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Historia 180614 — capítulo 11

Nunca había sentido aquello hasta conocerla. Ni siquiera, por muy a gusto que estuviera, se sentía así en la madriguera.

Era un departamento en medio del Londres muggle, donde habían decidido vivir. Quizás fue algo caro comprarlo, por sus paredes de ladrillo y sus pisos de madera lustrada, pero era el lugar mas perfecto que habían visto.

Harry, con su mayoría de edad, había recibido varias escrituras de casas pertenecientes a ancestros Potter y Black que no le interesaban, por lo que terminó por venderlas.

Después de que Ginny terminara Hogwarts, habían decidido, a pesar de las quejas de Molly y sus seis hijos varones, que vivirían juntos. Y ahí había empezado la ardua búsqueda de la casa perfecta.

Ginny, de manera muy lógica, había dicho que una gran casa se sentiría vacía para ellos dos mientras no se casaran y tuvieran niños, entonces habían encontrado aquel departamento perfecto.

Mitad mágico y mitad muggle, repleto de mantas calentitas y fotos de momentos alegres, con una chimenea (que en realidad era de adorno, pero con un poco de mágica funcionaba muy bien) frente a los mullidos sillones, la amplia cama matrimonial y la cocina donde cada mañana veía a Ginny cantar y bailotear descalza mientras preparaba el desayuno.

Era su hogar, pero no era solo cosa del departamento, la pelirroja era su hogar.

Porque aquellas mantas y sillones no serían iguales si Ginny no estuviera junto a él acurrucada, intentando entender como funcionaba la tele muggle. La cama matrimonial no sería lo mismo si las sábanas blancas no contrastaran contra sus pecas y su melena roja. Incluso la licuadora no sería igual, si Ginny no se manchara el labio cada vez que tomaban batidos de fresas.

Había algo en ella, cuando se sentaba en el suelo, frente a la puerta de vidrio del balcón,  desnuda pero envuelta en alguna de las mantas o simplemente con su camisa y miraba la vista de Londres, algo que hacía que su corazón se acelerara y a la vez bajara el ritmo.

Incluso había aprendido a disfrutar las heridas de sus entrenamientos de auror, porque sabía que al llegar, las pequeñas manos, a veces frías, lo curarían con cuidado.

Le fascinaba cuando, después de tener sexo, ella hablaba sobre las cosas que tenía que comprar para un postre que había descubierto en la tele muggle, un postre que no le saldría porque su pequeña pelirroja era todo menos buena cocinera. Ahí es cuando él llegaría y la encontraría con las mejillas llenas de harina o chocolate (dependiendo el experimento) y comería cualquier cosa que ella le diera, porque moriría felizmente intoxicado con tal de ver esa sonrisita que se formaba en su rostro cuando le decía lo rico que le había quedado el pastel quemado.

Era una cosa que lo enloquecía, le daba paz y lo hacía olvidarse de todo lo que había sufrido en la vida. Todo tenía sentido cuando Ginny y él hablaban sobre sus futuros hijos y como sería el vestido que ella usaría en la boda, o solo sobre a quién le tocaba separar la ropa sucia de la limpia que dejaban tirada por los rincones y siempre era gracioso encontrar un par de braguitas que él mismo le habría quitado en algún momento en que no tenían paciencia suficiente para llegar a la cama.

El pequeño rinconcito de Ginny que nadie más conocía, ese refugio cálido que solo ella le daba, mientras acariciaba sus hombros y lo besaba, ese era su hogar, estuvieran donde estuvieran. 

Dedicado a Ailuu10 que sugirió esta palabra.