Soy hija de Hades... — capítulo 1
Prólogo
La historia de Jean
Quince años antes de la guerra
Hades salió del inframundo por primera vez en años. Su forma humana no resultaba tan escalofriante como su verdadera forma, pero estaba seguro de que ningún dios lo descubriría. Llevaba en sus brazos a una niña, a una bebé. La bebé lloraba y Hades trataba de calmarla, pero no estaba resultando. Los mortales que lo veían susurraban asustados cada vez que pasaba por su lado. Nadie sabía quien era, lo cual les resultaba inquietante. Hades caminó en silencio fuera de la ciudad y siguió así hasta llegar a la ciudad de Atenas. Vio el Partenón, dedicado a su sobrina Atenea, y se acercó cuidadosamente a este. Dejó a la bebe en el monumento.
-Una diosa imponente, ha de ser educada de la mejor manera, tu mente deberá ser de las mejores. De eso se encargará Atenea. Me la debe- besó a la niña en la frente y desapareció en el acto.
La bebé lloraba sin parar. Nadie se detenía a verla porque temían que esta estuviera enferma o algo por el estilo. La diosa Atenea apreció en el monumento con el ceño fruncido.
-¿Quién…?- pero no termino su pregunta, porque pronto divisó a la pequeña, que lloraba en medio del Partenón. Atenea se acercó a la pequeña, pero percibió un aire a muerto y se alejó -¡Hades!- dijo estresada -Así que este era tu trato- Atenea negó con la cabeza y tomó a la niña en brazos. -¿Porqué querrá Hades que te proteja?- la diosa desapareció al igual que su hermano, llevándose consigo a la bebé.
Ocho años antes de la guerra
-¡Jean!- gritó Atenea frustrada. Jean no se detuvo, destruyendo todo a su paso. -¡JEAN!- el grito de la diosa hizo que todo a su alrededor temblara. La niña se detuvo de inmediato. Atenea le sonrió agradecida y le extendió su mano. -Vamos a ver a tu padre- Jean la miró nerviosa, pero la sonrisa de la diosa la fue calmando poco a poco.
Ambas aparecieron en la entrada al inframundo. Hades y Perséfone las esperaban en la entrada. Perséfone le sonrió a su hija y la recibió con los brazos abiertos. Pero Hades, tan solo la miró unos segundos y le dirigió una mirada a su sobrina. Atenea asintió y ambos se alejaron adentrándose en el inframundo. Perséfone y Jean se quedaron juntas en el campo.
-Jean Rousseau- decía Hades -Un nombre extraño para una diosa-
-Tu has visto su futuro. Deberá actuar como mortal- Hades asintió esperando a que la diosa prosiguiera -Apellidos- dijo Atenea como si fuera obvio -Todos los mortales tienen uno. Los héroes no los usan, pero los tienen-
-¿Es Rousseau un apellido mortal?- Atenea negó con la cabeza.
-Lo será- aseguró.
-¿Es todo?- preguntó.
-No- dijo Atenea -Jean ah progresado mucho. Sus poderes destructivos son similares a los tuyos, pero lo increíble es… que tiene el poder de Perséfone de embellecer las cosas- Atenea miró a Hades seriamente -Podría ser la diosa de una nueva estación-
-¿Pero Deméter?-
-Ella lo previno. Lo sabía- Hades asintió -Ahora si es todo. Me retiro- Se levantó pero Hades la detuvo.
-Gracias- Atenea asintió y siguió con su camino.
Cuando salió era casi media noche. Jean y Perséfone jugaban en la pradera. Atenea miró Perséfone con una expresión lastimera. La diosa de la primavera deseaba tener a su hija cerca. Y cada vez que ella iba a darle informes sobre el crecimiento de Jean, Perséfone le rogaba a su esposo que la dejara estar cerca. Atenea siempre pensó que Hades era un egoísta. El hecho de que no dejara a su esposa estar cerca de su hija era… horrible. Pero en parte, Hades tenía razón. Perséfone podría afectar el crecimiento de la diosa, y aquello podría ser grave.
-Jean- llamó Atenea -Vamos- la niña se levantó. Abrazó a su madre en señal de despedida y corrió hacia la diosa.
Atenea la tomó de la mano y ambas desaparecieron al instante.
Un año antes de la guerra
Atenea la llamó varias veces. Jean procuraba ignorarla, pero los gritos de la diosa eran imposibles de ignorar. Jean soltó frustrada el cuaderno en el que estaba escribiendo y caminó hacia donde su tutora se encontraba. Atenea la observó de pies a cabeza y negó con la cabeza en señal de desaprobación. Jean se miró la ropa y entendió a qué se refería Atenea. Llevaba puesto una toga griega, que le daba más arriba de los talones. No llevaba sandalias, lo cual Atenea consideraba bastante malo, y su cabello lo llevaba sobre el rostro.
-Arréglate- fue lo único que dijo. Jean asintió y corrió a arreglarse. Veía a Atenea de mal humor, y eso no era bueno. Cambió su toga, se puso sandalias y arregló su cabello lo mejor que pudo. Cuando volvió la diosa no estaba sola. Había un hombre vestido de negro junto a ella. Era Hades, su padre. Jean se arrodilló frente a el en señal de respeto, pero Hades hizo que se levantara.
-Hija- dijo sin mirarla -no has de hacer eso conmigo. Soy tu padre- Jean asintió y de inmediato buscó a alguien más. A su madre, a Perséfone. -Ella no está aquí- dijo Hades -Se ha… quedado cuidando a…-
-Ya sé. No tienes que decirlo- Hades la miró, pero Jean apartó la mirada de inmediato. Hacía tiempo no veía a su madre. Estaba cansada de que su padre diera escusas. Ella sabía que Perséfone aprendía a cuidar el inframundo, para que este no se saliera de control cuando Hades atacara al Olimpo.
-Jean- la manera en que su padre pronunciaba su nombre era graciosa. Pero Jean no dejó que aquello la desconcentrara. Estaba enojada con su padre, por hacer algo así. Ella sabía que su madre jamás podría controlar al inframundo.
-No, ya déjalo- suspiró frustrada -¿Podemos irnos? Quiero ir al río Aqueronte- Hades asintió y miró a Atenea. Esta lo miró severamente.
-Espero que sepas lo que haces Hades- y dicho esto padre e hija desaparecieron.
Jean y Hades aparecieron frente al rio Aqueronte. Caronte observó a los dioses, confundido, pero cuando Hades le explicó que Jean quería ver el rio, Caronte borró su cara de confusión y dejó que pasaran. Jean observaba el rio con emoción. Ni Caronte, ni Hades entendían porque a la diosa le gustaba tanto el rio, pero la dejaron disfrutar de él sin decir nada.
-¿Entonces es la frontera entre los vivos y los muertos?- preguntó Jean cuando llegaron al final. Hades asintió. ¿Y nadie puede volver al mundo de los vivos después de cruzarlo?- Hades negó con la cabeza. -Es increíble- dijo con una sonrisa -¿Puedo venir cuando quiera?-
-Cuando quieras- dijo Hades asintiendo.
-¡Bien!-
Cuando volvieron al Partenón, Atenea los esperaba con los brazos cruzados. Miró a Hades severamente y tomaba a Jean del brazo bruscamente.
-Mentiste- le dijo a Hades -No te la vas a llevar-
-Me ayudará en el inframundo- Atenea negó con la cabeza.
-Guerra- dijo la diosa -No vas a provocar otra Guerra-
-Yo no provocaré nada- dijo Hades -y ella volverá conmigo porque es mi hija- Atenea negó con la cabeza de nuevo.
-Podrá ser tu hija, pero la tengo bajo mi poder hasta que cumpla los 15 años-
-Los demás dioses han de conocerla ahora. Cuando tiene su poder acumulado. Ya no podemos esconderla más Atenea. Ha pasado mucho, falta un año para que cumpla quince, dejará de crecer y entonces deberá tomar posesión de lo que es suyo. El trono de Deméter-
-Eso no va a pasar nunca- aseguró Atenea.
-¡Ya!- dijo Jean frustrada -¡Yo no voy a tomar posesión de nada!- se soltó de Atenea y salió corriendo. Ninguno de los dioses la siguió.
-No va a pasar nunca- repitió Atenea.
-Ya lo verás- dijo Hades desapareciendo.
Jean jamás volvió al inframundo. Los dioses del olimpo lucharon contra Hades y sus tropas durante seis años, pero al final Hades perdió la guerra y antes de que lo enviaran al tártaro junto a su padre desapareció sin dejar rastro. Perséfone cuidó del inframundo durante más de tres mil años, pero los dioses sabían que se debilitaría y que un día necesitarían la ayuda de Hades para controlar a los muertos. La profecía debía cumplirse. Pero no sería como los demás dioses esperaban.
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