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Volver a casa en Navidad — capítulo 1
Cada paso que doy cuesta un poquito más. Mis gruesas botas se hunden indefinidamente en el manto de esponjosa nieve, y yo tiro con fuerza de ellas para sacarlas de nuevo al exterior. Otro paso más. Y, después, otro. Así avanzo lentamente hacia delante, siempre hacia delante…
De pronto, me detengo. Alzo la mirada muy despacio y entrecierro los ojos para ver con claridad el paisaje que se extiende ante mí, un suave entramado de prados bañados en merengue helado y enmarcados por hileras de pinos entrelazados cuyas agujas impregnan el aire de ese olor tan familiar. El olor a mi hogar.
Y allí, apenas visible entre la vegetación y la nieve, una chispa de calor; una pequeña vivienda de madera y tejas rojas, de esas que ya no se construyen, de las que solo aparecen en los cuentos y en los sueños, que a fin de cuentas no dejan de ser la misma cosa.
Con una sonrisa aflorando indiscretamente a mis labios, trato sin mucho éxito de acelerar el paso, sintiendo el frío cosquilleo del hielo colándose entre mi ropa hasta alcanzar mi piel.
A medida que me acerco, los detalles de la pequeña casa se van haciendo cada vez más visibles: el ramillete de muérdago que pende de la puerta principal, las cintas de colores que serpentean levemente mecidas por el viento desde la cornisa del tejado, las muescas que el tiempo ha ido grabando en la mellada pared de roble, la fina película de vaho que abraza los gruesos cristales de las ventanas…
Del interior de la casa surge una luz suave y cálida, el sutil refulgir de una cerilla abandonada en un frío desván. Ese calor va pasando lentamente a mi corazón, por lo que, para cuando he llegado ante la casa, sonrío de nuevo.
Por debajo de la puerta se escapa el dulce sonido de los villancicos, ligeramente interrumpidos por las interferencias de la radio que los emite. Puedo oír también el entrechocar que producen las piezas de una vajilla, e incluso sin verla, en mi mente se condensa un viejo recuerdo: desayunos con frutas silvestres y pan con mantequilla durante los veranos olvidados, cenas entre tazas de chocolate caliente y bizcochos recién hechos en los inviernos lejanos.
Inspiro profundamente, hago acopio de un valor que ya casi tenía por perdido y pico a la puerta. Una, dos, tres veces. Como siempre.
Seguidamente, hundo las manos en los bolsillos de mi lustrosa gabardina, tratando así de esconder mis dedos de las fauces de la inminente noche y su ejército de afilados dientes helados.
Varios pasos sordos y pesados se arrastran tras la puerta, que lentamente se abre.
El cálido aliento que cobija la casa sopla lentamente sobre mi rostro, y perfilada por hilos de luz dorada aparece ante mí una mujer que carga con tantos años en su alma como arrugas en su cuerpo.
La frágil anciana alza sus cenicientos ojos saturados por el tiempo y los clava en mí, examinándome.
De pronto, una chispa de luz se enciende en el fondo de aquella vencida mirada, y la expresión de la anciana se torna de sorpresa y alegría. Escucho mi nombre salir de sus labios temblorosos en un susurro emocionado.
Sonrío y extiendo los brazos hacia la mujer, que con un par de pasos trémulos se acerca a mí y me abraza. A través de mis muchas capas de ropa se escurren varias lágrimas de salada felicidad.
Yo cierro los ojos y estrecho a la anciana contra mi cuerpo. La he echado de menos tanto, tantísimo…
Entonces, la figura de un hombre con mucha vida a sus espaldas surge del interior de la casa y nos observa, impresionado, extasiado. Abro la boca, queriendo decirle algo, lo que sea, una de tantas cosas que se amontonan tras mis labios, pero las palabras se juntan, se mezclan y solo se escucha el silencio.
Pero no es necesario hablar. Él comprende. Lo veo en sus ojos, sé que comprende. Me sonríe, y yo le devuelvo la sonrisa. Y justo entonces, dos personas más se unen a la escena. Dos mujeres, jóvenes, curiosas, casi idénticas. Idénticas entre ellas. Idénticas a mí.
Gritan mi nombre y corren a abrazarme junto con la anciana. Y me siento feliz. Más feliz de lo que he estado en mucho tiempo. Feliz con mi madre. Feliz con mi padre. Feliz con mis hermanas.
Y es que, ¿hay algo mejor que volver a casa por Navidad?
Dedicado a Sinsajo malholiente , Lectora anonima y Potterfanatica 101 , por ser las trillizas más fascinantes que he conocido nunca.