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Legolas y Tauriel — capítulo 11
Un largo año después del acontecimiento más grande de mi vida, en el que yo pasé ese tiempo en La Comarca disfrutando de mi agujero y de mi precioso botín, claro está. En el que la paz, momentáneamente, llegó a la Tierra Media. La verdad es que muchas cosas siguieron igual. El Bosque Negro siguió siendo un bosque viejo y enfermo. Los enanos y los elfos siguieron enemistados a pesar de luchar juntos. Lo que se consiguió fue que en Erebor, gracias a la muerte de Smaug el Dorado, hubo un nuevo rey bajo la montaña, Dáin. Porque Thorin Escudo de Roble pereció en la batalla, junto a sus sobrinos Fili y Kili. Se les brindó un entierro digno del clan de Dúrin. Y sí, ahí permaneció Tauriel viendo como sepultaban al enano Kili. Claro está, que durante casi todo este año permaneció en el Reino del Bosque a las órdenes de Thranduil. ¿Pero me preguntareis, Bilbo y que fue del príncipe del Bosque Negro después de la batalla? ¿Después de que le rompieran el corazón?
Bueno, pues durante todo ese año, Legolas permaneció con los Dúnedain, en el norte, junto con un jovencísimo Aragorn, enamorado de la hija de Elrond, Arwen.
En esos doce meses, Legolas añoraba con volver a la que siempre fue su casa. Después de todo un año en el norte, una noche Legolas volvió de un largo día de caza junto a Aragorn y el primo de éste, Halbarad.
Cenaron y después de esto, los tres se sentaron antes de ir a dormir, alrededor de una hoguera.
-Mañana tenemos que ir a Fornost. Me han informado de que una pequeña hueste de trasgos han invadido sus ruinas-Dijo Halbarad mientras se comía un buen muslo del cordero.
-Tu como siempre Halbarad, pensando en la lucha. Descansa, que ha sido un día largo-Respondió Aragorn a su primo.
-¿Qué te pasa Legolas? Últimamente te veo un poco triste y casi ni duermes-Añadió Aragorn dirigiéndose al elfo interrumpiendo sus pensamientos.
-Mañana partiré al Bosque Negro. Creo que es hora de volver a mi casa, con mi gente.
-¡Oh, venga! ¿No será por la elfa esa de la que nos hablaste?-Preguntó Halbarad mientras seguía despedazando el cordero.
-Déjale en paz. Si él considera que ha llegado el momento de partir, es su decisión. Siempre tendrás un techo con comida caliente aquí Legolas-Dijo Aragorn dirigiéndose al elfo tomándole del hombro.
-Muchas gracias por todo el cariño con el que me habéis tratado desde que llegué. Nos volveremos a ver, seguro. Y no, no es por la elfa, Halbarad. No creo ni que esté en el reino.
-¿Pero que pasó exactamente entre vosotros Legolas?-Preguntó Aragorn con atención, al igual que Halbarad.
-Yo estaba enamorado de ella, pero mi padre no nos permitía estar juntos, ya que ella era una plebeya. Se enamoró de uno de nuestros prisioneros enanos. El enano murió salvándola y se quedó con él. Después de tanto tiempo conmigo, después de tantas cosas juntos, ni me dirigió la palabra. Sólo tenía ojos para él. Pero no la guardo rencor. Era hermosa, era diferente a las demás doncellas elfas que he visto….si me hubiera casado alguna vez, habría sido con ella, sólo ella…
-¿Pero la sigues amando?-Preguntó Aragorn de nuevo.
-Siempre, es el amor de mi vida.
-¿Cómo se llamaba?-Preguntó Halbarad asombrado.
-Tauriel….bueno me voy a la tienda, mañana hablamos. Tengo un gran viaje mañana.
A la mañana siguiente, el príncipe partió despidiéndose de sus amigos y agradeciéndoles todo el cuidado con el que le habían tratado.
Tardó tres largos días en llegar a la que siempre fue su casa.
Cansado y fatigado, llegó a las puertas del Reino del Bosque, dónde le esperaba su padre.
-¡Hijo, por fin volviste! Te echábamos de menos-Dijo Thranduil alegre abrazando a su único heredero.
-Veo que no has cambiado, padre. Los Dúnedain son buena gente. ¿Qué tal va todo por aquí?
-Como siempre hijo. Con las arañas molestándonos y algún que otro grupo de orcos. Todavía seguimos recuperándonos de los daños de la batalla. Pero no hablemos de mí, sino de ti.
-Perdona padre, estoy cansado del viaje. Necesito ir a mi habitación sino os importa.
-Muy bien, lo tienes todo igual desde que te marchaste…esta noche se celebrará una gran fiesta. Mi primogénito ha vuelto.
Legolas abandonó a su padre y se dirigió a sus aposentos con el único objetivo de descansar y reponer fuerzas.
Se tumbó en su fino colchón de seda y lino, dejando su largo arco, sus dagas y su carcaj en una encimera. Al instante, se durmió en un largo sueño. Dejando pasar las horas.
El príncipe no era consciente de que mientras el dormía, la elfa de cabello rojo como el fuego, a la que siempre amó y a la que creía desaparecida, estaba entrenando en el gran patio.
Seguía igual, durante todo ese año, consiguió olvidar a Kili, asistir a su funeral y volver al Bosque junto a su rey como una superviviente y con magníficos honores. Después de eso, se tomó cuatro meses de vacaciones explorando otros territorios de la Tierra Media. Pero nunca se olvidó de Legolas, le añoró durante mucho tiempo.
Todo el mundo corrió la voz, el príncipe había vuelto.
-Tauriel, ¿a qué no sabes quién ha vuelto al reino hace unas horas?-Preguntó un guardia a la capitana confundida y esperando a que este continuara.
-¡El príncipe Legolas! Si hasta van a celebrar una fiesta esta noche en honor a su regreso.
Al decir esto, los ojos de Tauriel brillaron la vez que lucía una cálida y hermosa sonrisa. Tenía tantas cosas que contarle, tantas cosas que hacer con él. Se marchó del patio en medio del entrenamiento, hacia los aposentos del príncipe.
-¡Mi capitana! Thranduil ha prohibido que le interrumpan en su descanso.
-Bueno, no le quiero molestar, le veré en la fiesta…