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La delicia entre tus piernas — capítulo 3

¡Una profecía sobre mí!

Estaba en éxtasis absoluto. Harry Potter me había montado como un héroe, y oía su respiración cargada de deseo, amainando, su tibio torso envolviendo mi cuerpo. Conté tres orgasmos divinos que me volvieron loca…entonces, sentí que me palmeaba el hombro.

—¿Hermione? ¡Profesor Flitwick! Creo que a Hermione le…

—¿Pobrecita, qué tiene?

NO. UN MOMENTO. ¿Qué estaba pasando? Mi cabeza en efecto seguía sobre la mesa, pero era de día…y toda la clase de Encantamientos me estaba mirando. ¡Mierda!

—¿Hermione? —Ron aguzaba el ojo mirándome—. Te has quedado dormida. ¿Has tenido una pesadilla?

¿Había estado soñando? ¡Mierda! Un sueño tan hermoso…no podía haber sido cierto. Yo seguía siendo la virgen despeinada y fea Hermione Granger, con sueños eróticos a colores y altamente perversos.

—Seguro soñó con Ya-sabes-quién—dijo Parvati, sobrecogida—. Estaba que gemía.

¡Por los huevos de Merlín! ¿Acaso había gritado alguna obscenidad que me delatara?

—Hermione, será mejor que vayas a la enfermería—dijo Flitwick.

—Pero profesor, sino perderé clase…

—Ya te pondrás al día, acompáñala, Ron—dijo el profesor—. Más vale prevenir que lamentar.

Frustrada y todavía roja, temblorosa como una hoja, acepté que Ron Weasley me ayudara a ponerme en pie. Caminé entre dos hileras de estudiantes que se habían levantado para auxiliarme. Lavender le dijo algo a Parvati en el oído, y se rieron. También vi a Harry, en su asiento, modisqueando una pluma, con aspecto extrañado.

—¿Estás bien? —me preguntó. No había rastro del dios sexual de mi sueño. Harry era Harry, un chico como todos, fuera de idealizaciones novelescas y fantasías de una adolescente Gryffindor necesitada.

—Sí, Harry. Gracias.

Cruzamos la puerta, y recibí una ráfaga de viento. Vi a Ron Weasley un poco sonrojado también.

—Te quería pedir un favor, Herms.

—¿Otra vez?

—Sí…es que Parvarti me dijo que hoy día quería…

—Ya, te ayudaré a poner los hechizos silenciadores—asentí—. Tranquilo.

Cuando llegamos a la puerta de la enfermería, extrañamente la encontramos cerrada.

—¿No atiende la enfermera ahora? —Ron tocó la puerta, con ritmo. Yo sonreí.

—Siempre se quejó que ya no nos aguantaba.

—Tal vez se haya ido por fin, nadie le hacía caso a su campaña por la seguridad sexual y control de la natalidad—recordó Ron, y sus mejillas se elevaron al sonreír—.

Ron es un tipo simpático y siempre puedo conversar con él entre las clases, a veces tiene un humor alocado, patoso,  y dice lo que piensa. Si no fuera por mí, quizá Parvati jamás habría accedido a salir con él. Resulta que soy muy buena celestina para mis amigos, pero no puedo aplicar las mismas técnicas a mi favor.

De la enfermería, se oyeron unos murmullos amortiguados.

—Quédate quieta.

—¡Me duele! Uh…¡Ay Seamus!

—Ginny cállate.

—Idiota, es que…¡no lo estás poniendo bien!

Me quedé de piedra. Miré a Ron. Él ya se había puesto  verde…

—¿ES GINNY? —gesticuló trastornado. Yo gesticulé de vuelta, intentando calmarle y aplacar su ira. Pero Ron se infló de ira,  tanto que me pareció que creció diez centímetros, dio un paso atrás para tomar impulso y con un bramido le pegó una patada a la puerta.

—¡DEJA A MI HERMANA, O TE CORTO LA…! Oh Merlín.

—¡¿Qué pasa, Ron?!

Contuve el aliento. Ginny estaba sentada en una silla, con toda su ropa, al igual que Seamus, que cogía su mano y le aplicaba una pomada para quemaduras.

—Ah, ya—bufó Ron, frunciendo el ceño—. ¿Y la señora Pomfrey?

Ginny hizo una mueca sarcástica.

—Fue a traer poción de lys para la bronquitis de Seamus, y él me estaba ayudando a poner…¿por qué? ¿qué pensaron?

Antes que Ron pudiera inventarse algo coherente, la señora Pomfrey prorrumpió en la habitación.

—No encontré la poción de lys. Seguramente la tiene mi estimada Sybill Trelawney—dijo con sarcasmo—. ¡Esa mujer debe devolver lo que le prestan! Ah, Ron, Hermione, ¿qué pasa?

—Nada, profesora—confesé—. Solo tuve un mareo, ya pasó.

—Entonces, ya que estás aquí, hazme un favor. Ve a la Torre de la profesora Trelawney y dile de mi parte que necesito la poción de lys para la bronquitis de Seamus.

—Muy bien.

Me despedí de Ron, para que no perdiera clase inútilmente, y de reojo vi como todavía miraba desconfiado a Seamus. Claro, todo el mundo sabe que Seamus se acuesta con Ginny…pero Ron aún no ha asimilado que su pequeña hermanita tiene necesidades aún más voraces que la de él mismo.

Subí hasta la Torre, subí por la trampilla y llegué exhausta porque jamás hago deporte, por más que Harry me haya sugerido darme clases. Uf, de solo pensarlo me pongo nerviosa, imaginándomelo en las duchas con el agua caliente y el vapor, él enjabonándose sus partes y el agua lamiendo su figura…

"¡Ya cálmate, Granger!", me ordené. Me habría venido bien convenido un chorro de agua helada en la cara.

—¿Profesora?

Nadie me respondió, pero sí que mi olfato capturó veinte distintos olores de incienso, lavandas y variedades de  flores curativas, dulzonas y cítricas.

—Hermione…

—¿Quién? —me volví de un respingo, pero no había ni un alma en la habitación. Pero a los pocos segundos, una figura larguirucha, verde y con anteojos de gran aumento, emergía de entre sus cortinajes.  

¡La profesora Trelawney empezó a toser y a cubrirse su boca! ¡Estaba tosiendo como perro!

—¡Profesora! ¿Se encuentra bien?

Entonces, Trelawney se quedó muy quieta, mirando al vacío. Sus ojos se tornaron grises, y de sus labios brotó una voz profunda, y ajena:

—"Antes del segundo cuarto creciente del décimo mes,  si la escéptica no es desflorada; su vida estará para siempre condenada a la pena y soledad …. Antes del segundo cuarto creciente del décimo mes,  si la escéptica no es desflorada; su vida estará para siempre condenada a la pena y soledad …."

Yo iba a gritar auxilio, cuando una voz en el cerebro me dijo que…¡la profecía era sobre ella! Avergonzada, contemplé  como mi profesora salía del trance.

—¿Mi niña? ¿Sucedió algo? —los collares le temblaron al dar una palmadita afectuosa.

—No, p-profesora.

—¡Oh! ¿Vienes por la poción de lys? Aquí tienes, dile a la señora Pomfrey que muchas gracias.

Todo el mundo en Hogwarts está metido en drogas, he dicho. ¿Cómo que desflorada en el segundo blablablá? ¡¿Cómo que pena y soledad?!

Bajé con el frasquito de lys para Seamus, sin dejar de rumiar esa profecía…que bien podía ser falsa. ¿O no? La Hermione Racional de mi cerebro se burlaba a carcajadas de mi duda, pero Hermione Emotiva se sentaba en una banca a llorar desconsolada, besando una foto de Harry Potter.

Parvati y Lavender siempre tenían accesorios de adivinación y se habían vuelto populares con sus sesiones de cartas. Daban consejo gratuito a las Gryffindor en cuestiones de amor, así que me aproveché y soborné a una niña de segundo, llamada Lizzy para que fuera y les preguntara sobre la certeza de las profecías. Lavender y Parvati estaban en la sala común, y yo me escondí entre la gente.

—Ah…¿profecías? ¡Las de Trelawney son muy exactas! —dijo Lavender.

—¿Pero recuerdas lo que pasó con Millicent Bulstrode? —la voz de Parvati se tornó sombría y como de secreto. Hizo que Lizzy se acercara a ellas, y le dijo en voz bajísima—. ¿Sabes por qué Millicent no tiene novio? Una maldición pesa sobre ella. Hay veces en las que el Universo se apiada de los humanos más débiles y perdedores, les envía una profecía en especial. A Millicent le profetizaron que solo si perdía la virginidad antes de la luna llena, en Mayo del año pasado, lograría ser feliz y casarse con el tercer novio que tuviese. Pero ella no se la creyó.

—¿Y qué pasó? —inquirió Naomi, casi traumada.

Lavender se rió:

—No sé, pero su vagina creó más capas de himen y ahora nadie puede penetrarla. O sea, es una vaca frígida, lesbiana y asquerosa, ¡já!

Casi vomité ante lo que oí, y recé para que Lizzy me perdonara. ¿E ntonces era cierto? Enloquecida, subí de tres en tres las escaleras a mi dormitorio,  de la sala, repitiéndome la profecía: Antes del segundo cuarto creciente del décimo mes,  si la escéptica no es desflorada; su vida estará para siempre condenada a la pena y soledad.

Ubiqué el calendario lunar del año actual 1995. Décimo mes, ¡Octubre! Segundo cuarto creciente…¡caía en Halloween!

Me dio un ataque de pánico. Hoy era veinte de Setiembre. ¡Tenía menos de dos meses para que alguien me clavara su verga, o me condenarían a la Frigidez Eterna!

¡Gracias x leer! ¿Comentarios? O ya saben...haré que Trelawney les mande una buena! Nos vemos en el próximo capítulo