Los mellizos Potter — capítulo 3
-Y aquí acaba el capítulo-dijo Lily-¿Quién quiere leer?
Las mismas personas de antes levantaron la mano.
-Jenny-dijo Lily
-Vale el capitulo se llama el vidrio que se desvaneció.
Habían pasado aproximadamente diez años desde el día en que los Dursley se despertaron y encontraron a su sobrino en la puerta de entrada, pero Privet Drive no había cambiado en absoluto. El sol se elevaba en los mismos jardincitos, iluminaba el número 4 de latón sobre la puerta de los Dursley y avanzaba en su salón, que era casi exactamente el mismo que aquél donde el señor Dursley había oído las ominosas noticias sobre las lechuzas, una noche 13 de hacía diez años. Sólo las fotos de la repisa de la chimenea eran testimonio del tiempo que había pasado. Diez años antes, había una gran cantidad de retratos de lo que parecía una gran pelota rosada con gorros de diferentes colores, pero Dudley Dursley ya no era un niño pequeño, y en aquel momento las fotos mostraban a un chico grande y rubio montando su primera bicicleta, en un tiovivo en la feria, jugando con su padre en el ordenador, besado y abrazado por su madre... La habitación no ofrecía señales de que allí vivieran otros niños.
-No entiendo a tu hermana, Sra Evans-dijo Minerva
-Sin embargo, Harry y Ann Potter estaban todavía allí, durmiendo en aquel momento, aunque no por mucho tiempo. Su tía Petunia se había despertado y su voz chillona era el primer ruido del día.
-¡Arriba! ¡A levantarse! ¡Ahora!- Harry se despertó con un sobresalto y despertó a Ann cosa que no le gustó a la pelirroja. Su tía llamó otra vez a la puerta.
-¡Arriba! —chilló de nuevo. Harry oyó sus pasos en dirección a la cocina, y después el roce de la sartén contra el fogón. El niño se dio la vuelta y trató de recordar el sueño que había tenido. Había sido bonito. Había una moto que volaba. Tenía la curiosa sensación de que había soñado lo mismo anteriormente.
-Vamos Ann o tía Petunia se enfadará-Dijo Harry
-Ay-dijo y se puso en pie de un salto
-¡¿Cómo puede levantar así a unos pobres niños?!-dijo Molly
-Su tía volvió a la puerta. -¿Ya estáis levantados? —quiso saber.
—Casi —respondió Ann
—Bueno, daros prisa, quiero que vigileis el beicon. Y no os atrevais a dejar que se queme. Quiero que todo sea perfecto el día del cumpleaños de Duddy. Harry gimió. -¿Qué haveis dicho? —gritó con ira desde el otro lado de la puerta.
—Nada, nada...- El cumpleaños de Dudley... ¿cómo habían podido olvidarlo? Harry se levantó lentamente y comenzó a buscar sus calcetines. Encontró un par debajo de la cama y, después de sacar una araña de uno, se los puso. Harry estaba acostumbrado a las arañas, porque la alacena que había debajo de las escaleras estaba llena de ellas,y allí dormían, pero Ann era otro tema.
-¡Duermen en una alacena!-dijo Britany ( Hermana de Jenny)
-Me las pagaras Tuney-dijo Lily
-Cuando estuvieron vestidos salieron al recibidor y entraron en la cocina. La mesa estaba casi cubierta por los regalos de cumpleaños de Dudley. Parecía que éste había conseguido el ordenador nuevo que quería, por no mencionar el segundo televisor y la bicicleta de carreras. La razón exacta por la que Dudley podía querer una bicicleta era un misterio para todos, ya que Dudley estaba muy gordo y aborrecía el ejercicio, excepto si conllevaba pegar a alguien, por supuesto. El saco de boxeo favorito de Dudley era Harry, pero no podía atraparlo muy a menudo. Aunque no lo parecía, Harry era muy rápido, dejo de gustarle Ann como saco boxeador hace 6 años porque cuando se durmió Ann el puso un bigote de pega.
-Muy buena-le dijo Fred sonriéndole, y -George se puso a reír cosa que solo Fred y Mallory sabían porque
**Tal vez tenía algo que ver con eso de vivir en una oscura alacena, pero Harry había sido siempre flaco y muy bajo para su edad. Además, parecía más pequeño y enjuto de lo que realmente era, porque toda la ropa que llevaba eran prendas viejas de Dudley, y su primo era cuatro veces más grande que él. Harry tenía un rostro delgado, rodillas huesudas, pelo negro y ojos de color verde brillante. Llevaba gafas redondas siempre pegadas con cinta adhesiva, consecuencia de todas las veces que Dudley le había pegado en la nariz. La única cosa que a Harry le gustaba de su apariencia era aquella pequeña cicatriz en la frente, con la forma de un relámpago. La tenía desde que podía acordarse, y lo primero que recordaba haber preguntado a su tía Petunia era cómo se la había hecho. —En el accidente de coche donde tus padres murieron —había dicho—. Y no hagas preguntas. «No hagas preguntas»: ésa era la primera regla que se debía observar si se quería vivir una vida tranquila con los Dursley. Ann era exactamente igual que su madre, -**su madre le sonrió- era de estatura mediana, delgada y con la piel pálida con algunas pecas. Su pelo era largo hasta la cintura, pelirrojo y liso. Sus ojos eran verdes. Llevaba unos vaqueros rosas, una camiseta verde con la frase "live the life" en letras blancas, en la que se podían a la perfección sus hombros (ya que se la habían comprado para que le durara años) y unas deportivas negras.
Tío Vernon entró a la cocina cuando Harry estaba dando la vuelta al tocino****y Ann estaba poniendo los platos.
-¡Péinate! —bramó como saludo matinal a Harry
-Imposible-canturrearon los merodeadores-el pelo de un Potter es indomable
-¡Límpiate!-le dijo a Ann, por sus pecas
-Que tonto que es-dijo Fred indignado, a lo que Ann sonrió.
-Harry estaba friendo los huevos cuando Dudley llegó a la cocina con su madre. Dudley se parecía mucho a tío Vernon. Tenía una cara grande y rosada, poco cuello, ojos pequeños de un tono azul acuoso, y abundante pelo rubio que cubría su cabeza gorda. Tía Petunia decía a menudo que Dudley parecía un angelito. Harry decía a menudo que Dudley parecía un cerdo con peluca y Ann decía que era una pelota enorme.
-Pues razón no os falta-dijo Ron
-Harry puso sobre la mesa los platos con huevos y beicon, lo que era difícil porque había poco espacio. Entretanto, Dudley contaba sus regalos. Su cara se ensombreció.
—Treinta y seis —dijo, mirando a su madre y a su padre—. Dos menos que el año pasado.
—Querido, no has contado el regalo de tía Marge. Mira, está debajo de este grande de mamá y papá.
—Muy bien, treinta y siete entonces —dijo Dudley, poniéndose rojo.
**-**Vamos de que se queja yo como mucho tenía 1 antes de venir aquí-dijo Mallory
-Lo siento-dijo Britany y Mallory la abrazó haciendo un gesto para que le restara importancia.
-Harry; que podía ver venir un gran berrinche de Dudley, comenzó a comerse el beicon lo más rápido posible, por si volcaba la mesa. Tía Petunia también sintió el peligro, porque dijo rápidamente: —Y vamos a comprarte dos regalos más cuando salgamos hoy. ¿Qué te 15 parece, pichoncito? Dos regalos más. ¿Está todo bien?- Dudley pensó durante un momento. Parecía un trabajo difícil para él. Por último, dijo lentamente.
—Entonces tendré treinta y… treinta y… —
-Vamos so bobo-dijo Hermione- 39, a este le hacen falta clases
-—Treinta y nueve, dulzura —dijo tía Petunia.
—Oh —Dudley se dejó caer pesadamente en su silla y cogió el regalo más cercano—. Entonces está bien. Tío Vernon rió entre dientes.
—El pequeño tunante quiere que le den lo que vale, igual que su padre. ¡Bravo, Dudley! —dijo, y revolvió el pelo de su hijo
-Entonces no vale nada-dijo Charlie
-En aquel momento sonó el teléfono y tía Petunia fue a cogerlo, mientras Harry, Ann y tío Vernon miraban a Dudley, que estaba desembalando la bicicleta de carreras, la filmadora, el avión con control remoto, dieciséis juegos nuevos para el ordenador y un vídeo. Estaba rompiendo el envoltorio de un reloj de oro, cuando tía Petunia volvió, enfadada y preocupada a la vez.
—Malas noticias, Vernon —dijo—. La señora Figg se ha fracturado una pierna. No puede cuidarlos. —Volvió la cabeza en dirección a Harry y a Ann. La boca de Dudley se abrió con horror, pero los corazones de Harry y Ann dieron un salto. Cada año, el día del cumpleaños de Dudley, sus padres lo llevaban con un amigo a pasar el día a un parque de atracciones, a comer hamburguesas o al cine. Cada año, ellos se quedaban con la señora Figg, una anciana loca que vivía a dos manzanas. Harry no podía soportar ir allí. Toda la casa olía a repollo y la señora Figg le hacía mirar las fotos de todos los gatos que había tenido, a Ann no le importaba tanto pero igualmente no le gustaba mucho ir.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó tía Petunia, mirando con ira a Harry y a Ann como si ellos lo hubieran planeado todo. Sabían que deberían sentir pena por la pierna de la señora Figg, pero no era fácil cuando recordaba que pasaría un año antes de tener que ver otra vez a Tibbles, Snowy, el Señor Paws o Tufty.
—Podemos llamar a Marge —sugirió tío Vernon.
—No seas tonto, Vernon, ella no aguanta a los chicos.
**-¡**Mejor!-dijeron Harry y Ann a la vez
-Los Dursley hablaban a menudo sobre ellos de aquella manera, como si no estuvieran allí, o más bien como si pensaran que eran tan tontos que no podían entenderlos, algo así como un gusano. —¿Y qué me dices de... tu amiga... cómo se llama... Yvonne?
—Está de vacaciones en Mallorca —respondió enfadada tía Petunia.
—Podéis dejarnos aquí —sugirió esperanzado Harry. Podrían ver lo que quisieran en la televisión, para variar, y tal vez incluso hasta jugarían con el ordenador de Dudley Tía Petunia lo miró como si se hubiera tragado un limón.
-¿Y volver y encontrar la casa en ruinas? —rezongó.
—No quemaremos la casa —dijo Ann, pero no le escucharon.
**-**Que desconfiados-dijo Fabian
-—Supongo que podemos llevarlos al zoológico —dijo en voz baja tía Petunia—... y dejarlos en el coche...
—El coche es nuevo, no se quedarán allí solos...-dijo Vernon. Dudley comenzó a llorar a gritos. En realidad no lloraba, hacía años que no lloraba de verdad, pero sabía que, si retorcía la cara y gritaba, su madre le daría cualquier cosa que quisiera.
**-**Que malcriado-dijo Gideon
-—Mi pequeñito Dudley no llores, mamá no dejará que te estropeen tu día especial —exclamó, abrazándolo.
-¡En que se ha convertido Petunia!-dijo Lily
— ¡Yo... no... Quiero... que... ellos vengan! —Exclamó Dudley entre fingidos sollozos—. ¡Siempre lo estropea todo! —Les hizo una mueca burlona a Harry y a Ann, desde los brazos de su madre. Justo entonces, sonó el timbre de la puerta.
— ¡Oh, Dios, ya están aquí! —dijo tía Petunia en tono desesperado y, un momento más tarde, el mejor amigo de Dudley, Piers Polkiss, entró con su madre. Piers era un chico flacucho con cara de rata. Era el que, habitualmente, sujetaba los brazos de los chicos detrás de la espalda mientras Dudley les pegaba. Dudley suspendió su fingido llanto de inmediato. Media hora más tarde, Harry y Ann, que no podían creer en su suerte, estaban sentados en la parte de atrás del coche de los Dursley, junto con Piers y Dudley, camino del zoológico por primera vez en su vida. A sus tíos no se les había ocurrido una idea mejor, pero antes de salir tío Vernon se llevó aparte a Harry y a Ann.
—Os lo advierto —dijo, acercando su rostro grande y rojo al de Harry—. Os estoy avisando ahora, chicos: cualquier cosa rara, lo que sea, y os quedareis en la alacena hasta la Navidad.
—No haremos nada —dijo Harry—. De verdad... Pero tío Vernon no le creía. Nadie lo hacía. El problema era que, a menudo, ocurrían cosas extrañas cerca de Harry y Ann no conseguía nada con decir a los Dursley que él no las causaba. En una ocasión, tía Petunia, cansada de que Harry volviera de la peluquería como si no hubiera ido, cogió unas tijeras de la cocina y le cortó el pelo casi al rape, exceptuando el flequillo, que le dejó «para ocultar la horrible cicatriz». Dudley se rió como un tonto, burlándose de Harry, que pasó la noche sin dormir imaginando lo que pasaría en el colegio al día siguiente, donde ya se reían de su ropa holgada y sus gafas remendadas. Sin embargo, a la mañana siguiente, descubrió al levantarse que su pelo estaba exactamente igual que antes de que su tía lo cortara. Como castigo, lo encerraron en la alacena durante una semana, aunque intentó decirles que no podía explicar cómo le había crecido tan deprisa el pelo.
-Os lo hemos dicho-dijeron los merodeadores
-Otro día, tía Petunia había tratado de meter a Ann dentro de un repugnante jersey viejo de Dudley (marrón, con manchas anaranjadas). Cuanto más intentaba pasárselo por la cabeza, más pequeña se volvía la prenda, hasta que finalmente le habría sentado como un guante a una muñeca, pero no a Ann. Tía Petunia creyó que debía de haberse encogido al lavarlo y, para su gran alivio, Ann no fue castigada. Por otra parte, habían tenido un problema terrible cuando los encontraron en el techo de la cocina del colegio. El grupo de Dudley los perseguía como de costumbre cuando, tanto para sorpresa de Harry y Ann como de los demás, se encontraron sentados en la chimenea. Los Dursley recibieron una carta amenazadora de la directora del colegio, diciéndoles que Harry y Ann andaban trepando por los techos del colegio. Pero lo único que trataban de hacer (como le gritaron a tío Vernon a través de la puerta cerrada de la alacena) fue saltar los grandes cubos que estaban detrás de la puerta de la cocina. Harry y Ann suponían que el viento lo había levantado en medio de su salto.
-¿En serio?-dijo Mallory-Aunque creíais que erais muggles la magia tiene más sentido.
-Nos prohibieron la palabra magia a los 3 años-dijo Ann-decían que lo irreal no era importante
-Pero aquel día nada iba a salir mal. Incluso estaba bien pasar el día con Dudley y Piers si eso significaba no tener que estar en el colegio, en su alacena, o en el salón de la señora Figg, con su olor a repollo. Mientras conducía, tío Vernon se quejaba a tía Petunia. Le gustaba quejarse de muchas cosas. Ann, Harry, el ayuntamiento, Ann, Harry, el banco, Ann y Harry eran algunos de sus temas favoritos. Aquella mañana les tocó a los motoristas.
**-**No es nada monotemático-dijo Charlie con ironía en la voz
-haciendo ruido como locos esos gamberros —dijo, mientras una moto los adelantaba.
—Tuve un sueño sobre una moto —dijo Harry recordando de pronto—. Estaba volando.
Tío Vernon casi chocó con el coche que iba delante del suyo. Se dio la vuelta en el asiento y gritó a Harry: — ¡LAS MOTOS NO VUELAN! Su rostro era como una gigantesca remolacha con bigotes. Dudley y Piers se rieron disimuladamente.
—Ya sé que no lo hacen —dijo Harry—. Fue sólo un sueño.
—Yo soñé en una fiesta con un niño y una niña, en las que salían serpentinas de unas cosas parecidas a palos muy finos-dijo Ann, Vernon estaba rojo-y después a gente llorando.-Eso le calmó, le encantaba cuando gente que no conocía lloraba.
-Este tío está loco-dijo Josh
-Era un sábado muy soleado y el zoológico estaba repleto de familias. Los Dursley compraron a Dudley y a Piers unos grandes helados de chocolate en la entrada, y luego, como la sonriente señora del puesto preguntó a Harry y a Ann qué querían antes de que pudieran alejarse, les compraron un polo de limón, que era el más barato. Aquello tampoco estaba mal, dijo Ann, chupándolo mientras observaban a un gorila que se rascaba la cabeza y se parecía notablemente a Dudley, salvo que no era rubio. Fue la mejor mañana que habían pasado en mucho tiempo. Tuvieron cuidado de andar un poco alejado de los Dursley, para que Dudley y Piers, que comenzaban a aburrirse de los animales cuando se acercaba la hora de comer, no empezaran a practicar su deporte favorito, que era pegar a Harry. Comieron en el restaurante del zoológico, y cuando Dudley tuvo una rabieta porque su bocadillo no era lo suficientemente grande, tío Vernon le compró otro y Harry y Ann tuvieron permiso para terminarse el primero.
-¡Permiso!-gritó McGonagall-¡Permiso para comer! ¡No me lo puedo creer!
-¡Minerva!-gritó Mallory y todo el comedor enmudeció-Deja que termine-dijo ya tranquila.
-Continuaré leyendo-dijo Jenny-Más tarde, Ann pensó que debía haber sabido que aquello era demasiado bueno para durar. Después de comer fueron a ver los reptiles. Estaba oscuro y hacía frío, y había vidrieras iluminadas a lo largo de las paredes. Detrás de los vidrios, toda clase de serpientes y lagartos se arrastraban y se deslizaban por las piedras y los troncos. Dudley y Piers querían ver las gigantescas cobras venenosas y las gruesas pitones que estrujaban a los hombres. Dudley encontró rápidamente la serpiente más grande. Podía haber envuelto el coche de tío Vernon y haberlo aplastado como si fuera una lata, pero en aquel momento no parecía tener ganas. En realidad, estaba profundamente dormida. Dudley permaneció con la nariz apretada contra el vidrio, contemplando el brillo de su piel.
—Haz que se mueva —le exigió a su padre. Tío Vernon golpeó el vidrio, pero la serpiente no se movió.
—Hazlo de nuevo —ordenó Dudley. Tío Vernon golpeó con los nudillos, pero el animal siguió dormitando.
—Esto es aburrido —se quejó Dudley. Se alejó arrastrando los pies.
-Los animales no se despiertan dándoles golpes tonto-dijo Tonks
-Harry y Ann se movieron frente al vidrio y miraron intensamente a la serpiente. Si éllos hubieran estado allí dentro, sin duda se habrían muerto de aburrimiento, sin ninguna compañía, salvo la de gente estúpida golpeando el vidrio y molestando todo el día. Era peor que tener por dormitorio una alacena donde la única visitante era tía Petunia, llamando a la puerta para despertarlos: al menos, éllos podía recorrer el resto de la casa. De pronto, la serpiente abrió sus ojillos, pequeños y brillantes como cuentas. Lenta, muy lentamente, levantó la cabeza hasta que sus ojos estuvieron al nivel de los de Harry. Guiñó un ojo. Harry la miró fijamente. Luego echó rápidamente un vistazo a su alrededor, para ver si alguien lo observaba. Nadie le prestaba atención. Miró de nuevo a la serpiente y también le guiñó un ojo. La serpiente torció la cabeza hacia tío Vernon y Dudley, y luego levantó los ojos hacia el techo. Dirigió a Harry una mirada que decía claramente: —Me pasa esto constantemente.
—Lo sé —murmuró Harry a través del vidrio, aunque no estaba seguro de que la serpiente pudiera oírlo—. Debe de ser realmente molesto.
-Harry ¿con quién hablas?-dijo Ann
-Espera un segundo ¿me podéis decir porque mi hijo habla parsel?-dijo James
-Luego lo explica papa-dijo Harry
-La serpiente asintió vigorosamente. —A propósito, ¿de dónde vienes? —preguntó Harry La serpiente levantó la cola hacia el pequeño cartel que había cerca del vidrio. Harry miró con curiosidad. «Boa Constrictor, Brasil.» Ann le miraba como si se hubiera vuelto loco
-¿Era bonito aquello? La boa constrictor volvió a señalar con la cola y Harry leyó: «Este espécimen fue criado en el zoológico». —Oh, ya veo. ¿Entonces nunca has estado en Brasil? La serpiente negaba con la cabeza.
-Harry ¿Estás hablando con una serpiente?-dijo Ann, pero un grito ensordecedor detrás de ellos los hizo saltar
-¡DUDLEY! ¡SEÑOR DURSLEY! ¡VENGAN A VER A LA SERPIENTE! ¡NO VAN A CREER LO QUE ESTÁ HACIENDO! Dudley se acercó contoneándose, lo más rápido que pudo.
—Quita de en medio —dijo, golpeando a Harry en las costillas. Cogido por sorpresa, Harry por poco cae al suelo de cemento, menos mal que estaba Ann y lo cogió para evitar el golpe. Lo que sucedió a continuación fue tan rápido que nadie supo cómo había pasado: Piers y Dudley estaban inclinados cerca del vidrio, y al instante siguiente saltaron hacia atrás aullando de terror. Harry se incorporó y se quedó boquiabierto: el vidrio que cerraba el cubículo de la boa constrictor había desaparecido. La descomunal serpiente se había desenrollado rápidamente y en aquel momento se arrastraba por el suelo. Las personas que estaban en la casa de los reptiles gritaban y corrían hacia las salidas.
**-**Magia-dijo Ginny poniendo manos de jazz.
-Mientras la serpiente se deslizaba ante él, Harry habría podido jurar que una voz baja y sibilante decía: —Brasil, allá voy... Gracias, amigo. El encargado de los reptiles se encontraba totalmente conmocionado.
—Pero... ¿y el vidrio? —repetía—. ¿Adónde ha ido el vidrio? El director del zoológico en persona preparó una taza de té fuerte y dulce para tía Petunia, mientras se disculpaba una y otra vez. Piers y Dudley no dejaban de quejarse. Por lo que Harry y Ann habían visto, la serpiente no había hecho más que darles un golpe juguetón en los pies, pero cuando volvieron al asiento trasero del coche de tío Vernon, Dudley les contó que casi lo había mordido en la pierna, mientras Piers juraba que había intentado estrangularlo. Pero lo peor, para Harry al menos, fue cuando Piers se calmó y pudo decir: —Harry le estaba hablando. ¿Verdad, Harry? Tío Vernon esperó hasta que Piers se hubo marchado, antes de enfrentarse con Harry. Estaba tan enfadado que casi no podía hablar. —A la... alacena... quédaros... no hay comida —pudo decir, antes de desplomarse en una silla. Tía Petunia tuvo que servirle una copa de brandy.
-¡¿Cómo puede castigar a unos niños sin comida?!-dijo Molly fuera de sus papeles
-Tranquila, cielo-dijo Arthur intentando calmarla
-Mucho más tarde, Harry y Ann estaban acostados en su alacena oscura, deseando tener un reloj. No sabía qué hora era y no podía estar seguro de que los Dursley estuvieran dormidos. Hasta que lo estuvieran, no podía arriesgarse a ir a la cocina a buscar algo de comer. Había vivido con los Dursley casi diez años, diez años desgraciados, hasta donde podía acordarse, desde que era un niño pequeño y sus padres habían muerto en un accidente de coche. No podía recordar haber estado en el coche cuando sus padres murieron. Algunas veces, cuando forzaba su memoria durante las largas horas en su alacena, tenía una extraña visión, un relámpago cegador de luz verde y un dolor como el de una quemadura en su frente. Aquello debía de ser el choque, suponía, aunque no podía imaginar de dónde procedía la luz verde. Y no podía recordar nada de sus padres. Sus tíos nunca hablaban de ellos y, por supuesto, tenía prohibido hacer preguntas. Tampoco había fotos de ellos en la casa.
-¿En que piensas?-dijo Ann
-En cómo habían muerto papa y mama y en qué hora era para poder ir a comer, ¿y tú?
-En una nueva broma-dijo Ann-Con algunas cosas de Dudley que he encontrado, y le enseñó: masa de tortitas, mahonesa, pintura verde y revistas. Y no, no es para comer, para eso ya tenemos esto- y sacó un poco de chocolate, golosinas y dulces-no queda mucho ¿nos repartimos una parte?-Y en un minuto estábamos los dos comiendo, hasta que lo que teníamos se nos terminó-No podemos más, nos castigan casi todos los meses, necesitamos más recursos, me voy a hacerle la broma a Dudley ¿Vienes?-Harry negó con la cabeza y se fue.
-¿De dónde sacabais los recursos?-preguntó Desmond
-Del supermercado cuando nos encontrábamos dinero por ahí, de casa de la Sra Figg, de la nevera de Dudley, etc.-respondió Ann
-**Cuando era más pequeño, Harry soñaba una y otra vez que algún pariente desconocido iba a buscar a Ann y a el para llevárselos, pero eso nunca sucedió: los Dursley eran su única familia. Pero a veces pensaba (tal vez era más bien que lo deseaba) que había personas desconocidas que se comportaban como si lo conocieran. Eran desconocidos muy extraños. Un hombrecito con un sombrero violeta lo había saludado, cuando estaba de compras con tía Petunia y Dudley Después de preguntarle con ira si conocía al hombre, tía Petunia se los había llevado de la tienda, sin comprar nada. Una mujer anciana con aspecto estrafalario, toda vestida de verde, también lo había saludado alegremente en 21 un autobús. Un hombre calvo, con un abrigo largo, color púrpura, le había estrechado la mano en la calle y se había alejado sin decir una palabra. Lo más raro de toda aquella gente era la forma en que parecían desaparecer en el momento en que Harry trataba de acercarse. En el colegio, Harry no tenía amigos . Todos sabían que el grupo de Dudley odiaba a aquel extraño Harry Potter, con su ropa vieja y holgada y sus gafas rotas, y a Ann Potter la "rarita" y a nadie le gustaba estar en contra de la banda de Dudley.****_____________________________________________________________________________****Espero que os haya gustado.****Ya tengo decidido que intentaé publicar: Lunes, Miercoles, Viernes y Domingos.**Adiós!!!