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Marcas — capítulo 3
Había una persona, una en particular a quien Hermione podría culpar de su extraña y retorcida amistad con el profesor Snape, y esa era Luna Lovegood.
El pocionista nunca hablaba del tema, y posiblemente nunca lo haría, pero Hermione sabía que muy en el fondo él debia estar agradecido con la chica Ravenclaw. Despues de todo,había sido ella quien le había salvado de morir desangrado luego de las mordeduras de Nagini en la Casa de los Gritos, y se habia quedado cob él hasta que fue posible transportarlo a San Mungo cuando finalmente la guerra hubo terminado.
Después de eso, Hermione se había encargado de cuidar al hombre durante su estancia en el hospital porque, a diferencia de Luna, podía soportar sus insultos y malas caras durante un día completo sin sentir la necesidad de llorar.
—¡Oh! No debes preocuparte, Luna. Al profesor no le importa que me quede, ¿cierto, profesor?
El hombre hizo una mueca que Hermione ignoro olímpicamente y desde aquel día, fue ella quien se encargó de aparecer cada mañana en su habitación, alegando que se quedaría a su lado hasta que pudiera dejar el hospital.
Snape nunca comprendió porque repentinamente la castaña estaba tan empeñada ayudarlo.
Pero finalmente el hombre se había acostumbrado a su presencia, a sus incansables intentos por entablar una conversación y a su extraña costumbre de leerle en voz alta cuando pensaba que estaba dormido. Hermione también se había habituado a su compañía, a sus ácidos comentarios que paulatinamente desaparecieron y a sus mudas expresiones que, secretamente, disfrutaba descifrando.
Sin darse cuenta, Hermione había atravesado la barrera que era Severus Snape y había llegado a conocer realmente una milésima parte del misterio que era ese hombre. Snape no se lo había puesto fácil, pero, para cuando pudo darse cuenta, estaba demasiado acostumbrado a la presencia de esa Gryffindor haciendo estragos en su vida como para volver a ser que sea que habia sido antes.
Hermione sabía que Snape la consideraba su amiga, o eso le gustaba pensar, sin embargo, nunca había tenido una prueba verdadera de lo que el profesor pensaba de ella hasta esa tarde, varios días después del castigo de Slughorn; el mismo día en que había tenido que repetir la dichosa prueba.
—¿Herms?
Ron había permanecido de pie fuera del aula de Pociones durante la hora completa, esperando por su amiga.
Hermione sabía que era la culpabilidad quien lo obligaba a estar ahí, pero en su interior, le gustaba pensar que el pelirrojo tenía alguna otra razón oculta para desear acompañarla.
—¿Cómo salió todo?— saltó encima suyo apenas ella abrió la puerta.—Estoy seguro de que lo haz hecho excelente.
Hermione a penas asintió porque justo ahora, en lo único que podía pensar era en Snape y la poción Revitalizante que dos noches antes le había enseñado a elaborar en la mitad de tiempo de lo que indicaba el libro, cosa que le había ganado la absoluta admiración de Slughorn.
Fue justo en mitad del pasillo menos concurrido del colegio que llevaba al vestíbulo, donde Parkinson y su séquito de víboras aparecieron.
Si bien la guerra había terminado, los resentimientos aún permanecían en el aire, ejemplificados mejor que nunca por cada miembro de la casa de Slytherin que había vuelto al colegio para terminar con sus estudios.
Hermione comprendía el resentimiento de la chica, hasta cierto punto. Su padre había sido remitido a Azkaban apenas la guerra había terminado, con la opción de una pequeña disculpa pública, como habían hecho el resto de los arrestados, a cambio de su libertad. Pero el hombre se había negado.
Su cara de asco, con la que la chica parecía haber nacido, era algo con lo que Hermione no tenía problema, pero por otro lado, la morena no se conformaba con mirarlos mal, aprovechando la menor oportunidad para insultarlos.
Ron amenazó con sacar su varita, pero Hermione no se lo permitió, no valía el esfuerzo. Parkinson tomó eso como un insulto aún mayor que si la hubiese embrujado en mitad de aquel corredor, y cuando Hermione pudo darse cuenta, la morena la había tomando del cabello.
—¡Asquerosa sangre sucia!— fueron sus palabras exactas.
Pero Hermione no se inmutó, porque cuando había decidido ella misma tomar su varita y hacer llorar a Pansy justo en medio del corro de personas que se había formado a su alrededor, lo vio aparecer al final del corredor.
—¡Parkinson!
Incluso Hermione se sobresaltó cuando la voz del profesor se dejó escuchar.
—50 puntos menos Slytherin— sentenció el hombre, ignorando descaradamente los quejidos del resto de las serpientes a su alrededor.
Hermione tuvo que morderse el interior de la mejilla para no sonreír.
—Pero Profesor…
—No quiero restarle 100 puntos a mi propia casa, pero lo haré si no se calla.
Hermione pudo notar como el color desaparecía del rostro de la morena.
Despues, Snape hizo desaparecer al resto de mirones con un grito contundente; nadie deseaba perder 30 puntos por detenerse a mirar donde no le llamaban.
Pansy miró a ambos Gryffindor como si deseara descuartizarlos, pero al final, se alejo por donde habia venido, porque Snape aun no se habia movido y no dejaba de mirarla.
—¡Weasley!
Ron dio un salto en su sitio. Miró a Snape con teror.
—10 punto menos Gryffindor— bramó y Hermione tuvo que contener una sonrisa. Lo conocía lo suficiente para saber qué no se iría de ahí sin haberles arrebatado al menos unos cuantos puntos.
—¿Qué acaba de pasar aquí?— chilló Ginny corriendo hasta ellos cuando Snape desapareció de vista.
Ron le explicó cada detalle, extasiado, porque el mismo Severus Snape le había arrebatado 50 puntos a su propia casa y el pelirrojo aún no podía creerlo.
—Si... Increíble... Los veré más tarde, ¿de acuerdo?— intento alejarse Hermione, pero Ron no se lo permitió.
—Necesitas ver a Madame Pomffrey.
Hermione se sonrojo sólo un poco cuando Ronald la tomo del brazo y la obligó a caminar hasta la enfermería.
No pudo aparecer en el despacho del Slytherin hasta muy tarde. Porque la Señora Pomffrey los había devuelto justo por donde habían venido apenas los vio en la puerta de su enfermería y luego de eso, Ron no se había separado de su lado por el resto de la tarde. No es como que en realidad le molestara, pero justamente aquel día hubiese preferido no tener a Ronald a encima y así poder desaparecer sin que nadie lo notase.
Entró sin tocar, porque habia algo que le decia que él estaba esperándola.
Cuando entró lo encontró sentado en el sillón. Nunca se sentaba en ese sillón.
—Hola
Snape la miró por sólo un segundo.
—¿Esta bien?— inquirió cuando la castaña aún se encontraba en la puerta.
No había una sola expresión en su rostro que denotará preocupación, sin embargo, era en su voz donde Hermione había aprendido a leer cada una de las expresiones que su rostro ocultaba.
La castaña le sonrió. Sin ninguna otra intención oculta detras de su gesto. Sólo una sonrisa.
—Si.
El profesor asintió como toda respuesta.
Hermione paso algunos minutos terminando de etiquetar los viales con pociones que no había terminado la noche anterior porque Snape la había obligado a irse si no quería que dejara a su casa sin un solo punto. Y aunque el profesor no le había pedido en realidad que realizara el castigo que supuestamente Slughorn le había asignado, la castaña había aparecido cada noche durante tres días para etiquetar cada vial. Le gustaba hacerlo. Quizá no lo aceptaría, pero le daba un pretexto para pasar tiempo en el despacho del profesor, aunque sabía que en realidad no lo necesitaba.
—¡Me debes 10 puntos!— exclamó cuando hubo terminado y cada poción estuvo en el estante, ordenada alfabéticamente.
—Esto un castigo, ¿si recuerda, Granger?
—¡Hablo de Ron! Le quitaste 10 puntos esta mañana.
No le molestaba realmente, al menos ya no lo hacía. Si bien nunca había compartido el desagrado de sus amigos por el pocionista, él hombre tampoco había sido precisamente su profesor favorito, pero ahora, después de todos los meses en San Mungo, de la recuperación en casa (de la que el hombre se negaba a hablar como si nunca hubiese sucedido) y de esos pequeños momentos que más frecuentemente compartían, el hecho de que él le quitara puntos a su casa no se había convertido más que en una especie de broma que sólo ellos dos comprendían.
—Deberia haberle quitado todos los de su casa.
—¿Por qué?— chilló ella y aunque el sabía que su indignación era fingida, le causó cierta gracia.
—Por ocupar espacio.
Snape era cruel, especialmente con Ron (y con Harry), pero eventualmente, Hermione se había acostumbrado a sus comentarios y en algún punto, había comenzado a reírse de ellos.
—Si hablamos de desperdiciar espacio, el reloj de Slytherin se habría quedado vacío hace algún tiempo.
Al final, nunca dejarían de lado los prejuicios de sus casas.
Snape no pudo negarlo. Los alumnos eran más incompetentes a cada año que pasaba y Slytherin no se había salvado de recibir unos cuantos de ellos.
Hubo otro silencio, de esos que eran muy comunes entre ellos, la castaña finalmente fue y se sentó a su lado. Luego de un rato, cuando Hermione ya se encontraba sumergida en aquel libro de Pociones avanzadas que Snape le habia dejado tomar de su biblioteca personal, el hombre agitó apenas su varita, y una taza de chocolate caliente apareció frente a la castaña.
—¡Uh! Nunca me das chocolate— comentó ella, recordando la cantidad de veces (demasiadas en tan poco tiempo) en que Snape había hecho aparecer una taza de té para ella cuando se quedaba en su despacho hasta tarde, —¿Por qué este día amerita chocolate?
—Callese y bebalo, Granger.
Una fina capa de crema y canela espolvoreada coronaban la taza de porcelana negra que la castaña sujeto entre sus manos, y una pequeña sonrisita se formó en sus labios antes de probarlo.
Snape hizo lo mismo con su propio vaso y cuando la castaña pudo verlo, dejo de sonreír.
—El medimago dijo que no deberías beber— comentó ella mirando severamente al vaso de Whiskey de fuego que había vuelto a la mesita de centro.
—¿Y quién va a decírselo? ¿Usted?
El hombre le dio un largo trago a su bebida.
Hermione lo golpeo en las costillas. Snape no se inmuto; ahora ya no se congelaba cada ocasion que ella lo tocaba.
—Podría hacerlo.
—No lo hará— aseguró el hombre mirandola directo a los ojos —me lo debe.
Habia una sonrisita altanera en sus labios, para Hermione era cada vez mas sencillo distingirlas de sus expresiones de odio habituales.
El intento de molestía en el rostro de la castaña algunas veces divertía al profesor más de lo que debería
—Hablando de eso, ¿no crees que te excediste un poco?
Se reacomodo en el sillón, con las piernas dobladas debajo de su cuerpo, mirándole ahora el costado y con la taza aún entre las manos.
Snape la miró con mala cara.
—Podría limitarse a agradecerme, Granger.
Hermione al contrario, le mostró la lengua.
—Por su culpa mi casa perderá la Copa— le recordó el hombre bebiendo el resto del licor que había en el vaso.
—¿Por ser sangre sucia?— inquirió ella en un puchero.
Snape la miró seriamente. No molesto, sólo serio.
—Por hacerme querer defenderla— replicó
Había algo en el modo en que la estaba mirando y en el sonido de su voz que consiguió que una especie de descarga le recorriera la espalda.
Hermione no se sintió capaz de mantenerle la mirada por mucho tiempo.
—Gracias— susurró, mirando atentamente al fondo de su taza, sintiéndose repentinamente avergonzada.
Esa fue la única ocasión que un silencio incomodo se instaló entre ellos desde esa vez en que Snape se desperto cuando Hermione sostenía su mano, la primera noche que él paso en San Mungo.
—¿Eso significa que soy tu nueva alumna favorita?— inquirió Hermione, rompiendo finalmente la extraña atmósfera que se estaba formando a su alrededor.
—En sus sueños, Granger.
¿Review?
Quisiera responder a todos sus comentarios (Gracias, chicos, los amo) pero estoy muy cansada, así que prefiero sólo dejarles el capítulo.
Los amo.