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Cartas para Fred — capítulo 2
Han pasado tantos años… Y sigues en mí, Fred, tal y como te prometí.
¿Sabes? Han pasado muchas cosas desde que te fuiste para no volver. Ginny, nuestra pequeña fierecilla, se casó con Harry, y Ron con Hermione. Recuerdo que a menudo, durante la cena, decías que eso ocurriría, y entonces Ginny y Ron se abalanzaban sobre ti, tirándote todo lo que encontraban por delante. Tú reías y reías.
Tu risa. Creo que eso es lo que más he echado de menos durante estos años. El sonido de tus carcajadas puras, eternas, diáfanas, auténticas cascadas de alegría que aquel día se congelaron, convirtiéndose en columnas de hielo y cristal.
Cuando te perdí, algo se separó de mi interior, dejando tras de sí una ausencia que me carcomió por dentro, termitas colosales con dientes de escarcha. Sin ti, quedé incompleto, como un violín sin cuerdas, como una rosa sin pétalos, como un firmamento sin estrellas.
Y perdí mi risa. La busqué, la busqué desesperadamente durante meses, traté de encontrarla en cada resquicio de mi mente y en cada rincón de mi alma. Sin embargo, y para mi desgracia, pasaba el tiempo y yo no la hallaba por ninguna parte.
Pero, ¿sabes una cosa? La he recuperado. He encontrado mi risa. Fue hace poco, en Sortilegios Weasly. He cuidado muy bien de nuestra tienda, hermano. Al principio pensé en cerrarla, en olvidarme de ella, porque hasta el último caramelo llevaba tu esencia impreso en él, y eso me dolía. Pero luego caí en la cuenta de que a ti te hubiera gustado ver florecer nuestros sueños, que habrías estado orgulloso de mí si hiciera de nuestras fantasías una realidad inmensa. Así que seguí trabajando en la tienda. No he dejado de hacerlo ni un solo día desde tu marcha. Ni uno solo. Jamás.
Y el otro día… Oh, Fred, el otro día hallé al fin la risa que te llevaste contigo. Un niño pequeño entró en la tienda. Me miró largamente y, tras un buen rato, demandó dulces que pusieran la cara verde a sus profesores. El chiquillo sacaba pecho, muy ufano, y me dijo que sin duda carecía de esos caramelos que me pedía.
Pero ay, hermano, ¿recuerdas aquella tarde en la que me dijiste que querías crear pastillas que pusieran la cara verde a aquel que las consumía?
"El verde pegaría muy bien con el rojo de nuestro pelo", bromeabas.
Recordé tus palabras y, simplemente, reí. Después de meses, de años de exánime silencio, la risa manó de mis labios, pues yo había fabricado esas pastillas poco después de que te fueses para siempre.
Eran tuyas. Era tu idea. Una idea de esas locas, de esas únicas, Fred, de esas tuyas.
Y supe que te habrías sentido muy decepcionado de haber sido consciente de que yo me negaba a sonreír porque tú ya no estabas ahí para enlazar tu felicidad con la mía.
Así que reí. Reí sin sentido, reí de la nada, reí de mil colores y formas distintas, reí por ti y por mí, reí porque era lo que a ti más te gustaba hacer. Coloqué carcajadas incoherentes y estúpidas donde antes solo estaba el vacío, un mutismo sobrecogedor pintado de muerte y dolor. Construí mi castillo en el aire sobre cimientos de irracionalidad y jolgorio. Hice de mi voz una risa inagotable.
Porque me he dado cuenta de que el mundo sigue girando, incluso ahora que tu luz ya no lo ilumina. Un mundo cojo, un mundo torpe, un mundo melancólico, pero un mundo al fin y al cabo.
Yo viviré mi vida por los dos, Fred, por ti y por mí. Y llenaré de color los cielos que me abrazan, llenaré de risas las casas y las aulas, llenaré de alegría los corazones moribundos, llenaré de esperanza las almas vacías.
Y lo haré en tu nombre, hermano.
Porque tú y yo somos uno.
Juntos ahora.
Juntos siempre.
George