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Historia 135651 — capítulo 26

XIII

Michel cerró la puerta tras de sí. Se recostó a la madera de la misma, dejó caer la cabeza hacia un costado y luego se deslizó hasta el piso como si hubiese estado ensayando aquello por días. Se llevó las piernas hasta el pecho, como si intentara protegerse, y se abrazó a sí mismo mientras escondía la cabeza entre ellas.

Lanzó un suave sollozo. Tan suave que hasta a él le pareció un leve murmullo en la lejanía, solitaria e inhóspita. No sabía cuánto tiempo permanecería así, tampoco quería calcular; sólo quería estar de aquella forma, protegiéndose de la realidad con espadas de acero y escudos de oro. Protegiéndose de las lágrimas, de los sollozos… de tantas cosas que no sabía si podría hacerlo.

Pero allí estaba el murmullo, el murmullo que imploraba por salir y por poder ser gritado. El murmullo que imploraba por un Will para que llegara, lo abrazara y susurrara «Llora, no seas idiota» y que, como si fuera un mago, eso ocurriera. Pero ya no había Will, el que existía estaba poniéndose cada vez más frío en la cama.

No sabía a quién llamar, no sabía qué hacer. ¿Llamaba a la ambulancia? Pero ¿para qué? Si ya Will estaba muerto. ¿A la policía, entonces? ¡Ni que le hubiese matado! Se abrazó a sí mismo aún más y se dijo que no haría nada. Que se quedaría allí, sentado como un niñito que implora por alguien que lo proteja. Simplemente pararía el tiempo y no pensaría, no diría nada.

Sólo murmullos.

Luego de un rato, levantó la cabeza y miró fijamente a la nada, que en aquel momento estaba negra y oscura. Estaba en el baño, escondido de sí mismo, escondido de su papá para que no lo viera llorar. Porque los hombres no lloran. Miró a ambos lados, gateó hasta el retrete y se sentó allí un momento, se miró las manos y se asombró por lo viejas que eran. Se las llevó lentamente hasta cubrir su rostro y sintió su piel áspera rozando la piel de su cara, haciéndole cosquillas en la mejilla.

Finalmente, cerró los ojos y, como pudo, se calló a sí mismo. Se levantó y caminó hasta la habitación, duró unos cuantos minutos agarrando la cerradura de la puerta, no estaba seguro de poder enfrentarse a la imagen de sus ojos azules muertos. Abrió la puerta y entró lentamente en la habitación, como si estuviera al acecho. El negro de sus ojos estaba pálido; pero éstos estaban cristalinos.

Intentó simplemente no mirar al cuerpo. No, no lo miraría. Caminó hasta el armario y lo abrió de golpe y con fuerza. Agarró la ropa de Will, la agarró con rabia y la tiró hacia abajo. La haló de tal manera que los ganchos en los que estaba guindada salieron volando, algunos cedieron y se rompieron y otros se zafaron. La tiró al suelo con rabia, con tanto odio acumulado que sabía que era como una especie de bomba latente.

Luego de hacerlo, hizo una especie de fuerte con la ropa y se sentó frente a ella. Después, como si aquello fuera lo más normal del mundo, agarró la primera camisa que se le atravesó y comenzó a doblarla lenta y cuidadosamente. Cuando terminó de doblarla, la puso a un lado y continuó con la otra, con la misma paciencia con la que había doblado la anterior.

Michel tenía una extraña fijación con que la ropa quedara debidamente ordenada. Le doblaba las mangas hacia adentro y luego hacía tres pliegues, hacia dentro también, posterior a eso, doblaba sobre sí misma, de abajo hacia arriba, tres veces más a la camisa. Así era fácil de llegar. Luego, la ponía a un lado y continuaba con la otra.

Luego de un tiempo, se terminaron las camisas y continuó con los pantalones. Luego los shorts, las camisetas, las medias… todo lo que había sido de Will lo tiró al piso, con rencor, y lo iba doblando con todo el amor del mundo, con toda la parsimonia que podía salir de él.

En aquel extraño ritual lo encontró Arturo. Ambos se miraron un momento, ni siquiera compartieron más de un segundo el vínculo visual. Michel pareció no inmutarse, siguió con su actividad y Arturo pareció no querer reprochárselo. Se acercó a él y se sentó junto a Michel, lo miró fijamente por un momento sin saber muy bien qué decir.

―¿Qué quieres hacer? ―preguntó por fin, en un susurro, luego de unos minutos más.

Michel tardó más de cinco minutos en responder. Parecía tan concentrado en lo que estaba haciendo, parecía tan consumido, tan viejo y tan demacrado. Sus facciones se volvían sombrías, se volvían oscuras y él quería que así fuesen. La oscuridad lo escondía en sus sombras, cómplice y alcahueta. Lo tapaba de su propia visión de sí mismo, porque no quería verse en aquel estado.

―Que le quemen ―Michel no levantó la vista, no quería, no podía―. Quiero que lo incineren con todas sus cosas, no quiero recuerdos físicos, no quiero ropa que guardar… con la memoria creo que me basta.

Arturo asintió y continuó observándolo hacer aquello. No se movió de allí, se quedó con él y trató de no estorbarle en lo que estaba haciendo. Cuando aún no había salido el sol, Michel había terminado de ordenar la ropa perfectamente. Por tamaño y por color, estaba apilada una a una en la esquina de la habitación, esperando a que hicieran algo con ellas.

Michel miró por última vez lo que había estado haciendo y luego se dejó caer en la silla más próxima. Arturo no le dijo nada, se acercó a él, lo abrazó y luego fue a la sala. Michel lo escuchó marcar el teléfono; pero desconectó su audición antes de que comenzara a hablar.

Si no hubiese sido porque debía, Michel hubiera dejado aquel cuerpo allí. Aquel cuerpo que ya no merecía nada, porque no era más que el residuo que había dejado el alma de Will y que no tenía nada de su esencia, no tenía ni siquiera vida. Un cuerpo sin alma no está vivo, un cuerpo sin alma no es más que una estupidez, una basura material que no debería merecer tanta atención.

Michel cerró los ojos y se dejó llevar por el tiempo, por el espacio. Todo pasaba como una gama de luces que no sabía cómo calificar, todo era surreal, todo era más que real, de hecho. Todo era sin cuerpo, todo era alma, todo era los sentimientos más allá de un estado físico.

Para cuando Michel abrió los ojos de nuevo y estuvo plenamente consciente del mundo donde estaba, no se encontraba en su habitación en una casa, ya lejana, sino que se encontraba en aquella casa mohosa, oscura, sucia por el paso de los años sin haber sido usada.

Sonrió -de verdad- el ver el sofá y recordar los constantes dolores de cuello que le había provocado dormir allí. Sonrió al ver el rincón antes de llegar a la cocina, más sucio que cuando vivía allí, pero igual de oscuro y misterioso.

Alzó la vista y miró el cuarto donde habían dormido sus padres. A pesar de que hacía tanto tiempo que habían muerto, Michel seguía respetando aquella habitación como si su papá aún durmiera en ella. Desde que había comprado aquella casa -cuando su madre murió no quiso dejar que aquella espina muriera, porque en algún punto debería volver a enfrentarse a ella- no se había atrevido a entrar en el cuarto. Era como si aún conservase aquel halo de miedo que ejercía su padre sobre él.

Suspiró y caminó hasta la puerta. Cuando estuvo frente a ella giró la cerradura con ansias y sintió cómo las partículas de polvo se pegaban a su piel. La abrió y volvió a ver el cuarto de sus padres luego de más sesenta años. La ventana que daba a la calle estaba cubierta de polvo, de pelusas y de telarañas. La cama había sido cubierta con un manto de plástico que hacía lo que podía para protegerla del polvo, mientras que el tocador de su mamá estaba allí, al fondo, con un espejo empañado por el paso de los años.

Caminó hasta el tocador y se sentó delante del espejo. Alargó un brazo y quitó las telarañas y el sucio que pudo, haciendo una leve franja por donde pudo verse claramente. Y no se vio como alguien viejo, se vio como aquel niñito que tanto había querido olvidar. Que tanto había querido enterrar en el polvo y la oscuridad como aquella casa. Intentó susurrarle algo, intentó decirle aunque fuese una palabra; pero sentía que las palabras no podían salir de su boca.

El niñito de ojos oscuros lo miraba con la misma intensidad con la que él recordaba haber mirado a las personas. Aquel niñito que sabía lo que había significado crecer con su familia, aquel niñito que aún recordaba el morado de la semana pasada.

Michel alargó el brazo y tocó su reflejo. Lo acarició suavemente y le sonrió. Entonces, como si hubiese preparado aquello toda la vida, despegó la mano rápidamente y luego golpeó el espejo con todas sus fuerzas. Lo golpeó para romperse a sí mismo, lo rompió porque así habría que reemplazarlo y lo nuevo siempre es mejor. «La nuevo siempre es mejor…»

Sintió que su mano se rasgaba con alguno de los vidrios, pero no le dio importancia. Frunció el ceño e intentó no pensar en el dolor punzante que comenzaba a sentir. En la sangre rodando suave y lentamente por su brazo.

Se levantó y fue hasta la sala de nuevo, miró aquella casa por última vez. Luego, salió de ella y entrecerró los ojos cuando la luz del sol entró en ellos. Observó largamente la calle, a un lado y luego a otro. Hacía tano tiempo que no volvía a ella, hacía tanto tiempo que no recordaba nada. Todo había cambiado, las fachadas de las casas estaban distintas, habían construcciones más grandes y resistentes, que se alzaban hacia el cielo, como buscando poder tocar el sol. Creando una jungla de construcciones de vidrio.

Se giró suavemente, casi con amargura, y observó un viejo callejón que aún no había sido reemplazado por una calle normal. Por allí se iba a la casa de David, por allí caminabas dos cuadras y llegabas, tocabas la puerta suavemente y él siempre respondía… David había muerto hace un par de años ya, siete quizá, y de él sólo quedaban sus tres hijos a quienes Michel no frecuentaba mucho. Volvía a estar solo.

Sacó un pañuelo que cargaba en uno de los bolsillos y presionó la herida de su mano con él. Luego, miró por última vez la entrada de aquella vieja casa, y se fue caminando lentamente calle abajo. Quizá, en algún punto, volvería a perderse y sería rescatado por una señora extraña, que lo llevaría a un teatro y volvería a ser cautivado por otro Quijote como cuando era joven.

La vida está llena de quizás que cambian el rumbo de ella. Quién diría que si tomaba el metro quince minutos más temprano que de costumbre un día, quizá se enamoraría y quizá sería para siempre.

Hola a todos.

No, no he muerto (?). Es sólo que esta última semana ha estado un tanto (mucho) movidita y no he podido (ni he tenido muchas ganas tampoco) actualizar el último capítulo de la historia. Sin embargo, como podrán haber notado ya, ¡hoy sí que lo he hecho! Espero lo hayan disfrutado y muchísimas gracias por sus lecturas y comentarios.

¿Qué les ha parecido el final?

¡Nos vemos en la siguiente historia...!

Dan.