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Orgullo de fieras — capítulo 3

Llegar a las montañas del Este les llevó más de lo esperado, y para cuando alcanzaron sus faldas rocosas y gélidas no sentían ya los dedos del frío. Incluso Malfoy había decidido firmar una tregua y cerrar la boca a lo largo del trayecto.

Una vez se encontraron cobijados por la inmensidad de aquellas moles de hielo y piedra, los cuatro se detuvieron.

—¿Qué se supone que estamos buscando exactamente? —preguntó Ginny.

—Pues… algo que pueda servir de refugio. Un sitio más o menos cerrado. Seguro. Que pueda protegernos de tormentas de nieve y animales salvajes.

—¿Animales salvajes? —repitió Malfoy, frunciendo la nariz, pero Hermione no le prestó atención.

—Algo así como una cueva, ¿no? —preguntó Zabini.

—Sí, eso es. Pero debemos tener cuidado, no vayamos a meternos en la guarida de algún lobo.

—¿Lobos?

—Oh, Malfoy, cállate ya —le silenció Ginny con un mohín.

—Está bien. Esta montaña de aquí no parece muy grande, ¿no? Podemos rodearla y buscar algún recoveco en ella.

—Tardaríamos demasiado, Zabini.

—Tienes razón… ¿y si nos dividimos? Dos parejas. Una por cada lado. Y ya nos encontraremos en el otro extremo de la montaña. ¿Os parece?

—Genial. Yo voy contigo, Blai… —pero a Malfoy ni siquiera le dio tiempo a acabar la frase, porque su compañero y amigo ya había enredado sus brazos cual pulpo en torno a la cintura de Ginny, que se sonrojó.

—Yo con la pelirroja. No hay más que hablar.

—Zabini, ¿por qué no me dejas ir a mí con Ginny y tú te pones con Malfoy? —pidió Hermione, sintiendo que el mundo se le venía encima. Pero Blaise escenificó un puchero infantil mientras se aferraba con más fuerza a la otra chica, que se encogió de hombros a modo de disculpa.

—Pero Granger… —dijo él, con un tono de voz meloso y dulce—. Estas pruebas tienen también como finalidad estrechar lazos entre alumnos de distintas casas. Eso dijo McGonagall, ¿verdad? ¿Y qué sentido tendría entonces que fueran las dos Gryffindor por un lado y los dos Slytherin por otro, pudiendo mezclarnos? Al menos, eso es lo que a la profesora le hubiera gustado, ¿no crees? ¿Tú qué piensas?

—Yo… eh… —Hermione sintió que su determinación se derretía bajo el teatro de Zabini, y se dio cuenta de que no tenía escapatoria lo mirase por donde lo mirase.

Al fin y al cabo, solo sería un paseíto de reconocimiento en torno a la montaña.

¿Verdad?

—Está bien, Zabini, tienes razón. Malfoy y yo nos vamos por este lado. Vosotros por el otro. Nos veremos en el extremo contrario. Si una de las parejas tarda más de un par de horas en llegar, que la otra vaya en su busca. ¿Todo claro?

—Cristalino —sonrió feliz Zabini, que enganchó por la muñeca a una aturdida Ginny y la arrastró hasta que ambos se perdieron tras unas rocas.

—Sí, qué perfecto todo. Tanta cooperación me va a hacer llorar de la alegría.

Hermione se volvió haciendo una mueca. Había olvidado momentáneamente que Malfoy seguía allí.

—Vamos. Cuanto antes empecemos, antes terminará esta tortura.

—Lamento decirte, Malfoy, que te muevas lo rápido que te muevas nuestra estancia aquí seguirá siendo una semana.

—No me refería a la prueba. Hablaba de tener que estar a solas con algo como tú.

—¿Crees que a mí me hace especial ilusión soportar tus berrinches de niño de cinco años?

—Si no hubieras sido tan estúpida como para dejarte atontar por los encantos de Blaise, hubieses podido irte con la Comadreja y así no tendrías que "soportarme".

—Tampoco es que tú te estuvieras quejando mucho, ¿me equivoco?

Y sin permitir que Malfoy pronunciara una sola palabra más, Hermione dio media vuelta y avanzó con firmeza, sintiendo que sus botas se hundían unos centímetros en la nieve con cada paso que daba debido a la potencia que imprimía en sus pisadas.

Esto no se le pasó desapercibido al chico, que no perdió la oportunidad de reírse de nuevo.

—¿Qué pasa, Granger? ¿Intentas comunicarte con los otros castores de tu especie a base de señales rítmicas? ¿Vendrán cavando un túnel con sus enormes dientes? Quizás tú deberías ahorrarles parte del camino e ir hacia ellos con el mismo método, así darías un uso a esas inmensas carretillas que tienes por incisivos…

Ni todos los entrenamientos de quidditch del mundo podían haber preparado a Malfoy lo suficiente como para reaccionar a tiempo y esquivar el poderoso derechazo que Hermione le imprimió en pleno estómago.

Llevándose ambas manos al vientre y emitiendo un quejido ahogado, Malfoy se dobló en dos. Hermione le asesinó con la mirada mientras flexionaba y estiraba los dedos, intentando recuperar la sensibilidad después de semejante puñetazo.

—Tenemos dos opciones, Malfoy. Te callas y tenemos el viaje en paz, o sigues comportándote como un real imbécil y volveré a pegarte. Tú decides.

El Slytherin escupió toda una retahíla de insultos y blasfemias varias antes de seguir a la airada chica que ya le llevaba varios metros de ventajas.

A Malfoy le ardían los puños por las ganas de devolverle el golpe a Hermione, que avanzaba decidida y sin intención de cubrirse las espaldas.

El chico necesitó recordarse una y doscientas veces que asestándole un buen (y merecido) puñetazo solo conseguiría tener que cargar con ella para no arremeter contra su indefenso y frágil cuerpo.

¡Había osado ponerle la mano encima! ¡Una sangre sucia! ¡A él! ¡Un Malfoy!

Y por segunda vez, añadió una vocecilla insidiosa en la cabeza de Draco.

El chico hundió con rabia las manos en los bolsillos de su chaqueta, maldiciendo al frío, a Siberia, a las pruebas, al Ministerio y a esa odiosa bruja que lo desquiciaba