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Let it burn — capítulo 1
Capítulo I
Sangre
—¿Jack?
Bum.
Bum, bum.
Bum.
Bum, bum.
Escuchaba su propio corazón latir a cámara lenta, sin embargo, tenía la certeza de que en realidad iba a una velocidad no muy recomendable para la salud del órgano. Lo miró a los ojos sin parpadear si quiera, buscando en ellos un atisbo de desconocimiento o de rechazo. No podía ser él, no podía. Estaba muerto. Estaba. Estaba. Estaba. Pero reconocería los ojos de Jack entre millones de ojos verdes; y ésos, incluso empañados de culpabilidad y cargados de años que no le correspondían con su verdadera edad… eran los ojos de Jack.
—Hola, Catherine.
¿Hola, Catherine? ¿En serio? Después de haber estado tres años ausente, dándolo por muerto a él y a sus padres, la única cosa en el mundo —habiendo millones de tipos de disculpa— que se le ocurría decir era "¿Hola, Catherine?". Jack pareció percatarse de sus pensamientos (o la rabia que comenzaba a bullir en su interior era lo suficientemente evidente) por la manera en la que tragó saliva. No había pensado suficiente en las consecuencias que le traería presentarse así en casa de sus abuelos tras tres años de desaparición. No había pensado, por supuesto, en que la reacción de su hermana podría derivar del llanto contenido a la rabia por el abandono.
Cat se acercó a Jack, como si se tratara de una aparición; apenas podía creérselo. Estaba allí, de verdad.
Jack contuvo el aliento. Había imaginado muchas veces ese momento. El enorme abrazo que su querida hermana le daría, las lágrimas que llorarían juntos tras el ansiado reencuentro, o quizás el sinfín de preguntas que ella le haría, bueno, que todos le harían en general. Había ensayado diez mil veces las respuestas, y el discurso de lo muchísimo que lamentaba todo y cómo había echado de menos a su familia.
Pero sin lugar a dudas, en su mente jamás habría cabido ni siquiera la posibilidad de que ella lo recibiera así.
Un estallido sordo sonó cuando la pequeña mano de Catherine se estrelló con toda su fuerza en la cara de Jack.
—¡¡Tres años!! —Ella empezó a gritar, furibunda—: ¡Tres años…! ¡Y lo único que se le ocurre decir a tu imbécil cabeza hueca es decir: hola, Catherine! ¡¿Pero eres tonto?! ¡¡A qué estás jugando!!
Jack ni siquiera se atrevió a llevarse la mano a su dolorida mejilla, que seguramente quedaría marcada con la silueta rojiza de una mano abierta. Sin duda alguna, Cat seguía teniendo el mismo mal genio de siempre. Una sonrisa se asomó en las comisuras de sus labios, pero por miedo a que la rubia pensara que se reía de ella, no se atrevió a esbozarla abiertamente.
Entre tanto, Cat vociferaba como una energúmena, pidiendo explicaciones con las lágrimas quemándole en los ojos. Pero Jack sabía que no lloraría, al menos no delante de él; era demasiado orgullosa para ello.
—Perdón.
La verdad era que Jack estaba tan perdido como un niño pequeño. No sabía cómo enfrentarse a la furia de su hermana y aquellos discursos tantas veces repetidos en su cabeza se habían esfumado por completo, dejándolo a merced de sus palabras.
A pesar de todo, con aquella simple palabra de arrepentimiento, Catherine pareció calmarse y se quedó muy cerca de él, con los brazos cruzados y ya sin ser capaz de mirarlo a los ojos.
Jack la miró detenidamente. En realidad sí que había cambiado. Muchísimo. Ya no era como cuando de niños, que apenas se los distinguía. Su cara era fina, de pómulos marcados y de piel clara y sonrosada, muy diferente a la de él, que tras tres años de duro entrenamiento a la intemperie, se había vuelto morena y curtida. Su pelo seguía teniendo aquel rubio intenso como el de Jack, pero muchísimo más largo de lo que él la recordaba, cuando tenía catorce años y ni siquiera le llegaba a los hombros. Su larga y brillante cabellera rubia había crecido como una enredadera, rozando su delicada cintura. Lo único que Jack veía tal y como lo recordaba eran sus ojos, idénticos a los de Jack... Aquel verde vivo en los que se veía reflejado como en un espejo.
Si no se hubiera tratado de su hermana, probablemente habría pensado que era una de las chicas más guapas que había visto en su vida.
Y en aquel momento, le dio igual de Alexander y de Victoria, que los miraban en tensión sin poder evitar sentirse totalmente fuera de lugar, le dio igual de Kirtash, que les pisaba los talones, de Shail, de Idhún, de la Resistencia… y la abrazó con todas su fuerzas.
—Lo siento, Cat —cerró los ojos, hundió la cara en el pelo de ella y respiró el familiar perfume de su hermana—. Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento…
Su voz era ronca, y sentía un enorme nudo en la garganta que luchaba por deshacerse en lágrimas.
Catherine no se resistió, ni siquiera se movió cuando Jack la estrechó entre sus brazos. Se quedó quieta, esperando a que la ilusión se desvaneciera y su hermano desapareciera de allí y volviera a quedarse sola, tal y como llevaba durante tanto tiempo.
—Si has venido para volver a irte, vete ya y déjate de tonterías —sonó dura e impersonal.
No era eso lo que quería decir. Quería decir que lo había echado de menos, que lo quería, que no volviera a dejarla sola, que había soñado con aquel momento durante tres años todas las noches, que la vida había sido un infierno desde que había llegado a su casa y la había encontrado vacía. Pero se obligó a si misma a mantenerse estoica e impasible. Jack se iba a volver a ir. Pero en vez de expresar todo lo que quería, se separó de su abrazo bruscamente y dio un paso atrás.
—Bueno… Cat, verás, yo… —ni siquiera sabía por dónde empezar. Miró a Alexander y a Victoria, en busca de ayuda, pero ellos no entendían el idioma en el que hablaban, por lo que no pudieron hacer nada más que mirarlo.
Sólo podían intuir un poco la situación y la tensión que rodeaban a los dos hermanos, y Victoria decidió que era mejor dejarlos solos, por lo que empujó a Alexander para salir al jardín que daba la puerta de la cocina.
—Cat, quiero explicártelo todo, de verdad —comenzó, una vez se hubieron quedado solos—, pero aquí no puede ser. Tenemos que irnos, es importante.
Catherine se quedó apenas un momento mirándolo, sopesando la situación. ¿Dónde había estado durante todo aquel tiempo? ¿Por qué volvía ahora? ¿Y por qué debían irse? Las preguntas comenzaron a arremolinarse de nuevo en su cabeza.
—Ven conmigo, confía en mí —ella lo miró con desconfianza, sin saber si aceptar su propuesta y Jack pareció darse cuenta de sus dudas, porque insistió de nuevo, casi suplicando—: Por favor, Cat. Confía en mí.
Jack la cogió de la mano y ella entornó los ojos.
—¿Y papá y mamá? —demandó, casi con urgencia.
Tenía la esperanza de que, si Jack había vuelto con vida, sus padres aún podían estar esperándola, en algún lugar, pero por el rictus de dolor que se dibujó en sus facciones supo que aquello no era así.
—Te lo explicaré todo, pero no aquí —susurró Jack, presa de una profunda nostalgia—. Victoria y Alexander… quiero decir, ellos dos… Bueno, nos están esperando Catherine. Vamos.
Al principio pensó en resistirse. Jack había vuelto de entre los muertos muy cambiado, en compañía de personas a las que no había visto en su vida y sin querer dar explicaciones inmediatamente. Pero Catherine necesitaba saber… Y si acompañar a su hermano era la única manera de conseguir respuestas, lo haría.
—Vamos —repitió ella, poco convencida.
Una sonrisa de alivio iluminó la cara de Jack y salió al jardín, donde Victoria y Alexander esperaban sentados en la hierba fresca. Cuando los vieron salir, Victoria se levantó de un salto.
—Vámonos, Vic —dijo Jack, hablando en idhunaico de nuevo.
Ella sonrió y asintió. Alexander lo miró con aprobación y Catherine con desconfianza; ¿en qué idioma estaba hablando? Y, ¿desde cuándo él sabía hablar otros idiomas a parte del inglés y el danés?
Alexander y Jack agarraron las manos de Victoria y el segundo extendió la mano que quedaba libre hacia Catherine y enarcó una ceja, divertido.
—Vamos —apremió—, agarra mi mano.
Cat le hizo caso, dubitativa.
Y de pronto, sintió un tiró en el estómago, como si una fuerza tirara de ella. Intentó gritar, pero una terrible presión en sus oídos se lo impidió y, llena de pánico, perdió el conocimiento. Lo último que pudo ver fue la cara de Jack. Su preciado hermano había vuelto.