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La historia del cardo y la rosa — capítulo 1
A ella le gusta ver a ese Muggle siempre en el jardín cuando pasa por delante, mirándolo a través de la cerca, ¿no es cierto?, y ayer por la noche colgada en la ventana esperando a que él viaje a casa, ¿no eras tú?. .. lo vi al pasar y él no se veía muy bonito con ronchas por todo su cuerpo, ¿verdad, Mérope?
Nunca olvidaré el primer día que pasó cabalgando junto a mi casa. Con sonrisa traviesa recortaba el camino de manera magistral en su montura flamante escoltando juguetonamente a una preciosa mujer del pueblo. Ella no era nada a su lado, ¡menos que eso!, era una insignificante mosca pesada revoloteando alrededor de una hermosa imagen. Su pelo oscuro, sedoso se dejaba acariciar por la suave brisa de ese día de primavera. Sus ojos, oscuros como el tizón, reflejaban una chispa de diablura al contacto con el sol altivo. De porte escultura, su pecho ancho se notaba muy bien formado debajo de toda esa ropa cara, de seda y pieles para contrarrestar el frío primaveral y a la vez verse espléndido.
Fueron horas lo que paso esa imagen en mis retinas. Me gané una buena paliza por parte de mi padre ese día por haber descuidado todas las labores, pero no quería alejarme de la ventana, tenía miedo de que si lo hacía borraría de mis ojos ese hermoso recuerdo. Curioso fue cuando descubrí que no fue así, en mi mente se había clavado a fuego. Soñé esa noche con él, yo iba a la grupa sonriendo jovial a sus bromas conquistadoras. Era guapa, perfecta, con un halo angelical que hubiera sido imposible que consiguiera por méritos propios. Rodeada a su cintura perfecta, aspiraba su aroma a hombre mientras bajábamos al pueblo para almorzar.
A partir de ese día, decidí que lo mejor que podría pasarme día a día era ver como pasaba por mi casa aunque mi hermano Morfin lo hechizara y lo transformara en un monstruo, él había conquistado mi corazón. Decidí, que no podía estar así de por vida por lo que un día sin luna comencé a trazar el plan que nos haría estar juntos para siempre…