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Marcas — capítulo 6

—Deberías volver.

La miró con una ceja levantada.

Estaba muy ocupado con la caja de grageas que tenía en las manos. Hermione le robó unas cuantas.

Era sábado, y Snape parecía especialmente sorprendido de verla ahí, porque sus "incompetentes amigos" estaban a la mitad de un partido importante de quidditch y ella estaba ahí, sentada en su sofá, comiendo sus dulces.

—Slughorn no es tan bueno.

—¿Hablando mal de un profesor, Granger?

Tenía esa sonrisa burlona en la cara. Algunas veces se sentía como si fuese su payaso particular.

—Solo digo que retomes las clases de Pociones de último año.

—Suficiente tengo con verles la cara una vez al día.

Le arrebató la caja de las manos, porque se estaba terminando las de chocolate.

—¡Por favor!

Hizo un puchero.

Snape aún se estaba burlando de ella.

Slughorn finalmente había vuelto de donde sea que se hubiese metido y Snape había terminado por abandonar las clases de pociones para las cuales lo había estado supliendo. Ron aún no podía dejar de alegrarse al respecto; Hermione no podía sentirse del mismo modo.

—Sólo las de último año— insistió.

Snape sólo parecía interesado en su caja de grageas, y Hermione no pensaba devolvérselas.

—No me complace de ninguna forma enseñar a los incompetentes de sus compañeros.

Hermione bufó y el profesor aprovechó para recuperar su caja de dulces.

—No es justo— se quejó.

Snape la miró raro. Hermione evito mirarlo de vuelta, pero sabía que su ceja elevada debía estarle preguntando de donde venía aquella insistencia, aunque extrañamente, no la cuastionase en voz alta.

La verdad era simplemente ridícula. Slughorn no era malo, era un gran profesor en realidad, pero ese no era su problema. Su problema era Snape, porque le echaba de menos. Si, era ridículo, porque le veía cada día y cada noche e igual le extrañaba cuando veía Slughorn frente a la pizarra cada día a las dos de la tarde. Era Snape quien debería estar ahí. Había terminado por acostumbrarse a sus movimientos silenciosos entre cada caldero, y a la caligrafía pequeña y apretada que aparecía mágicamente en las esquinas de su libro de texto, a esa voz grave que utiliza cuando entraba al aula, a esos deberes especialmente interesantes que tanto disfrutaba resolviendo, y a mirarlo fugazmente entre el humo de las pociones cuando sabía que solo él podía darse cuenta.

Slughron nunca cuestionaba a Neville sobre nada, ni a Ron ni a Harry, ni tampoco le quitaba puntos a ninguna casa y, Ron la encerraría en San Mungo si la escuchase, pero las clases de pociones así ya no eran divertidas.

Y DCAO era casi igual, pero no era lo mismo…

Debía llevar demasiado tiempo mirando al infinito, porque Snape había dejado de interrogarla con la mirada.

La caja de grageas estaba casi vacía.

De algún lado le salió un suspiro, y el profesor volvió a mirarla.

Hermione sonrió para si, porque, de pronto, sólo podía pensar en lo extraño que era lo mucho que a Snape le gustaban los dulces.

El hombre fruncio el ceño.

—Prefiero tus clases de pociones— concluyó.

Había tres ultimas grageas esperándola al fondo de la caja.

—Tendría un problema si no lo hiciera.

Hermione no pudo evitar sonreír y Snape se inclinó para quitarle una de las grageas de las manos, porque era la última de chocolate.

—No estuviste en el partido.

Harry fue el primero en notarla en cuanto a pareció por el hueco del retrato. Estaba jugando ajedrez magico con Ron, o mejor dicho, Ron jugaba y Harry se limitaba a perder una pieza en cada movimiento.

—Necesitaba estudiar.

Los ojos verdes entrecerrados le dijeron que no le creía.

Harry sospechaba. Hacia unos meses la había tomado del brazo y la había llevado a la escalera de los dormitorios, porque pasaba demasiado tiempo en la "biblioteca" incluso para tratarse de ella misma, y la curiosidad por saber con quién estaba saliendo terminaría por matarlo.

Lo negó, lo negó con tanto hincapié que fue obvio que algo tenía escondido.

—Como digas...

Harry sonrió raro. Algo estaba planeado.

—Ron— lo llamó, sin dejar de mirar a la castaña —¿no crees que Hermione pasa demasiado tiempo en la biblioteca?

El pelirrojo se alzó de hombros.

—Es Hermione…— repuso, sin mostrar el más mínimo intereses.

Ronald si que sabía ponerla de mal humor.

Ginny le saltó encima cuando se estaba alejando, porque había decidido que prefería estar en cualquier sitio que no fuese ahí.

—Necesitamos vestidos.

La miró confundida. No; no necesitaba un vestido.

Ginny leyó la confusión en su rostro.

—El baile es en dos semanas.

Hermione miró a Ron de reojo, pero el pelirrojo no se enteraba de nada, ocupado en jugar ajedrez y en ser un idiota.

—Eso… no iré.

Ginny estaba escandalizada.

—No tengo una pareja para el baile, Ginny.

Habló fuerte, más de lo que en realidad pretendía, aunque Ginny no lo notó, y el idiota de Ronald tampoco.

Harry se estaba riendo, y Hermione estaba segura de que no era de su caballo hecho añicos en la orilla del tablero.

—Pero los chicos irán y a Dean no le importa que vayas con nosotros, ¿cierto, Dean?

El moreno asintió desde el otro lado de la Sala Común.

Encontró a Snape en su despacho dos días más tarde, porque la mitad de su domingo lo había utilizado en escuchar a Ginny hablar de zapatos y vestidos y la otra mitad en escuchar a Ron explicar con lujo de detalles cada impresionante parada que había realizado durante el partido.

Hablaron un largo rato, sobre libros y pociones y todas esas cosas que al parecer Slughorn estaba olvidando enseñarles.

Snape estaba ocupado, revisando deberes y un examen con el que esa misma tarde había hecho llorar a cada una de sus clases y aún así, tenía el tiempo para conversar con ella y para hacerla reír y para sonreirle de vez en cuando.

—El baile es en dos semanas— soltó ella de pronto. Hacia un rato que ambos se habían quedado callados.

Snape bufó. Otra vez con lo mismo. Ya lo sabía de sobra; hacia varios días que McGonagall había comenzado a fastidiarlo al respecto.

—A Dumbledore le hubiera encantado todo esto— era siempre su alegata.

A él le importaba un comino lo que Dumbledore hubiese querido o no. Estaba muerto. Lo había matado.

McGonagall lo sabía, él lo sabía y todos los sabían, y aún así no dejo de fastidiarlo.

—Deberías llevar una pareja, Severus.

Era como volver a tener a Dumbledore encima, igual que antes, cuando siempre encontraba algún momento para fastidiarlo.

—Debo comprar un vestido.

Snape miró a su alrededor, como si hubiese alguien más ahí con quien Hermione pudiese estar hablando.

—¿Necesita dinero...?

Rodó los ojos.

—No quiero comprar un vestido— aclaró, dejándose caer en el sofá detrás suyo.

—No lo compre...— replicó, como si fuese la respuesta obvia —La vida es bastante más simple de lo que piensa, Granger.

Hermione no supo si la miraba, porque se tiró en el sofa, dándole la espalda.

No era simple y Snape lo sabía aunque pretendiese no hacerlo.

Ansiaba ir a ese baile. Ansiaba ir con Ron al baile, y sin embargo, había ciertas cosas que simplemente se había negado a considerar. Como el vestido.

El vestido, y el color, y el corte y las mangas…

—¿Granger?

Hermione se sobresalto. Snape estaba mirándola desde la puerta.

—Tengo una clase que dar, ¿piensa quedarse o…?

La Gryffindor se puso de pie de un salto. Tenía algo que hacer.

.

Conseguir el permiso no fue difícil. Snape se lo hubiese dado, estaba segura de ello, sin embargo, por algún motivo, le daba vergüenza pedírselo.

Slughron a penas y había mirado el pergamino. La adoraba tanto como cada palabra que salía de su boca, y sin apenas explicar nada consiguio su autorización firmada.

—¡Hey, Hermione! Tu saldrás esta noche, ¿cierto?

Ron tenía el pijama puesto y Hermione sólo quería patearlo.

—Tu también eres prefecto por si lo has olvidado, Ron.

—Lo se, lo sé, pero no hacemos falta los dos ahí afuera. Además, tu eres la mejor atrapando alumnos fuera de la cama.

Le giño un ojo, pero a ella no le hizo gracia.

—Eres la mejor.

Y el pelirrojo se simplemente se fue a dormir.

.

Al final, Ronald le había echo un favor largándose a dormir, porque ahora tenía el tiempo a solas que necesitaba.

Madame Pince le había mirado mal cuando apareció justo esa noche en la puerta de la biblioteca, con la autorización firmada en la mano, porque era tarde, muy tarde, y lo único que la mujer quería era finalmente poder irse y descansar de todos esos alumnos ruidosos, incapaces de respetar la paz de una biblioteca.

—Date prisa— le espetó, y la reja de la sección prohibida se abrió delante de sus ojos.

No quería darse prisa; quería quedarse ahí, observar cada libro, cada título. Pero al final, encontró lo que buscaba y salió de ahí con paso rápido, temiendo que la bibliotecaria pudiese descubrir el título que llevaba entre las manos.

Debería hacer rondas, buscar alumnos merodeando por los pasillos y ese clase de cosas para las que Ron decía que era "la mejor", sin embargo, nadie nunca salía de su torre después de las 12 desde que Hogwarts había vuelto a abrir sus puertas. El dolor aún estaba fresco y el miedo de encontraba ahí, instalado en cada rincón del colegio.

.

No necesito mucho tiempo considerándolo, para decidir qué la torre de Astronomía podía funcionar perfectamente de escondite.

Encendió una flama color azul en el interior de un frasco a modo de lámpara antes de comenzar a leer. Snape le había contagiado su gusto por las flamas de colores.

"Venenos y sustancias Intoxicantes para fines oscuros"

El título no era prometedor, pero ya lo habia leído antes, y sabía lo que estaba buscando.

Habia pasado cerca de una hora y el fuego aún ardía dentro del frasco cuando Snape apareció frente suyo. Casi como si se hubiese materializado ahí mismo. Era increíble como era podía desplazarse tan silenciosamente que parecía que flotaba sobre el suelo.

—¿Granger? ¿Qué demonios esta haciendo?

Su corazón, literalmente, se saltó un latido. Cerró el libro a toda prisa, levantando una espesa nube de polvo frente a sus ojos.

Snape sabía reconocer un libro sacado de la sección prohibida sin siquiera mirarle el título, Hermione estaba segura de ello.

Se removió incómoda en su sitio.

No se suponía que nadie la encontrase ahí, mucho menos Snape.

Vale, había sido una idiota por escoger cualquier sitio que no fuese su habitación para ocultarse, porque tenía una cama con docel y cortinas que podía hechizar para mantener cerradas el tiempo que quisiera, pero también se suponía que eran las dos de la mañana y no había nadie fuera de la cama, y en cuanto a Snape; él nunca se acercaba a ninguna de las torres, mucho menos a la de Astronomía.

Snape continuó mirándola, y Hermione se sintió diminuta frente a sus ojos.

—¿Qué haces tú aquí?

No estaba segura de cómo intentaba hacer sonar su voz, pero como fuese, no quedó más que en un patético intento.

Snape la ignoró y solo continuó mirándola, esperando por su respuesta.

Hermione bufó.

Snape tomo aquello como alguna clase de señal, porque terminó por sentarse a su lado. Hermione se sintió aún más pequeña.

—Slughorn dijo algo está tarde, sobre veneno de serpiente azul del este de Brasil…

Snape aún la miraba interrogante.

—… y recordé que leí sobre ello, en un libro de la sección prohibida, cuando intentábamos ayudar a Harry a averiguar qué era un horrocrux, en el sexto año. Y Slughorn dijo que en su viaje encontró a un hombre que criaba a estas serpientes y…

Se estaba desviando del tema, y la mirada de Snape le decía que él lo sabía.

—El veneno de serpiente azul puede borrar cualquier cicatriz del cuerpo…— se atrevió a decir finalmente.

Habia dejado de mirar al profesor, y ahora se miraba las rodillas.

No sabía si Snape lo había captado, pero deseaba que no lo hiciera.

—El vestido…

Su voz la tomo por sorpresa. Sonaba más grave, más baja; como esa noche en el hospital San Mungo. Algo tenían las noches que hacían a Snape parecer diferente.

No sono como una pregunta; Hermione sabía que no lo era.

Fue esa noche que ella descubrió que Snape sabía leerla mejor que a un libro abierto.

—El vestido me recordo que yo… no he vuelto a descubrirme los brazos… y…

Snape la estaba mirando muy fijamente.

Lo sabía, debía sonar como una idiota.

—Olvidalo, ¿quieres?

Intento irse, porque decirlo en vos alta la hacia sentir aún más ridícula y porque justo aquella noche, no sentía ganas de mirar a Snape burlándose de ella. De ella y del idiota de Ronald.

—Granger…

Snape la tomo del brazo para deternla y cada vello de su cuerpo se erizo.

Nunca antes la había tocado.

Fue raro; mirarlo a los ojos mientras él aún la sujetaba, pero aún así no pudo hacer otra cosa que seguir mirándolo.

Sus dedos estaban ahí, justo donde tenía la cicatriz.

—Solo es una cicatriz.

Sangre sucia

No era una cicatriz, era una marca.

No la soltó en seguida.

Su mano se sentía demasiado caliente sobre su piel, a pesar de la tela del suéter. Y un frío extraño le invadió cuando finalmente la soltó.

Quería sentir ese calor de nuevo.

—Ademas, no llegará a ningún lado siguiendo un estupido libro.

Hermione lo miró. No quería pedirle ayuda en voz alta, y al parecer Snape lo entendió.

¿Review?