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Reencontrándome con un viejo amor (Draco y Hermione) — capítulo 8
Me chantajeaste para que me casara contigo
—No pareces tan pagada de ti misma como yo esperaba —comentó burlonamente una lánguida voz femenina.
Sorprendida, Hermione giró sobre sus talones. De pie junto a la ventana estaba Cassiopeia, la hermana de Draco, una rubia delgada como una escoba con un envidiable traje recto de color blanco que parecía pregonar que era de diseño.
—¿Cassiopeia?—murmuró confusamente. Su cerebro se resistía a funcionar.
La única imagen que estaba grabada en su cabeza era la de Astoria abrazando a Draco, riendo y son riendo con clara intimidad. Desde luego, no había reaccionado como cualquier mujer lo habría hecho si su amante hubiera puesto fin a su relación y, casi inmediatamente, se hubiera casado con otra mujer. Aquella imagen perturbadora todavía se clavaba en su interior como un diabólico cuchillo.
Cassiopeia caminó hacia ella con una sonrisa burlona.
—Sí, tengo que reconocer que, por mucho que te desprecie, Hermione, admiro tu sangre fría. Tienes a un verdadero Leopardi viviente en tu poder como un rehén para conseguir una fortuna.
—No sé de qué me estás hablando —dijo Hermione retirándose húmedos mechones de cabellos castaño claro de su frente con un gesto vacilante.
—Lyra… tu milagroso billete de vuelta al círculo familiar —dijo Cassiopeia soltando una carcajada de desprecio—. Pero no estaría muy tranquila en tu lugar. Puede que Draco se haya casado contigo para conseguir la custodia de su hija, pero no creo que planee quedarse con las dos…
—¿Qué me intentas decir? —la interrumpió Hermione con voz tensa.
—Ya veo que sigues necesitando que te digan las cosas palabra por palabra —le espetó Cassiopeia con una mirada de superioridad—. Draco se quedará con Lyra y se deshará de ti. Y, ¿por qué no? ¡Tú hiciste lo mismo con él!
—¿Por qué me sigues odiando tanto? —susurró Hermione horrorizada ante la persistente malicia de aquella mujer—. ¿Y qué haces aquí?
—Arruinaste la vida de mi hermano una vez y ahora lo estás intentando de nuevo. Los mellizos permanecen unidos —le dijo Cassiopeia sucintamente—. Y en cuanto a lo que hago aquí, se trata de negocios nada más, aunque creo que debo disculparme por haber reunido a Draco con Astoria inadvertidamente. Eres una estúpida celosa. ¿Y qué esperanza tienes contra una joven de esa edad?
Hermione se quedó blanca como la nieve.
—Perra —murmuró conmocionada.
—Madre di Dio, ¿qué demonios está pasando aquí? —intervino Draco bruscamente cortando la conversación como un aire gélido en un día caluroso de verano.
Hermione se dio la vuelta desconcertada, chocó contra una mesa y lanzó un lujoso jarrón de flores contra la chimenea. El cristal estalló en todas direcciones.
— ¡Maldita sea! —jadeó y, automáticamente, se agachó para recoger los pedazos de cristal.
—Me temo que tu mujer no está preparada para olvidar el pasado, Draco. Lo intenté… ahora no puedes decir que no lo he intentado…, pero oíste lo que me llamó, ¿verdad?
—Hermione, deja en paz los cristales —ordenó Draco con los ojos echando chispas y una expresión implacable. Se acercó hasta donde estaba y la levantó—. Ahora mismo podemos pasar sin una esposa salpicada de sangre en el papel de la protagonista.
—Debe de ser horriblemente vergonzoso ser tan torpe —comentó Cassiopeia con ironía.
Hermione se mordió el labio inferior lastimando la suave carne y probó el sabor acre de su sangre.
—Siento que Hermione haya sido tan grosera —dijo Draco lentamente aprisionando a su mujer con una mano anclada sobre su hombro—. Pero estoy convencido de que quiere disculparse por perder la cabeza.
Hermione se puso rígida y permaneció muda, indignada de que la trataran como una niña que se hubiese portado mal. La frustración y la furia la recorrieron al darse cuenta de que cualquier cosa que dijera en su defensa en aquellos momentos no sería convincente.
—No te preocupes —suspiró Cassiopeia, dirigiéndole una sonrisa. Hermione miró a la rubia con un odio apenas disimulado.
—Dadas las circunstancias… —vaciló Draco, y luego se encogió de hombros abandonándose al destino—. Puedes usar la finca para tu sesión de fotos. Me hago cargo de que sería difícil encontrar otro escenario en tan poco tiempo…
—¡Sabía que Astoria te haría cambiar de opinión! —entonó Cassiopeia en un nauseabundo tono de alivio infantil. Hermione rechinó los dientes—. Sé que es un momento muy inoportuno, pero nunca imaginé que Hermione y tú vinierais a esta vieja casa a pasar vuestra luna de miel.
Con un repentino e inesperado movimiento, Hermione se liberó de la mano que la apresaba y salió a zancadas de la estancia.
—Dio… —gimió Cassiopeia a sus espaldas—. Si hubiera sabido que te iba a causar tantos problemas, no te lo hubiera pedido.
Hermione subió las escaleras precipitadamente. No pasaría ni un solo instante más en aquella casa… ni por Lyra ni por nadie. ¡Iba a salir enseguida! Con la respiración entrecortada por el sollozo, buscó su maleta, que todavía no había deshecho, y trató de cerrarla metiendo como podía las mangas y los dobladillos de las prendas que sobresalían al haberlas desordenado antes con las prisas por vestirse.
—¿A qué demonios crees que estás jugando ahora? —inquirió Draco desde la puerta.
Hermione se dio la vuelta arrodillada como estaba y con las mejillas ardiendo de furia.
—¡Apártate de mi camino, cerdo! No, no eres un cerdo, eres menos que eso. Eres una serpiente… una serpiente escurridiza, astuta, traidora y estúpida… porque si piensas que voy a quedarme aquí y aguantarte a ti, a tu novia y a la arpía de tu hermana, estás soñando.
—No vas a ir a ninguna parte, piccola mia —le espetó crudamente cruzándose de brazos—. Cuando la felicidad de mi hija está en juego, sería capaz de hacer cualquier cosa.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Quiero decir que el día que me abandones empezaré a reclamar la custodia de mi hija. No me excluirás de su vida otra vez —aseguró Draco con brusco énfasis.
Hermione se quedó blanca de la conmoción, electrificada por aquella amenaza. De repente, la exposición viperina de Cassiopeia no parecía tan fantasiosa. ¿Sería posible que Draco planeara utilizarla mientras la necesitara… y luego prescindiese de sus servicios como esposa y madre al mismo tiempo?
—Me estás asustando —murmuró Hermione en impulso involuntario de franqueza.
—Y tú a mí cuando te veo arrastrar una maleta apenas veinticuatro horas después de decir «Sí quiero» por segunda vez en tu vida —exclamó Draco, con rostro pálido, pero con una fiera determinación reflejada en su esculpida estructura ósea—. No espero que mi hermana y tú os hagáis íntimas amigas, pero sí espero que aceptes como una mujer madura que mi familia es también la familia de Lyra y que cuando llegue aquí a finales de semana, no tiene por qué verse envuelta en una guerra de mezquindades que empezó incluso antes de que ella naciera.
—Yo no fui quien volvió a empezar la guerra.
Draco extendió sus manos fuertes en un arco de impaciencia por lo que consideraba un tema sin importancia.
—No consentiré que Lyra venga a casa por primera vez y encuentre una atmósfera hostil…
—¿Y qué piensas hacer para mejorar esa atmósfera? —inquirió Hermione soltando una carcajada sin rastro de humor al recordar la humillación a la que la había sometido minutos antes—. Te odio, Draco. De verdad que te odio por lo que me has hecho hoy.
—Tal vez me odies por lo que no te he hecho —replicó lanzando una mirada explícita a la cama revuelta—. Apenas puedo creer que me resistiera a la tentación.
Más afectada de lo que podía soportar por aquel cambio de humor y de tema, Hermione respiró aceleradamente mientras su pecho subía y bajaba al compás de su respiración.
—Te abofetearé si lo vuelves a intentar.
—¿Cuándo me he sentido inhibido por esa expectativa? —le lanzó Draco en tono complacido—. Ya deberías saber que me encantan los retos —prosiguió con una sonrisa cruel—. Pero puedes estar tranquila de momento, gracias a nuestros inesperados visitantes.
—¿Inesperados? —inquirió Hermione con incertidumbre.
—Dio… ¿no imaginarás que deseaba que levantaran este circo en nuestra casa? —preguntó con una mueca de clara incredulidad—. Pero no tardarán en irse.
—¿Por qué necesitaba Cassiopeia tu permiso para usar la casa? —inquirió Hermione. Su indignación empezaba a ceder al ver que Draco estaba tan contrariado por la invasión como ella.
—La finca es ahora de mi propiedad. Cuando Vittorio decidió venderla, yo la compré.
—¿Y qué tiene que ver tu hermana con una sesión de fotografía?
—Hace tres meses compró un estudio fotográfico. Está haciendo lo posible para destacar en el mundo de la moda. Astoria es una top model —explicó Draco—. Cassiopeia la necesita para vender este reportaje y, como Astoria es una amiga de la familia, accedió a ayudarla.
Hermione reconsideró la imagen de Astoria y Draco juntos y admitió que lo que había visto no podía describirse como algo más que un saludo afectuoso.
—¿Astoria es… una amiga de la familia?
—Nuestros padres se mueven en los mismos círculos sociales.
—Te vi con ella antes —se oyó Hermione confesar con sorprendente brusquedad—. Estaba como una lapa pegada a ti.
—Astoria es muy expresiva —dijo Draco encogiéndose de hombros bajo el penetrante escrutinio de Hermione—. Y para ser sincero, cara, está siendo muy generosa. Salí con ella hasta hace muy poco —le recordó en tono de reprobación—. Pero, vamos, el almuerzo está servido.
La idea de tener a la hermosa y generosa Astoria rondando por la casa la hacía sentirse profundamente insegura. Aquella misma mañana se había dicho que sería capaz de llevar un matrimonio de conveniencia, pero horas después estaba ahogándose en un pantano de dolor y confusión. ¿Por qué ningún otro hombre había tenido el poder de desgarrar su corazón con una sola sonrisa y paralizarlo apareciendo con unos vaqueros?
—Sabes… Necesito aire fresco más de lo que necesito comer.
Pero Draco la interceptó antes de que alcanzara la puerta y la presionó contra su cuerpo contemplándola con evidente frustración.
—No me excluyas de tu vida… y no huyas de mi lado.
La dura protuberancia masculina de su virilidad presionó su estómago y la hizo vibrar como un fórmula uno a punto de emprender la carrera. Pero Hermione combatió su fragilidad con frenética determinación.
—Estamos haciendo un hogar para Lyra, eso es todo —le dijo con voz trémula—. Ahora… por favor, suéltame.
Su mirada ardiente le dijo que no estaba dispuesto a escucharla, pero se oyó el batir de una puerta y el ruido de voces irrumpiendo en el vestíbulo. Draco la liberó maldiciendo y Hermione huyó corriendo escaleras abajo y salió al exterior. Pero sintió como si la mitad de su alma se hubiera quedado en el círculo roto de su abrazo. Ahogó un sollozo en su garganta e inspiró el aire caliente y pesado con lágrimas en los ojos.
Sólo el amor la había herido tanto. Draco influía en todas sus emociones. Y era tan doloroso y tan terriblemente familiar para Hermione… Podría haberlo soportado mejor si sólo hubiera sido sexo. La idea de que siguiera amando a Draco la petrificaba. Amarlo significaba que lo último que podía soportar era vivir un humillante matrimonio de conveniencia basado en el bien de su hija.
Aturdida por aquella oleada de emociones, Hermione vio a Draco bajar las escaleras de entrada de la casa. Era un hombre irresistible y cada uno de sus ágiles movimientos la hacían ser consciente no sólo de él sino de su extrema vulnerabilidad. Enseguida, desvió la mirada y sólo entonces prestó atención a la escena que estaba teniendo lugar ante sus ojos. Astoria estaba posando delante de un seto de tejo artísticamente podado con un precioso vestido de fiesta de color rosa pálido que dejaba ver sus hombros desnudos. Lyra había tenido una Barbie que se le parecía mucho. Tan perfecta que parecía imposible, vestida como una princesa de cuento de hadas, completa con aquella nube de cabellos castaños oscuros.
—Imponente, ¿verdad? —dijo Cassiopeia apareciendo a su lado.
—No creo que sea una coincidencia que Astoria y tú hayáis llegado hoy —dijo observando cómo Astoria lanzaba un beso seductor a Draco entre pose y pose.
—Pero Draco sí. Es evidente que yo sabía que ibais a venir aquí —confirmó Cassiopeia con ironía.
Desdeñando con irritación las atenciones de la maquilladora, Astoria se acercó a Draco con la eficiencia de un misil programado para dar en el blanco.
—Llegas tarde —le dijo Hermione a Cassiopeia con firmeza—. Deberías haber montado esta farsa una semana antes de la boda.
—Sólo estoy haciéndote ver una relación ininterrumpida —dijo Cassiopeia dulcemente—. ¿Te parece que Astoria actúe como una mujer que ha perdido a su amante por otra mujer? Sabe por qué Draco se ha casado contigo y sabe que no durará mucho. Puede permitirse ser comprensiva.
Astoria había enredado a Draco en una animada conversación. Hermione levantó la barbilla y se acercó. Astoria la ignoró, pero Draco posó con naturalidad la mano en la parte inferior de su espalda. Hermione se apoyó en él haciendo un minúsculo, pero agresivo movimiento e introdujo la mano en el bolsillo trasero de su pantalón vaquero. Se sintió envuelta en su aroma y calor.
Como una seductora camino de convertirse en la víctima de su propia estrategia, Hermione inspiró con desesperación sintiendo que Draco se ponía tenso y cambiaba de postura, y se cuestionó confusamente la inconsistencia de su comporta miento provocativo.
—Vamos a dar un paseo —murmuró Draco con significativa brusquedad. Astoria abrió los ojos.
—No puedo, tengo que ponerme el próximo vestido en cinco minutos —dijo frunciéndole el ceño a Hermione, demasiado egocéntrica como para darse cuenta de que la invitación no había ido dirigida a ella—. Ah, sí, casi lo olvido. Barry me dio un mensaje para ti.
—¿Barry? —inquirió Hermione, que se quedó fuera de juego momentáneamente por la referencia.
—Fui a ver con él aquella casa —dijo Astoria con despreocupación—. Y lo sentí mucho por él. Está destrozado por haberte perdido.
Antes de que Hermione pudiera separar los labios para desafiar aquella sorprendente declaración, Draco intervino de manera cortante.
—¿Y el mensaje?
—Dijo que le recordara a Hermione la proposición que le hizo la noche antes de vuestra boda.
—Barry quiere que le des la oportunidad de dirigir la agencia —dijo Hermione bajo la mirada impertérrita de Draco mientras Astoria volvía a las cámaras con un sonrisa felina de satisfacción—. Es muy ambicioso. ¿Por qué me miras así?
Draco se apartó de su lado y Hermione pestañeó.
—Oh, no. Sigues siendo un celoso empedernido.
—Tienes que haber perdido la razón para decir eso —dijo con gélida precisión haciendo una mueca sarcástica.
Sí, posiblemente era así… ¿no estaba atribuyéndole emociones que no poseía? Tenía que haber cierto grado de preocupación para que existieran los celos. Y Draco no se preocupaba. La única preocupación de Draco era Lyra. Con un rubor de mortificación, Hermione giró sobre sus talones y fue a refugiarse en el bosque sintiendo que se había puesto en ridículo. Era mejor dejar que Cassiopeia y Astoria interpretaran su estúpida farsa. Pronto se habrían ido.
—¿Sabes qué hora es?
Hermione se detuvo a mitad de la escalera y consultó detenidamente su reloj.
—Las nueve y media.
—¿Dónde demonios has estado todo este tiempo? —masculló cruzando el vestíbulo como un depredador hambriento y abriendo las manos con expresividad.
—Fui a dar un paseo. Pensé que era mejor que dejase a nuestros visitantes hacer su trabajo —dijo Hermione con voz tensa—. Siento haberme perdido la cena, pero me hice un sándwich en la cocina. Ahora me voy a la cama. Buenas noches.
—¿Buenas noches? —rugió Draco dejando entre ver la furiosa exasperación que trataba de controlar.
Hermione se apresuró a entrar en el vestidor de su habitación. Para contrariedad suya, habían deshecho su maleta. Localizó un camisón y salió corriendo. Escogió una pequeña habitación del segundo piso. Sólo cuando ya estaba metida en la cama y había apagado la luz, empezó a relajarse un poco. Draco acabaría captando el mensaje. Podrían perfectamente ser… compañeros. Cualquier cosa con un matiz más íntimo era imposible y, siempre que no sospechara sus sentimientos hacia él, no podría volverla a herir.
Pasado algún tiempo, el batir de unas puertas en la distancia rompieron el silencio de la casa. Hermione frunció el ceño cuando en menos de un minuto se oyó otro batir similar… y luego otro. Perdió la cuenta, pero comprendió horrorizada que Draco estaba recorriendo la casa buscando a su mujer perdida. Hermione se quedó inmóvil hasta que finalmente, su puerta se abrió de golpe.
—¡Tendré que encadenarte en la bodega! —exclamó Draco caminando hacia la cama y fulminándola con la mirada—. Al menos, así sabré dónde encontrarte. Te pasas la mitad del día escondiéndote en el bosque y luego subes al ático para pasar la noche. ¿Qué clase de matrimonio te crees que es éste?
—No es un matrimonio normal…
—¡Pero va a serlo! —juró Draco con convicción apartando la ropa de su cama y levantándola en sus brazos antes de que pudiera impedirlo—. Debes estar en mi habitación, y ahí es donde estarás. Y si no quieres dormir en la cama conmigo puedes dormir en el suelo… pero en la misma habitación. ¿Por qué? Porque eres mi esposa.
—Me chantajeaste para que me casara contigo.
—Déjalo ya —replicó Draco con desprecio bajando las escaleras de dos en dos y dando zancadas por el pasillo—. Para ti el chantaje fue maná caído del cielo.
—¿Qué dices?
—Me deseas tanto como yo te deseo a ti… y sólo de esta manera me has podido tener sin reconocer ese hecho. ¡Maná caído del cielo! —repitió Draco con mordaz provocación al tiempo que la dejaba caer sobre la cama.
—Esa acusación es completamente ridícula —dijo Hermione tratando de parecer convincente, pero roja como un tomate.
—Y como no me vas a convencer de que no me deseas, puesto que la mutua atracción es evidente, no entiendo por qué sigues huyendo en dirección opuesta —declaró Draco con salvaje franqueza—. ¿Qué más quieres de mí? ¿He de decirte que tengo toda una hilera de tarjetas de crédito y unos ingresos mensuales que ambicionaría hasta un rey del petróleo?
Hermione palideció y tragó saliva al oír aquella degradante acusación. Tal vez era el momento de contarle a Draco la verdad sobre el acuerdo financiero de su separación.
Hermione agarró dos almohadas y las puso delante de sí como barrera defensiva.
—Y tu silencio no va a llevamos a ningún sitio —le espetó Draco golpeando las almohadas y maldiciendo en italiano—. A veces eres tan endemoniadamente infantil…
—No es infantil creer que nuestra relación funcionará mejor si dormimos en camas separadas —protestó Hermione con voz trémula—. Y, por cierto, no soy codiciosa y nunca lo he sido.
Se hizo un silencio expectante.
—¿Es eso el final de una increíble oleada de seguridad en ti misma? —sondeó Draco irónicamente. Hermione inspiró profundamente y se dijo que saldría ganando si lo avergonzaba con la verdad. Levantó la cabeza.
—Tu padre persuadió a Janet para que aceptara el dinero en mi nombre. Janet lo metió en una cuenta de un banco suizo y no me dijo que existía hasta la semana pasada.
—Madre di Dio… —murmuró Draco con voz quebrada, conmocionado ante aquella revelación.
Hermione saltó de la cama y adoptó una postura defensiva.
—De modo que puedes dejar de llamarme codiciosa y no necesito ni tus tarjetas de crédito ni tus copiosos ingresos, porque con ese dinero Lyra y yo viviremos cómodamente durante el resto de nuestros días.
—No mentías al decir que no te habías llevado ni un penique cuando te divorciaste de mí… —reflexionó Draco mirándola con ojos grises llenos de interés. La velocidad a la que asimilaba la nueva información la aterrorizó—. Hermione la mártir… eso parece mucho más real. Entonces, pensabas de verdad que me hacías un favor divorciándote de mí y manteniendo en silencio la existencia de Lyra. Dejaste que mi padre te convenciera, ¿verdad?
Se pasó una mano no muy firme por su rubio cabello y miró hacia el cielo apretando la mandíbula. El silencio creció y persistió hasta que Hermione sintió ganas de chillar de la tensión.
—Hermione… ¿seguías queriéndome cuando te divorciaste de mí?
Hermione se quedó aterrorizada. Una pequeña cosa que había confesado y en menos de un minuto ya iba a cruzar la línea de meta.
—Dios mío, estoy tan cansada —musitó fingiendo un bostezo y tratando de ocultar el desconcierto de su cara con las manos.
—Vuelve a la cama —la invitó Draco con voz ronca—. Te despertaré enseguida.
Hermione se agitó sin querer como una presa fácil ante su irresistible atractivo. Imaginó sus manos sobre su cuerpo y la recorrió un estremecimiento de excitación. Una necesidad desesperada que no podía controlar se apoderó de ella. ¿Por qué no darle la oportunidad de probar que su idea de matrimonio podía funcionar?
—No nos arriesgaremos a otro embarazo —comentó Draco con medido énfasis—. ¿Es eso lo que te preocupa? No quiero otro hijo.
E instantáneamente Hermione contestó su propia pregunta. Se sintió atravesada por el dolor.
Seguramente tener más hijos habría sido una posibilidad en el matrimonio normal que Draco había dicho que deseaba. Sin embargo, había desechado fríamente la idea de aumentar la familia antes de que pudiera plantearse aquella posibilidad.
Con un brusco movimiento, Hermione asió una ligera manta que estaba a los pies de la cama. Ante la mirada de total incredulidad de Draco, se envolvió en ella y se acurrucó en un confortable sillón.
Muchas gracias por dejarme sus comentarios, y darle la oportunidad a mi adaptación.
Espero que este nuevo capítulo sea de su agrado