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Sobre bofetadas y ojos brillantes — capítulo 1

Si le preguntaras a Lucius y Narcissa Malfoy cómo es su hijo, te dirían mil buenas cualidades de Draco Malfoy, obviando todos esos fallos que sólo se atreverían a mencionar en el interior de su humilde mansión. Si le preguntaras a Pansy Parkinson, posiblemente te contaría sus millones de atributos; mencionaría su belleza y su inteligencia, su astucia y su perfección. Vincent Crabbe y Gregory Goyle puede que se encogieran de hombros: es Malfoy, el apellido es suficiente.

Harry Potter y Ron Weasley mencionarían su lengua viperina, su narcisismo y su hipocresía, y puede que al pelirrojo se le tiñeran las orejas de furia sólo con pensar en él.

Hermione Granger probablemente se callaría, frunciría los labios (con aquel gesto que podría parecer de superioridad) y te ignoraría. Ella piensa como sus dos amigos, y añadámosle el término racista (¿recuerdas aquello que empezó el segundo año, eso de asquerosa sangre sucia?), pero piensa que no vale la pena. Hermione siempre ha sido muy inteligente, y no le cabe en la cabeza (esa cabecilla de curiosidad insaciable) el hecho de que Draco Malfoy esté tan empecinado con una hija de muggles como es ella. Puede que si supiera que es su única forma de acercarse a ella sin dejar de lado todas sus enseñanzas cambiara de opinión. Pero no lo sabe, así que sigue pensando que Draco Malfoy es una serpiente bastante insoportable incapaz de aceptar que una sangre sucia, como él dice, le supere en casi todo lo que hace.

Pero, por mucho que sepa que ignorarle es lo mejor, en ese momento no puede evitar acercarse a él en tres zancadas y, ¡PLAF!, cruzarle la cara de una bofetada. Sabe que no es la mejor idea, por supuesto que lo sabe, es Hermione, pero Draco Malfoy ya está tambaleándose por el golpe cuando ella se da cuenta de lo que ha hecho. Sabe que lo que ha hecho está mal, pero por una vez deja que la furia la domine, porque ha insultado a alguien a sus espaldas, alguien que no podía defenderse, y que está sufriendo por culpa del hipócrita y estúpido Draco Malfoy.

-¡No te atrevas a llamar «patético» a Hagrid, so puerco… so malvado…!

Le dice a Ron que la suelte, porque está furiosa, y si supiera que eso que baila en el metal de los ojos de Draco Malfoy no es asco ni superioridad, sino emoción (una emoción extraña e inexpicable, una emoción de la que ni siquiera Draco Malfoy es consciente; pero una emoción al fin y al cabo) entonces puede, y sólo puede, que su furia se evaporara, y se diera cuenta, por fin, de que los ojos que se pasan el día clavados en ella (aunque ella no lo sepa) son metálicos, grises como el mar en tempestad. Pero no lo sabe, y esto no es una historia de ¿y si…? sino de realidades, así que espero que comprendas que esto no ocurre, por mucho que bajo las mil máscaras de piel de serpiente que esconden al verdadero Draco Malfoy viva el anhelo y la ingenua esperanza de que, algún día, esos ojos castaños lo miren de otra forma algo más cálida, más similar a como mira al pelirrojo.

Pero, como ya te he dicho, eso Hermione no lo sabe, porque Hermione, como todos, ha creído la mentira con la que Draco Malfoy se ha maquillado, y no ve a la persona que se esconde bajo la piel de lobo, porque él no quiere que la vea. Siendo sincera, estoy casi segura de que tampoco él lo sabe, podría afirmar sin dudarlo que no entiende por qué sus ojos siempre buscan ese cabello indomable, ni por qué siente un ligero pinchazo en el pecho, cerca de eso que llaman corazón, cuando no lo encuentra. Porque, al fin y al cabo, sólo tiene trece años, y tiene cosas más importantes en las que pensar que esa insufrible sabelotodo en la que no puede parar de pensar, sin ser consciente de ello. Como, por poner un ejemplo, su varita, que lo apunta sin vacilación. Así que decide que es hora de dejar de tentar a la suerte, y que ya ha conseguido que ella lo mire (y que le brillen los ojos al hacerlo, da igual el por qué) y, aún mejor, que lo toque.

O, bueno, puede que tampoco sepa que es por eso por lo que siente unalgo cálido ahí donde le suele pinchar al no encontrar lo que busca (que, por cierto, tampoco sabe lo que es, aunque tú y yo lo sepamos). El caso está en que masculla un "vámonos" y arrastra a sus dos guardaespaldas a las mazmorras junto a él. Y de su mente no se aleja la imagen de las mejillas sonrojadas de Granger (por furia, pero siempre puede, si quiere, imaginarse otra razón), ni la de sus ojos brillantes. Y, aunque no sabe por qué, y no lo admitiría ni bajo un cruciatus(además de que aún no sabe qué es eso), siente un ligero, casi ínfimo, casi imperceptible, agradecimiento hacia ese semi-gigante cuya barba, según él, claro, tiene un parecido más que sospechoso con el Bosque Prohibido. Porque, claro, gracias a él, Draco Malfoy ha conseguido que los ojos de Hermione Granger brillen clavados en él.

La historia de Hermione Granger ya la sabemos. Se enfadó, y salvó a Buckbeak, y así Hagrid dejó de llorar y Draco Malfoy perdió su oportunidad de volver a hacer rabiar a la insufrible sabelotodo de los ojos brillantes, al menos con ese tema.

Pero ¿te cuento una cosa? Draco Malfoy no olvidó aquella mirada (por mucho que no comprendiera por qué veía los ojos de Granger en sueños), y no por ello la suya dejó de clavarse en la niña. En la niña que se convirtió en adolescente, al mismo tiempo que él lo hacía. Y sus ojos, esos ojos plateados, comenzaron a desviarse de los de ella (los que miraba en busca de aquel brillo) para fijarse en sus labios, esos que le reservaban una mueca única y especial a él, y sólo a él. ¿Su significado? Qué más daba. Ese gesto se lo dedicaba a él, era suyo. Y si bien se dio cuenta, con el tiempo, de que eso que llaman corazón se agitaba en su pecho cuando ella lo miraba, lo ignoró, igual que ella hacía con él. Y puede, sólo puede, que tuviera que disimular una sonrisa cuando su insufrible sabelotodo respondía sin dudar a las preguntas que los profesores hacían. Porque era inteligente, mucho, y eso, su inteligencia, le llamaba la atracción. Entre nosotros, ese le llamaba la atención se acabó convirtiendo en un le enamoró que, por supuesto, él nunca admitiría.

¿Que qué pasó con Hermione Granger, dices? Puede, y sólo puede, que acabara dándose cuenta de que la mirada plateada estaba clavada en ella y de que le gustaba. Así que, a lo mejor, algún día, antes de que el mundo explote en el fragor de la guerra, o puede que después de que lo haga, Draco Malfoy derrotará a sus demonios, esos que llevan el nombre de su padre, y le admitirá a Hermione Granger, y a sí mismo, que no puede dejar de pensar en ella, y en sus ojos, y en sus labios. Pero esto es sólo un futuro incierto, otro puede ser que no sabemos ni sabremos si será, pues yo sólo venía a contarte la bofetada que Hermione Granger le dio a Draco Malfoy, y el brillo en los ojos de la insufrible sabelotodo que mantuvo despierto a ese**hipócrita y estúpido hurón durante toda la noche.

Lo demás, como suele decirse, es historia.

Llevaba tiempo pensando en escribir un Dramione, mi primer Dramione, relacionado con la bofetada del tercer libro... Y esto es lo que ha salido y tal. ¿Tomates, lechugas, cualquier otro tipo de verduras podridas? (En resumen, ¿intento más Dramiones, o cielito-mío-mi-alma-te-agradecería-que-dejaras-los-Dramiones-para-los-que-saben?)