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Historia 134831 — capítulo 1

Así es la Vida

-¡Tienes menos de veinticuatro horas para que consigas lo que quiero, sino te despido!

Esas palabras tan tiernas solo pueden salir de una persona: Tu jefe. Pero no cualquier jefe, un esperpento. Era como un regalo de Navidad para los niños y vales de consumo de cerveza gratis para los adultos. Una tarjeta de buenos deseos que no había sido abierta desde 1952.

Así es la vida.

Con esa motivación salió a las calles con su cámara como única compañera en el heraldo y sacrificado oficio de periodista. No había parado de llover y era ya tarde. Pero tenía que continuar obligado por la amenaza de una jefa terca y poco apacible a quien secretamente comparaba con una bruja, y no estaba exagerando en eso; los rasgos de su rostro tenían cierta crispación, parece que muerde un cuchillo entre dientes cada vez que habla. Lleva unos zapatos grandes y viejos, ideales para destruir sueños de cualquier empleado novato. La anciana responde al nombre de Rita Skiter, la prueba viviente de que las brujas existen.

-Entonces dime, ¿cómo es que vas a trabajar en el Profeta, colorado?

Lo que nunca olvidará Ron de su jefa era que tenía el don de provocar angustia inmediata.

-¿Qué sabes hacer?

Seguía caminando por la acerca los rostros de la gente le eran ajeno a él, pasos tras pasos, golpe tras golpe y la cámara intacta en su bolsillo, esperando ser utilizada.

Le alcanza con las manos torpes su delgado currículum vitae. A sus cortos veintidós años no había tenido suerte. La dueña lo observa con desdén.

En una esquina un sujeto enmarca sus garras y explota en cólera cuando le hurtan su salario, el otro huye tras él empezando la persecución digna de un film policial. La policía hace lo que tiene que hacer y, después de varios angustiantes segundos, hace circular su patrulla. ¿Es qué mundo vivimos? Resulta interesante seguir y descubrir cómo acaba la trifulca, pero eso sería una pérdida de tiempo pues el robo era pan de cada día en esa ciudad.

-¡No nos vamos a ser millonarios con eso! Pero no tengo a nadie, así que aceptaré que trabajes aquí.

Ron se quiere tragar su orgullo y enviar a la anciana a buen sitio, pero necesitaba ese maldito trabajo. No era ni la primera ni la última vez que lidiaba con ese tipo de personas, pero eso no quiere decir que estaba acostumbrado a que lo tratasen como el último recurso. Detrás del muro que separa la oficina del pasillo se oyen murmullos y aparentes risas de sus futuros compañeros de trabajo. Siempre eclipsado, siempre el menos querido.

Así es la vida.

Mira al cielo, la luna llena se oculta tras una nube negra y esponjosa, los faros empiezan a encenderse y las tiendas ponen sus carteles de "Agotado", bueno no todas. Así era Londres, la capital de Inglaterra y alrededores, reyes y reinas cabalgaban por esa ciudad saludando a sus súbditos con bambas, banderolas y toda la cosa, coches, carruajes, e incluso muchos se imaginaban que estaban en Disneyland. Así le gustaba que fuese, pero no todos compartían aquello. A pesar de que cada día la ciudad iba evolucionando y los cambios se reflejaban a cada paso que daba, para él la vida era monotonía pura: Levantarse / llamar por teléfono a sus padres / desayunar / trabajar / dormir. Lo mismo era siempre, pero este lluvioso día de Abril es diferente porque estaba a punto de perder el trabajo, el único trabajo que había podido conseguir en años.

Decidió tomar un descanso en una banqueta de la plaza principal de Londres, tenía en frente una maravillosa vista: El puente elevadizo, El Big Ben, El ojo de Londres. El Castillo de Buckingham y, como la cerecita del pastel: el Támesis. Sí. La vida era una maravilla si la veías desde esa perspectiva, pero no con los ojos del corazón destrozado de un joven cuyos fracasos eran abundantes y logros, inexistentes.

Siempre dicen que en cada familia existe una mal llamada "oveja negra", pero había dos en la suya: la primera era su pequeña hermana Ginebra.

Era algo muy extraño ya que el ser la menor y, la única mujer tendría ciertos privilegios frente a los otros hermanos, pero no es así. Se mudó a Edimburgo hace dos veranos porque quiso jugar en la liga femenina de fútbol de ese lugar. Sus padres siempre se opusieron. Al parecer seguían teniendo ideas medievales o quizá se dejaban llevar por los prejuicios y estereotipos que reinaban en esta aburrida ciudad. Al principio ella los convenció, pero su universo se fue a subsuelo cuando falleció el querido Fred, su hermano. Ese fue el fin de su sueño, pero el inicio de su rebeldía.

"Pero al menos ella logró su sueño", pensó recordando la última comunicación que tuvo con ella, justo antes de ayer.

Ginebra, a quien llamaremos Ginny, era una persona muy especial y, de todos sus hermanos era ella con quien tenía una mejor relación.

La otra oveja negra era él: Ronald, el último hijo varón del clan Weasley.

De todos los hermanos era él quien más había "decepcionado" a la familia:

Willian alias "Bill"es un gran administrador de bancos, hace cinco años había inaugurado uno en Londres y ahora estaba por abrir la quinta sucursal en el Nuevo Mundo. Charlie es un gran escritor de novelas de aventura, trata de contar su propia experiencia como explorador en un canal americano. Percy es brazo derecho del primer ministro británico y hace las veces de secretario en el parlamento. Fred y George formaron su empresa "Sortilegios Weasley", que se dedica a la fabricación de juguetes para niños y artículos para el hogar. Ginny estaba jugando en primera división con su equipo. ¿Y él? No era que no se sentía orgulloso de trabajar en "El Profeta", sino que sus ambiciones iban más allá que sólo tomar fotografías para un diario de chismes. Se puso de pie y calentó las manos en sus bolsillos, sin querer se golpeó con la cámara.

-¡Yo no me merezco esto Ronald! -gritó Lavender.

-¡Te doy todo lo que está a mi alcance!

-¡No es suficiente!

Se había enamorado de una cara bonita. Una cara que a lo lejos parecía un bello y dulce cisne pero de cerca era un cuervo. Garrafal error. ¡Qué infamia la suya! Juró nunca más entregar su corazón a ninguna mujer y, si fuese necesario, vengarse con la primera ingenua que cayese en su camino. Pero, dada su situación, tampoco ha tenido suerte en ese aspecto y ha tenido que conformase yendo a burdeles y bares de mala muerte.

La calle seguía igual, la gente iba y venía sin dirección y sin motivo. Al parecer todos tenían cosas importantes que hacer, excepto él.

Ya no podía soportarlo más.

Caminó sobre el muro que separa el río de la calle. Lo húmedo de lo seco. La muerte de la vida…

-¡Eres una vergüenza! ¡No sirves para nada!

-¿Hijo, por qué no eres como tu hermano? Él es famoso en toda Europa.

-Hijo, tienes que aprender a hacer las cosas bien de una vez.

-¿Periodismo? Eso es para perdedores…

-¡Cómo crees que voy a seguir con alguien que es un bueno para nada! ¡Te odio! ¡No sirves ni para la cama!

-¿Cinco libras? ¿Es todo lo que tienes?

-¡No nos vamos a ser millonarios con eso! Pero no tengo a nadie, así que aceptaré que trabajes aquí.

-¡¿Estás bien?! -le preguntó el hombre que tenía al frente.

Ron sintió húmedo el cuerpo y con lástima vio su fiel cámara hundiéndose en el río. Le decía "adiós" con unas cuantas burbujas asomándose a la superficie. Estaba demasiado profundo como para recuperarla además, no sabía nadar.

-¿Estás bien? -Repitió desesperado sin obtener respuesta-. ¡¿En qué estabas pensando?! ¡¿Cómo se te ocurre entrar al río si no sabes nadar?! ¿Eh? ¡¿Querías morir?!

Ron tosió un poco y trató de expulsar el agua que había tragado inconscientemente. Estaba agitado y su corazón latía a mil por hora. Abrió los ojos en un intento de identificar el espacio en donde se encontraba; no había logrado nada y había perdido su herramienta de trabajo. Acomodó su cuerpo apoyándose en una vereda sobresaliente que colindaba con el muro del río, al recordar lo que estaba haciendo antes de tomar esa fatal determinación vio delante de él a un hombre más o menos de su edad, con rebelde cabellera negra y ojos verdosos chispeantes que lo miraban como si fuese un fenómeno de feria. Tenía el semblante preocupado estaba igual o más mojado que él. Ese hombre lo había sacado del río, probablemente había oído que alguien caía y corrió para ver qué pasaba. Miró a su alrededor y fue un alivio para él saber que no había acaparado la atención de la gente y que todo seguía igual que antes. O peor, no lo sabía.

-Gra… Gracias -fue todo lo que pudo decir, aunque prefirió haber desaparecido en las profundidades del Támesis.

-Vamos.

El hombre lo abrazó por los hombros para ayudarlo a incorporarse.

Lo llevó delante de un gran salón que hacía las veces de teatro y ballet que encontraron a su paso. No era muy popular, pero le llamó la atención cómo las luces atravesaban las rendijas de las ventanas para mezclarse con la oscuridad de la noche. Pero esas luces eran demasiado deslumbrantes, era como si un ángel estuviera atrapado ahí adentro y luchaba por salir. Sus alas de fuego rompieron toda seguridad y al parecer el ángel gritó tan horrible que alarmó a la población que no se percató hasta ese momento de su existencia. Las puertas se abrieron y con horror vio que no se trataba de un ángel, sino de un voraz incendio que calcinaba todo a su paso. El eco de un disparo retumbó en sus oídos durante unos segundos.

-Avisaré a la policía -anunció el extraño hombre antes de desaparecer entre los autos y confundirse entre la multitud que se acercaba.

Ron estaba confundido; le había salvado la vida, pero no sabía ni su nombre.

Varios agradecieron al cielo, pues no le negó sus lágrimas. Las gotas de lluvia atrapaban las llamas reduciéndolas al mínimo, pero no era suficiente. Algunos valientes decidieron entrar para ayudar a rescatar a las posibles víctimas. Él lo hizo. Las butacas estaban calcinándose y los palcos también, pero hubo algo que llamó su atención: el llanto de una mujer.

La tarima del espectáculo estaba hecha de una madera tan seca que no se consumía por el fuego, eso era una ventaja. Ron hizo maniobras para subir y tratar de rescatar a la mujer que, por sus gritos, deducía que aún seguía con vida.

-¡Aléjate, aléjate!

Esos gritos provinieron de la mujer que se paró enfrente de él tratando de impedirle el paso. Tenía un lindo traje ceñido a su delgado cuerpo, alas de mariposa y piel de seda. Si no estuviera llorando y si no tendría el pelo y la cara hecho un desastre, Ron hubiera jurado que se trataría de un ángel. Se olvidó del caos que había a su alrededor y dedicó sus cinco sentidos a esa nueva visión. Una criatura que tenía los ojos chispeantes y el corazón reprimido. Lucía como si el pequeño mundo en el que vivía se había derrumbado.

-Tranquila, te ayudaré -dijo tomándola de las manos tratando de bajarla.

-¡No, tienes que irte! ¡Vete!

En el instante del forcejeo, la muchacha dejó caer de entre los pliegues de su falda un arma de fuego. Dos piezas de ajedrez mal ubicadas, en mala posición y movidas en un tiempo erróneo. Una de ellas estaba destinada a ganar y la otra a aplaudir desde la tribuna o en este caso, desde la prisión.

-Yo… no hice nada, te lo juro -dijo la chica entre sollozos.

Ron abrió mucho los ojos. Y miró detrás de ella, había una mujer con la misma vestimenta tendida sobra la tarima. Tenía un gran agujero justo encima del corazón de la que brotaba un líquido rojo puro. Parecía un pajarito muerto. Muerta.

-Vete…

¡Bienvenido 2014!