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La oportunista. — capítulo 4

CAP. 4

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PASADO

Tenía miedo de él. Estaba jugando mejor que yo, arrancando todas mis armas de los dedos y haciéndome sentir como un tigre sin dientes. Mi solución fue esconderme en mi habitación hasta el miércoles para evitar un encuentro con él. Johanna me mantuvo viva con burritos congelados y su alijo privado de Habas de Boston Cocidas. Leí Grandes Expectativas, que resultó ser realmente bueno. Googlee las reglas de basquetbol así podía entender completamente lo que había pasado cuando él fallo ese tiro.

Cuando el día de la cita finalmente llegó, casi estaba ansiosa por ello, casi.

Johanna creó una estación de preparación en el escritorio de su estudio (que desafortunadamente había sido usado para estudiar), y me senté obedientemente como un chimpancé, mientras me preparaba. Ella arreglo mi cabello, pulió mis uñas, y aplico toques obscenos de pociones de olor sobre mi rostro. Cuando ella empezó a darme una charla sobre sexo seguro, metí los audífonos en mis orejas y subí el volumen. A las siete y cuarenta y cinco exactamente, hubo un educado tap, tap, tap, sobre la puerta. Johanna saltó arriba y abajo, su rostro grotescamente congelado en gritos silenciosos.

—¡Él en realidad va a estar en nuestra habitación! —siseó ella, bailando cerca de la puerta. Ella paso un tubo de brillo rosado sobre sus labios antes de abrir la puerta. Me aparté mientras la mamá zorra de primer año dejaba entrar nuestra cita. —Oh, hola —dijo casualmente—. Yo soy Johanna —ofreció su mano y él la sacudió sonriendo educadamente.

Cuando sus ojos me encontraron hizo una doble toma. Yo lucía bien. Johanna se había superado a sí misma. Llevaba pantalones vaqueros y un seductor suéter de cachemira que caía de un hombro. Mi cabello, como es usual, colgaba en espesas ondas hasta mi cintura, pero Johanna se había tomado el tiempo para estilizar el esponjado y lo roció con gran cantidad de fijador.

—Bueno, vámonos entonces —dije, caminando al lado de él hacia el pasillo. Me di vuelta para verlo despedirse de Johanna.

—No la traeré muy tarde —lo escuché decir.

—Oh, mantenla fuera tanto tiempo como quieras —dijo en su acento sureño—. Necesita una mano firme así que no tengas miedo de usarla —miró directamente hacia mí con esa última declaración. Hice planes para sabotear su borrador del trabajo de inglés cuando regresara.

—Ella es un personaje —dijo Peeta mientras la puerta se cerraba detrás de nosotros. Yo hice una mueca. Eso era un eufemismo.

—Es de Texas —dije, como si eso explicara su conducta y luego me sonroje. ¿Por qué dije eso?

Mire arriba a su rostro para verlo darme una media sonrisa. Tomo todo mi autocontrol no darme vuelta e ir de regreso a mi habitación. Al final, el orgullo mantuvo mis pies moviéndose. No quería que él pensara que no podía manejarlo. Pasamos dos porristas en nuestro camino al ascensor. Sus ojos se ampliaron cuando vieron a Peeta. Él asintió educadamente hacia ellas, pero siguió caminando, con su mano en la parte baja de mi espalda. Trate de alejarme, pero era bastante experto en mantenerla allí.

—¿Aceptas cumplidos? —pregunto él mientras entrabamos al ascensor y presione el botón de bajar antes de que él tuviera la oportunidad.

—Si son originales.

Él se rió con disimulo y puso los ojos en blanco. —Bien, bien —dijo él. Sus manos ahora estaban en sus bolsillos mientras caminábamos casualmente. —Diría que esa canción fue escrita por ti, pero si vas a ser exigente… —su voz se apagó—. ¿Quieres que el deportista te dé un cumplido o el sujeto que lee Grandes Expectativas?

—Ambos. —Estaba tratando de aparentar que estaba disfrutando este pequeño intercambio pero ya sentía mis hombros relajarse, y ahora que su mano no estaba en mi espalda, podía pensar otra vez. Alcanzamos su auto y me quede de pie cerca de la puerta con mi espalda hacia él, esperando para que la abriera.

—Ya sea que esté detrás o enfrente de ti, las vistas son bastante buenas —dijo él. Sentí mi rostro enrojecer mientras los seguros automáticos sonaban y él abrió la puerta para mí.

Podía escuchar la risa reprimida en su voz así que me subí sin decir una palabra. Nunca había conocido a nadie tan empeñado en hacerme sentir incomoda. Él se tomó su tiempo caminando alrededor del auto. Lo observé detenidamente. Llevaba otro de esos impresionantes atuendos bien combinados. Me hundí en el asiento y aspiré la esencia de su colonia. Está impregnado en el cuero de los asientos como piel, haciéndolos oler como si él estuviera en todos lados. El olor era navideño, como madera de abeto de Douglas y naranja Bergamota. Me gustaba.

—Colócate el cinturón —dijo él, deslizándose en el asiento del conductor. Apreté mis labios. De ninguna manera. Él no iba a andar mandándome.

—No voy a colocármelo. — El Volkswagen restaurado que poseía ni siquiera tenía cinturones. Uno de sus dueños anteriores los había quitado. Silenciosamente me reprendí por no llevar mi propio auto. Peeta alzó una ceja, algo que estaba empezando a notar hacía muy seguido.

—Como quieras —dijo él encogiéndose de hombros. —Si hacemos cualquier parada rápida, solo voy estirar mi brazo así para evitar que saltes hacia adelante—. Ilustró su punto extendiendo su brazo a través de mi pecho donde hizo contacto directo con mis copas tamaño B. Me coloque el cinturón. Él ni siquiera trato de no sonreír.

—¿A dónde vamos de todos modos? —pregunté amargamente. Con suerte, podríamos hacer esto rápido y yo podía estar de regreso a mi habitación a tiempo para ver Grey's Anatomy. Apuestos, hombres de ficción eran mucho más fáciles de soportar que los de la vida real que olían como navidad y lucían como modelos de Calvin Klein.

—A mi lugar favorito. —Miró hacia mí mientras sus manos cambiaban de marcha y sentí una molesta calidez en mi estómago. Tenía un fetichismo con las manos. Sus manos eran grandes, probablemente beneficioso para ese estúpido deporte que jugaba. Las suyas eran el tipo de manos que hacían los anillos de boda lucir sexys, bronceadas con líneas venosas que corrían como ríos serpenteando por sus muñecas y desaparecían bajo sus mangas.

—Esta no es una cita —le recordé—. Y, es bastante patético que me acabaras de decir que me llevaras a un lugar donde has llevado a otras chicas.

—Cierto. Bueno entonces la próxima vez recordare mentirte —dijo él, mirándome por la esquina de su ojo.

—¿Qué te hace pensar que habrá una próxima vez?

—¿Qué te hace pensar a ti que no la habrá?

No me molesté en mirar hacia él solo resoplé mi respuesta y mire fuera de la ventana. La heladería antigua Jaxson´s estaba localizada en una de las calles concurridas en Dania. Su letrero neón de circo parpadeaba impacientemente desde un centro comercial soso, trabajando horas extras para atraer la atención del transeúnte. A pesar de las luces brillantes, las hendeduras donde los turistas colocan sus cabezas en cuerpos de animales, y el órgano a todo volumen, nunca había notado este lugar.

—Oh —dije, tratando de ocultar mi sorpresa. —Esto es interesante.

—¿Eres intolerante a la lactosa? — preguntó deslizando su auto dentro del puesto de estacionamiento.

—Nop.

—¿Estás a dieta?

—No esta semana.

—Estupendo. Entonces vas a amarlo. —Dio la vuelta para abrir mi puerta, y me ofreció su mano mientras yo maniobraba mi camino fuera del auto. Entramos al lobby y fuimos inmediatamente recibidos por un hombre mayor con cabello de algodón de azúcar. Tosió con agitación cuando vio a Peeta y se acercó para sacudir su mano.

—Encantado de verte otra vez, Peeta — dijo él en una voz rasposa. Llevaba un traje a rayas rojo con botones que imitaban chupetines. Me avergonzaba.

Peeta colocó una gran mano en el hombro de nuestro anfitrión mientras lo saludaba. Ellos intercambiaron cumplidos por un momento y luego molestamente, la mano de Peeta encontró la parte baja de mi espalda otra vez.

—¿Ceasar, está mi mesa disponible?

Ceasar asintió y camino por delante. Nos arrastramos detrás de él, pasando a través de una primera habitación y tomando un pequeño pasillo entre los refrigeradores de helado hasta que emergimos dentro de una segunda habitación enorme. Miré alrededor impresionada mientras lentamente hacíamos nuestro camino hacia la mesa. El lugar era una mezcla heterogénea de parafernalia de los años veinte. De hecho, había tantas baratijas y cosas colgando de las paredes, que mis ojos se cruzaron en confusión. "La mesa de Peeta" era una pequeña mesa desgastada, con un torcido carro de bebe colgando sobre ella. Apreté mis labios, nada contenta. Peeta se giró para mirarme y sonrió como si pudiera adivinar mis pensamientos. Ceasar empezó a toser otra vez mientras luchaba para sacar mi silla.

—Yo puedo hacerlo. Gracias —dije. Él se encogió de hombros y desapareció, dejándonos solos.

Chicos ingleses adinerados no comían helado en lugares como este. Ellos comían caviar en yates y salían con adineradas, chicas rubias con fondos fiduciarios. Él tenía que tener un problema de una manera no obvia. Fui a través de las posibilidades en mi mente; mal temperamento, apegado, enfermedad mental…

—¿Imagino que estás preguntándote sobre la mesa? — dijo él, sentándose enfrente de mí. Asentí. —He estado trayendo chicas aquí desde el primer año en la escuela —él extendió sus manos sobre la pegajosa mesa y se inclinó hacia atrás casualmente en su silla. —De todas formas ¿Ves esa mesa de allá? — me giré para ver la mesa de la esquina que estaba señalando. Un viejo semáforo parpadeaba rojo, verde, rojo, verde por encima. —Esa es la mesa de la mala suerte y nunca me sentaré allí otra vez, no yo solo, y jamás con una cita. Me giré de regreso a él, entretenida. Era supersticioso. Que cursi. Me sentí petulante.

—¿Por qué?

—Bueno, porque cada vez que me siento en esa mesa algo desastroso pasa, como mi antigua novia viéndome con mi nueva novia y vertiendo a muerte chocolate sobre nuestros regazos, o averiguar que eres alérgico a los arándanos enfrente de la chica más ardiente de la escuela… —él se rió de sí mismo y dejé una sonrisa deslizarse a través de mi acto de chica ruda. Una alergia a los arándanos era más o menos entrañable.

—¿Y esta mesa? — pregunté.

—Cosas buenas pasaron en esta mesa — dijo él simplemente. Alce una ceja pero estaba muy asustada para preguntar. Traer a una chica a una heladería que lucía como si estuviera estancada en los años veinte marcaba bastantes puntos. Johanna se lo tragaría. Era su billete para tener sexo, decidí.

Estaba excesivamente aliviada cuando nuestro mesero se apareció con dos aguas y un cuenco de palomitas. Yo seguía mirando mi menú cuando oí Peeta ordenando por mí.

—¿Estás bromeando? —Le pregunté cuando el camarero se alejó —. ¿Sabes que ahora las mujeres pueden votar y ordenar su comida?

—Nunca cedes un centímetro —dijo— me gusta. Lamo la sal de mis dedos y entrecierro mis ojos en él. —Te vi mirando este. —Golpeó la imagen de un banana Split—…justo antes de empezar mirar el helado bajo en grasa. Era atento, le concedería eso.

—¿Y qué, si yo quería algo baja en grasa?

Peeta se encogió de hombros. —Es mi noche. Gané. Yo hago las reglas.

Casi me sonreí. Casi.

Me habló de su familia mientras esperamos. Creció en Londres con su madre y su padrastro. Tenía el tipo de infancia soñada de todos los niños, vacaciones de lujo, navidades con los primos en Suiza, y un maldito pony por su cumpleaños. Se trasplantaron a América cuando tenía catorce años. Michigan primero, y luego, cuando su madre dijo que el frío era malo para su piel, Florida. Hubo una gran abundancia de dinero, pocas peleas, y un hermano mayor que hizo cosas como el ascenso al Monte Everest en su tiempo libre. Su padre biológico, al que de vez cuando vio, era un mujeriego que apareció en las portadas británicas por salir y romper con modelos famosas.

Cuando llegó mi turno de desahogarme, filtré mi historia por su ventajosa clase alta, dejando a mi padre alcohólico a quien acabo de llamar "difunto", y reemplazando las urbanizaciones subsidiadas con "un mal barrio". Vi pocas razones para ahogarlo en los detalles desagradables de mi vida sin encanto. No quería herir sus felices por siempre. Escuchó con atención y me hizo preguntas. En mi opinión, se podría medir el egocentrismo de una persona por la cantidad de preguntas que no se plantean. Peeta parecía genuinamente interesado en mí. No estaba segura de lo que eso significaba. O bien se trataba de una estratagema para conseguir chicas en la cama, o realmente era simpático.

Cuando le conté sobre mi madre y cómo había muerto de cáncer durante mi último año de escuela secundaria, vi genuina compasión en sus ojos que me hizo moverme incómodamente en mi asiento.

—¿Así que estás sola entonces, Katniss? —Esquivé su pregunta. En cierto modo hería escucharlo.

—Sí, supongo que se podría decir que si te refieres a mí, no teniendo miembros vivos de la familia.

Metí una cucharada de postre en mi boca, así no tendría que decir nada más.

—¿Eres feliz? —me preguntó.

Pensé que era una pregunta algo extraña. ¿Me estaba preguntando si yo seguía llorando en la noche porque mi madre estaba muerta? Él estaba jugando con su cuchara, inconscientemente goteó de chocolate por toda la mesa. Le respondí tan honestamente como pude.

—A veces. ¿Tú no?

—No lo sé.

Alcé la vista sorprendida. Estrella deportista, guapo, mimado, ¿cómo no iba a ser feliz? Mejor aún, ¿cómo es que no sabía si era feliz o no?

—¿Qué significa? —le pregunté colocando mi cuchara abajo. No tenía ganas de comer más helado. No tenía ganas de estar aquí. Toda la conversación me estaba haciendo sentir enferma.

—No sé lo que me hace feliz aún. Supongo que estoy tratando de encontrarlo. Siempre he querido casarme y tener una familia, aquel donde tú eliges alguien y quedarse con ellos hasta que estés gris y arrugada y tener una camioneta llena de nietos.

—¿Una camioneta?, —digo con incredulidad, pensando en el carro deportivo estacionado afuera—. ¿Me estás tomando el pelo?

—No soy tan malo como tú piensas.

Le empujé el hombro. —Tú no quieres una camioneta, quieres un Porche. Quince años después de tu matrimonio estarás intercambiando a tu esposa y la camioneta por algo que acelere tu sangre de nuevo. ¿Estás mal?

—Vamos —dijo entre risas—. Tú no fuiste muy fácil. Si tuviera que luchar con más fuerza para llegar aquí, estaría en un molde de yeso.

—De cualquier manera, tu escribiste el libro y ahora te quejas por las críticas que te estoy dando —bromeé.

—Es justo. —Levantó las manos—. Voy a empezar a escribir la secuela que será mucho menos narcisista. ¿Quieres leerlo?

—Sólo si todas las chicas en la escuela no lo tienen. —Él se rio tanto que varias personas se dieron la vuelta para mirarnos. Cogí algunos granos de palomitas de maíz desde el colador y las comí pensativamente. Esto no era tan terrible como lo que había previsto. Me estaba casi divirtiendo. Cuando levanté la vista, me estaba examinando. —¿Qué? ¿Por qué me miras así?

Peeta suspiró. — ¿Por qué eres tan hostil?

—Oye amigo, no creas que por un minuto que yo compro esa rutina de chico sensible que tienes en marcha. Reconozco una mentira cuando la veo.

—No sabía que estaba haciendo una rutina de chico sensible —dijo sonando bastante honesto.

Estudié su hermoso rostro tratando de ver más allá de su aspecto y dentro de su alma. Él tenía el tipo de ojos que siempre parecía que se estaban riendo de ti. Su color era azul y las líneas de expresión ya arrugadas en sus esquinas como delicados pliegues de papel.

—Dame un respiro —le dije—.Tú me traes a este bonito lugar por un helado como si estuviéramos en la escuela secundaria. Conoces de nombre a ese viejo, que está dándome miradas... —Me callé porque estaba frunciendo el ceño.

—No eres muy buena leyendo a la gente. —Lanzó un grano suelto de las palomitas hacía mí y me golpeó en la frente. Me froté en el lugar, insultada. Yo era muy buena leyendo a la gente. —Tal vez, soy un buen chico, Katniss. Solté un bufido. —Tú puedes leer mucho de una persona por sus rasgos y lo que hacen con ellos. Sin embargo, llegar a conocer a alguien como realmente son, lleva tiempo —dijo.

—¿Qué puedes decir acerca de mí? —le pregunté— ...ya que eres un experto.

Peeta me miró como que no creía que yo estaba preparada para su evaluación. —Vamos —le rogué—, si vas a presumir de ello...

—Está bien... está bien. Vamos a ver...

Inmediatamente me arrepentí de mi decisión. Sólo le había dado permiso para mirarme fijamente y yo ya estaba ruborizada.

—Hay algo triste en tus ojos, tal vez es por lo grandes que son, o la forma en que caen hacia abajo como si estuvieran decepcionados. Definitivamente son vulnerables, pero valientes también, porque miras a todo como si lo estuvieras desafiando. Luego, está la forma en como pones tu barbilla. Eres desafiante y obstinada, y tienes una pequeña nariz snob que siempre apunta hacia el norte. Creo que pretendes ser una snob para alejar a las personas.

Me sentí enferma. Demasiado helada. Demasiada verdad.

—Y mi favorito, tus labios. —Él sonrió mientras un rubor rosa se deslizó hasta mi cuello—. Llenos y sensuales, fruncidos, y siempre hacia abajo en las esquinas. De ese tipo que me dan ganas de besar hasta que sonríen.

Me importuné. ¿Pensó en besarme? Por supuesto que pensaba en besarme. Los chicos siempre estaban pensando en ese tipo de cosas, cosas que llevaban a las relaciones sexuales. Por debajo de la mesa mis uñas se clavaron en las palmas de mis manos.

—¿Te estoy haciendo sentir incómoda? —Estaba inclinado hacia atrás en su silla, un codo descansando casualmente en la mesa.

Me tragué la pelota de voleibol de mi garganta. Mi corazón se comportaba como un tonto, ya que latía de forma esporádica.

—No.

—Bien, porque yo no te tomo por una mujer que generalmente se sorprenda, sobre todo cuando el deportista escolar demuestra que estaba equivocada.

Ahora me sentía a punto de desmayarse. Está bien, así que tal vez había un poco más de cerebrito de lo que pensaba. Crucé los brazos sobre mi pecho y entrecerró los ojos como los vaqueros hacían en el viejo oeste.

—Bien, ¿por qué fallaste el tiro?

—¿Por qué fallé el tiro? —repitió—. Porque me importaba saber más sobre ti que ganar otro juego.

Esta vez ni siquiera traté de ocultar la mirada atónita en mi rostro. Él me acababa de dar un gran cumplido, incluso mejor que el de besar mis labios. Olvídalo. Yo ni siquiera tenía un chiste para responder. No me importaba si mi ingenio me había fallado.

En nuestro camino a la salida nos detuvimos para echar un vistazo a los dulces y juguetes en venta.Como si el lugar no fuera lo suficientemente pequeño, tenían que llenarlo de basura. Peeta estaba estudiando algo en la esquina mientras yo lo estudiaba a él.

—Mira esto —me hizo señas.

Me introduje entre él y una fila de muñecos de peluche para echar un vistazo. Era una prensa de centavos, uno de esos fabricantes de suvenires de monedas donde debes entregar cincuenta centavos y un penique. La máquina entonces compacta el centavo y estampa el mensaje que quieras en su superficie recién aplastada, quedándose con los cincuenta centavos como pago. Peeta sacaba monedas de sus bolsillos como si hubiera consumido demasiado azúcar.

—Hazlo —dijo, dejando caer las monedas en la palma de mi mano. Deslicé el cambio en la angosta hendidura y presioné el botón de inicio. La prensa comenzó a tararear y vibrar gentilmente. Estaba muy consciente de lo cerca que estábamos de pie y me hubiera apartado si hubiera a donde ir. Toqué a algunos de los muñecos de peluche de la estantería. A medida que nos agachamos para recogerlos, la máquina hizo un pequeño sonido y la moneda cayó en la ranura de devolución con un tintineo. Se frotó las manos y me reí.

—Ahora aquí hay algo que no se ve muy a menudo —me dijo, golpeando ligeramente en la nariz. Me tragué mi rabia y puse mi rostro severo. Mi nariz estaba hormigueando ahora.

—Es sólo una máquina de recuerdos, cálmate.

—Aaah, pero esto no es cualquier máquina de monedas —dijo, señalando el anuncio el que yo, por desgracia, había dejado de ver. —Esta es la romántica máquina de monedas.

Palidecí. La moneda todavía estaba caliente cuando mis dedos la tomaron. Se la entregué a Peeta, sin siquiera molestarme en ver cuál era el mensaje.

—Bien, bien. —Su voz era petulante. La curiosidad pudo más que yo. Saqué el brazo hacia abajo hasta que la moneda estaba directamente en frente de mi cara y leí:Apropiado para un beso En cualquier lugar, en cualquier momento.¡Nervios! Salí de donde estábamos apretados y empecé a caminar hacia la puerta.

—Buena suerte obteniendo uno.

Él no dijo una palabra y no necesitaba hacerlo. Su pavoneo y la sonrisa en su rostro fue suficiente para decirme lo que estaba pensando. Le pregunté acerca de Rue en el camino de regreso a los dormitorios. Me dijo que sólo se citó durante una semana en su primer año y ella era una buena chica. En el tiempo en que me acompañó hasta mi dormitorio, estaba tan preocupada con pensamientos de él besándome, que me tropecé con mis propios pies.

—Cuidado, duquesa —dijo, agarrándome por el codo— si sufres un esguince, voy a tener que llevarte a la puerta. —Se rio al ver la expresión de horror en mi cara. —La mayoría de las chicas se excitan ante la posibilidad, ¿sabes?

—Yo no soy la mayoría de las chicas.

—Sí, lo noto.

Dio un paso hacia mí y me echó hacia atrás contra la puerta, tratando de presionarme contra la madera contrachapada. Estaba insoportablemente cerca. Colocando ambas manos a cada lado de mí cabeza, él estaba a escasos centímetros... centímetros de mi cara. Podía sentir su aliento en mis labios. Quería ver sus labios, mirar lo que estaban haciendo… pero mantuve los ojos fijos en él.

Si tan sólo pudiera mantener su mirada, él podría no notar que mi pecho subía y bajaba por mi trabajosa respiración, y que mis uñas se curvaron en la puerta detrás de mí. Movió su cabeza más cerca y prácticamente su nariz estaba tocando la mía. Mis labios se separaron. ¿Por cuánto tiempo habíamos estado allí? Se sentía como cinco minutos, pero yo sabía que era probablemente más como diez segundos. Se movió un milímetro más cerca. No había ningún sitio para ir.

Además, si me apretaba más contra la puerta, me fundiría en la madera. Tenía tanto miedo... pero ¿de qué? Me habían besado antes. Él hablaba y estaba tan cerca de mi cara, podía sentir el roce de sus labios contra la esquina de mi boca.

—No voy a darte un beso —dijo. Sentí mi corazón dar vuelco. ¿Estaba hacia arriba o hacia abajo? ¿Arriba o abajo? Yo no sabía si estaba decepcionada o aliviada. Retrocedió—. Hoy no, Katniss. Pero, voy a besarte. —Sentí una oleada de agitación que se remolino a través de mi vientre, que viajó alcanzado hasta mi pecho y mi boca.

—No.

Sonaba tan tonto, la palabra de desafío de un niño. No sé por qué lo dije, excepto para recuperar algo del control que él me había robado. Peeta ya se había vuelto a alejarse, pero mi "no" lo detuvo. Se dio la vuelta. Tenía las manos en los bolsillos. El pasillo parecía encogerse en torno a él, su presencia tragaba todo. ¿Cómo hace eso? Yo esperaba que dijera algo más, tal vez coquetear conmigo un poco más. En cambio, sonrió, miró al suelo, me miró... y se fue. Él ganó de nuevo. Ese pequeño movimiento había sido más fuerte, dejó más de una impresión que si hubiera presionado en realidad sus labios contra los míos. Ahora, yo tenía la sensación inminente de ser cazada.

Apenas tuve tiempo para procesar lo que acababa de suceder cuando la puerta se abrió de golpe y Johanna me llevó a la habitación por la cintura de mis pantalones.

—Cuéntamelo todo —exigió ella. Tenía rollos en su pelo y su rostro estaba cubierto de espuma en algo que olía a limón.

—No hay nada que decir —le dije misteriosamente, casi soñadora.

—Voy a dejar que te quedes con el jersey que te presté —Consideré esto un momento, antes de asentir.

—Me llevó a los heladería Jaxson's… —empecé.

¿Que les parecio su primera cita?

Espero que les vaya gustando el fic... este capitulo tambien fue del "Pasado" :)

Espero sus comentarios! :D

Nos leemos pronto