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Los Juegos Literarios — capítulo 16

Mantengo mi vista fija en el penitente. La criatura todavía no se mueve, pero tengo el presentimiento de que está a punto de atacar. Abre sus gigantes fauces y suelta un rugido áspero y desgarrador. Pero es interrumpido por algo, o más bien, alguien.

Edward se desplaza a una velocidad sobrehumana y atraviesa la distancia que lo separa del monstruo en menos de un segundo (literalmente). El vampiro le atesta una patada en el rostro y lo impulsa hacia afuera, haciendo que choque contra el muro que tiene detrás. Acto seguido, comienza a correr en la dirección por la cual habíamos venido.

Demasiado conmocionada por el repentino acontecimiento, necesito que Jace me agarre del brazo para reaccionar y ponerme en marcha. Luego de atravesar el hueco, contemplo al penitente desplomado contra la pared. Claramente no se esperaba la reacción de Edward. Mientras me alejo trotando, alcanzo a ver por encima de mi hombro como Harry extrae su varita y le dispara un hechizo antes de que logre levantarse.

  • ¡Petrificus Totalus! - dice, y el cuerpo de la criatura parece congelarse por completo. A continuación, se aleja corriendo para unirse a nosotros.

Edward lleva la delantera y parece ubicarse en el laberinto perfectamente. No vacila ni un segundo antes de doblar en un recodo y se nos hace difícil seguirle el paso. Es como si estuviera buscando algo con desesperación, como si necesitara ese algo y se sintiera terriblemente atraído a ello. Probablemente es Bella. Tratándose de vampiros, quien sabe qué clase de habilidad extraña poseen. O sea, este chico acabó con un penitente en menos de cinco segundos.

Mientras atravesamos los pasillos a toda velocidad, vuelvo a oír los familiares y escalofriantes ruidos que tanto me atormentan, aunque esta vez vienen acompañados de gritos humanos. Gritos de guerra. A medida que nos acercamos, las voces de los demás tributos son cada vez más claras y reconocibles.

Finalmente, doblamos a la derecha en un pasadizo y nos reencontramos con el resto del grupo, que se halla combatiendo contra dos penitentes. A juzgar por el aspecto de los muchachos, podría asegurar que ya habían derrotado a unas cuantas criaturas más antes de que nosotros llegáramos.

No lo dudo ni un segundo y comienzo a disparar flechas a los bichos, que aúllan de dolor cada vez que una bala los alcanza. Contemplo como Edward pega un salto abismal y aterriza en la cabeza de uno de los penitentes. Justo después, Jace hace exactamente lo mismo. Ambos muchachos hunden sus dagas en la piel del enemigo; los monstruos comienzan a perder el equilibrio.

Entre hechizos, balas, cuchillos, flechas, lanzas y espadas, los demás tributos terminan cortándole las extremidades a los penitentes para luego acabar con ellos de una vez por todas. Una vez que las criaturas ceden y se desparraman por el suelo, se instala un incómodo silencio, invadido por las respiraciones entrecortadas de los combatientes.

Unos segundos después, Edward corre a abrazar a Bella, Hermione hace lo mismo con Harry. Siento una pena enorme al observar el rostro hundido de Susan. No hace falta que nadie le diga que acaba de perder a su hermano para que se dé cuenta, por lo que se aleja del grupo, sollozando. Ahora me siento mal por ella. Si yo perdiera a Prim, mi actitud sería igual o seguramente peor. La muchacha ha estado aguantando todo este tiempo, manteniendo su posición firme y desafiante. Pero ahora el vaso se colmó y los sentimientos son demasiados como para dejarlos encerrados adentro. A todos nos ha pasado, siempre terminamos explotando.

Alguien me toca y al darme vuelta descubro que es Peeta, que me mira preocupado.

  • ¿Por qué abandonaste el grupo así? - me dice, irritado -. Estuve a punto de salir corriendo a buscarte. Creí que te habían secuestrado los penitentes o algo parecido.

  • Estoy bien, solo ayudé a Jace a liberar a los demás tributos - repongo a la defensiva -. Tienes que dejar de preocuparte tanto, yo también puedo manejarme sola.

Él se muestra ofendido por un segundo, pero luego cambia y adopta una actitud un poco más relajada.

  • Solo no vuelvas a dejarme sin avisar…

  • Okey, no hay más tiempo que perder - dice Tobias, interrumpiendo nuestra conversación, mientras se seca el sudor del rostro con la manga de su camiseta. Al igual que la mayoría de los tributos, tiene la cara manchada con barro y lastimada en varias partes.

  • Solo nos queda encontrar el traslador para escapar de aquí - añade Annabeth, que limpia su cuchillo con un pedazo de tela.

Un último paso. Solo un poco más, no puedo decaer ahora. Por más que mis ganas de abandonar todo sean inmensas, tengo que seguir aguantando hasta encontrar el traslador. Ya falta poco.  Tan poco…

Tomo la mano de Peeta y comienzo a caminar. A caminar hacia la salida.

Llevamos andando unos quince minutos, sin emitir ningún sonido más que el de nuestras pisadas. Justo cuando comienzo a acostumbrarme al misterioso silencio que se ha instalado, unos graznidos espeluznantes nos ponen los pelos de punta y todos apuntamos con nuestras armas al cielo.

Miro arriba justo en el momento en el que unas aves negras comienzan a precipitarse hacia nosotros. Blando mi arco en un intento de defenderme. Algunos de los animales emiten gritos humanos, por lo que deduzco que son charlajos. Los demás parecen ser simples cuervos y noto que una bandada se arremolina alrededor de Tris. Tobias les arroja cuchillos sin descanso, atestándole a cada uno de los pájaros. ¿Cómo es capaz de lanzar un arma tan letal de esa forma sabiendo que un movimiento en falso puede dañar a su novia?

Harry levanta su varita y de ella se desprenden varias lenguas de fuego, que achicharran a las aves y las espantan. Hermione se le une y, unos minutos más tarde, las llamaradas terminan dispersando los pájaros restantes.

  • ¿Está todo el mundo bien? - pregunta Percy, una vez que el grupo vuelve hallarse a salvo.

Distingo algunos rasguños y raspones en la piel de los tributos, además de algún que otro corte en la ropa. No puedo evitar recordar mis antiguas experiencias con los charlajos y las imágenes de los Juegos anteriores invaden mi mente. ¿Qué necesidad de hacernos sufrir otra vez de esta forma?

No nos detenemos ni un segundo. Supongo que es por la insaciable sed que sienten todos de hallar el maldito traslador y escapar de allí. Cada vez siento que estoy más inmersa en este lugar y eso me intimida ya que, si al final del recorrido no hay ningún traslador o salida, moriremos en este jodidamente interminable laberinto.

Como si fuera poco, las criaturas no dejan de aparecer. Nos topamos con cuatro demonios al final de un pasillo. Jace los llama "rapiñadores" y distingo una leve sonrisa pícara en su rostro al observarlos, como si estuviera deseando entrar en combate, por más peligroso y suicida que fuera ese deseo.

El cazador de sombras se lanza al combate hecho una furia, acompañado de Percy, Thomas y Tobias. Los tres chicos acaban con ellos antes de que los demás pudiéramos interferir, aunque, a decir verdad, Jace hace la mayor parte del trabajo. Después de todo, a eso se dedica: a cazar demonios.

Nos volvemos a poner en marcha. El clima se nubla mientras corremos y una leve tormenta se desata. Las molestas gotas dificultan la vista, pero no disminuimos la velocidad ni por un segundo. Después de haber peleado contra todo tipo de monstruos, un poco de lluvia no nos afecta en nada. Los relámpagos iluminan el cielo momentáneamente, emitiendo estruendos ensordecedores.

Finalmente, después de unos largos minutos de caminata, el hilo comienza a adquirir un inusual brillo.

  • Estamos cerca - dice Annabeth, y la esperanza se arremolina en mi pecho.

Atravesamos unos cuantos pasillos más hasta que arribamos a uno sin salida. El último pasillo. Al final de éste, un extraño objeto que no alcanzo a distinguir descansa sobre una mesa de piedra. Utilizando las pocas energías que nos quedan, corremos hacia él y nos detenemos para observarlo.

Se trata de un cilindro alargado, similar a un tubo de rayos catódicos. Percy lo toma y lo sostiene ante nuestras narices, mientras todos lo analizamos minuciosamente.

  • Es el Rayo de Zeus - dice el semidiós -. Pero está apagado, no tiene electricidad. No lo entiendo.

El silencio vuelve a instalarse. Si ese es el trasaldor, ¿por qué no está funcionando? ¿No se suponía que transportaba a las personas apenas lo tocaban? ¿Cómo podemos "activarlo"?

¿Todo esto ha sido en vano? No, es imposible. Debe haber algo, otro acertijo. Y no voy a parar de pensar hasta descifrarlo. Me obligo a buscar una solución, mientras trato de relacionarlo todo. El rayo sin electricidad, la tormenta que se desató de la nada, el Hilo de Ariadna… Mi cabeza trabaja a máxima velocidad para procesar la serie de acontecimientos.

Hasta que lo entiendo. Está claro ante mis ojos. He escapado del Vasallaje de una forma similar.

El rayo es el traslador. Pero no está activado. Necesito activarlo para que funcione y nos transporte.

  • Annabeth, dame el hilo; Percy, necesito el rayo - ordeno, incapaz de ocultar la excitación en mi voz -. Rápido

Los semidioses me dedican una mirada confundida, pero me entregan los objetos. Peeta se abre paso en la multitud para acercarse.

  • Katniss, ¿qué estás…? - pregunta.

  • Tú observa - le espeto.

Me pongo manos a la obra. Mis dedos se mueven a toda velocidad mientras ato el Hilo al Rayo con firmeza. Acto seguido, prolongo la longitud del "cable" al máximo.

  • Quiero que cada uno de ustedes se agarre al Hilo - solicito y todos obedecen sin emitir comentarios.

Cuando compruebo que todos sostienen un trozo, coloco el rayo en mi arco, como si éste fuera una flecha. Tenso la cuerda y apunto al cielo, rogando para mis adentros que todo salga bien. Las manos me tiemblan y no siento la reconfortante calidez que estoy acostumbrada a experimentar cuando empleo el arco. Por favor, funciona.

Suelto la cuerda y la flecha sale disparada en dirección a la tormenta. Un relámpago alcanza el Rayo de Zeus, que se enciende como una estrella en el cielo. A continuación, la corriente eléctrica es conducida por el Hilo.

Cuando ésta nos alcanza, siento como mi cuerpo es engullido por el poder mágico del traslador y pierdo la conciencia al caer en un gran vacío.