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Allí donde reside la imaginación — capítulo 1

La chica abrió el paquete y dejó escapar un murmullo de asombro. El regalo envuelto en papeles de colores decorado con un enorme lazo era un libro de tapas de cobre, antiguo y gastado. Tenía un extraño símbolo en la portada, como dos serpientes que se entrelazaban. Perfectamente-pensó Melissa-podría haber sido la joya de una antigua princesa. Pero se lo guardó para si, porque seguramente, la gente le hubiera mirado mal, o como mínimo extraño. Ella era muy, quizás demasiado imaginativa. Se dejaba llevar por historias que surgían sin fundamento en su cabeza y comenzaba a darles forma y nombre. Pero normalmente, lo hacía en silencio, para sí, porque su familia se alarmaba cuando se ponía balbucear sola. El único que era diferente y especial en su familia era su tío. Era el único con el que podía hablar de sus historias sin principio ni final tranquilamente, y desde muy pequeñita le había ido contando sus cuentos. Además, este la miraba con ojos maravillados, atendiendo a cada palabra que pronunciaba sus labios.

Este se llamaba Karl Konrad Koreander, y la mayoría de las personas que lo conocían pensaban que era un huraño, que odiaba a todo el mundo, y especialmente a los niños, pues decía que eran máquinas de destrozar libros. Y en un principio, si lo llegáis a conocer, si que puede parecéroslo, pero no os dejéis llevar por su ceño fruncido o sus labios finamente apretados, pues en el fondo, es una persona buena y amable. Pero bueno, volvamos a la historia.

Ese día celebraba su cumpleaños, y toda su familia se encontraba alrededor, con las mejillas sonrojadas y una sonrisa falsa en su rostro, animándola a que abriera más regalos. Pero ella sabía de antemano que todos pensaban que era un bicho raro, que nadie hablaba de ella, y el resto del año, simplemente la ignoraban. En el instituto, era igual que con la familia. La gente la conocía desde hacía tiempo, y ahora, con diecisiete años, todo el mundo sabía de sus rarezas y la mayoría de las personas, o la ignoraban, o se pasaban el día burlándose de ella a sus espaldas. Lo que más le irritaba es que podían estar riéndose de ella en ese mismo momento, y no se daba cuenta. Aun así, era feliz, y cada tarde, tras volver del colegio, se encerraba en su casa o salía al jardín a escribir poemas, cartas de amor sin destinatario y vete tú a saber que más. Aunque lo que siempre hubiera querido tener no estaba en páginas de papel escritas, sino algo mucho más profundo, algo que tenía grabado en tinta en el corazón. Siempre hubiera deseado tener un amigo, alguien de su edad, o quizás no amigo, pero que pudiera hablar con él sin que se riera de lo que le contaba. Sus padres no ayudaban demasiado, porque casi nunca estaban en casa, y al llegar la noche, lo único que se escuchaba al cenar era el monótono sonido de los cubiertos al rozar el plato. Pero sabía que nunca lograría cumplir ese sueño. Solo se podía aferrar a su tío, que la visitaba muy pocas veces al año, y que ese día le había regalado un maravilloso y fantástico libro.

-La historia interminable-pronunció Melissa sonriendo al leer las letras grabadas en dorado, pasándoles un dedo por encima.

Lo más triste de las historias era que se acabaran, y una historia que no tuviera fin era imposible. Siempre había deseado un libro así. Le dio un abrazo de corazón a su tío, y abrió una página del libro, pero lo cerró al instante al ver que su madre la miraba enfadada, recordándole que había más regalos. El resto de la tarde se la pasó abriendo más y más regalos, aunque ninguno más fue un libro. La mayoría eran ropa de marca, aunque también me regalaron dos pares de converse, unas gafas de sol ray ban, un móvil de última generación, una tablet de apple… Quizás esto último fue lo único que le gustó, pues en ella se podían descargar libros, pero no era lo mismo que sostener uno de verdad en las manos e ir pasando las hojas poco a poco. Como que perdía valor la historia. No dudaba en que todos los regalos eran buenos, en lo que se refiere al precio, pero para ella eran totalmente inútiles. ¿Para qué quería un móvil?...Si no tenía nadie a quién llamar. Y no le importaba que la ropa fuera de marca; además, a mi me gustaban las cosas sencillas. De todos modos, todo el mundo me había traído cosas, y aunque fuera solo por aparentar, se alegró de que hubieran venido. Porque al menos no le ignoraban del todo.

-Muchísimas gracias- dijo cuando se acercaba la noche, con una sonrisa sincera.

Tras unos cuantos besuqueos por parte de las mujeres de su familia y un par de apretones de manos de los hombres, todos falsos, por supuesto, se marcharon, dejándola sola.

-Adiós, pequeña-dijo su tío en ese instante, acariciándole el pelo como cuando tenía cinco años, y se sentaba sobre su vieja y huesuda rodilla.

Se despidió de él, agradeciéndole muchísimo el regalo, y cuándo salió por la puerta, ya no quedaba nadie. Y nadie es nadie, pues sus padres esa misma noche, se marchaban cada uno por su cuenta a un viaje de negocios. Para ella era ya una rutina, y que se hubieran marchado sin despedirse no le resultaba extraño. Ahora ya no diferenciaba si la casa estaba vacía o si sus padres estaban en el piso de arriba discutiendo. Y le era indiferente.

-*¡Ayuda! Ayuda…-*dijo una voz de muchacho murmurando, apenas audible.

Melissa miró hacia los lados, asustada, y se preguntó si no estaría perdiendo la cabeza. No sabía de donde provenían los murmullos, pero agarró una espátula, que seguramente no le hubiera servido ni para vencer al más tonto de los ladrones y se puso a la escucha.

-*Ayuda…Ayuda…-*volvió a repetir una vez más.

Válgame el cielo-pensó Melissa-si el susurrante sonido no proviene de libro de tapas doradas. La joven se acercó poco a poco, lentamente hacía el libro, hasta que estuvo a unos pocos centímetros de el. La voz había dejado de hablar, pero sin embargo, algo más místico, algo que le hablaba sin palabras le obligaba a mirar el colgante. Sin pensar, y dejándose llevar por una ola de tranquilidad, atravesó las tapas del libro como si fuera incorpóreo y agarró el símbolo de las serpientes. Y otra vez, dejándose llevar por un impulso se lo colgó al cuello. En la parte trasera del colgante descasaban unas letras antiguas, ya gastadas por el tiempo, que decían:

AURYN

HAZ LO QUE QUIERAS

Sin duda, era extraño, pero en ese momento se sintió capaz de hacer cualquier cosa, como si el colgante le diera una fuerza sobrenatural, y la frase tuviera razón.

Entonces recordó que ese objeto acababa de hablarle hacía pocos segundos, y se le bajó la adrenalina, dejándole la sangre helada. Intentó sacárselo, pero el peso de Auryn era tan fuerte sobre si pecho que no lo lograba. Asustada, intento fundirlo con un mechero que había en la cocina, pero era como si al contacto de ese metal, el fuego se apagara. Probó suerte con un martillo que había en el estante más alto del garaje, pero por mucho que le golpeara, el collar no recibía rasguño alguno. Entonces se dejó caer en el frío suelo de piedra y decidió tranquilizarse. Respiró varias y lentas veces, y entonces, encontró un ápice de valentía que la hizo levantarse. Ya no era una niña, sino una adulta, y tenía que afrontar las cosas con calma, como le decía su madre. Se dirigió hacia el salón, engañándose de que Auryn seguía colgando de su cuello, y al llegar a la puerta y abrirla, cerró los ojos convenciéndose a si misma de que no pasaba nada. Pero al abrirlos se dio cuenta de que no estaba en su salón decorado a estilo campestre, con sus sofás y sillones, y sus mantas con animales estampados, o su fuego ardiendo, dando calor a la estancia. Se encontraba en una habitación donde una luz amarillenta iluminaba una sala de seis lados, y en el centro, dos puertas. Miró hacia atrás, pero la puerta marrón con el pomo dorado que daba al salón de su casa ya…no estaba. Se había volatilizado, dejando un vacío tras de si. Melissa se acercó a la puerta, con lágrimas en los ojos del miedo, pero se las secó rápidamente. No podía llorar en ese momento. Una de las puertas era blanca como el papel, y otra blanca como la tinta. No tenía ni la más remote idea de cual escoger, pero como obviamente tenía que traspasar una, se decantó por la negra, porque sin tinta no se puede escribir sobre un papel.La siguiente estancia era completamente blanca con distintos grabados que parecían palabras escritas en un idioma extraño. De nuevo, tenía que escoger entre dos puertas. Las dos eran de un color azul celeste, pero una tenía el pomo plateado, y la otra, dorado. Atravesó la segunda, y tras esta, le siguieron muchas, muchísimas más. Había puertas de todos los tipos; altas o bajas, anchas o estrechas, de todos los colores existentes, puertas de nevera, puertas de desván, puertas de armario…

Pudo pasar allí horas y días, caminando sin cansarse, atravesando puertas y puertas y más puertas que te dejaban en la misma situación. Hasta que llegó a la última habitación. Esta era circular, de un color azul intenso, y como siempre, dos puertas en el centro. Una de ellas estaba echa de cobre, y la otra de oro. Era mucho más bonita la puerta dorada, con pequeños grabados en las esquinas y un pomo brillante. Pero eligió la de color cobrizo, pues la tapas del libro que le había regalado su tío eran de ese mismo color. Su sorpresa fue grande al ver a dónde había ido a parar. Y no, no se encontraba ya en el templo de las mil puertas, sino en un lugar al aire el libre. La imagen que le regalaban sus ojos era tan extraña como maravillosa que tuvo que asegurarse de que no se había cegado, parpadeando varias veces. El sol brillaba alto en el cielo, iluminando un gran desierto de arena…¡De todos los colores! Pero…¿Cómo demonios había llegado allí? Ahora la pesadilla se estaba convirtiendo en un magnífico sueño. Era como estar dentro de una de sus muchas historias, solo que miles de veces mejor. Por que podía pasear dentro de sus sueños a voluntad. En ese momento, un potente rugido a lo lejos la despertó de su letargo, asustándola. Miró a su alrededor, como cuando escuchó la voz del Auryn, y atisbó un punto a lo lejos, que se convirtió en una mancha, y tras esto una figura. Era un gran león de enormes dimensiones que corría hacia ella. La muchacha asustada, se quedó helada en el sitio, pues de nada le servía correr, porque el león ya estaba a pocos metros, acercándose a ella. Bien, fin del sueño. Pero entonces, le entró una estúpida preocupación..¿Y si no era un sueño? Sería su fin.

Ahora el animal se encontraba solo a unos pasos de la joven, mirándola con ojos profundos e inteligentes, que emitían un fuego ardiente. La joven casi se cayó al suelo cuando lo oyó hablar.

-¿Quién sois?-preguntó el gran león abriendo su boca, enseñando sus afilados dientes.

Su piel encendida, de un color púrpura, emitía grandes llamas, que sin embargo, no emitían calor ninguna. Melissa se quedó unos instantes callada, mirando las ondas que formaba la melena del león.

-Mi nombre es Melissa Konrad Manson.-dijo con voz serena, aunque tragando saliva.

El león se le quedó mirando pensativo, aunque con la misma mirada ardiente que antes, y volvió a preguntar:

-¿Cómo es que llevas a Auryn colgada de tu cuello?-inquirió con ojos amenazadores.-¿Y cómo has llegado hasta aquí?

Eso eran dos preguntas difíciles, pero las simplificó de la mejor manera que pudo.

-El collar…Lo encontré en la portada de un libro- respondió, y al ver que este no se sorprendía ni extrañaba, continuó- Llegué aquí a través de una puerta, que se encontraba en una sala, que a la vez daba a otra sala, y a otra, y a otra, que finalmente daba hasta aquí.

Se hizo un silencio y el león avanzó un paso hacia ella. Ahora, el color de su piel era de color azul pálido, haciendo que sus llamas parecieran de hielo.

-¿Y dónde se encuentra la puerta?

-Simplemente…Ya no está- dijo ella mostrándole el vacío que había a sus espaldas.

Ahora el león estaba tan cerca que casi podía notar el aliento del gran animal en su cara.

-Mi nombre es Graógraman, Señor del desierto de los Colores, también llamado Muerte Multicolor- dijo el poderoso animal.

Melissa se perdió en sus ojos azules, al igual que todo su cuerpo, que desprendían un poder fatal, que haría bajar la vista a cualquiera. Pero le mantuvo la mirada, mas que nada porque no conseguía desviar la mirada a otra parte. Finalmente, el león se inclinó ante ella y murmuró:

-Soy su súbdito y eterno servidor-dijo el león, postrado ante sus piés- Sigo tus órdenes.

La joven se quedó pasmada. ¿La muerte multicolor había dicho que era su eterno servidor? Como todo aquello era una de sus muchas fantasías, decidió aprovechar la oportunidad. Se cruzó de brazos y se estiró, sintiéndose poderosa. Lo que no sabía era por qué el animal había cambiado así de repente. ¿Podía ser una trampa?

-Señor del desierto de los Colores-dijo ella en voz alta pero formal-Quisiera salir de aquí…Quizás hay alguna población cercana, y si pudiera llevarme.

El negó con la cabeza.

-¿Por qué?

El león miró hacia la profundidad del desierto, recordando cosas del pasado.

-Sois la segunda en preguntarme eso-dijo girándose de nuevo hacia ella- A decir verdad, sois el segundo ser viviente con el que he hablado en mi larga vida. Soy llamado la Muerte Multicolor no por nada. No hay ser vivo que pueda acercarse a mi a menos de mil kilómetros de distancia, y mucho menos mirarme a los ojos.

La chica no sabía que decir. Entonces ella…¿Cómo podía estar viva?

¡Gracias por leer! El primer libro más o menos gordo que me leí fue la historia interminable, y es realmente emocionante escribir un fanfiction sobre ella. Bueno, no voy a adelantar nada. Lo que me gustaría que hicierais si os gustó es dejar un comentario. Venga, ¡Si no es tan difícil!

Saruski