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Counting stars — capítulo 1

Lo primero que debo de decir es que los personajes no me pertenecen, sí que le perteneces a J.K y yo solo estoy usándolos para divertirme un rato. Y que aquellos personajes que no reconozcan sí que son de mi autoría.

Cuando era chica a Joya su madre le contaba aquellas historias sobre magos y damiselas en apuros, malvados dragones y magos oscuros que amenazaban la paz del mundo mágico y lejos de amarlas Joya las detestaba con todas sus fuerzas. La parte que más odiaba, sin lugar a dudas, era la parte en la que su madre describía con esmero lo mucho que la damisela necesitaba que un mago en brillante armadura fuera en su recate.

Tal vez que su padre estuviese siempre fuera de casa por cuestiones de trabajo, o que, cuando sí estaba en casa ignoraba totalmente la existencia de su madre y se encerrase en su trabajo influenciaron un poco su necesidad de independencia y que así forjara su carácter autosuficiente. Desde chica Joya ya había decidido que ella no iba a necesitar de un mago, que si le tocaba (por culpa del destino o el azar) protagonizar una historia como las que su madre le contaba ella iba a rescatarse a sí misma, que iba a ser el héroe de la historia.  

Pero las cosas pocas veces le salían como ella lo había planeado, fue así que chocó -literalmente - con Maxon mientras corría apresurada por el pasillo que la llevaba al aula de encantamientos. Desde el primer momento, cuando se ofreció a ayudarle con sus libros, y se vio reflejada en sus ojos chocolate Joya supo que ese chico iba a ser un problema del que no podría deshacerse. Sin embargo, cuando aceptó a que cargara sus libros tuvo un mal augurio -que no la abandonaría por el resto de sus días -.

Maxon Abbott sí que fue un problema, le contó Joya a su hija Hannah muchos años después, porque desbarató su vida de pies a cabeza y luego salió de ella como si no hubiese pasado nada. « No le temía a las consecuencias, por eso me gustaba tal vez. » diría unos minutos después viendo que Hannah se esforzaba por no odiarle. Cuando Maxon se fue Joya admitió para sí misma que se había perdido, que la chica que veía en el espejo no era la misma que tiempo atrás había jurado ser el héroe de la historia; pero se recuperó tan pronto como vio lo mucho que Hannah la necesitaba.

Así que cuando Joya murió su último pensamiento fue para Maxon, que le había desordenado la vida, que le había amado lo mejor que pudo y que le había dado una hermosa hija.

(…)

Cuando le dijeron a Hannah sobre la muerte de su madre lo primero que hizo fue pensar en Maxon, a quien nunca había pensado como un padre, y en cómo tomaría la noticia donde sea que estuviese. Ella sabía que estaba llorando en brazos de su maestra y que eso no iba a devolverle a su madre, pensó también en la soledad que le esperaba al llegar a su casa y en lo frío que debía estar ya el cadáver de su madre. Se sentía adormecida, había perdido todos los sentidos y más tarde, acurrucada en la cama de su madre, no recordaría cómo era que había llegado a esa posición.

Joya Abbott no había sido una madre excepcional, pero tampoco había sido mala madre. A veces a Hannah le daba la sensación de que su madre la odiaba y otras, como cuando le preparaba su comida favorita y la invitaba a tomar el té en el jardín, parecía al menos soportarla. Lo cierto es que nunca pudo saber qué era lo que su madre sentía por ella y lo que ella misma sentía por su madre, y era algo que nunca sabría. Joya era autoritaria, detrás de sus ojos había algo escondido y se bastaba a sí misma y eso era algo que Hannah le hacía rabiar porque ni siquiera a ella, que era su hija, parecía necesitar.

Un centenar de cartas llegaron a su casa llenas de palabras poco sentidas y consuelos pobres, pero a Hannah le sorprendió encontrar entre el centenar de sobres uno con la letra de Maxon en ella. Podía reconocer la letra porque su madre le había enseñado las miles de cartas que había intercambiado con éste y le gustaba regodearse sobre lo enamorados que habían estado antaño.

Cuando se decidió a abrirla se encontraba en el jardín, sentada en la silla de su madre y el té se le había enfriado varias horas atrás. El viento hacía bailar su cabello y había secado sus lágrimas.

Querida, Hannah:

Lo cierto es que no sabría cómo dirigirme a ti y mucho menos en estas circunstancias, pero de alguna forma debía hacerte saber que no estás sola. Estoy contigo.

Pero Hannah no pudo terminar de leerla, no quería saber nada de él y mucho menos ahora que su madre se había ido. Maxon se había ido muchos años atrás y ese día siempre iba a perseguir a Hannah, todavía podía recordarse a sí misma riendo en los brazos de Maxon y deseándole buenas noches para al otro día despertar encontrándose con su madre deshecha en lágrimas y lamentos. Él ya se había marchado mucho tiempo atrás y ella lo había llorado, ahora era su madre la que se había ido y ella iba a llorarla. Nunca más iba a llorarlo a él.

Cuando la noche llegó Hannah se encontró contando estrellas desde la ventana del cuarto de su madre, mientras lo hacía recordaba cuando jugaba con Joya a quien contaba más y ella perdía porque era pequeña y sólo sabía contar hasta diez.

«Ningún número es correcto, hija, el cielo es enorme…puede haber un sinfín de estrellas o diez, de eso no estoy segura. Pero de lo único que sí lo estoy es que no importa donde estés siempre estaré contando estrellas y espero que tú también. »

¡Hey!

Lo cierto es que ha pasado mucho tiempo desde que me senté a escribir y mucho tiempo más desde que me pasaba por estos lados. Tuve que tomarme mi tiempo, necesitaba respirar y volver a encontrarme…y lo hice, pero todavía me resentía a pasarme por aquí.

Pero acá estoy ahora, así que sea lo que Merlín quiera.