Sí, está bien.

—¿Sola?

El hombre hizo una pausa.

—No. La casa pertenece a un hombre que se llama Albus Dumbledore.

Trabaja en el extranjero, pero viene y va.

Cielos. Se sentía tan mareado que no fue capaz de registrar las últimas palabras que le habían dicho.

—¿Que tiene qué?

—Bebés. Dos gemelas. Tienen ocho meses.

—¿Ocho? —repitió él—. ¿O sea, que él tiene hijos?

—Al parecer, no. Creo que son de ella. Lleva viviendo allí desde mediados de enero del año pasado, y las pequeñas nacieron durante el verano… en junio, según decía la mujer de la oficina de correos. Fue de gran ayuda. Creo que ha habido muchos rumores sobre su relación.

Estaba seguro de ello. Cielos, deseaba matarla. O a Dumbledore.

Quizá a los dos.

—Por supuesto, según las fechas, parece que estaba embarazada cuando lo dejó, así que podrían ser sus hijas… o podría haber tenido una aventura con ese tal Dumbledore.

—Sólo dedíquese a su trabajo. Yo haré los cálculos —soltó Draco, tratando de ignorar la idea de que hubiera podido serle infiel—. ¿Dónde está? Quiero su dirección.

—Todo está aquí —dijo el hombre, y le entregó un sobre—Con mi factura.

—Me ocuparé de ella. Gracias.

—Si necesita algo más, señor Malfoy, cualquier otra información…

—Me pondré en contacto con usted.

—La mujer de la oficina de correos me dijo que Dumbledore está fuera en estos momentos, si le sirve de algo —añadió antes de abrir la puerta.

Draco miró el sobre y esperó a que se cerrara la puerta para abrirlo.

Al ver las fotos que contenía, se le cortó la respiración.

Hermione estaba preciosa. Aunque diferente. Tenía el cabello más largo y lo llevaba recogido en una coleta, de forma que parecía más joven y más libre. Ya no llevaba mechas rubias y su cabello volvía

a ser castaño, que hacía que él deseara acariciárselo y tirar de él con suavidad para atraerla de nuevo a su lado.

También había engordado una pizca, pero le sentaba bien. Parecía feliz.

Curiosamente, a pesar de que había estado desesperado por tener noticias de ella durante un año, tres semanas y dos días, no era Hermione la que llamaba su atención después del shock inicial. Eran los bebés que aparecían sentados en un carrito de supermercado.

Dos gemelas preciosas.

¿Sus hijas? Era una posibilidad.

Sólo tenía que mirar el cabello rubio, y de punta, tan parecido al suyo cuando tenía esa edad. Era como si estuviera mirando una foto suya de cuando era pequeño.

Draco miró las fotografías durante un buen rato. Ella estaba viva y tenía dos niñas preciosas. Dos niñas que seguramente fueran hijas suyas.

Dos niñas que no conocía, de las que ni siquiera sabía su existencia. De pronto, sintió que no podía respirar.

¿Por qué no se lo había dicho Hermione?

¿Se lo habría contado alguna vez?

¿Cómo podía habérselo ocultado?

A menos que no fueran sus hijas…

Sintió que la rabia lo invadía por dentro y deseó destrozar algo, igual que ella lo había destrozado a él.

El pisapapeles golpeó contra la ventana y se rompió, cayendo al suelo en varios pedazos. Él agachó la cabeza y contó hasta diez.

—¿Draco?

—La han encontrado en Surrey. Tengo que irme.

—Por supuesto —le dijo su secretaria—. Pero tómate un minuto para tranquilizarte. Te prepararé un té y buscaré a alguien para que recoja tus cosas.

—Tengo una maleta en el coche.

Tendrás que cancelar lo de Nueva York. Es más, cancela todo lo de los dos próximos días. Lo siento, Alice, no quiero té. Sólo quiero ver a mi esposa.

Y a las niñas. A sus hijas. Ella le bloqueó el paso.

—Ha pasado más de un año, Draco. Otros diez minutos no marcarán la diferencia. No puedes aparecer así, la asustarás. Tienes que ir más despacio, pensar lo que vas a decirle. Siéntate. ¿Has comido?

Él se sentó y la miró, preguntándose de qué diablos estaba hablando.

—¿Comer?

—Sí. Tómate un té y un sándwich y podrás marcharte —Alice salió del despacho.

Él se puso en pie, se acercó a la ventana y apoyó las manos y la frente sobre el cristal. ¿Cómo no se había enterado? ¿Cómo podía ella haberle ocultado algo tan importante durante tanto tiempo?

Oyó que se abría la puerta y que Alice regresaba.

—¿Ésta es ella?

—Sí.

—¿Y las niñas?

Él miró por la ventana.

—Sí. Es curioso, ¿verdad? Parece que soy padre, y ella ni siquiera me lo ha contado. O eso, o ha tenido una aventura con mi doble, porque se parecen muchísimo a mí.

Ella dejó la bandeja en la mesa, se acercó a él y lo abrazó sin más.

Él no sabía qué hacer. Había pasado tanto tiempo desde que alguien lo abrazara por última vez que estaba desconcertado. Al momento, levantó los brazos y la abrazó también. Al sentir su calor, estuvo a punto de desmoronarse y, para evitarlo, dio un paso atrás y se volvió, inhalando en profundidad y tratando de mantener el control de la situación.

—Cielos, es que son iguales que tú.

Ella estaba mirando las fotos que se hallaban sobre el escritorio con una sonrisa. Él asintió.

—Sí. Sí, lo son. He visto fotos mías de cuando debía de tener esa edad.

Mi madre tiene un álbum… —y entonces, se dio cuenta. Su madre se había convertido en abuela. Tenía que decírselo. Iba a hacerla feliz.

Se le humedecieron los ojos.

—Venga, tómate el té y los sándwiches y le diré a Lee que traiga el coche.

El coche. Un deportivo descapotable de dos asientos, donde no podría colocar las sillitas de los bebés.

Pero no importaba. Lo cambiaría.

Escribió la dirección en el GPS y salió de la ciudad, sintiendo el aire frío de febrero sobre su cabeza y confiando en que eso lo ayudara a pensar, porque no tenía ni idea de qué iba a decirle a Hermione.

Y seguía sin saberlo horas más tarde, cuando el GPS lo guió hasta el centro de la ciudad. Se detuvo en la oscuridad y sacó el plano que le había dado el detective.

Respiró hondo y cerró la capota al percatarse de que empezaba a lloviznar. Poco después,

recorría el camino lleno de baches que llegaba hasta una casa.

Al iluminarla con las luces del coche, vio que Hermione se acercaba, con un bebé en brazos, a la ventana que estaba a la derecha de la puerta principal y se le encogió el corazón.

—Shh, Lyra, no llores, cariño… Huy, mira, ¡viene alguien! ¿Vamos a ver quién es? ¡Puede que sea la tía Ginny!

Se acercó para mirar por la ventana y, al ver el coche, sintió que se quedaba sin respiración.

—¡Draco! ¿Cómo…?

Se sentó en el sofá que había junto a la ventana, ignorando al bebé que se chupaba el puño y lloriqueaba en su hombro, y a su hermana, que estaba en el parque de juegos. Lo único que podía hacer era mirar cómo Draco salía del coche, cerraba la puerta y se dirigía al porche.

Se habían encendido las luces exteriores, pero él podría verla en el interior porque tenía la luz de la cocina encendida.

Draco llamó al timbre y se volvió.

Estaba muy tenso y llevaba las manos en los bolsillos de los pantalones.

Hermione se percató de que estaba más delgado, porque claro, seguramente desde que ella no estaba a su lado para organizarle la vida, él no cuidaba de sí mismo. Durante un instante, se sintió culpable.

Pero no era culpa suya. Si él la hubiera escuchado y le hubiera prestado más atención el año anterior, cuando ella le dijo que no era feliz… Pero no.

«No esperes que vaya tras de ti, a suplicarte. Ya sabes dónde encontrarme cuando cambies de opinión».

Pero ella no había cambiado de opinión, y por supuesto él no la había llamado. Ella sabía que no lo haría.

Draco no suplicaba jamás, y ella se dejó llevar, sin saber qué hacer cuando se enteró de que estaba embarazada, pero consciente de que no podía regresar con el mismo hombre que había dejado.

Aunque todavía llorara por las noches porque lo echaba de menos.

Aunque cada vez que miraba a sus hijas sintiera una profunda pena por el hecho de que no conocieran a su padre. Pero

¿cómo iba a decírselo si él siempre había insistido en que era lo último que deseaba tener eran hijos?

En ese momento, Murphy aulló, se dirigió a la puerta y comenzó a ladrar. Lyra dejó de lloriquear y comenzó a gritar, y él se volvió hacia la puerta y miró a Hermione a los ojos.

Estaba tan cerca...

Allí mismo, al otro lado del cristal, con una de sus hijas en brazos. El perro estaba ladrando y él no sabía qué hacer.

«No puedes aparecer así, la asustarás. Tienes que ir más despacio, pensar lo que vas a decirle». Alice, una mujer sabia y sensata. A Hermione le encantaría.

Pero él todavía no sabía qué diablos iba a decir.

Pensó que debía sonreír, pero no lo conseguía. Y no podía apartar la vista de su rostro. Tenía aspecto de agotada, pero él nunca había visto algo más bello en su vida. Entonces, ella se volvió y él llevó la mano hasta el cristal, como para detenerla.

Segundos más tarde, se percató de que sólo se dirigía a la puerta y se apoyó contra la pared, aliviado. Oyó la llave en la cerradura y vio cómo se abría la puerta.

Apareció Hermione, cansada y pálida, pero más guapa que nunca, con un bebé en la cadera y un perro labrador negro a su lado.

—Hola, Draco.

¿Eso era todo? Un año, dos niñas, una relación secreta y ¿lo único que iba a decirle era: «Hola, Draco»?

No sabía qué esperaba de aquel encuentro pero, desde luego, no era eso. Sintió que salivaba a causa de la rabia que lo invadía por dentro, pero recordó las palabras de Alice y trató de contenerse. «Puedo hacerlo», se dijo antes de apretar los dientes y mirarla a los ojos.

—Hola, Hermione.

Él estaba apoyado contra la pared, tenía el cabello alborotado y la expresión de sus ojos era indescifrable.

Sólo lo delataba la tensión de la mandíbula, y ella se percató de que él lo sabía.

«Hola, Hermione», le había dicho.

«Hermione, no Herms». Eso era un cambio. Se preguntaba qué más había cambiado. Tratando de mantener la compostura, se enderezó para tratar de controlar su cuerpo tembloroso.

—Será mejor que entres —dijo ella.

Dracola siguió hasta la cocina.

Murphy comenzó a saltar a su alrededor moviendo el rabo.

—Cierra la puerta para que no se vaya el calor —añadió Hermione. Él obedeció y se volvió hacia ella.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir? Un año sin dar señales de vida ¿y lo único que tienes que decir es «cierra la puerta»?

—Intento que las pequeñas no se enfríen —dijo Hermione.

Al ver que él miraba a la pequeña que llevaba en brazos, añadió—: Ésta es Lyra, y ella es Sophie —señaló a la niña que estaba en el parque.

Al oír su nombre, Sophie levantó la vista y sonrió.

—Mamá —dijo la niña, y levantó los brazos para que la sacaran de allí.

Hermione se disponía a acercarse a ella cuando se detuvo para mirar a Draco, con el corazón acelerado.

—Adelante, toma a tu hija. Deduzco que has venido por eso. Él se quedó paralizado.

«Tu hija».

Hacía años que no sostenía a un bebé. Ni siquiera estaba seguro de haber tenido a uno de esa edad en sus brazos.

Se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla. Se acercó al parque, agarró a la pequeña por las axilas y la levantó.

—¡No pesa nada! Creía que pesaría más.

—Sólo es un bebé, Draoc, y los gemelos a menudo son más pequeños, pero no te asustes. Son muy fuertes.

Dile «hola» a papá, Sophie.

—Mamá —dijo la niña, agarrando la nariz de Draco y tirando con fuerza.

—¡Ay!

—Sophie, con cuidado —dijo Hermione, abriéndole los dedos.

Le dijo a Draco que se la pusiera en la cadera y le entregó a Lyra—. Ahí tienes a tus hijas. Él las miró un instante. Eran idénticas, y se preguntó cómo podía diferenciarlas Hermione.

Lyra estiró la mano para tocar a Sophie, ambas sonrieron y se volvieron para mirarlo con unos ojos Grises iguales que los suyos. Al ver su sonrisa, Draco quedó prendado de ellas enseguida.

—Será mejor que te sientes —dijo Hermione, con un nudo en la garganta.

Sacó una silla y lo guió hasta ella para que se sentara antes de que le flaquearan las piernas.

Draco tenía cara de asombro, y las pequeñas estaban igual de fascinadas que él. Jugaban con su cara, agarrándolo de las orejas, de la nariz, y él permanecía inmóvil.

Entonces, Draco miró a Hermione y ella percibió que tras el amor que reflejaba su mirada se ocultaba una fuerte rabia que hizo que diera un paso atrás.

Él la odiaba.

Podía verlo claramente en su mirada, en la rabia que transmitían sus ojos. Se volvió con lágrimas en los ojos y dijo:

—Voy a poner agua a hervir.

Entonces, Lyra comenzó a llorar de nuevo y Sophie gimoteó también. Ella dejó la tetera sobre la placa y se volvió hacia Lyra.

—Vamos, cariño —murmuró antes de tomarla en brazos. La pequeña comenzó a tirar de su ropa.

Cielos. Tenía los pechos hinchados, las pequeñas necesitaban mamar y Draco… Draco, el hombre que conocía su cuerpo mejor que ella, estaba sentado mirándola de manera inquietante.

—Tengo que darle de comer —dijo ella. En ese momento, Sophie comenzó a llorar también—. Alas dos.

—Te ayudaré.

—No creo que puedas. No tienes el equipo necesario —dijo ella con cierta frivolidad, provocando que él se sonrojara.

—Um… Toma —le tendió a Sophie—. Yo… Um…

—Siéntate, Draco —dijo ella, y se dirigió al sofá que había junto a la ventana.

Al fin y al cabo, él no iba a ver nada que no hubiera visto antes.

Ella se sentó, acomodó a cada niña a un lado, se desabrochó el sujetador y les ofreció el pecho a la vez.

Él no sabía dónde mirar.

Pero sí sabía dónde quería mirar. De hecho, no conseguía apartar la mirada, pero no le parecía educado.

—El agua está hirviendo. Me encantaría tomar una taza de té —dijo ella, y él se percató de que lo estaba mirando.

—Ah… Claro.

Draco se puso en pie, se dirigió hasta la cocina económica y agarró la pava.

—¿Dónde están las tazas?

—Sobre el fregadero. El té está en el carrito, junto a la cocina, y la leche está en la nevera que hay en la despensa. Al mío échale un poco de agua fría, por favor.

Draco colocó las bolsitas de té en las tazas, les echó una nube de leche y le llevó a Hermione su taza.

—Gracias. Déjala sobre la mesa —dijo ella.

Draco se fijó en cómo mamaban las pequeñas y en que Hermione tenía los pechos mucho más grandes de lo habitual.

A través de la piel se veían sus venas azules, y eso le resultaba fascinante. Todo le parecía correcto y normal.

Sin embargo, se sentía excluido.

Excluido y privado de aquel maravilloso acontecimiento que había sucedido sin él. Engañado.

Se volvió y se dirigió a la cocina económica con su taza en la mano, permitiendo que el calor invadiera sus huesos. Estaba helado a causa de la exclusión. Y enfadado.

Tan enfadado que sentía ganas de golpear algo.

¿Una puerta? ¿Una pared? A Herms no.

Nunca haría tal cosa, por mucho que ella lo enfureciera.

—¿Draco?

Él se volvió para mirarla.

—¿Puedes sujetarme a Lyra? Ha terminado, pero tiene que echar los gases. ¿Podrías pasear con ella en brazos? Ah, y será mejor que lleves esto, puede que eche un poco de leche sobre ti.

Le dio un paño blanco antes de pasarle a su hija. Su preciosa hija.

La pequeña no dejaba de sonreír, pero de pronto eructó y él sonrió antes de limpiarle la boca con una esquina del paño.

—Pillina —dijo él en tono cariñoso, y la pequeña le agarró la nariz—.

Eh, con cuidado — murmuró, retirándole la mano. Después agarró la taza de té y se la llevó a los labios, pero la pequeña agarró la taza y se la tiró por encima.

Sin pensarlo, él retiró a la criatura con rapidez, pero no pudo evitar que el líquido le cayera por encima a él.

Estaba tan caliente que soltó un grito de dolor y Lyra hizo una mueca y comenzó a gritar también. Agua.

Necesitaba agua fría. La llevó hasta el fregadero y, por si acaso, metió la mano de la pequeña bajo el grifo.

Hermione dejó a Sophie y se acercó corriendo.

—Dámela —dijo ella. Tumbó a la pequeña sobre la mesa y le quitó la ropa. No le había pasado nada, pero podía haber sido un desastre.

Hermione estaba nerviosa, y se sentía estúpida e irresponsable.

—¿Qué diablos estabas haciendo? ¡No puedes sujetar una taza de té hirviendo cuando tienes a un bebé en brazos!— gritó Hermione.

Él dio un paso atrás, destrozado por la idea de haber puesto en peligro a su hija.

—Lo siento. No pensé que… ¿Está bien? ¿Hay que llevarla al hospital?

—No, no le ha caído encima. Está bien… Pero no gracias a ti.

—Tú me la diste.

—Pero no esperaba que le tiraras el té.

—No le ha caído encima.

—¡Por suerte! ¡Podía haberle caído toda la taza! Es la estupidez más grande de…

—¡Tú también tenías el té en la mano, con ellas en brazos!

—¡Pero el mío tenía agua fría! ¿Por qué crees que lo mezclé? Ya, cariño, está bien —pero ambos bebés estaban llorando a la vez.

Draco negó con la cabeza y dio un paso atrás.

—Lo siento —dijo él—. Herms, lo siento…

Él se pasó la mano por el cabello y se volvió, furioso consigo mismo por su estupidez.

—Toma, sujétala. Tengo que cambiarla de ropa. Iré a por ropa seca —se detuvo frente a él para mirarlo con los ojos humedecidos—. Está bien,Draco. Sólo ha sido el susto.

Siento haberte gritado.

—Ella podía haberse… —se calló.

—Ha sido un accidente. Sujétala.

Vuelvo enseguida.

Draco no se movió. Permaneció quieto hasta que ella regresó con los pañales y la ropa y le retiró al bebé de los brazos. Entonces, él se sentó, se cubrió el rostro con las manos y respiró hondo.

—¿Puedes tomar a Sophie en brazos, por favor?

—¿Confías en mí? —preguntó él. Ella sonrió.

—No me queda más remedio, ¿no? Eres su padre.

—¿Lo soy?

—Draco, ¡por supuesto que lo eres!

¿Quién iba a serlo si no?

—No lo sé, pero quizá deberíamos hacerles la prueba del ADN. Ella palideció.

—¿Para qué? No iba a mentirte sobre esto. Y tampoco voy a pedirte dinero.

—No estaba pensando en el dinero, estaba pensando en la paternidad. Y no se me había ocurrido que pudieras mentirme, pero tampoco se me había ocurrido que pudieras marcharte sin avisar para irte a vivir con otro hombre y tener dos hijas sin molestarte en contármelo. Está claro que no te conozco tan bien como creía y, sí, quiero hacer la prueba del ADN —dijo él—. Porque, aparte de todo lo demás, puede que sea útil para el juicio.

—¿El juicio? ¿Qué juicio? No voy a hacer nada para impedirte el contacto.

—Eso no lo sé. Puede que te vayas otra vez, que te escondas en otro lugar. Sé que te llevaste el pasaporte.

Pero por otro lado, si decides pedirme una pensión, quiero estar seguro de que son mis hijas a quienes les estoy dando el dinero.

Ella se quedó boquiabierta y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—No te pongas a llorar —dijo él.

—Se me había olvidado lo bastardo que eres,Draco. ¡No necesitas una prueba para demostrar que eres el padre! Estabas conmigo cada minuto del día cuando fueron concebidas.

¿Quién más podría haber sido?

Él se encogió de hombros.

—¿Albus Dumbledore?

Ella lo miró y comenzó a reír.

—¿Albus? No. No, Albus no supone una amenaza para ti. Confía en mí.

Aparte de que tiene cincuenta y tantos años y que no es mi tipo, es homosexual.

Draco se sintió aliviado. Hermione no había tenido una aventura y las niñas eran hijas suyas. Sin duda. Y una de ellas estaba gritando para que le hicieran caso.

Draco tomó a Sophie en brazos y se acercó hasta donde Hermione estaba vistiendo a Lyra. Ella se fijó en su torso.

—Tienes la camisa empapada. ¿Estás bien? —preguntó.

—Seguro que sobreviviré —contestó él—. ¿De verdad que ella está bien?

—Está bien, Draco. Ha sido un accidente. No te preocupes.

Eso era fácil de decir, pero no de hacer. Sobre todo, cuando más tarde, después de que Hermione acostara a las niñas, ella le hizo quitarse la camisa y vieron que tenía la piel enrojecida. Si hubiera sido Lyra…

—Idiota. ¡Me dijiste que estabas bien! —lo regañó ella, y después le echó una crema sobre la parte afectada.

—¿Qué es eso? —preguntó él con nerviosismo. Hacía mucho tiempo que no sentía sus dedos sobre la piel.

—Gel de áloe vera —murmuró ella—. Es bueno para las quemaduras. Cuando ella levantó la vista y lo miró a los ojos, él se quedó sin respiración. La deseaba.

—Herms…

Ella dio un paso atrás al oír cómo susurraba su nombre y tapó el bote de crema con manos temblorosas.

—Necesitas una camisa limpia.

¿Tienes alguna?

—Sí, en el coche. Tengo una maleta.

Ella lo miró con los ojos bien abiertos.

—¿Pensabas quedarte? —le preguntó.

—Oh, sí. Sí, Herms, voy a quedarme, porque ahora que te he encontrado no volveré a perder a mis hijas de vista.