Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← La Tercera Generación de Hogwarts III · de

La Tercera Generación de Hogwarts III — capítulo 3

Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos.

Las astillas salieron volando y la mitad del palo de madera fue disparado hacia el aire simulando una hélice. La otra mitad quedaba prisionera de dos manos que se aferraban fuertemente a ella. Envuelta en un mono blanco de lino de larga longitud se encontraba una joven de tez pálida y pelo rojizo recogido en una larga cola de caballo. Su ceño estaba tan fruncido que parecía que sus cejas iban a juntarse. Desprendía rabia y una fuerza interior que la empujó a lanzar con furia una patada hacia su oponente.

Este, de rasgos orientales, recibió el golpe en el estómago; provocando que se encogiese sobre sí mismo y mostrase una expresión de sorpresa. La joven lanzó lo que quedaba de lo que había sido su arma de defensa hacia el acantilado que se encontraba a algunos pies de ambos.

La niebla de la madrugada se había disipado, y los primeros rayos de sol ya quebraban el cielo. El sitio en el que se encontraban era simplemente mágico. Las rocas habían formado una montaña, cuya forma simulaba un cilindro, en el que eran escarpadas zonas de pequeñas llanuras como en la que se encontraban los jóvenes oponentes en aquel momento de la primera madrugada de septiembre en Japón.

Antes de que el joven se recompusiese del golpe, la joven pelirroja propulsó su puño contra el pecho de este haciéndole retroceder. Tras el segundo golpe, el muchacho le asestó en la pierna con la palma abierta, haciendo que la joven hincase la rodilla izquierda en el rocoso suelo. Lo que aconteció después pasó de forma tan rápida que al pequeño ruiseñor que les observaba le costó seguir el ritmo de la pelea.

La joven de cabellos rojizos deslizó su pierna derecha formando un semicírculo que barrió la zona en la que se encontraba su oponente. El joven japonés había logrado saltar dando una voltereta en el aire y asestando un golpe con la pierna al descender en la parte inferior de la espalda de la muchacha. Esta se derrumbó, y un segundo después, arqueó su cuerpo en forma de puente para levantarse. En ese momento se encontraban frente a frente. Ambos atacaron y se defendieron en rápidos golpes que lanzaron con las manos, los brazos y las piernas.

La joven tardó un segundo en reaccionar a un golpe de su oponente, lo cual le costó otro golpe seguido en su cuello, en la pierna y, por último, le atestó un golpe que hizo que acabase en el suelo de nuevo. Su oponente soltó una carcajada, viendo como la joven pelirroja luchaba en su fuero interno por ganar aquella vez.

Con un rápido movimiento sacó una varita que quedaba atrapada en el cinturón de su mono y apuntó hacia el joven:

-Expelliermus.

Al joven de rasgos asiáticos y figura esbelta le pilló el hechizo por sorpresa, así que fue lanzado hacia una pared rocosa estrepitosamente.

Tras levantarse y sacudirse su mono negro miró a la joven con una media sonrisa:

-Karate-do significa el camino de la mano vacía, pequeña Rose.- dijo con un fuerte acento japonés.- Fue creado en las islas Ryukyu con el objetivo de defenderse a su emperador contra las armaduras de los samuráis. Y, también, usada por los magos de la zona para expandir el control de su cuerpo además del de su mente, de modo que…- el joven se alzó en el aire aproximándose a Rose Weasley.- no necesitasen varitas a la hora de combatir.

La joven puso los ojos en blanco y se levantó del suelo en el que yacía:

-Sin embargo, ningún karate kid te previene con la verdad.- entonó su mejor versión del acento japonés que había aprendido:- Tardarás la vida en hacer magia sin varita. En aprender a luchar sin estar todo el rato comiéndote el suelo, pequeño Cedric.

-Para eso deberías haberte matriculado en el colegio de Hechicería de Mahoutokoro, en vez de en Hogwarts.

La pareja de jóvenes se acercaron y el joven dijo en voz alta un hechizo de traslación. Justo después de que aquel lugar diese cientos de vueltas ante ellos, aparecieron en un apartamento de decoración minimalista con ventanales hacia los rascacielos del centro de Tokio y el monte Fuji al fondo del paisaje.

Rose suspiró, recogiendo esa vista en el último día de su estancia en aquel lejano país.

-Creo que por ahora estoy bien en Hogwarts.- respondió sonriendo tristemente.

Después de aquel verano entero en el territorio de los guerreros de las manos vacías, Rose había olvidado que en algún momento su pequeño mundo apartado de los peligros y de los misterios que el castillo escondía le golpearía de nuevo.

Se encontraban solos en la habitación. Como todas las mañanas, tendrían que esperar a que la madre del joven Cedric llegase del trabajo. Su progenitora era antigua amiga de los padres y los tíos de Rose: Cho Chang. Esta visitaba de vez en cuando, con su hijo y su marido, un muggle japonés llamado Ryu Kato, la Madriguera, de modo que así no perdía el contacto con sus antiguos compañeros de batallas. La antigua alumna de Hogwarts había decidido desprenderse del mundo mágico hasta la llegada de su hijo, al que mandó a la escuela de magia asiática, dónde enseñaban, además de magia, a combatir como los antiguos guerreros magos.

Rose había oído esa clase de combate numerosas veces de las explicaciones que Cedric hacía cuando iba a la Madriguera. Este, de diecisiete años y a punto de cursar su último año, había accedido a la petición de la joven Weasley de ser su maestro durante el verano. Tanto Ronald como Hermione mostraron su sorpresa ante la repentina decisión de su hija, puesto que siempre la habían relacionado con los libros, no con la acción.

-¿Me vas a contar cuál es la verdadera razón por la que querías aprender a pelear?- preguntó Cedric, mirando inquisitivamente a Rose.- Hoy te vas, ya nunca lo podré saber.- añadió con un aire teatral en sus palabras.

El rojo de su cabello mojado por el sudor se mezcló con el de sus mejillas.

-Quiero ser fuerte, ya te lo dije, que…

-¡No me lo trago!- exclamó riendo Cedric.

Rose entrelazó sus manos y miró con timidez al joven.

-Digamos que tuve una mala pelea con una chica en Hogwarts…- susurró.- Y me gustaría haberme defendido mejor. Después de lo de Roxanne, quiero estar preparada.- añadió con más seguridad en sí misma.

Cedric asintió solemnemente y rozó en hombro de la joven mostrando comprensión hacia ella.

-Este año podrás patear todos los culos que quieras.- le reconfortó con una gran sonrisa.

La joven miró hacia el suelo beige en busca de ayuda para escapar de aquella incómoda conversación, al menos para ella.

-Sí, esto…No crea que quiera mostrar a nadie mis habilidades de combate exactamente.- rio entre dientes.

Las cejas del joven Cedric se arquearon y lanzó un bufido teatral que forjó una sonrisa en el rostro de Rose.

-Las jóvenes de Inglaterra sois muy muy raritas.

Cho Kato entró a la habitación seguida de Ronald Weasley, que en seguida abrió sus brazos para recibir a una sudorosa Rose, más alta de lo que su padre recordaba. El hombre le rozó las mejillas y le besó la izquierda como muestra del infinito cariño que sentía por su hija.

-Siento el retraso pero tenía algo de trabajo con un interrogatorio…- se excusó.

-Tranquilo, acaban de llegar.- explicó Cho saludando a Rose y a su hijo.

Ronald observó la delgada figura de su hija enfundada en un mono blanco, típico del combate japonés, a pesar de que quizás el hombre desconociese eso.

-Vaya, te has disfrazado y todo como ellos…- comentó algo sorprendido.

-Papá…- riñó la joven azorada. Rose se acercó a Cho para darle un abrazo y agradecerle el verano que le habían ofrecido. A continuación, abrazó fuertemente a su maestro y le dio un beso en la mejilla, que hizo que este se riese por dentro.- Gracias, Cedric. Espero verte pronto.

El joven asintió apretando el abrazo:

-¿Sabes? Ambos conocemos muy bien el mundo muggle: puedo buscarte en Facebook, me puedes llamar con el móvil, chatear…Realmente no llevo bien lo de mandar cartas con lechuzas.- añadió burlándose.

Rose no pudo responder, ya que su padre ya había formulado el hechizo que les llevaría de vuelta a su casa de Inglaterra, rompiendo las leyes del tiempo y del espacio que forjaban una frontera de horas y kilómetros entre sendos destinos.

-¿Te puedes creer Rose cómo de loca está la tía esa? ¡Pero su marido tiene que ser peor!- comentó Ronald en cuanto aprovechó la llegada al salón para sentarse en su sillón.

-¿Pero qué dices, papá? Han sido muy amables dejándome estar allí todo el verano.

-No me refiero a eso, Rose.- dijo Ron riéndose.- ¡Llamar a su hijo por el nombre de su ex! ¡Menudo pagafantas el tío…! Es como si mamá se hubiese empeñado en llamar a Hugo por el nombre de Víctor…- y dicho esto soltó una carcajada.

-¿Has pensado alguna vez, papá…?- preguntó con burla Rose- ¿… Que Hugo es el segundo nombre de uno de los autores favoritos de mamá? ¡El gran Victor Hugo!

Ron paró su carcajada y cerró la boca de pronto. Su rostro se crispó y soltó aire de furia por la nariz. Se agarró fuertemente a los orejones del sillón para gritar con todas sus fuerzas:

-¡HERMIOONE!

^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^

El azul pastel era el color que predominaba en la habitación. Numerosas expertas en aquello que llamaban el complicado artede criar un niño afirmaban que el contacto con este color en especial haría que la criatura creciese rodeada de calma y serenidad. Además, afirmaban que numerosos estudios habían comprobado su efectividad en varios sujetos prestados a este tipo de experimentos. Victoire Weasley confiaba fielmente en los secretos que las colaboradoras de Pregnancy Magazine compartían con las madres primerizas. Había sido idea de Dominique, su hermana mediana que idolatraba los programas, las revistas y las películas muggles. Puesto que Fleur y Bill estaban ocupados no sabían bien donde, y su marido Ted había pasado un algo ausente; Victoire se había escondido bajo las coloridas páginas de aquella revista. Tampoco podía hacer mucho cuando el embarazo estaba llegando a su fin y su cuerpo no le permitía salir muy a menudo de casa.

Habían escogido una minúscula casa adosada en Notting Hill. Ted estaría en contacto con ella todos los días. De hecho, dormiría allí siempre. Adiós a la incómoda cama que el profesor tenía en Hogwarts. Victoire aún no había decidido que es lo que iba ahacer. Realmente no tenía pensado ser madre a los dieciocho. Tampoco tenía ningún otro plan. Las cartas le habían caído atropelladamente, y lo único que parecía poder hacer era ordenarlas.

Los periódicos muggles buscaban a profesoras de francés, limpiadoras, camareras, jardineras e incluso acompañantes para ancianos. Ninguna de esas profesiones encajaba con algún ideal o sueño de la infancia que Victoire pudiese recordar. Se había criado entre historias en las que su familia era la heroína, la que acabó con el mayor villano de todos los tiempos. La normalidad abrumaba a la joven. Ser una auror estaba muy cotizado. Para ser Ministro debería haber tenido desde siempre vocación.

Sin embargo, había algo que sí que le estaba empezando a gustar. Había descubierto, durante aquel verano de ausencia familiar, excepto por la presencia de sus hermanos; que hacer preguntas se le daba bien. Le gustaba que le relatasen historias. Adoraba la facilidad con la que se desenvolvía en las visitas de Charlotte Breedlove. Sabía que no estaría bien visto por parte de su familia el hecho de quedar con una completa y misteriosa desconocida sin decir nada a nadie, tras el asesinato de su prima Roxanne. Aunque nadie se lo había impedido hasta entonces.

Sus encuentros comenzaban siendo triviales conversaciones. La señora de tez morena y rasgos robustos le había ayudado a valorar el embarazo, cosa que nadie de sus tíos ni de sus primos había hecho. Más adelante, Victoire comenzaba a hacer preguntas sobre la situación de América, dónde su compañera de cafés se había criado hacía mucho tiempo. Por último, le sonsacaba alguna pieza del inmenso puzzle del Clan del Ojo.

La joven acarició su barriga, hecho que se repetía continuamente. Le gustaba acariciar a Remus. Sentir sus patadas. Sus movimientos dentro de ella. Lo amaba. Se daba cuenta de que el verdadero amor, aquel que los cuentos decían que duran para siempre, es en realidad el de una madre con su hijo. Se le erizaba el vello al pensar que ya mismo podría sostenerlo entre sus delgados brazos. Que le alimentaría. Que le vestiría con trajes tan menudos que aún se preguntaba cómo una persona podría caber allí. Que le besaría la frente y le haría oler a colonia de bebé. Que yacería en la cama entre ella y Ted.

-Hola, Vic.- saludó Ted, ofreciéndole un beso en la frente.

Victoire sonrió al verle. Examinó su predominante barba de color castaño. Sus ojos rasgados, cuyo iris en aquella ocasión era una mezcla entre verde y marrón. También analizó el peso que había perdido, pero la fibra muscular que había obtenido a cambio. Se estaba haciendo un adulto poco a poco. Y padre.

La joven se mordió el labio pensando en lo jóvenes que eran y en lo poco que habían hablado de ello. No estaba insegura, tan solo necesitaba más comunicación.

-¿Te irás mañana también?- preguntó a media voz.

Ted Lupin observó a la joven que se encontraba recostaba en el sofá. Le miraba con algo de esperanza. Con dulzura. Con una melancolía que había arrastrado durante todo el verano, y que podía observar cada vez que llegaba.

-Sí, es la bienvenida de Hogwarts…- se quitó la chaqueta de cuero negra y la dejó en el perchero antes de sentarse a su lado y estrecharla en un delicado abrazo.- Le he dicho a Moonnie que se pase a verte por la mañana.

-No tiene por qué hacerlo, ya te lo he dicho.- dijo Victoire en un bufido.- Y a él también. Tengo amigas que vienen a verme cuando no estás.

Ted la miró divertido.

-No es que desconfíe de esas arpías…¡Auch¡- se quejó tras un débil puñetazo de Victoire.- Pero Alex es un auror. Ya sabes, te protege mejor.

La joven puso los ojos en blancos y puso una cara divertida que simulaba una infinita rabia:

-¡Yo puedo protegerme sola!

-Claro, cariño. Es solo que tu padre ha sido muy quisquilloso con lo de  que no te quedes sola todo el día…Y tu madre. ¡Le temo más a tu madre que a mi tío Harry cuando se enfada y me lanza un Expelliermus!- le correspondió una mirada asesina.- Ahora en serio: Te quiero y me siento muy culpable dejándote sola. Y no me hagas decir por qué.

Victoire sonrió y abrió los brazos para que Ted se fundiese en ellos.

-Ya lo sé, tonto.- le besó la coronilla, mientras el joven acariciaba la barriga que escondía a su hijo.

^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^

"¡Todos están, pues, muertos!

¡Todos muertos!

¡Héroe mío, mi Tristán!

¡El más leal de los amigos.

¿También hoy

tienes que traicionar a tu amigo?

¿Hoy, el día en que vengo

a asegurarte la más alta lealtad?

¡Despierta, despierta!

¡Despierta a mis lamentos!"

La música aumentó su ritmo. Todo el mundo estaba tenso cuando el hombre se inclinó sobre el cadáver sollozando.

"¡Oh tú. El más deslealmente

leal de los amigos!"

Suspiros de alivio y ovaciones de sorpresa sonaron cuando otro hombre tomó al cadáver de la joven e hizo que esta volviese en sí. La obra de Wagner estaba llegando a su fin en aquella ostentosa ópera de París.

"¡Se despierta! ¡Está viva!

¡Isolda!"

En una de las tribunas más escondida en las sombras, una figura esbelta y atractiva asintió con satisfacción. Su esmoquin hacía juego con la elegancia de aquel lugar. Con la joven de cabellos dorados que se encontraba a su lado, la cual parecía no encajar en aquel lugar. O al menos no disfrutar del sentimiento que aquella obra de Wagner podía transmitir.

-Es una copia barata de Shakespeare…-escupió en un susurro a su acompañante, que la miró de arriba abajo aprovechando una vista en primer plano del vestido negro que se acomodaba a la figura de la joven.

-No te obligué a que vinieses, Gwendoline.- respondió simplemente el Octavio, volviendo su vista al último acto de Tristán e Isolda.

La escena mostraba a dos hombres encantados por la aparente resurrección de la joven, que acababa de reparar en el cadáver de su amado Tristán. Gwendoline Cross puso los ojos en blanco. No era la primera vez que iba a la ópera. Simplemente no se decantaba por obras en las que reinaban los amores imposibles que mueren, debido al estúpido hecho de que no podían vivir el uno sin el otro.

Además, en esa obra había demasiados muggles. Todos los magos aceptaban a regañadientes ir a la ópera, una actividad que deleitaba a la élite intelectual de aquellos pobres, con la condición de no cruzar mirada alguna con ellos. Sólo los que más poder en aquel mundo sin varitas tenían eran los que podían codearse sin saberlo de magos. Magos y brujas que les manipulaban sin saberlo. Como siempre había sido, pensaba Gwendoline.

Cuando Isolda, cuyo color de cabello rojizo realmente molestaba a Gwendoline, acabó su extendido monólogo en el que se debatía en una vida sin su amado o en una muerte junto a él; se derrumbó en el suelo dejándose llevar por el amor.

-Oh, dios mío...¡No me lo esperaba!- comentó la joven con palabras impregnadas de sarcasmo.

Octavio le agarró fuertemente de la muñeca, haciendo retorcer su mano.

-No me obligues a devolverte a Hogwarts, Cross.

Como respuesta tan solo consiguió un bufido de la joven.

-Debes a aprender a comportarte delante de una dama que te acompañe a la ópera.

-Tú nunca serás una dama, Cross.- contestó Octavio con cierta burla.

La joven tensó su rostro.

-¿Y la muggle?¿Samantha?- tanteó el nombre buscando en la expresión de Octavio alguna reacción.- ¿Es ella una dama? ¿Es por eso por lo que te aseguraste de que no la matasen?- el ceño de Octavio se frunció y la miró con desdén.- Ya sabes: Siempre habrá un ojo en algún sitio.- tarareó evocando una canción que quizás solo ellos conociesen.

-Eso ya está arreglado. No volverá a molestar.-determinó Octavio levantándose de la butaca.

-Quizás ella sea la próxima Julieta, la próxima Isolda…- comentó Gwendoline teatralmente.- Porque la que no merezca la pena una vida sin ella.- añadió imitando la voz de la actriz que se retiraba del escenario.

Octavio buscó los ojos de Cross amenazándolos con fiereza.

-La acabaré matando, y si tienes tanta prisa por acabar con su vida, adelante. Ya que no puedes matar a una pequeña e inofensiva Weasley, al menos, inténtalo con una muggle loca.

La joven le respondió con un rugido y salió de la tribuna envuelta en el humo gris que dejaba su hechizo trasladador.

^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^

Ambos se encontraban uno frente al otro. Por un lado, Harry Potter sostenía una taza de té caliente entre sus manos, esperando que aquella infusión relajase un poco sus crispados nervios. En contraste, Edward Rolling se fumaba un cigarrillo observando divertido la expresión de su compañero.

-¿Acaso esperabas que Minerva nos dijese algo?- interrogó con algo de burla.- Ya te lo dije,  el duro más hueso de roer.

Harry Potter sorbió el té silenciosamente y examinó a su nuevo amigo.

-Perdona si creía que nuestra antigua amistad haría mella en su coraza.

-Bobadas, era tu profesora.- atacó Ed dándole otra calada al cigarro.

-Era más que eso, Ed.- suspiró Harry.

Ed se rascó la perilla y sonrió divertido.

-¿Sabes que ha encontrado Bastien sobre Ivonne? - preguntó de pronto el americano.- Nada. Absolutamente nada. Como si no existiese.

El hombre de pelo azabache y ojos esmeralda frunció el entrecejo un segundo.

-¿Y si no existe?¿Y si es un acrónimo? ¿O un símbolo de algo…?- se interrogó más así mismo que a su compañero. Se levantó como si algo lo estuviese inspirando y se escapase.- ¿Y si Ivonne ya no se llama Ivonne?

-¿Y cómo lo sabremos? Desconocemos quién era Ivonne antes, Potter.

-Revisaremos la correspondencia de Minerva, seguro que se ha puesto en contacto con ella para avisarle de que estamos intentando encontrarla. O rastrear su flujo de trasladación…

-¡Eso sería dañar su derecho de privacidad! ¡Es ilegal!

-¡La obstrucción también es ilegal!

-¡La obstrucción de un caso que ni si quiera has comunicado al Ministerio!- le gritó con más fuerza Ed, dando un golpe en la mesa.- Haz el favor de racionalizar…. Lo único que podemos hacer es que esa tal Ivonne cometa el más mínimo fallo y podremos rastrearla.

^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^

El tabique de su nariz estaba probablemente roto. No era la sangre que salía estrepitosamente de ella lo que lo indicaba. Ni tampoco sentir como su nariz dejaba de absorber aire con facilidad. Simplemente le había pasado otras veces. Su oponente se recuperaba del puño dolido. Aprovechó ese momento de debilidad para asestar un puñetazo en la barbilla de este. Escupió sangre. Recibió un puñetazo en el hombro. Solo por ese movimiento supo que él iba a ganar.

En cambio, su fornido y corpulento enemigo sacó la varita. Un cruccio entre dientes rotos hicieron que el joven musculoso de tez pálida sufriese mil agujas invisibles clavadas en todos los miembros de su cuerpo. Al igual que le ocurrió con el tabique roto, sabía que podía asestar un golpe con esa maldición clavándose en su cuerpo.

Aunque quizás, otra clase de golpe que no consistía en dar puñetazos.

-Sectusempra.- murmuró el joven.

Su contrincante, un hombre de quizás unos treinta años, observó cómo de su camiseta blanca comenzaba a asomarse sangre de varias heridas que habían sido abiertas como si de una espada invisible se tratase. Su rostro, una mezcla entre rabia e impotencia, se apagó al derrumbarse en el suelo.

Fue entonces cuando el murmullo de las personas que se encontraban alrededor, al menos unas veinte de musculosa constitución que se escondían entre las sombras de aquel callejón cubierto, se acrecentó. Se encontraban en mitad de la noche, en algún lugar oculto del Callejón Diagón. Nadie sabía que estaban allí. Ni entre ellos se conocían. El murmullo se hizo audible.

-Avada, Avada, Avada, Avada…

El joven de tez pálida y pelo rojizo observó orgulloso a la pequeña multitud que le animaba a acabar aquel combate. Los rostros de su público, entre sombras, pedían el fin. Enfundados en chupas de cuero, en chaquetas largas y rotas, en guantes roídos por ratas…Aquellos hombres vislumbraban su pasatiempo favorito del que solo los más atrevidos protagonizaban.

-Avada Kedavr-…

-¡FRED!- el grito que silenció el bullicio también congeló el conjuro.- ¿Qué demonios haces, Fred?- quiso saber una joven de tez morena y cabello largo que apareció de pronto entre la multitud.

Susan Jordan mostraba una expresión de decepción que hizo brotar una lágrima. Respiraba rápidamente y sus ojos buscaban una respuesta lógica a la escena que acababa de contemplar.

-No es lo que crees…- le aseguró, bajando su varita mirando a una sombra que se salió a la luz de la débil bombilla.

-Dijimos nada de novias, Ric.- comentó uno de sus espectadores con cierta burla hacia Fred Weasley.

La sombra que se acercó al joven le pasó la mano por encima del hombro. Sus  robustos rasgos, familiares para Susan, se tensaron al susurrarle al oído del joven:

-Llévatela de aquí.

En seguida, Fred acató la orden acercándose bruscamente hacia Susan y sacándola del callejón, cuyo bullicio se había incrementado en quejas hacia el joven. La joven miraba a su amigo espantada, como si realmente no fuese él.

-Fred, ibas a matar una persona.- señaló acusatoriamente la muchacha.

Aprovechó que estaban cerca de una zona más iluminada y con más gente para ir a un ritmo que Susan pudiese seguir más fácilmente. Cuando encontró un portal apartado de la poca gente que se encontraba en la calle, empujó a Susan fuertemente contra él, alejándola del joven. Este miró hacia ambos lados de la calle, como si alguien le estuviese siguiendo.

Cuando se aseguró de que estaban a salvo, puso su brazo al lado del rostro de su amiga.

-¿Qué puñetas haces siguiéndome?- le interrogó con dureza.

-¿Qué? No.- la joven negó con la cabeza.- ¿Qué puñetas haces tú?- le cuestionó imitando su rudeza.- Estamos todo el puñetero verano preocupados por dónde diablos te has metido…¿Y tú estás matando a pobres vagabundos…?

-No he matado a nadie.- dijo en susurros bruscos Fred mirándola con fiereza.

-¡Oh, venga, hombre¡- alzó la voz la joven.- ¡Te he visto lanzar un Ava…¡- su boca se encontró prisionera de la mano de Fred que la apretaba fuertemente, haciéndole daño. Su rostro se crispó de dolor, y acto seguido fue liberada.

Fred suspiró.

-No lo entenderías…Es una pelea callejera. Digamos que…He estado todo el puñetero verano metido en peleas callejeras con magos como esos.