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La chica que flotaba entre sueños — capítulo 1

Estaba muerta, y una vocecita muy dentro de mí, se preguntaba, si no lo habría estado toda la vida.

La sensación, desde luego, no era nueva.

Ni más ni menos, que el sabor que se te queda después de saborear un ácido limón. Así me sentía, la única pega, era que yo odiaba ese sabor.

Pero después de unos días, mi cuerpo se acostumbró. Además había otras cosas mucho más importantes en las que pensar. Mi familia, por ejemplo, ¿Dónde estaban?

Cuando paso lo que paso, mis ojos se abrieron y me desperté en una hermosa pradera llena de hierba fresca. En ese momento no entendía nada, ya que lo único que recordaba antes de caer redonda, era el ruido de un frenazo, que supuse era el de un coche, y gritos, muchos gritos.

Anduve por lo menos dos horas, bueno en realidad, no era exactamente andar, más bien flotar, si, flotaba sobre una hermosa pradera como llevada por el viento.

Al fin, después de días flotando, me encontré con un señor mayor que estaba plantando naranjas. Me acerque a él lo más que pude, pero él no parecía verme. Pensé, que al ser tan mayor estaría mal de la vista pero cuando me fui a acercar  más, me acerque tanto que acabe cayéndome encima de él. Lo extraño de todo esto, es que no llegue a rozarle, ya que en vez de tirarle, le acabe traspasando. Fue en ese momento cuando supe que estaba muerta.

Después de tan inesperada conmoción seguí mi camino hacia ninguna parte, flotando y flotando sin descanso. En el camino, vi muchas cosas raras: niños cubiertos de barro, payasos sin nariz y un sinfín de señores mayores plantando naranjas.

Pero lo que más me sorprendió sin duda, fue lo que ocurrió una noche, en la que una estrella, solo una, cubría el cielo a la vez que lo iluminaba.

Yo estaba sentada en la hierba, mirando la pequeña estrella, cuya luz de un tono violeta, alumbraba las casas de aquel pueblo, cuando, un chico apareció calle abajo con una regadera en la mano, y la mar de contento.

Con una sonrisilla traviesa, se subió a un taburete, y alargo la mano derecha. Se le contrajeron los músculos de tanto estirar  la mano, pero el pequeño niño, no resistió de su empeño, hasta que la pequeña estrella de luz violeta se despegó  del cielo y se posó en su mano delicadamente. Entonces, cogió la regadera y echo lo que contenía sobre ella.

La luz, perdió todo su color, y cuál fue mi sorpresa al comprobar que la pequeña estrella se había convertido en una enorme esfera brillante. El niño, aun sonriendo, lanzo con todas sus fuerzas la esfera al cielo, y esta,  una vez que se posó correctamente, adopto la forma del sol.

Desde ese momento, cada vez que la noche llegaba a su fin, y los primeros rayos de luz me despertaban, me acordaba de la sonrisa de aquel niño inocente, y del trabajo que tendría día a día, como encargado de traer la luz al mundo.

Los meses fueron pasando, y mis ojos contemplaron tanta felicidad y dolor, que pensé que me inflaría como una pelota y acabaría explotando. Además, los recuerdos, se me fueron nublando, y en ocasiones, era incapaz de recordar el color de las cosas, o la forma que tenían.

Pero a pesar de todo, seguí flotando, sobre agua, nieve, fuego…incluso personas, que como yo, habían terminado su camino antes de tiempo, aunque ellos no parecían dispuestos a volver. Sus cuerpos estaban llenos de sangre y ceniza, y sus voces tan solo eran audibles, para las mentes  más dementes. Flote cerca de sus corazones, y no oí nada, ni la menor suplica de piedad. Tan solo se escuchaban lamentos, voces que llamaban a un ser superior pidiendo perdón, o suplicando por las almas de los caídos que nunca resurgirían de sus cenizas. Pero no eran sus voces.

Me aparte de su camino, pues yo quería volver a casa, y aquel camino tan solo me conduciría a la locura.

Después de eso, el mal tiempo golpeo a todos los lugares por los que pasaba, llenándolos de agua, nieve y haciendo tambalear sus casas por culpa del viento. Eso hizo que tuviera que tomar un descanso, ya que era muy cansado, al igual que inútil, intentar flotar mientras el viento me lo impedía.

Me refugie en una casa de techos altos, donde vivía una pareja joven y su hija, de largos rizos negros. Ella no podía verme, pero yo siempre la observaba con el fin de  escuchar las largas y provechosas conversaciones que tenía con su osito de peluche, de nombre Tommy.

Esa noche, hacía mucho frió, y el viento parecía más furioso de lo normal. Aun así, yo dormía profundamente.

Mientras mi cabeza imaginaba dulces con mucho azúcar, y bombones de jugoso chocolate negro, un  grito hizo que me despertara de aquel sueño.  Desde el primer segundo supe que era la pequeña  quien gritaba, y rápidamente subí hasta el piso de arriba.

La niña, con los ojitos tristes, estaba subida a la cama, alargando la mano, en un vano intento por recuperar su osito de peluche que había ascendido hasta el techo, y salido por un gran agujero, consecuencia de la tormenta.

Al ver aquella escena, flote con todas mis fuerzas hasta recuperar el osito de peluche, y una vez que lo tuve entre las manos, lo  tire abajo con todas mis fuerzas. La niña lo recogió en sus brazos, como si fuera su propio hijo, y con una sonrisa, agradeció su suerte entre sollozos.

Yo no podía estar más feliz, y mientras pensaba en los momentos buenos de la vida, una brisa de aire helado, paso a mi lado y me llevo consigo, alejándome de la niña, cuyos ojos, nunca más estarían tristes.

Volé con el viento durante tanto tiempo que olvide todo lo que me había pasado, olvide que hacía y quien era. Tan solo seguía el camino que el viento dejaba, como una alargada sombra.

Hasta que el viento dejo de soplar, y comencé a caer y a caer. El problema era que había olvidado como flotar.

Mi cuerpo cayo de bruces contra un riachuelo de agua cristalina, llena de peces de escamas azules. La corriente me llevo, y yo deje de luchar contra ella.

Finalmente, como en el final de un sueño, vislumbre una luz brillante. Mire hacia el cielo, y vi una pequeña estrella, pero tan pronto como había aparecido, desapareció, dejando al mundo, en la más absoluta oscuridad.

Pestañee seguidamente, pero no fue hasta un par de segundos después, cuando  otra luz, esta vez mucho más potente que la anterior, volvió a iluminar el cielo. Era el sol, que había llegado más pronto de lo normal. La luz que proyectaba era más fuerte que nunca, y gracias a sus rayos anaranjados, pude ver que el final del riachuelo, era en realidad  una gran cascada.

Mire de nuevo al cielo, implorando  mi  salvación, pero nadie me contesto. Volví la vista al agua, y entonces el reflejo de un niño apareció entre las aguas agitadas por el viento. Un niño con una sonrisilla traviese que me miraba desde el cielo mientras sus ojos verdes, se reflejaban en el agua.

En ese momento lo recordé todo: la esfera brillante que adopto la forma del sol, y los ojitos tristes de la niña de rizos negros. Recordé como el viento me había arrastrado por el cielo, y lo más importante, recordé que estaba muerta.