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Historia 135182 — capítulo 27

Gracias por seguir esta historia hasta el final! De verdad los amo a todos y espero que difruten de este apilgo, aun que creo que me exedi un poquito (na mas tantito) pero no pude contenerme, lo siento. Dejen coments porfa! me harán muy feliz!

Ahora... a leer!

Por siempre a tu lado…

2 Meses después…

La lluvia repiqueteaba sobre las ventanas del Expreso de Hogwarts.

El tren había comenzado a aminorar la marcha al tiempo que se acercaba a la estación de Hogsmade.

-Severus, hijo ¿Podrás acompañar a Hagrid a la estación?- musito Dumbledore asomando la cabeza por la puerta del despacho del profesor Snape.

Snape observo a Dumbledore con cara de pocos amigos, y se puso de pie de mala gana.

-¿Tengo de otra?- murmuro fastidiado.

Dumbledore sonrió, y abandono el despacho sin decir nada más.

¿Estaba molesto? Si, Snape estaba deun humor que ni él mismo se soportaba. No tenía ánimos de estar ahí, de aguantar a Dumbledore y mucho menos de tener que caminar hasta Hogsmade a recibir un montón de niños idiotas, que poco le venían a importar.

Ya nada le importaba, ella ya no estaría más ahí. Ya no la vería bajar del tren aquella noche, ya no asistiría más a sus clases de pociones, ni la vería sumergida en algún enorme libro de encantamientos, durante sus horas libres en la biblioteca.

Pero lo que más le pesaba, es que ya no habría más encuentros furtivos en los pasillos y aula de pociones, ya no lo visitaría más en su despacho por las noches, ya no habría supuestos castigos por cualquier motivo, ni miradas indiscretas durante clase. Todo había terminado.

Llevaba apenas un par de horas dentro de aquel frio castillo, y ya le hacía falta, era como sí sin ella el oxígeno no entrara a sus pulmones y el aire le faltase. Resoplo

El temible profesor de pociones cruzaba en aquel momento el vestíbulo, en dirección al Gran Comedor, cuando…

-Profesor…- murmuro una infantil voz a sus espaldas.

Snape giro sobre sus talones, bajando la vista y topándose con un pequeño niño de segundo año. Le lanzo una mirada asesina, de aquellas que le dedicaba a todo mocoso que interfería en su camino.

-¿Qué quiere?- inquirió.

-Lo-lo buscan en su despacho…- balbuceo el niño, con un notable temor por el hecho de tener que estar hablando con el profesor.

Snape elevo una ceja.

-¿Quién?

-No-no- no lo sé… Una joven.

-¿Qué le dijo?

-Quiere verlo…

-¡Largo!- exclamo Snape viendo al niño alejarse velozmente.

Camino con paso rápido hacia su despacho, temiendo, pero muy el fondo, desenado que se tratara de quien él pensaba.

Abrió la puerta de su despacho con un movimiento de la varita. La habitación estaba completamente obscura, poco común, ya que él acostumbraba dejar encendida una tenue luz al fondo.

Entro cerrando la puerta tras de sí, mientras intentaba acostumbrarse a la profunda obscuridad.

Había dado apenas unos pasos dentro de la habitación cuando sintió unos frágiles brazos enredarse alrededor de su cintura, posando sus dos palmas abiertas sobre su espalda, y aquellos dulces labios rosas pegarse a los suyos.

Se abandonó a los brazos de la mujer que más había amado en su vida, y correspondió aquel beso con ansias.

-¿Qué haces aquí?- inquirió Snape alejándola solo lo suficiente para ver su rostro, ya que, cabe mencionar, Hermione había encendido las luces con un movimiento de la varita.

-Te extrañaba…- repuso la chica con una sonrisa inocente.

-No puedes venir aquí cada vez que te plazca- la reprendió Snape, aunque su rostro reflejaba claramente que le encantaba verla.

-Tengo algo importante que decirte…- susurro la chica alejándose un poco de él, y sentándose en el mullido sofá.

-No puedes quedarte aquí, Dumbledore debe estar buscándome.

-¿Y?

-No es bueno que te encuentre aquí, y yo debería estar en el Gran Comedor.

-Él dijo, que no podía tener nada contigo mientras fuera tu alumna.

-Granger, retírese…

-¡Uh! Hacia demasiado tiempo que no me llamaba Granger, profesor Snape- susurro la castaña poniéndose de pie y acercándose al pocionista peligrosamente.

-Hermione… vete, no quiero que Dumbledore nos encuentre aquí.

-¿Qué pasa si faltas a la ceremonia de selección?- susurro la castaña seductoramente, sellando la puerta del despacho con un movimiento de la varita.

La chica había acorralado al pocionista contra la pared y ahora, enredaba sus brazos alrededor de su cuello.

-Hermione… no me obligues a esto- susurro Snape comenzando a responder a los besos de la castaña en su cuello, enredando sus manos alrededor de su cintura.

-¿Severus estas aquí?- Dumbledore lo llamaba del otro lado de la puerta, golpeando suavemente.

-Te lo dije- murmuro Snape alejando a la castaña de su lado.

La chica lo miro, sin apenas moverse.

-Anda vete.

-¡Severus!- los golpes de Albus se habían vuelto insistentes.

-Tengo algo que decirte…- musito la chica entrando en la chimenea.

-Hablaremos más tarde… Ahora vete.

-Severus…

-¿Qué?- exclamo el hombre perdiendo la paciencia, que estaba a punto de abrir la puerta.

-Vas a ser papa- susurro la chica.

Jamás, nunca en su vida, volvió a ver aquella expresión en el rostro de Severus. La confusión, emoción, alegría, se había hecho patente en su expresión como nunca le había visto, sus ojos siempre negro y profundos, parecieron resplandecer por un segundo, llenos de un brillo especial.

La chica había decidió irse, a punto de arrojar los polvos flu dentro de la chimenea a no ser que sintió la mano de Severus deteniendo la suya, impidiéndoselo.

-Repítelo…

-Vamos a ser papas.

La tomo de la cintura, acercándola lo suficientemente a él para que ella saliera de la chimenea.

-Te amo… miss Snape

La chica sonrió ampliamente, a decir verdad no se esperaba aquello.

Rodeo su cuello con sus delicadas manos y ambos se fundieron en un cálido beso.

-Alohomora… Severus… ¿Interrumpo?- Dumbledore acababa de irrumpir en la habitación.

-Profesor Dumbledore ¿Qué tal?

-¿Señorita Granger?- repuso el mago a modo de saludo. La chica sonrió. -¿Qué hace aquí?

-Necesitaba hablar con Severus.

-No la vi llegar.

-Llegue por red Flu.

-Ya veo, creí que no dejabas entrar intrusos a tu despacho, Severus.

-Hay confianza- intervino la chica con claras dobles intenciones.

-Lo he notado.

-Me voy, profesor Dumbledore hasta luego- se despidió la castaña amablemente. -Te veré más tarde Severus- susurro la chica besando los labios de Snape a lo que este apenas quiso responder, para luego desparecer por la chimenea envuelta entre fuegos verdes.

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Un par de meses después....

-Es… hermosa…

Literalmente, Sirius fue el primero en abalanzarse sobre la Señora Weasley que había salido de la habitación de Hermione, con aquella pequeña niña en brazos.

Tomo a la nena entre sus brazos y la contemplo fascinado, como si él fuese el padre.

¿Y como no iba a ser así? Durante el embarazo de Hermione él era el que había estado más cercano a ella, Severus por estar Hogwarts y el resto de sus amigos por sus respectivos trabajos, apenas habían tenido tiempo de verla. Así que, Hermione había convencido a Snape de mudarse a Grinmuld Place durante su embarazo, mientras él se encontraba en Hogwarts.

-Es igual a ti…- susurro Sirius sonriendo ampliamente a Hermione, un par de minutos después, con la nena aun en brazos.

-Excepto por los ojos- susurro la chica en el justo momento en que Snape aprecia en la puerta de la habitación -Tiene los ojos de su padre.

Snape contemplo a Hermione y después clavo los ojos en el que era su hija. Sirius se lo paso y Severus lo tomo entre sus brazos. Jamás había sentido aquella sensación que lo invadió en el momento en que tomo a la pequeña entre sus brazos. Una alegría pura y llenadora.

Sirius había abandonado la habitación dejando a ambos solos.

Era idéntica a su madre, unos pequeños mechones de pelo castaño caían por su rostro, y gracias al cielo, había sacado su nariz, pero Hermione estaba en lo cierto, tenía sus ojos…

Severus se acercó hasta la cama donde se encontraba Hermione y sentó a su lado, depositando en un lindo beso en su frente.

-Te amo- susurro la castaña.

-Y yo a ti.

Jamás, se pudieron sentir tan felices. Por primera vez, después de tanto tiempo, se sintió lleno, completo, ¿Qué más podía pedir? Tenía a su lado a la mejor mujer del mundo y el mejor regalo que pudo darle, una hermosa bebe.

La castaña lo contemplo fijamente, perdiéndose como tantas veces en aquellos profundos ojos negros.

Se acercó a él, besándolo cálidamente.

*Ninguno de los dos se habían percatado de que Sirius, Pansy La familia Weasley casi completa, Harry y Luna los observaban desde la puerta, pero ninguna se atrevió interrumpir, pues jamás imaginaron poder ver una escena tan conmovedora.