Los Juegos Literarios — capítulo 7
Al día siguiente, la cabeza me da vueltas cuando me levanto y me llevo una mano a la frente para comprobar su temperatura. Milagrosamente, no he tenido pesadillas. He dormido bastante bien. Por unos minutos, mi vida parece volver a la normalidad hasta que lo recuerdo y el hecho me golpea fuerte en el estómago. Hoy comienzan los Juegos.
Me recuesto nuevamente y permanezco allí, inmóvil, contemplando el vacío del techo. Aun no puedo creer que hoy regrese a la Arena. Mi mente ha pasado por tanto durante estos últimos años que ahora le cuesta procesar todo el asunto. Intento cerrar los ojos y olvidarlo todo por unos segundos, pero se me hace imposible y me invaden unas intensas ganas de gritar, llorar y romper todos los lujosos objetos que me rodean en este momento.
Como si fuera poco, tocan la puerta y no me hace falta abrirla para saber que es mi estilista. Ante la falta de repuesta, la muchacha vuelve a tocar.
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¿Señorita Everdeen? - me llama, con una voz aguda e irritante. Odio que me llamen así. Era la forma en la que Snow me llamaba.
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Un segundo - consigo articular, con voz ronca.
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Volveré en cinco minutos para ayudarla a cambiarse - dice, y oigo como el sonido de sus pisadas se va extinguiendo a medida que se aleja.
El silencio invade la habitación una vez más, hasta que solo alcanzo oír el sonido de mi profunda respiración.
Realizando un terrible esfuerzo, aparto las pesadas mantas y me pongo de pie.
***
El conjunto de este año consta de una remera color celeste, un pantalón largo color gris y unas zapatillas negras con una suela de goma bastante gruesa. El material de las prendas es similar a la fibra. También me fueron entregados unos guantes del mismo color que el pantalón. Todavía no comprendo para qué serán útiles.
Contemplo mi atuendo en el espejo, jugueteando con mi trenza para ahuyentar los nervios. A través del espejo, veo la silueta de dos guardias que se acercan con paso firme. Me doy media vuelta para recibirlos. Con un movimiento de cabeza, me indican que ha llegado el momento. Inspiro profundamente y comienzo a caminar en dirección al pasillo, escoltada por los dos hombres.
Después de subir por unas escaleras, salgo a la terraza del edificio en donde nos espera el aerodeslizador para despegar. Camino por la escotilla y, al ingresar al vehículo, noto que el resto de los Tributos ya se hallan adentro. Noto el peso de las miradas sobre mí y avanzo con la barbilla en alto. Distingo a Peeta y me siento a su lado. Él percibe que estoy extremadamente nerviosa y me agarra la mano con firmeza. Nuestras miradas se cruzan una vez más.
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¿Juntos? - pregunta.
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Juntos - respondo, esbozando una sonrisa triste.
A continuación, se oye el rugido de los motores al arrancar y el vehículo comienza a elevarse en el aire. Al principio siento un poco de nauseas, aunque creo que es más por los nervios que por el movimiento del aerodeslizador.
El viaje es una pesadilla. Me obligo a fijar la vista en el suelo para evitar mirarme con los demás Tributos. Peeta intenta entablar conversación, pero no logro retener nada de lo que dice, aunque creo que está hablando sobre el tipo de Arena a la cual cree que nos dirigimos. Noto que su remera es blanca, a diferencia de la mía. Observo la vestimenta de los demás y compruebo que se les ha asignado remeras blancas a los hombres y celestes a las mujeres.
Finalmente, el aerodeslizador aterriza con una fuerte sacudida en el suelo y la escotilla se abre lentamente. Abajo, nos esperan más guardias. Sigo al que me corresponde, que me conduce por las catacumbas hasta la habitación en la que se encuentra mi estilista.
La muchacha parece conforme con mi atuendo. Un escalofrío me recorre la espalda al distinguir el tubo de cristal detrás de ella. El tubo que me conducirá a una muerte segura. La estilista me abraza y su gesto me toma por sorpresa. Se lo devuelvo sin mucho entusiasmo. Acto seguido, se aparta, busca algo en sus pertenencias y vuelve a acercase a mí para colocármelo.
Es un pin de sinsajo. Aquel minúsculo símbolo me trae tantos recuerdos. Me obligo a sonreírle.
- Gracias - digo.
Ella ladea la cabeza con una expresión de ternura. Me invade la culpa al darme cuenta que no siento nada por ella. ¿Acaso debería? Suena la señal y camino hasta el tubo. Mis piernas tiemblan como si estuvieran hechas de gelatina.
El vidrio se cierra y quedo encerrada en aquel bendito cilindro. Sacudo la cabeza para apartar las imágenes de Cinna que se me vienen a la mente. Me pongo derecha y adopto una expresión firme. No voy a llorar. No ahora. Debo lucir fuerte.
La plataforma comienza a subir y apretó mis puños, que no paran de temblar.
Al salir a la superficie, la luz del sol me encandila y entrecierro los ojos instintivamente. Cuando por fin recupero la visión, descubro que me encuentro en un claro bastante extenso. El clima es soleado y despejado, y sopla un ligero viento. Unos cuantos metros delante de mí, se alza la Cornucopia dorada. Analizando el lugar con la mirada, noto que el patio en el cual nos encontramos está bordeado por cuatro inmensos muros de piedra gris que forman un cuadrado perfecto. Distingo una abertura en cada uno de ellos, que conduce a un pasadizo.
Antes de que alcance a procesarlo todo, un sonido rasga el aire y salgo disparada a toda velocidad hacia la Cornucopia.
Distingo un arco escondido entre medio de unas mochilas. Mi vista se focaliza exclusivamente en el arma y corro lo más rápido que puedo hacia él. Siento como la adrenalina se apodera de mi cuerpo. Otra figura en movimiento se acerca a mi objetivo. Por suerte, soy más veloz que Susan y llego antes que ella. Apenas lo alcanzo, mis dedos lo agarran con firmeza, cargo una flecha y apunto a ella. Suelto la cuerda, pero el disparo falla. Decido olvidarme de Susan, me cargo el arco al hombro, cojo una de las mochilas y comienzo a correr hacia los muros de piedra.
Entro por una de las aberturas. Me interno en el pasillo que éstas forman y no me detengo. Me topo con una bifurcación y mi instinto me indica que debo doblar a la derecha. El sonido de mis pisadas retumba por todo el lugar, sumado a mi respiración entrecortada. Más adelante, los pasillos vuelven a dividirse en dos y me veo obligada a doblar sin pensar.
Cuando por fin estoy segura de que me encuentro completamente sola, me detengo a recuperar el aliento. Apoyo mis manos en las rodillas y me inclino hacia delante, exhausta. Una vez que mi respiración vuelve a la normalidad, vuelvo a erguirme para examinar el lugar.
Estoy entre medio de dos paredes de piedra. Incrustada en la roca, se escabulle una planta, una enredadera. Me pongo en movimiento nuevamente y camino hasta el final del pasillo. Me encuentro con una bifurcación nuevamente. ¿A dónde se supone que conducen estos pasadizos?
Hasta que lo comprendo. No se supone que deban conducirme a ningún lugar. Porque estoy en un laberinto.
Después de analizar el contenido de la mochila que agarré en la Cornucopia (una botella con agua, unos paquetes de comida, una soga y una bolsa de dormir), me cuelgo mis pertenencias al hombro y sigo caminando. Como al ingresar al laberinto no tuve en cuenta ningún patrón a la hora de doblar por los pasillos, ahora no recuerdo en qué dirección se encuentra el claro en el cual aparecí por primera vez. No obstante, no tengo intenciones de volver allí.
Camino y camino por varias horas, recorriendo el lugar en busca de algo, o de alguien. La verdad, la idea de encontrarme en un laberinto me intimida. Tengo una sensación de inseguridad en el pecho que no puedo sacarme de encima. Cada vez que doblo en un recodo, el pulso se me acelera, pero luego disminuye cuando me doy cuenta que estoy sola.
Continúo avanzando, distraída, con la mirada perdida en la tupida enredadera que se extiende por los muros.
Hasta que oigo un ruido y me detengo abruptamente. Agudizo el oído para oírlo mejor, pero ya se ha extinguido. No obstante, presiento que algo anda cerca. Coloco una flecha en posición instintivamente.
Percibo un cambio de temperatura. Las plantas que se escabullen por la roca gris comienzan a marchitarse y observo como se extingue el color y la vida que antes las caracterizaba. Sopla una corriente gélida que me provoca escalofríos. ¿Qué está sucediendo?
De repente, doy un respingo al distinguir una silueta al final del pasadizo. Su forma se asemeja a la de un humano, aunque no es un tributo, ya que es de gran estatura y está cubierto por una capa raída de color negro. No alcanzo a distinguir su rostro con claridad. Cuando bajo la vista, descubro que la criatura está… volando.
Me entra el pánico y comienzo a correr con intención de escapar de aquel monstruo. Algo me dice que mis flechas no podrán hacerle daño y, por lo tanto, me encuentro indefensa ante él. Si bien me considero bastante veloz corriendo, mi oponente avanza el doble de rápido que yo volando y no tarda mucho en alcanzarme.
La criatura se interpone ante mí y me obliga a retroceder. Doy un traspié mientras camino marcha atrás, tropiezo y caigo al suelo. Ahora que está más cerca, puedo observarlo mejor. El monstruo carece de un rostro definido, pues donde se deberían de encontrar los ojos hay una especie de membrana y su boca es un orificio abierto.
Se acerca y se queda suspendido encima de mí, como si estuviera analizándome. Entonces, su boca comienza a succionarme, a absorber una parte de mí, aunque no distingo cuál. Mientras lo hace, me siento vacía, como si se estuviera llevando mis sentimientos.
Me hallo inmovilizada como una presa. Es mi fin.
Las imágenes se tornan borrosas y comienzo a perder la conciencia.
Aunque, un segundo antes de desmayarme, oigo una voz femenina que grita algo sin sentido y su voz suena retumba por los pasillos.
- ¡Expecto Patronum!
Acto seguido, distingo un gran destello blanco que me encandila y, finalmente, caigo rendida en un profundo sueño.