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Historia 149507 — capítulo 1
«Draco Malfoy caminaba lentamente por los pasillos del castillo. Se sentía más frustrado de lo habitual aquella maldita mañana de septiembre, mientras pensaba en que debían machacar a Gryffindor en el primer partido de Quidditch de la liga escolar. No podía permitir que aquel imbécil de gafas y cicatriz se interpusiera en su camino. Pero sus preocupaciones, esa mañana, se centraban más en otro leoncito imbécil. Ronald Weasley era el sangre limpia más subnormal y cretino que había conocido en su vida; y lo odiaba. Además, parecía un retrasado cada vez que se subía a su maldita escoba de novena mano: aun así, conseguía ganar todos los partidos.
Y por ese motivo, Granger, la sangre sucia, aplaudía, se ponía en pie y gritaba su nombre con todas sus fuerzas. A Draco Malfoy le hubiera gustado que aquella pelicastaña gritara su nombre en lugar del de Weasley, y no precisamente por haber ganado un estúpido partido de Quidditch que, en realidad, era un deporte para zoquetes incapaces de aprender un solo hechizo. Él se había unido al equipo únicamente para pisotear bajo sus botas la cabeza de Weasley sin alejarse de la legalidad, aunque aún no se había salido con la suya. Cosas de la vida…
Al llegar al campo, no pudo evitar resoplar. Ahí estaba Granger, mirando a aquel zopenco con los ojos brillantes. Luego, le miró, dedicándole una mirada de desprecio, y no pudo evitar sonreír. Sí, era extraño, pero lo que más le ponía de Hermione Granger era su expresión de desdén: estaba seguro de que, bajo toda aquella altanería fingida, había una niña fogosa a la que podría manipular bien en la cama. Solo de pensarlo se ponía de buen humor.
El partido fue, como no, una mierda, y no consiguieron siquiera perder con dignidad. El buen humor de Draco Malfoy desapareció al ver cómo Granger se ponía en pie a aplaudir a aquel majadero. El odio y la rabia le hervían en la sangre, pero decidió que debía hacer algo.
Sentado en el bordillo de piedra que rodeaba el campo de Quidditch, el chico de pelo platino movía las piernas hacia adelante y hacía atrás, a la espera de que la leona saliera a su encuentro, pero nunca ocurrió. Se dio cuenta, casi media hora más tarde, de que habían dos salidas del campo de Quidditch. Imbécil. Era un imbécil, además de patético. Maldita sea.
Se cruzó con ella un par de horas más tarde, en la puerta del aula de Pociones, y quiso decirle algo, pero se contuvo. Era imbécil pero no un gilipollas. Necesitaba mantener viva su dignidad aunque, desde que había entendido que se pasaba día y noche buscando maneras de cruzarse con una asquerosa hija de muggles, su concepto de dignidad se había reducido a una faceta únicamente pública. Odiaba pensar eso: se estaba convirtiendo en el retrasado de Weasley. Lo que más lo estresaba de aquello era que, irremediablemente, ¡Granger seguía prefiriendo a aquel pelo zanahoria antes que a él! No conseguía entenderlo.
Pero, aquella noche, las cosas cambiarían. Él la esperaba en la puerta de la biblioteca: solo tenía una salida, y estaba seguro al cien por ciento de que la chica estaba ahí dentro. Al fin y al cabo, no dejaba de ser su hábitat natural. En cuanto ella apareció en el umbral, Draco se estremeció, e iba a decirle algo; cuando decidió echarse atrás porque no estaba preparado. ¿Qué iba a decirle? No había pensado nada, y no podía lanzarse simplemente, diciéndole que llevaba años queriendo tenerla en su cama; porque seguro que le pegaría una bofetada de nuevo. Aunque eso no lo desagradaría del todo, sinceramente.
Era demasiado tarde: ella desapareció, vana, efímera, mientras Draco despertaba de su sueño, aquel sueño que aparecía en su mente cada noche desde que ella le dio un puñetazo en la cara, tres años atrás»
"Maldita sangre sucia" resopló, mientras se levantaba de la cama para enfrentarse a un nuevo día sin ella.