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Reencontrándome con un viejo amor (Draco y Hermione) — capítulo 6

Signora Malfoy

Janet y Lyra charlaron animadamente durante todo el camino hasta el registro civil.

Tanto mejor. Hermione no tenía ganas de hablar. Era el día de su boda. De su segunda boda. Trató de concentrarse en pensamientos positivos. No estaba enamorada de Draco ni se hacía ilusiones sobre aquel matrimonio. Draco no había tratado de fingir que sería algo más que un matrimonio de conveniencia por el bien de Lyra.

Y Lyra estaba en éxtasis. Había afirmado que su padre era un romántico rematado y un impetuoso y que su madre era una mujer increíblemente afortunada. Pero luego había estado tan absorbida con el fin de curso, haciendo las maletas para su viaje a Francia y pensando en la vida que la esperaba a su regreso en Italia, que estaba sufriendo de un caso grave de sobreexcitación.

Janet había comentado que Hermione nunca se había destacado por su cautela con Draco. Como pensamiento del día, no había resultado muy inspirador. Pero cuando su tía tuvo la poca delicadeza de señalar que, después de todo, no tenía sentido interferir cuando los dos siempre habían actuado alocadamente el uno con el otro, Hermione casi se atragantó al oír aquella injusticia. En aquella ocasión se había resistido a Draco con la heroica abstinencia de un adicto al chocolate siguiendo una dieta estricta. Cuando le había pedido que se casase con él, se había sentido enferma. Aquella idea no la había tentado. Draco la había derrotado sólo gracias a sus amenazas.

—Estás muy callada, mamá —observó Lyra finalmente cuando Hermione salía con piernas vacilantes de la limusina que Draco les había mandado para que las recogiesen.

—Los nervios del día de la boda —comentó Janet alegremente.

—Ojala no te hubieras puesto ese traje negro —dijo Lyra frunciendo el ceño.

—Es elegante —murmuró Hermione.

—Pero pareces que vas a un funeral.

Hermione apenas había comido ni dormido en una semana y empezaba a notarse. Draco caminó hacia ellas y los ojos de Hermione lo miraron de arriba abajo con incredulidad. Estaba rebosante de energía y una brillante sonrisa curvaba su expresión relajada. Llevaba un traje de color plomo exquisitamente cortado que acentuaba su piel pálida y su pelo rubio platinado y parecía salido de Hollywood. Hermione eludió su mirada sintiéndose amenazada por la fuerza y la resistencia del enemigo.

—Cómo puedes ver, mamá se siente abrumada —barbotó Lyra—. Son los nervios… no es mieditis ni nada parecido.

—¿O sea que no trataste de huir en el último minuto por la ventana del baño? —murmuró Draco suavemente a oídos de Hermione.

Hermione tropezó al oír sus palabras. La verdad era que había habido un momento de arrebato cuando Lyra estaba aporreando la puerta diciéndole que había llegado la limusina en el que había considerado la idea de huir por la salida de incendios. Draco pasó un brazo de acero alrededor de su delgada espalda. Hermione se puso rígida. El olor a él la invadió. Limpio, cálido y muy masculino, pero lo peor de todo, terriblemente familiar. Hermione podía reconocer a Draco en una habitación en penumbra llena de hombres, y aquello a aterrorizaba.

La ceremonia fue breve. Sintió una oleada de mareo cuando un delgado anillo de platino se deslizó en su dedo.

—Signora Malfoy… —dijo Draco llevando la mano de Hermione, fría como el hielo, a sus labios para besarlos.

Otra vez aquel nombre. A Hermione se le encogió el estómago. Soltó la mano de Draco y se frotó los temblorosos dedos contra la falda. Su sonrisa en honor de Lyra se disipó al instante.

Draco las llevó a almorzar al Ritz. Comió copiosamente mientras que su esposa no pudo probar bocado. Hizo bromas con Janet y le tomó el pelo a Lyra. Cuando Draco triunfaba, nunca estaba tentado a mostrarse humilde en atención a los demás. Irradiaba satisfacción y exhibía una sonrisa cruel. Cuando un Malfoy estaba en la cima, todo era gozo en su mundo.

Asqueada por aquella falta de remordimientos, Hermione huyó al vestidor y se sentó en una cómoda silla con la pose de una víctima de un terremoto que esperara la llegada del siguiente temblor. Cuando volvió a aparecer, se sorprendió al ver que Draco la estaba esperando fuera.

—Pensé que habías salido corriendo —confesó con total serenidad—. Has tenido suerte de no hacerlo. Habría llamado a la policía…

—¿A la policía? —repitió Hermione horrorizada.

—Cuando te supera tu sentido de la tragedia, es muy probable que te arrolle un autobús —bromeó con voz ronca—. He conocido a gente que se ha enfrentado a la muerte con más entereza que tú a nuestra boda, pero ha sido una experiencia memorable y te lo agradezco desde lo más profundo de mi corazón. He estado extasiado desde que entraste tambaleándote en el registro civil vestida completamente de negro. Cada uno de tus suspiros lacrimosos y de tus estremecimientos me ha tenido hechizado.

—¿Cómo dices? —inquirió Hermione ruborizándose y cuadrándose de hombros.

—Oh, no dejes de ir cabizbaja —suplicó Draco observándola con animados ojos grises—. Me hace sentirme tan increíblemente macho y medieval.

—¡No voy cabizbaja! —exclamó Hermione con indignación.

—Y pareces tan increíblemente femenina y frágil cuando lo haces que siento un verdadero impulso erótico —añadió mirándola con repentina apreciación sexual.

Conmocionada por lo inesperado de aquella afirmación, Hermione se agitó como si le hubiera alcanzado un rayo. Sintió el calor encenderse en su cuerpo y sus delgados muslos se contrajeron. De repente, era terriblemente difícil respirar y su corazón latía como loco.

—Ese comentario estaba fuera de lugar —acertó a decir en un tono que esperaba resultase de desaprobación—. Esto es un matrimonio de conveniencia.

—¿Y cómo defines la palabra conveniencia? ¿O no has llegado a tanto todavía? —inquirióDraco tomando su mano suavemente para conducirla a donde estaban Lyra y Janet.

—Habitaciones separadas —clarificó Hermione sin respirar—. Creo que es obvio.

—Barry fue tan cariñoso ayer —decía Lyra en voz alta cuando llegaron hasta ellas—. Lo sentí mucho por él. Hasta le llevó flores a mamá.

—¿Barry?—inquirió Draco paralizado.

—Vino a verme para desearme buena suerte —dijo Hermione poniéndose rígida.

Barry había felicitado a Hermione por la buena boda que iba a hacer y había insinuado que le debía un favor por su buena fortuna ya que Draco, después de todo, había sido su cliente.

—Tal vez quisieras casarte tú con él en mi lugar —le había dicho Hermione.

Barry había prorrumpido en carcajadas y pronto había revelado el verdadero motivo de su visita. Aquella misma mañana, Giles le había dicho que Draco era el nuevo dueño de Elite Estates. Barry, con su disfraz de piraña, había ido a verla para recordarle que siempre había pensado que Giles era un cerdo sexista y que sería mucho más fructífero para la agencia inyectar sangre joven y agresiva en la dirección.

Dejaron a Lyra con su equipaje en la escuela. Fue corriendo hacia el autobús, donde la esperaban sus amigas y saludó frenéticamente por la ventana de atrás.

—Tiene miedo de que algún niño en el autobús no haya visto la limusina —gimió Hermione avergonzada.

—Es feliz —replicó Draco—, y eso es todo lo que importa.

Unos minutos después, la limusina se detuvo delante de la casa de Janet. Su tía les brindó una amplia sonrisa con un brillo de humor irónico en la mirada y una indiferencia profunda hacia la tensión que se respiraba.

—¡Que paséis una luna de miel maravillosa! —les despidió con alegría.

—¿Qué luna de miel? —gimió Hermione cuando la puerta se cerró.

—Vamos a tomar un vuelo directo a Italia —le in formó Draco—. Janet te ha metido unas cuantas cosas en la maleta.

—¡Si no necesitamos luna de miel!

—Creo que necesitamos una desesperadamente.

—Creía que iba a mudarme a tu apartamento hasta que Lyra regresase…

—Tampoco habías hecho las maletas para esa eventualidad, ¿verdad? —murmuró Draco con ironía.

Un incómodo silencio se prolongó hasta su llegada al aeropuerto y al subir al jet privado de los Malfoy. Después del despegue, la azafata les sirvió champagne y les dio la enhorabuena en nombre de la tripulación.

—¿Se lo has contado ya a tu familia? —preguntó Hermione de repente.

—Por supuesto.

—Supongo que fue un golpe más duro que una crisis en Wall Street.

—Les habría gustado asistir a la boda.

Hermione se puso pálida como un cadáver y se sirvió más champagne con una mano temblorosa.

—Y yo que pensaba que el día no podría haber sido peor… No iremos a vivir con ellos, ¿verdad? —inquirió repentinamente cuando la asaltó aquel horrible pensamiento.

—¡Por supuesto que no! Pero para ellos fue un shock enterarse de que soy el padre de una adolescente —admitió Draco con voz tensa—. Se sienten muy culpables.

Hermione había dejado de escuchar.

—Esta ha sido la peor semana de mi vida —protestó recordando vagamente las noches sin dormir, las comidas sin probar y los dolores de cabeza que había tenido.

—El sábado pasado te volví a ver. Arruinaste mi fin de semana —señaló Draco con voz tan suave como el terciopelo—. El lunes me dijiste que era padre. Pasé la noche dando vueltas por la habitación. El martes me dominó un abrumador deseo de buscarte y estrangularte. Me consolé comprando la agencia. El miércoles, conocí a mi hija. Me tranquilicé y empecé a reír otra vez. El jueves tuve que jugar al ratón y el gato. El viernes recé para que Lyra impidiese que comprases un billete de ida al triángulo de las Bermudas. Pero hoy nos hemos casado y se han acabado los juegos. Por fin puedo descansar.

Indignada por aquella evaluación de los hechos, Hermione contempló su atractivo rostro pálido y su cuerpo innegablemente relajado.

—¡Cómo puedes llamar juego a lo que me has hecho! ¡Me has chantajeado!

Draco la observó. Sus ojos eran una línea gris centelleante bordeada de exuberantes pestañas de claras.

—El estrés no es lo tuyo, piccola mia. A mí me da fuerzas, pero a ti no. Si no hubiera conseguido la licencia y te hubiera chantajeado, te habrías muerto progresivamente de hambre antes de que hubiese podido llevarte al altar. Ya has perdido mucho peso.

El agotamiento contra el que había estado luchando Hermione toda aquella semana la estaba superando. Estaba empezando a resultar difícil pensar con claridad. Dio un enorme bostezo mientras se preguntaba por qué hablaba de su peso.

—Y déjame que te diga que no vas a seguir haciéndolo bajo un techo de mi propiedad. El próximo plato que te coloquen delante, te lo comerás —dijo Draco incorporándose ágilmente hacia delante—. Ahora creo que deberías descansar —añadió inclinándose para tomarla en sus brazos.

—¿Qué crees que haces?

—Lo que debía haber hecho hace una hora. Estás sufriendo de falta de sueño —dijo depositándola en la cama de la cabina—. Intentar hablar contigo ahora es como hablar con un borracho. Y es culpa mía. He utilizado todos los medios posibles para atraparte, lo reconozco. ¿Te sientes mejor ahora?

Hermione permaneció sin habla mirándolo fijamente. Draco se sentó en el borde del colchón y le quitó lentamente los zapatos.

—Una mala semana y estamos casados. ¿Qué es una mala semana?

—Fueron catorce la última vez… el infierno en vida…

—No fue el infierno en vida. ¡Dios, dame fuerzas! —gruñó Draco atravesándola con ojos de exasperación—. Está bien, tuvimos algunos problemas, pero no todo fue culpa mía. Tú cambiaste. De repente te convertiste en una huerfanita que no paraba de gimotear y con aspecto patético y lastimero.

—Dejaste de hablarme.

—No hablaba con nadie.

—Podrías haberme hablado a mí.

—Ignorabas alegremente el hecho de que la vida tal y como la había conocido hasta entonces había desaparecido —dijo con una irónica sonrisa—. Las cosas superficiales que no deberían haberme importado entonces, me importaron. Mis amigos pensaron que era hilarante que acabases quedándote embarazada. De hecho, pensaron que era lo más divertido que habían oído nunca. Por fin habían atrapado a Draco.

Hermione pestañeó y palideció.

—No lo sabía.

—Y todo menos el matrimonio habría sido aceptado en mi círculo de amistades. No se me daba muy bien reírme de mí mismo a los diecinueve años. Un día era el rey y al siguiente un ermitaño… y, por si fuera poco, Lucius intentaba hacérselas de padre duro por primera vez en el momento equivocado… tú gimiendo, mi madre gimiendo, Cassiopeia gimiendo y todo por mi culpa. Tienes razón —suspiró Draco repentinamente—. Fue un infierno en vida.

Hermione se dio media vuelta y miró la pared. Por fin admitía que su primer matrimonio había sido una pesadilla, pero no se sintió agradecida porque lo hubiera hecho. A los diecisiete años debía de haber sido espantosamente egocéntrica para no darse cuenta de que Draco estaba sufriendo tanto como ella, si no más…

—¿Draco…? —susurró Hermione con voz ronca y, frunciendo el ceño, volvió la cabeza.

Pero Draco ya se había ido y la había dejado sola. Y a Hermione lo que la desgarraba en aquellos instantes era el presente más que el pasado. Draco podía admitir libremente que la había forzado a casarse otra vez con él y su conciencia permanecía limpia. En su opinión, Hermione había cometido un delito mayor al no comunicarle la existencia de su hija. Y como madre de Lyra, sólo era un instrumento para el deseo de Draco de tener la plena custodia de su hija. Como mujer, como esposa, no contaba. Con aquel pensamiento deprimente, Hermione se quedó dormida.

Una mano cayó sobre su hombro y la agitó hasta despertarla. Hermione fijó como pudo la vista en la foto del álbum que mantenían a pocos centímetros de su rostro.

—¿Quién es éste? —inquirió Draco señalando con el dedo a un hombre que estaba de pie entre ella y una Lyra de tres años. Hermione hizo esfuerzos por con centrarse.

—Ese era Harry…

—¿Y este tipo? —dijo Draco pasando la página. Hermione posó la mirada vacilante en otro rostro masculino.

—Ronald… creo.

Volvió otra página. Hermione dio un enorme bostezo mientras echaba una ojeada al atractivo hombre castaño que Draco estaba señalando. Se quedó en blanco.

—No me acuerdo de él…

—¿Qué no te acuerdas? ¡No me sorprende! —la censuró Draco haciéndole dar un brinco—. Lyra me dio seis álbumes y todos están llenos de desconocidos. Podrías montar una agencia de contactos internacional con el contingente masculino de tus fotografías.

Hermione lo miró con enormes ojos soñolientos llenos de incomprensión.

—Lyra me dijo que no salías con hombres, que apenas salías de casa… —prosiguió Draco. Hermione abrió más los ojos. Se sorprendió de que su hija hubiera dicho aquella patraña. Siempre había disfrutado de una buena vida social—. Sospeché que exageraba un poco, pero no tenía ni idea de lo que estaba encubriendo. Dios… ¡Has estado acostándote con hombres desde que te divorciaste de mí!

La puerta se cerró de golpe y Draco desapareció tras ella dejando a Hermione boquiabierta. ¿Acostándose con hombres? ¿Estaba loco? El sexo había estado a punto de echar a perder su vida a los diecisiete años y había aprendido bien la lección. La intimidad ocasional no era para ella. No le había faltado la compañía masculina durante aquellos años, pero nunca se había vuelto a enamorar. Ni lo había querido. Janet decía que tenía un pánico a comprometerse que rozaba casi en paranoia, pero ningún hombre la había lastimado en trece años y Hermione estaba orgullosa de ese récord.

Hermione cambió de postura relajadamente. La cama era muy confortable. Separó sus suaves pestañas y se quedó helada. Desapareció toda su languidez y se incorporó como un resorte contemplando horrorizada aquel entorno tan espeluznantemente familiar que era aquella espaciosa habitación. Saltó de la cama y abrió las cortinas con manos impacientes para quedarse absorta viendo los jardines que se extendían ante ella. Parterres de forma cuadrada y adornados con tallas y fuentes y enormes vasijas de piedra con flores se perdían hasta los límites de un magnífico bosque de encinas. Más allá del bosque, se extendía el verdor ondulante de las colinas de la Toscana.

La primera vez que Hermione había contemplado aquella magnífica vista había tenido la ingenua impresión de que estaba siguiendo una visita guiada por la casa de campo palaciega de los Malfoy. Los padres de Draco sólo se alojaban en ella los fines de semana. Hermione se había sentido enormemente intimidada por aquellos lujosos alrededores y Draco había vencido fácilmente sus protestas tímidas y poco firmes con apasionada persuasión llevándola a la cama para privarla de su virginidad…

Pero no sin asegurarle repetidas veces que no haría nada que ella no quisiese y que sólo tendría que decir que no y se detendría. Hermione no había sido capaz de vocalizar una sola palabra en la oleada de pasión que prosiguió. Naturalmente, Draco ya había contado con ese hecho. Incluso de joven había conocido a fondo todas sus debilidades.

Finalmente, Hermione se apartó de la ventana y volvió al presente temblando de indignación e incomodidad. ¿Cómo se atrevía Draco a llevarla a la residencia de la familia en la Toscana? ¿Cómo podía ser tan insensible como para no darse cuenta de que aquél era el último lugar que querría volver a visitar?

Estaba bajo la ducha del cuarto de baño de la habitación cuando se dio cuenta de que hacía trece años, aquella había sido la habitación de Draco. Claro que no seguiría siendo la suya. Pero en vez de verse invadida por el pánico, la invadió la excitación. No, nunca sucumbiría al potente atractivo de la sexualidad de Draco. Una distancia saludable y el desapego serían la única base segura y sensata para un matrimonio de conveniencia.

Hermione cerró el grifo de la ducha y se secó con una toalla. Luego, dejando la toalla a un lado, volvió a entrar en el dormitorio. Iba de camino al vestidor, donde esperaba encontrar algo de ropa, cuando un suave golpe en la puerta la frenó en seco. ¡Estaba completamente desnuda! Cuando el manillar de la puerta empezó a girar, con un gemido ahogado se escondió debajo de la cama. El ruido de vajilla rompió el silencio y Hermione esperó ver un par de pies de alguna doncella, pero en su lugar vio los pies masculinos e inconfundibles de Draco. Desnudos, pálidos y bien formados.

—¿Hermione?

Contuvo la respiración y se puso colorada de mortificación. A otras personas no les ocurrían aquellas cosas, ¿por qué siempre le pasaban a ella? Draco miró en el cuarto de baño, en el vestidor y murmuró algo en italiano. Pero Hermione no pudo aguantar la tensión por más tiempo y se aclaró la garganta.

—Estoy debajo de la cama. Por lo que más quieras, vete —silbó Hermione con furia.

—De modo que… te has escondido debajo de la cama —dijo Draco lentamente después de una pausa.

—Pensé que eras la doncella.

—Ya sé que solías sentirte incómoda cuando el personal estaba presente, piccola mia… ¿pero no crees que esto es excesivo?

—Para tu conocimiento, no llevo nada puesto —le espetó Hermione.

—Lo sé perfectamente —le aseguró Draco con brusquedad—. Estaba entre los árboles hace un rato cuando abriste las cortinas y permaneciste delante de la ventana en tu gloriosa desnudez durante diez minutos exactos.

—¿Me has cronometrado? —inquirió Hermione escandalizada.

—Puede que no me entusiasmen las puestas de sol y que no pronuncie discursos románticos bajo los balcones, pero aprecié profundamente esa vista en particular. También me felicité por haber dado instrucciones de que el personal sólo viniese a ciertas horas del día. No soy de miras estrechas, pero sí bastante egoísta. Si inconscientemente hubieras expuesto tus atractivos a algún otro, te habría retorcido el cuello.

—Vete de aquí, Draco —explotó Hermione—. No voy a salir hasta que no te vayas.

Draco puso una bandeja encima de la alfombra.

—Mira —dijo en tono seductor—. Tu chocolate caliente favorito adornado con nata montada. Muy dulce y cremoso. Tiene que estar haciéndosete la boca agua…

—¡No lo quiero! —aulló Hermione salvajemente. Luego vio una prenda de algodón en el suelo al otro lado de la cama y rodó hasta poder alargar el brazo para alcanzarla.

—Incluso cuando te concentras lo bastante como para saber lo que pasa a tu alrededor… que, a decir verdad, no es muy a menudo… sigues fascinándome —bromeó Draco dejándose caer en un sillón y estirando unas piernas largas enfundadas en unos vaqueros—. Cualquier otra mujer se habría metido dentro de la cama, pero tú te metiste debajo.

Hermione estaba concentrada febrilmente en atarse los botones de la camisa, pero sus dedos se ralentizaron al fijarse en aquellas piernas. Salió de debajo de la cama con el cabello castaño claro salvajemente despeinado y los ojos mieles tan brillantes como joyas en su rostro. Obsequiándola con una sonrisa de brillo cegador, Draco se puso ágilmente de pie y la perturbó vestido como estaba con vaqueros ajustados y desgastados y un polo de color blanco. Se quedó transfigurada ante aquella visión y se le secaron los labios. La tela vaquera revelaba fielmente cada una de las líneas viriles de sus caderas y de sus largos y fuertes muslos. Su atención se desvió hacia la protuberancia claramente masculina de su entre pierna y sintió una punzada de dolor en la parte baja de su vientre.

—Todavía te derrites al ver unos vaqueros, aunque tú no lleves ningunos.

—¡Mentira!—exclamó Hermione con el convencimiento de que hasta los dedos de sus pies se habían puesto colorados. No podía creer que lo hubiera mirado de aquella manera.

—Y estás andando sobre una cuerda floja con esa camisa. Lyra no está en la habitación de al lado, así que no tienes red de seguridad. Cuanto te caigas… te atraparé.

Hermione frunció el ceño mientras luchaba por apartar la mirada de aquellos ojos entornados de un gris puro y finalmente se percató de que llevaba puesta una de sus camisas.

—¿Dónde dormiste anoche?

—En el vestidor… como un caballero.

—¿Es que sólo estaba preparada una habitación? —inquirió Hermione sopesando aquella afirmación.

—No te has abrochado bien mi camisa —murmuró Draco como si no la hubiera oído, y aquella observación ronca hizo que le flaquearan las rodillas—. Pero no te preocupes. Estoy dispuesto a quitártela otra vez.

—¡No vamos a hacer ese tipo de cosas! Sólo te has casado conmigo para conseguir la custodia de Lyra —protestó Hermione mirándolo con ojos atónitos.

—Tienes unas ideas muy originales sobre el matrimonio, piccola mia.

—¡Olvídalo! —dijo Hermione con furia, irguiéndose.

—No he hecho votos de celibato —afirmó Draco lanzándole una poderosa sonrisa de desafío—. Y estoy chapado a la antigua. Mi esposa comparte mi cama. No es un tema de negociación, ni hoy ni mañana, ni ningún otro día. No podrás optar a dormir en otro dormitorio que no sea el mío aunque haya cincuenta habitaciones para invitados bajo el techo conyugal.

Muchas gracias por sus comentarios ;)