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Los mellizos Potter — capítulo 5

-Muy bien-dijo Dumbledore, cuando terminaron de comer-¿Quien lee ahora?

Las mismas personas de antes levantaron la mano

-Mallory-dijo Dumbledore y le pasó el libro

-Gracias Albus, vale el capítulo se llama Las cartas de nadie

La fuga de la boa constrictor les acarreó a Harry y a Ann el castigo más largo de su vida. Cuando les  dieron permiso para salir de su alacena ya habían comenzado las vacaciones de verano y Dudley había roto su nueva filmadora, conseguido que su avión con control remoto se estrellara y, en la primera salida que hizo con su bicicleta de carreras, había atropellado a la anciana señora Figg cuando cruzaba Privet Drive con sus muletas. Harry y Ann se alegraban de que el colegio hubiera terminado,

-¿Por qué?-preguntó Lily

-Porque era el cole-dijo Harry

-pero no había forma de escapar de la banda de Dudley, que visitaba la casa cada día. Piers, Dennis, Malcolm y Gordon eran todos grandes y estúpidos, pero como Dudley era el más grande y el más estúpido de todos, era el jefe. Los demás se sentían muy felices de practicar el deporte favorito de Dudley: cazar a Harry. Por esa razón, Harry y Ann pasaban tanto tiempo como le resultara posible fuera de la casa, dando vueltas por ahí y pensando en el fin de las vacaciones, cuando podría existir un pequeño rayo de esperanza: en septiembre estudiaría secundaria y, por primera vez en su vida, no irían a la misma clase que su primo. Dudley tenía una plaza en el antiguo colegio de tío Vernon, Smelting. Piers Polkiss también iría allí. Harry y Ann en cambio, irían a la escuela secundaria Stonewall, de la zona. Dudley encontraba eso muy divertido.

-Ni en broma, mis hijos irán a Hogwarts como que me llamo James Charlus Potter-dijo James

-Papa, estamos aquí-dijo Ann y James se sonrojó

-Allí, en Stonewall, meten las cabezas de la gente en el inodoro el primer día —dijo a Harry y a Ann—. ¿Quereis venir arriba y ensayar?

—No, gracias —respondió Harry—. Los pobres inodoros nunca han tenido que soportar nada tan horrible como tu cabeza y pueden marearse. —Luego salió corriendo antes de que Dudley pudiera entender lo que le había dicho

**-**Que listo, escapando de los problemas-dijo Remus

-Un día del mes de julio, tía Petunia llevó a Dudley a Londres para comprarle su uniforme de Smelting, dejando a Harry y a Ann en casa de la señora Figg. Aquello no resultó tan terrible como de costumbre. La señora Figg se había fracturado la pierna al tropezar con un gato y ya no parecía tan encariñada con ellos como antes. Dejó que Harry y Ann viera la televisión y le dio un pedazo de pastel de chocolate que, por el sabor, parecía que había estado guardado desde hacía años.

**-**Puede ser-susurró Dumbledore

Aquella tarde, Dudley desfiló por el salón, ante la familia, con su uniforme nuevo. Los muchachos de Smelting llevaban frac rojo oscuro, pantalones de color naranja y sombrero de paja, rígido y plano. También llevaban bastones con nudos, que utilizaban para pelearse cuando los profesores no los veían. Debían de pensar que aquél era un buen entrenamiento para la vida futura. Mientras miraba a Dudley con sus nuevos pantalones, tío Vernon dijo con voz ronca que aquél era el momento de mayor orgullo de su vida. Tía Petunia estalló en lágrimas y dijo que no podía creer que aquél fuera su pequeño Dudley, tan apuesto y crecido. Harry no se atrevía a hablar. Creyó que se le iban a romper las costillas del esfuerzo que hacía por no reírse.

A la mañana siguiente, cuando Harry fue a tomar el desayuno, un olor horrible inundaba toda la cocina. Parecía proceder de un gran cubo de metal que estaba en el fregadero. Se acercó a mirar. El cubo estaba lleno de lo que parecían trapos sucios flotando en agua gris.

-¿Qué es eso? —pregunto Ann a tía Petunia. La mujer frunció los labios, como hacía siempre que Harry o Ann se atrevía a preguntar algo. -Vuestro nuevo uniforme del colegio —dijo.

**-**Ni en broma-dijo Sirius-el usará una capa

-Harry se puso a mirar en el recipiente                                                                                         —Oh —comentó—. No sabía que tenía que estar mojado. —No seas estúpido —dijo con ira tía Petunia—. Estoy tiñendo de gris algunas cosas viejas de Dudley. Cuando termine, quedará igual que los de los demás. Harry y Ann tenían serias dudas de que fuera así, pero pensaron que era mejor no discutir. Se sentó a la mesa y trataron de no imaginarse el aspecto que tendrían en su primer día de la escuela secundaria Stonewall. Seguramente parecería que llevaba puestos pedazos de piel de un elefante viejo. Dudley y tío Vernon entraron, los dos frunciendo la nariz a causa del olor del nuevo uniforme de Harry y Ann. Tío Vernon abrió, como siempre, su periódico y Dudley golpeó la mesa con su bastón del colegio, que llevaba a todas partes. Todos oyeron el ruido en el buzón y las cartas que caían sobre el felpudo.

—Trae la correspondencia, Dudley —dijo tío Vernon, detrás de su periódico.

-Madre mía-dijo Ted Tonks- eso hay que enmarcarlo

-—Que vaya Harry

-Me he adelantado-dijo el

**—Traer las cartas. —Que lo haga Dudley.-dijo Ann —Pégales con tu bastón, Dudley. Harry  y Ann esquivaron el golpe y fueron a buscar la correspondencia. Había cuatro cartas en el felpudo: una postal de Marge, la hermana de tío Vernon, que estaba de vacaciones en la isla de Wight; un sobre color marrón, que parecía una factura, una carta para Harry y otra para Ann. Harry las recogió, le pasó la suya a Ann y las miraron fijamente, con el corazón vibrando como una gigantesca banda elástica. Nadie, nunca, en toda su vida, les había escrito a ellos. ¿Quién podía ser? No tenían amigos ni otros parientes. Ni siquiera eran socios de la biblioteca, así que nunca habían recibido notas que les reclamaran la devolución de libros.**Sin embargo, allí estaban, dos cartas dirigidas a ellos de una manera tan clara que no había equivocación posible.

Señor H. Potter                                                    Señora A. Potter

Alacena Debajo de la Escalera                         Alacena Debajo de la Escalera

Privet Drive, 4                                                     Privet Drive, 4

Little Whinging                                                   Little Whinging

Surrey                                                                   Surrey

-¡¡¡Es la carta!!!-dijeron todos los del gran comedor

-El sobre era grueso y pesado, hecho de pergamino amarillento, y la dirección estaba escrita con tinta verde esmeralda. No tenía sello. Con las manos temblorosas, Ann le dio la vuelta al sobre y vio un sello de lacre púrpura con un escudo de armas: un león, un águila, un tejón y una serpiente, que rodeaban una gran letra H.

-¡Daros prisa, chicos! —Exclamó tío Vernon desde la cocina—. ¿Qué estás haciendo, comprobando si hay cartas-bomba? —Se rió de su propio chiste.

-¡Eso era un chiste!-dijo George con indignación

-Harry y Ann se volvieron a la cocina, todavía contemplando su carta. Ann entregó a tío Vernon  la factura y Harry le entregó a Tía Petunia la postal , se sentaron y lentamente comenzaron a abrir el sobre amarillo. Tío Vernon rompió el sobre de la factura, resopló disgustado y Tía Petunia echó una mirada a la postal.

—Marge está enferma —informó tía Petunia—. Al parecer comió algo en mal estado.

-¡Papá! —Dijo de pronto Dudley—. ¡Papá, Harry ha recibido algo! ¡Y Ann!

**-¡**Ese niño no puede estar calladito!-dijo Tonks sin poder contener la furiaa

Harry y Ann estaban a punto de desdoblar su carta, que estaba escrita en el mismo pergamino que el sobre, cuando tío Vernon se las arrancó de la mano.

-¡Es mía! —dijo Ann; tratando de recuperarla.

-¿Quién os va a escribir a vosotros? —dijo con tono despectivo tío Vernon, abriendo la carta con una mano y echándole una mirada. Su rostro pasó del rojo al verde con la misma velocidad que las luces del semáforo. Y no se detuvo ahí. En segundos adquirió el blanco grisáceo de un plato de avena cocida reseca.

-¡Pe... Pe... Petunia! —bufó. Dudley trató de coger la carta para leerla, pero tío Vernon la mantenía muy alta, fuera de su alcance. Tía Petunia las cogió con curiosidad y leyó la primera línea. Durante un momento pareció que iba a desmayarse. Se apretó la garganta y dejó escapar un gemido.

—¡Vernon! ¡Oh, Dios mío... Vernon! Se miraron como si hubieran olvidado que Harry, Ann y Dudley todavía estaban allí. Dudley no estaba acostumbrado a que no le hicieran caso. Golpeó a su padre en la cabeza con el bastón de Smelting.

—Quiero leer esa carta —dijo a gritos.

—Yo soy quien quiere leerla —dijo Harry con rabia—. Es mía.

—Fuera de aquí, los tres —graznó tío Vernon, metiendo la carta en el sobre. Harry y Ann no se movieron.

-¡QUIERO MI CARTA! —gritó Ann

-¡Déjame verla! —exigió Dudley

-¡FUERA! —gritó tío Vernon y, cogiendo a Harry y a Dudley por el cogote y a Ann por las piernas, los arrojó al recibidor y cerró la puerta de la cocina. Harry y Dudley iniciaron una lucha, furiosa pero callada, para ver quién espiaba por el ojo de la cerradura, mientras Ann que se había ido a la alacena a coger algo.

-A ver; pintura, jabón, palillos y un clip, usaré el clip-dijo Ann y se fue decididamente a la puerta, separó a Harry y a Dudley, y al minuto abrió la cerradura pero como los Dursley estaban demasiado concentrados en su conversación ni se inmutaron.

-Vernon —decía tía Petunia, con voz temblorosa—, mirando los sobres. ¿Cómo es posible que sepan dónde duerme él? No estarán vigilando la casa, ¿verdad?

—Vigilando, espiando... Hasta pueden estar siguiéndonos —murmuró tío Vernon, agitado.

-Este muggle es un exagerado-dijo Severus Snape

-—Pero ¿qué podemos hacer, Vernon? ¿Les contestamos? Les decimos que no queremos...  Tío Vernon estaba yendo y viniendo por la cocina.

—No —dijo finalmente—. No, no les haremos caso. Si no reciben una respuesta... Sí, eso es lo mejor... No haremos nada... —Pero...

—¡No pienso tener a uno de ellos en la casa, Petunia! ¿No lo juramos cuando recibimos y destruimos aquella peligrosa tontería?

-¡Tontería!-dijo Lucius-Usted sí que es una tontería asqueroso mago de pacotilla.

-Aquella noche, cuando regresó del trabajo, tío Vernon hizo algo que no había hecho nunca: visitó a Harry y a Ann en su alacena.

—¿Dónde están las cartas? —dijo Harry, en el momento en que tío Vernon pasaba con dificultad por la puerta

— ¿Quién nos escribió?-dijo Ann

—Nadie. Estaba dirigida a vosotros por error —dijo tío Vernon con tono cortante—. Las quemé.

—No era un error —dijo Harry enfadado

— Estaba nuestra alacena en el sobre-dijo Ann

—¡SILENCIO! —gritó el tío Vernon, y unas arañas cayeron del techo a lo que Ann se puso a gimotear. Respiró profundamente y luego sonrió, esforzándose tanto por hacerlo que parecía sentir dolor. —Ah, sí, chicos, en lo que se refiere a la alacena... Tu tía y yo estuvimos pensando... Realmente ya soys muy mayores para esto... Pensamos que estaría bien que os mudarais al segundo dormitorio de Dudley

-¡Tiene 2 dormitorios y dormían en una alacena!-gritó Lily

-—¿Por qué? —dijo Harry

—¡No hagas preguntas! —exclamó—. Llevar vuestras cosas arriba ahora mismo. La casa de los Dursley tenía cuatro dormitorios: uno para tío Vernon y tía Petunia, otro para las visitas (habitualmente Marge, la hermana de Vernon), en el tercero dormía Dudley y en el último guardaba todos los juguetes y cosas que no cabían en aquél. En un solo viaje Harry y Ann trasladaron todo lo que le pertenecía, desde la alacena a su nuevo dormitorio. Se sentaron en la cama y miraron alrededor. Allí casi todo estaba roto. La filmadora estaba sobre un carro de combate que una vez Dudley hizo andar sobre el perro del vecino, y en un rincón estaba el primer televisor de Dudley, al que dio una patada cuando dejaron de emitir su programa favorito. También había una gran jaula que alguna vez tuvo dentro un loro, pero Dudley lo cambió en el colegio por un rifle de aire comprimido, que en aquel momento estaba en un estante con la punta torcida, porque Dudley se había sentado encima. El resto de las estanterías estaban llenas de libros. Era lo único que parecía que nunca había sido tocado.

-Bueno al menos, tengo cosas para hacer bromas y libros-dijo Ann intentando ser optimista Desde abajo llegaba el sonido de los gritos de Dudley a su madre.  —No quiero que estén allí... Necesito esa habitación... Échalos... Harry suspiró y Ann se tumbó en la cama. El día anterior habrían dado cualquier cosa por estar en aquella habitación. Pero en aquel momento preferían volver a su alacena con la carta a estar allí sin ella.

-Te entiendo-dijo Jenny, mirando a Sirius

-A la mañana siguiente, durante el desayuno, todos estaban muy callados. Dudley se hallaba en estado de conmoción. Había gritado, había pegado a su padre con el bastón de Smelting, se había puesto malo a propósito, le había dado una patada a su madre, arrojado la tortuga por el techo del invernadero, y seguía sin conseguir que le devolvieran su habitación. Harry estaba pensando en el día anterior, y con amargura pensó que ojalá hubiera abierto la carta en el vestíbulo. Ann pensaba en cómo conseguir la carta, Tío Vernon y tía Petunia se miraban misteriosamente. Cuando llegó el correo, tío Vernon, que parecía hacer esfuerzos por ser amable con Harry y Ann, hizo que fuera Dudley. Lo oyeron golpear cosas con su bastón en su camino hasta la puerta. Entonces gritó.

—¡Hay dos más! Señor H. Potter, El Dormitorio Más Pequeño, Privet Drive, 4... y Sra A. Potter, El Dormitorio más pequeño… Con un grito ahogado, tío Vernon se levantó de su asiente y corrió hacia el vestíbulo, con Harry siguiéndolo. Allí tuvo que forcejear con su hijo para quitarle la carta, lo que le resultaba difícil porque Harry le tiraba del cuello. Después de un minuto de confusa lucha, en la que todos recibieron golpes del bastón, tío Vernon se enderezó con la carta de Harry arrugada en su mano, jadeando para recuperar la respiración, a lo que al segundo Ann se la quitó, hasta que llegó a manos de tía Petunia. —Iros a vuestra alacena, quiero decir dormitorio —dijo a Harry y a Ann sin dejar de jadear—.

-Y Dudley.. Vete... Vete de aquí. Harry paseó en círculos por su nueva habitación, mientras Ann leía.

- Alguien sabía que nos habíamos ido de la alacena y también parecía saber que no habíamos recibido la primera carta. ¿Eso significaría que lo intentarían de nuevo? Pues la próxima vez se aseguraría de que no fallaran. Tenía un plan.-dijo Harry

-Oh no-dijo Sirius-espero que no tengas el don de James para fracasar

-Oye-dijeron los Potter a la vez

-Vale-dijo Ann-pero yo no voy contigo, tengo otro plan mucho más efectivo.

-El reloj despertador arreglado sonó a las seis de la mañana siguiente. Harry lo apagó rápidamente y se vistió en silencio: no debía despertar a los Dursley. Se deslizó por la escalera sin encender ninguna luz. Esperaría al cartero en la esquina de Privet Drive y recogería las cartas para el número 4 antes de que su tío pudiera encontrarlas. El corazón le latía aceleradamente mientras atravesaba el recibidor oscuro hacia la puerta.                         —¡AAAUUUGGG!

Harry saltó en el aire. Había tropezado con algo grande y fofo que estaba en el felpudo... ¡Algo vivo!  Las luces se encendieron y, horrorizado, Harry se dio cuenta de que aquella cosa fofa y grande era la cara de su tío. Tío Vernon estaba acostado en la puerta, en un saco de dormir, evidentemente para asegurarse de que Harry no hiciera exactamente lo que intentaba hacer. Gritó a Harry durante media hora y luego le dijo que preparara una taza de té. Harry se marchó arrastrando los pies y, cuando regresó de la cocina, el correo había llegado directamente al regazo de tío Vernon. Harry pudo ver seis cartas escritas en tinta verde.

-Te lo han dicho-dijo Lúnatico y los Potter le miraron con una mirada fulminanate

Mientras Harry tuvo ese fracaso, Ann consiguió que el cartero le entregara una carta, pero Tía Petunia le vio por la ventana de la cocina y Ann tuvo que devolvérsela, al entrar a la cocina a desayunar.

—Quiero... —comenzó, pero tío Vernon estaba rompiendo las cartas en pedacitos ante sus ojos. Aquel día, tío Vernon no fue a trabajar. Se quedó en casa y tapió el buzón.

—¿Te das cuenta? —explicó a tía Petunia, con la boca llena de clavos—. Si no pueden entregarlas, tendrán que dejar de hacerlo.

—No estoy segura de que esto resulte, Vernon.

—Oh, la mente de esa gente funciona de manera extraña, Petunia, ellos no son como tú y yo —dijo tío Vernon, tratando de dar golpes a un clavo con el pedazo de pastel de fruta que tía Petunia le acababa de llevar.

**-**Gracias al cielo-dijo Narcissa

-El****viernes, no menos de veinticuatro cartas llegaron para Harry y Ann. Como no las podían echar en el buzón, las habían pasado por debajo de la puerta, por entre las rendijas, y unas pocas por la ventanita del cuarto de baño de abajo. Tío Vernon se quedó en casa otra vez. Después de quemar todas las cartas, salió con el martillo y los clavos para asegurar la puerta de atrás y la de delante, para que nadie pudiera salir. Mientras trabajaba, tarareaba, de puntillas entre los tulipanes y se sobresaltaba con cualquier ruido. El sábado, las cosas comenzaron a descontrolarse. Cuarenta y ocho cartas para Harry y Ann entraron en la casa, escondidas entre cuatro docenas de huevos, que un muy desconcertado lechero entregó a tía Petunia, a través de la ventana del salón. Mientras tío Vernon llamaba a la oficina de correos y a la lechería, tratando de encontrar a alguien para quejarse, tía Petunia trituraba las cartas en la picadora.

-¿Se puede saber quién tiene tanto interés en comunicarse con vosotros? — preguntaba Dudley a Harry y Ann, con asombro.

-Y se creen que no seguirán insistiendo-dijo Ron

-La mañana del domingo, tío Vernon estaba sentado ante la mesa del desayuno, con aspecto de cansado y casi enfermo, pero feliz. —No hay correo los domingos —les recordó alegremente, mientras ponía mermelada en su periódico—. Hoy no llegarán las malditas cartas... Algo llegó zumbando por la chimenea de la cocina mientras él hablaba y le golpeó con fuerza en la nuca. Al momento siguiente,  cuarenta o cincuenta cartas cayeron de la chimenea como balas. Los Dursley se agacharon,  Harry saltó en el aire, tratando de atrapar una y Ann sin que nadie se diera cuenta cogió dos del suelo, y se las metió en el bolsillo.

-¡Fuera! ¡FUERA! Tío Vernon cogió a Harry por la cintura y lo arrojó al recibidor y Ann salió sola ya que su tío le empezaba a dar miedo. Cuando tía Petunia y Dudley salieron corriendo, cubriéndose la cara con las manos, tío Vernon cerró la puerta con fuerza. Podían oír el ruido de las cartas, que seguían cayendo en la habitación, golpeando contra las paredes y el suelo.

—Ya está —dijo tío Vernon, tratando de hablar con calma, pero arrancándose, al mismo tiempo, parte del bigote—. Quiero que estéis aquí dentro de cinco minutos, listos para irnos. Nos vamos. Coged alguna ropa. ¡Sin discutir!

-¿Cuándo admitirán que la magia existe?-dijo Hermione

-Parecía tan peligroso, con la mitad de su bigote arrancado, que nadie se atrevió a contradecirlo. Diez minutos después se habían abierto camino a través de las puertas tapiadas y estaban en el coche, avanzando velozmente hacia la autopista. Dudley lloriqueaba en el asiento trasero, pues su padre le había pegado en la cabeza cuando lo pilló tratando de guardar el televisor, el vídeo y el ordenador en la bolsa. Condujeron. Y siguieron avanzando. Ni siquiera tía Petunia se atrevía a preguntarle adónde iban. De vez en cuando, tío Vernon daba la vuelta y conducía un rato en sentido contrario.

—Quitárnoslos de encima... perderlos de vista... —murmuraba cada vez que lo hacía.          No se detuvieron en todo el día para comer o beber. Al llegar la noche Dudley aullaba. Nunca había pasado un día tan malo en su vida. Tenía hambre, se había perdido cinco programas de televisión que quería ver y nunca había pasado tanto tiempo sin hacer estallar un monstruo en su juego de ordenador. Tío Vernon se detuvo finalmente ante un hotel de aspecto lúgubre, en las afueras de una gran ciudad. Dudley, Harry y Ann compartieron una habitación con camas y sábanas húmedas y gastadas. Dudley roncaba, pero Harry y Ann permanecieron despiertos, Harry sentado en el borde de la ventana, contemplando las luces de los coches que pasaban y deseando saber... Al día siguiente, comieron para el desayuno copos de trigo, tostadas y tomates de lata. Estaban a punto de terminar, cuando la dueña del hotel se acercó a la mesa.  —Perdonen, ¿algunos de ustedes son los señores H. y A. Potter? Tengo como cien de éstas en el mostrador de entrada. Extendió una carta para que pudieran leer la dirección en tinta verde: Señor H. /A. Potter Habitación 17 Hotel Railview Cokeworth Harry fue a coger las cartas, pero tío Vernon le pegó en la mano. La mujer los miró asombrada.

—Yo las recogeré —dijo tío Vernon, poniéndose de pie rápidamente y siguiéndola.

—¿No sería mejor volver a casa, querido? —sugirió tía Petunia tímidamente, unas horas más tarde, pero tío Vernon no pareció oírla. Qué era lo que buscaba exactamente, nadie lo sabía. Los llevó al centro del bosque, salió, miró alrededor, negó con la cabeza, volvió al coche y otra vez lo puso en marcha. Lo mismo sucedió en medio de un campo arado, en mitad de un puente colgante y en la parte más alta de un aparcamiento de coches.

—Papá se ha vuelto loco, ¿verdad? —preguntó Dudley a tía Petunia aquella tarde.

-Posiblemente-dijo Frank

Tío Vernon había aparcado en la costa, los había encerrado y había desaparecido. Comenzó a llover. Gruesas gotas golpeaban el techo del coche. Dudley gimoteaba.

—Es lunes —dijo a su madre—. Mi programa favorito es esta noche. Quiero ir a algún lugar donde haya un televisor.  Lunes. Eso hizo que Harry y Ann se acordaran de algo. Si era lunes (y habitualmente se podía confiar en que Dudley supiera el día de la semana, por los programas de la televisión), entonces, al día siguiente, martes, era el cumpleaños número once de Harry y Ann. Claro que sus cumpleaños nunca habían sido exactamente divertidos: el año anterior, por ejemplo, los Dursley le regalaron a Ann una percha y a Harry un par de calcetines viejos de tío Vernon. Sin embargo, no se cumplían once años todos los días.

-Os prometemos que tendréis, unos buenos cumpleaños de aquí en adelante-dijo Lily

-Los mejore-dijo James

-Gracias-dijeron los mellizos

-Tío Vernon regresó sonriente. Llevaba un paquete largo y delgado y no contestó a tía Petunia cuando le preguntó qué había comprado.

—¡He encontrado el lugar perfecto! —dijo—. ¡Vamos! ¡Todos fuera!

Hacia mucho frío cuando bajaron del coche. Tío Vernon señalaba lo que parecía una gran roca en el mar. Y, encima de ella, se veía la más miserable choza que uno se pudiera imaginar. Una cosa era segura, allí no había televisión.

-¿Que es untelevisor?-preguntó Neville

-Un aparato que usan los muggles para entretenerse-dijo Rolf

-Deberíais apuntaros a Estudios muggles-dijo Melody

—¡Han anunciado tormenta para esta noche! —anunció alegremente tío Vernon, aplaudiendo—. ¡Y este caballero aceptó gentilmente alquilarnos su bote-. Un viejo desdentado se acercó a ellos, señalando un viejo bote que se balanceaba en el agua grisácea. —Ya he conseguido algo de comida —dijo tío Vernon—. ¡Así que todos a bordo!

-Se ha vuelto loco-dijo Percy

-En el bote hacía un frío terrible. El mar congelado los salpicaba, la lluvia les golpeaba la cabeza y un viento gélido les azotaba el rostro. Después de lo que pareció una eternidad, llegaron al peñasco, donde tío Vernon los condujo hasta la desvencijada casa. El interior era horrible: había un fuerte olor a algas, el viento se colaba por las rendijas de las paredes de madera y la chimenea estaba vacía y húmeda. Sólo había dos habitaciones. La comida de tío Vernon resultó ser cinco plátanos y un paquete de patatas fritas para cada uno. Trató de encender el fuego con las bolsas vacías, pero sólo salió humo.

-Ahora podríamos utilizar una de esas cartas, ¿no? —dijo alegremente. Estaba de muy buen humor. Era evidente que creía que nadie se iba a atrever a buscarlos allí, con una tormenta a punto de estallar. En privado, Harry y Ann estaban de acuerdo, aunque el pensamiento no los  alegraba.

-Que poco optimistas, amigos-dijo Ron

-Tú hubieras pensado igual, Ron-dijeron a la vez Mallory y Hermione

Al caer la noche, la tormenta prometida estalló sobre ellos. La espuma de las altas olas chocaba contra las paredes de la cabaña y el feroz viento golpeaba contra los vidrios de las ventanas. Tía Petunia encontró unas pocas mantas en la otra habitación y preparó una cama para Dudley en el sofá. Ella y tío Vernon se acostaron en una cama cerca de la puerta, y Harry  y Ann tuvieron que contentarse con un trozo de suelo y taparse con la manta más delgada.

-Pobrecitos-dijo Ginny y abrazó a Harry, cosa que cuando se dio cuenta le soltó toda sonrojada

La tormenta aumentó su ferocidad durante la noche. Harry y Ann no podían dormir. Harry se estremecía y daba vueltas, tratando de ponerse cómodo, y Ann con el estómago rugiendo de hambre. Los ronquidos de Dudley quedaron amortiguados por los truenos que estallaron cerca de la medianoche. El reloj luminoso de Dudley, colgando de su gorda muñeca, informó  de que tendrían once años en diez minutos. Esperaban acostados a que llegara la hora de su cumpleaños,  pensando si los Dursley se acordarían y preguntándose dónde estaría en aquel momento el escritor de cartas.

-En camino-dijo Harry, mirando a Hagrid y lo vio sonriendo

-Me acabo de acordar, Harry, espera un segundo-dijo Ann y se puso a rebuscar en sus bolsillos. Cinco minutos. Harry y Ann oyeron algo que crujía afuera.

-Da igual, sabes-dijo Ann y abrazó a Harry. Esperaron que no fuera a caerse el techo, aunque tal vez hiciera más calor si eso ocurría. Cuatro minutos.

-Cuatro minutos para el tuyo-dijo Ginny

-Ya pero yo cumplia 10 no once-dijo Mallory

Tal vez la casa de Privet Drive estaría tan llena de cartas, cuando regresaran, que podría robar una. Tres minutos para la hora. ¿Por qué el mar chocaría con tanta fuerza contra las rocas? Y (faltaban dos minutos) ¿qué era aquel ruido tan raro? ¿Las rocas se estaban desplomando en el mar? Un minuto y tendría once años. Treinta segundos... veinte... diez... nueve... tal vez despertaran a Dudley, sólo para molestarlo... tres... dos... uno... BUM.

**-**Feliz cumpleaños-dijo todo el gran comedor

Toda la cabaña se estremeció, Ann soltó a Harry y Harry se enderezó, mirando fijamente a la puerta. Alguien estaba fuera, llamando**_____________________________________________________________________________________**