Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Tu última Navidad · de

Tu última Navidad — capítulo 1

Los copos de nieve caen lentamente del amplio y oscuro manto que envuelve la ciudad desde las alturas. Si entrecierras los ojos, los puedes ver aún con más claridad, diminutas bailarinas de hielo sutil que se deshacen en su actuación final.

Das un paso, de forma casi vacilante, saliendo así del área de cobijo que ofrece aquella solitaria parada de autobús. Una brisa roba un par de rizos del interior de tu gorro de lana, escogido al azar en las profundidades de tu armario. Arrojas al suelo ese último cigarrillo, húmedo de nieve y de lágrimas. Pisas la colilla y desaparece el último fulgor de su lumbre.

Sueltas pausadamente la bocanada de humo restante, y las etéreas volutas ascienden despacio, fundiéndose con el oscuro entorno.

Otro paso más.

Un coche nocturno avanza rezongando ante ti, dejando en el blanco suelo surcos alargados. Las luces del vehículo se deslizan fugaces por la calle, confinando a las sombras a rincones aún más alejados, y finalmente se extinguen a la vuelta de la esquina.

Mientras, la puerta de un pub de la acera de enfrente se abre. Una cuña de luz artificial es arrojada sobre la nieve oscura, y en el umbral del pub se recorta la silueta oscura de un hombre entrado en años. Del interior del local se escapa un aluvión de jolgoriosas risas, voces y cánticos, muchos de ellos alterados por el tono pastoso que confieren varias copas de más. La alegría de todas aquellas personas resulta grotesca comparada con el infinito pesar que te hunde desde dentro.

La puerta del pub se cierra tras la silueta del hombre. La luz muere, el sonido se extingue y sientes los ojos del extraño fijos en ti. Le aguantas la mirada desde lejos, imperturbable. Entonces, él se resguarda del frío entre los pliegues de su gabardina y se aleja sin mediar palabra, desapareciendo entre las sombras.

Vuelves a estar solo.

Inspiras profundamente. El aire huele a invierno, a villancicos, a mazapanes y a soledad. Tiras de los bordes de tu gorro de lana, calándolo más profundamente en tu cabeza hasta cubrir tus orejas.

Y sigues andando.

Cruzas la calle y llegas a la siguiente avenida. Cerca de ti resuena el agitado movimiento de un río. La nieve cae ahora con más fuerza, amenazando con sepultarte definitivamente bajo todo su peso.

Ante ti surge entonces el perfil irregular de un puente de piedra, débil por los golpes del tiempo. La estructura esquiva admirablemente las garras negras del profundo río.

Te aproximas al puente con la mirada perdida, como un ánima en pena. Ciertamente, no hay nada lo suficientemente importante a tu alrededor como para captar tu atención.

Subes despacio a la estructura, fingiendo por un segundo que has olvidado tener cuidado de no resbalar con la lisa superficie de hielo que abraza las rocas musgosas.

Cuando llegas al punto más alto del puente, alzas despacio la mirada. El cielo ha comenzado a cubrirse de cientos de diminutas chispas blancas, perlas iluminadas que se ocultan en el fondo de un océano de nubes.

Te acercas al muro del puente y miras más abajo, hacia el interior del rugiente río. Su aliento gélido escupe hacia tu rostro ráfagas de húmeda perdición.

Coges aire y cierras los ojos, dedicándoles un último pensamiento a todos aquellos cuyas miradas permanecen ancladas al fondo de tu alma. Tus padres, a los que solo conoces ya por esas fotografías que acostumbraban a observarte desde las esquinas del salón; y Elisa, tu hermana, cuyo corazón dejó de latir dos meses atrás, de golpe y sin previo aviso.

¿Qué más queda? Nada. Absolutamente nada. Solo un vacío permanente, un mar de lágrimas que se niegan a salir, un montón de sueños enterrados en el cementerio de las eternas pesadillas.

Y ahora, en plena Navidad, los recuerdos de una infancia lejana llena de momentos mejores salen de nuevo a la luz, dolorosos e innegables, recordándote lo solo y lo triste que estás.

No hay razones, no hay motivos, no hay nada. Y la oportunidad de deshacerte para siempre de todo ese pesar resulta deliciosamente apetecible.

Subes al muro del puente. Primero un pie y luego el otro. La sensación de vértigo ataca tu estómago y amenaza con hacerte rehusar de tu propósito inicial. Pero no, estás demasiado decidido. El corazón del río parece aullar aún más alto cuando cierras de nuevo los ojos, preparado para saltar.

"Mamá".

Te inclinas.

"Papá".

Coges impulso.

"Elisa".

Aprietas los puños.

"Adiós".

Y saltas.

Dedicado a ChowderDel99 , por su apoyo dentro y fuera de Potterfics.

A Aura-Lune , por compartir conmigo tantos chicos malos.

Y a willow of ink , por enseñarme la diferencia entre lo que está bien, y lo que también lo está pero es susceptible a mejorar.