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Dos velas para el diablo II: Lux in tenebris lucet — capítulo 1
Me llamo Caterina, y hoy cumplo dieciséis años. Bueno, ya sé que no es una edad muy importante ni abrumadora, como lo podría ser la de mis padres, aunque ni yo misma sé exactamente cuántos años tienen; varios miles de millones, quizás menos, o puede que mucho más. Es difícil de saber cuando ni ellos mismos lo recuerdan.
Antes de que me toméis por loca, os diré que mis padres no son personas corrientes, aunque ya lo habréis adivinado. Son, ni más ni menos, que un ángel y un demonio. Más concretamente hablo de Gabriel, sí, el arcángel de las leyendas, el que aparece en la Biblia y un sinfín de textos, tratados de angelología y cosas por el estilo. Esa es mi madre, la musa de Botticelli y Leonardo Da Vinci, la mensajera de Dios en el mundo terrenal. Para ser sincera, no sé cuántas de esas historias son reales y cuáles mera fantasía popular, lo que sí se es que mi madre es la persona más hermosa que he visto en mi vida: una mujer de aspecto joven y delicado, con una melena de cabello castaño que se riza en las puntas, y los ojos de un verde intenso, unos ojos vibrantes que transmiten toda la ternura de una madre, la pureza de un copo de nieve, y la sabiduría de quien ha vivido tanto que no hay nada en el mundo que pueda sorprenderle. No en vano, esos ojos vieron en primera persona el nacimiento del primer organismo, hace ya muchísimos millones de años… Nadie que la vea lo podría sospechar.
En cuanto a mi padre… Su nombre es Astaroth, ¿os suena? Pues es ni más ni menos que uno de los señores demoníacos más poderosos, aterradores y malvados que existen. Tiene poder suficiente como para ostentar al trono del mismísimo Lucifer, ¿cómo os quedáis? Aunque eso solo en teoría, claro, porque en lo que a mí respecta, mi padre es amable y bueno, me trata con cariño, me protege, me quiere y haría cualquier cosa por mí. No sé de dónde viene tanto cuento, es cierto que cuando se enfada desearías no estar en su camino porque podría fulminarte con una mirada. Pero como la mayoría de padres, supongo.
Tal vez os resulte extraña, incluso monstruosa, la unión entre un ángel y un demonio. Pues qué queréis que os diga, para mí es lo más normal del mundo, y tendríais que ver la forma en que se miran, se abrazan o, simplemente, conversan. Os daríais cuenta de que no hay nada antinatural en ella, realmente mis padres se aman y, de ese amor, nací yo. Y no soy tan rara, no os vayáis a pensar, puesto que no soy la única nacida de una unión semejante. Hay muchos ángeles y demonios que han dado la espalda, aburridos, o simplemente terriblemente cansados, a la infinita guerra que existe entre ellos desde que el mundo es mundo, y han creado una comunidad donde vivir sin miedos y donde existe ya un número importante de niños nacidos de ellos. Nos llaman los hijos del Equilibrio, y somos ya varios cientos.
Y no vivimos escondidos, ni aislados en el Tíbet o en medio del Amazonas, ni nada parecido. De hecho, nosotros abandonamos hace varios años la comunidad donde había crecido, en plena toscana italiana, pero existen muchos más grupos repartidos por todo el mundo. El objetivo de estos ángeles y demonios exiliados es repoblar la tierra con seres humanos nacidos de la unión entre luz y oscuridad, indulto y castigo, bien y mal; el equilibrio perfecto. Y nosotros tenemos en nuestra mano la enorme responsabilidad de salvar el mundo, de enmendar el estropicio que el resto de humanos lleva haciendo durante siglos, destruyendo sin piedad toda la vida y la naturaleza que se les ha ido poniendo por delante. Casi nada.
En estos momentos estaréis pensando que soy algo así como un híbrido extraño, mitad ángel, mitad demonio. Pero no, no soy más que una humana, nada de poderes, nada de control de la naturaleza y, por supuesto, nada de inmortalidad. Simplemente, tanto yo como los otros hijos del Equilibrio, somos seres humanos mucho más puros que los que pueblan el planeta actualmente, y no tengo nada contra ellos, pero es así. Eh, pero no os creáis que me siento desdichada por no poseer las habilidades de mis padres, ni mucho menos, no quiero nada de eso (aunque eso de la súpervelocidad no me vendría mal en algunos casos…), no quiero vivir millones de años, ver cómo las cosas cambian, la gente muere y no poder hacer nada por evitarlo. Mi madre suele sufrir mucho por ese motivo, y mi padre… bueno, mi padre es caso aparte. Lo único que siento en el alma es que mi vida no será más que un suspiro para ellos, que dentro de un puñado de años ya no estaré aquí y que me van a echar de menos.
Como ya he dicho, hace unos años que nos fuimos de Italia y ahora vivimos en pleno centro de París, como cualquier otra familia. Y es que a pesar de su naturaleza, mis padres tiene el aspecto de una joven pareja de humanos normal y corriente con una hija adolescente, que tratan de ganarse la vida en plena capital francesa. No, no tienen cuernos en la frente, ni alas de plumas, ni nada que indique que son seres mitológicos. Y antes de que penséis que no soy más que una chiflada, tengo que decir que, de alguna manera, yo sé que es cierto, lo noto, por así decirlo. Solo me basta mirarlos a los ojos para ver algo así como una chispa del poder y la sabiduría más increíbles que os podáis imaginar, una parte de su esencia, cosa que no percibo cuando miro a un ser humano del montón. Vale, ya sé que no es una razón muy convincente, pero es lo que hay.
Volviendo al tema de mi cumpleaños, supongo que hoy debería ser un día muy especial para mí, una no cumple dieciséis años todos los días. Seguramente mi madre me hará una tarta y mi padre me traerá un regalo estupendo y cenaremos en algún sitio bonito. Sin embargo, yo no puedo evitar sentirme terriblemente vacía y no sé por qué. Es cierto que tengo todo cuanto necesito, una casa preciosa, ropa cara y cualquier cosa que se me antoje, pero muchas veces, cuando cierro los ojos, siento algo muy extraño. No sabría explicarlo. Como si me hubieran arrancado de golpe una parte del alma, una parte muy importante, una parte que echo de menos con todas mis fuerzas. ¿Sabéis a lo que me refiero?
Con un suspiro, me levanto de la cama de un salto y me dirijo hasta el armario para vestirme, aunque esté de morros no voy a llevarme todo el día en pijama, y mira que me gustaría, pero mi madre siempre me echa la bronca por eso. Así que me pongo lo primero que encuentro: uno pantalones vaqueros oscuros y una sudadera verde no muy gruesa. Me miro en el espejo para peinarme un poco, sí, será mejor adecentar estos pelos de loca. Me paso un cepillo por el pelo castaño claro, casi rubio, que llevo por debajo de los hombros, cuyas puntas siempre se doblan patéticamente hacia arriba. Desisto del intento de ponerlo recto porque sé de sobra que es en vano y miro mi reflejo con resignación. Mis ojos son claros, de color miel, aunque a veces, cuando les da el sol, muestran unos reflejos dorados, como el oro viejo dice mi padre. Además, hoy parecen cansados, estas terribles ojeras no ayudan en absoluto, parece que llevo meses sin dormir. Es cierto que ya hace un par de noches que no descanso bien, que tengo unos sueños muy extraños, pero nunca consigo recordarlos al despertar. Supongo que sabéis lo frustrante que es eso.
Salgo al pasillo arrastrando los pies y enfilo las escaleras en busca de mis padres y algo de desayuno. Todo está muy silencioso y es extraño, a esta hora siempre suele haber alguien en casa. Me asomo a la cocina, al salón y al dormitorio de mis padres. Nada, ni rastro. Me rugen las tripas, así que será mejor ir a buscar unos cereales. Me pongo en marcha hacia la cocina, convencida de que no hay nadie en casa, sin embargo, al pasar frente al despacho de mis padres oigo un murmullo amortiguado, seguido de un golpe seco, como una fuerte palmada contra la mesa, y silencio. Sé que no debería, pero la curiosidad puede conmigo y pego la oreja a la puerta para intentar escuchar algo. No me culpéis, es que es la primera vez que se encierran ahí para hablar en privado, normalmente si tienen que discutir algo no se toman muchas molestias, ya que yo no suelo prestar demasiada atención a las conversaciones que no van conmigo, y más cuando se trata de ellos, cuyas discusiones suelen tratar de temas tan inconcebibles para mí como el aspecto de un anfibio, actualmente extinto, hace diez millones de años; o la composición química exacta de la atmósfera. Así que, probablemente no se trate de nada importante, pero no puedo estar segura.
Escucho la suave voz de mi madre, apenas un susurro, no entiendo muy bien qué dice puesto que, inmediatamente, otra la interrumpe, esta vez es la de mi padre, parece bastante alterado. Habla muy rápido y apenas logro entender unas pocas palabras: "No puedo creerlo"… "¿estas seguro de eso?" … "Es algo muy grave.", Parece que está molesto y, si no fuera casi imposible en él, diría que preocupado. Se hace el silencio y una tercera voz murmura algo que tampoco soy capaz de comprender, creo que está intentando tranquilizarle, pero no parece funcionar demasiado bien, puesto que es mi madre la que tiene que mediar una vez más entre las otras dos voces. Empiezo a entender que no voy a enterarme de gran cosa, así que será mejor que me vuelva a mi habitación. Sin embargo, justo cuando voy a separar la cabeza de la puerta, alcanzo a oír algo que hace que me tense y me pegue aún más a ella, no estoy segura, pero me ha parecido escuchar mi nombre, Caterina, en la voz del desconocido. ¿Quién puede ser y de qué me conoce? No puedo creer que estén hablando de mí a mis espaldas, y más cuando se supone que es un asunto turbio.
Algo me alerta de pronto, el sonido de una silla arrastrándose y la voz de mi padre que dice algo así como "tendré que investigarlo". Y sé que de un momento a otro saldrán del despacho y me descubrirán aquí husmeando, y no me gustaría que eso sucediera, mucho menos si mi padre está enfadado. Así que subo las escaleras a toda prisa, pero me detengo antes de llegar a mi habitación, tengo que saber quién es el dueño de la tercera voz. Me quedo asomada a la barandilla, intentando hacer el menor ruido posible. Inmediatamente, se abre la puerta (puf, por los pelos), y de ella salen mis padres, seguidos de un chico alto, no mucho mayor que yo, de cabello rubio ceniza y gesto serio, que endurece sus rasgos más de lo debido. No es un demonio, ni un ángel, es humano, como yo. Y lo reconozco porque lo he visto en otro lugar, en Italia, en la comunidad donde vivíamos antes de mudarnos aquí. Es otro de los hijos del Equilibrio.
Siento un suave pero reconfortante calor en el pecho, hace mucho que no veo a nadie conocido, de mi pasado, y recuerdo haber jugado de niña con este chico. Si no recuerdo mal, debe tener un par de años más que yo, y fue lo más parecido a un amigo que he tenido nunca. Qué queréis que os diga, no me gusta relacionarme mucho con la gente, además, esto de ir de un sitio a otro tampoco ayuda a ser la chica más popular del instituto precisamente… Resisto el impulso de bajar corriendo a saludarle, es más, puede que ni siquiera se acuerde de mí, y eso sería bastante ridículo. Hace ya más de cinco años que dejamos atrás nuestra antigua casa, pero yo no le he olvidado. De repente me viene a la memoria su nombre. Marcello. Pero, ¿qué está haciendo aquí, en París, en mi casa, hablando con mis padres?
Observo cómo se dirige hacia la puerta de salida, seguido de cerca por mi madre, que murmura algo mientras le pone la mano en el hombro con un gesto de ánimo, hasta diría que de consuelo. Mi padre, que no parece estar muy contento, se ha quedado rezagado junto al marco de la puerta del despacho y tiene la vista clavada en algún punto indefinido del techo, un gesto muy habitual en él cuando intenta recordar algún detalle importante. Cuando estoy a punto de perder de vista a mi viejo amigo, me pongo de puntillas para verle la cara por última vez, pensando que es muy posible que no nos volvamos a ver en mucho tiempo. Y en ese momento, como si pudiera leerme el pensamiento, dirige una rápida mirada hacia donde yo me encuentro y clava unos increíblemente expresivos ojos castaños en mí. Unos ojos que transmiten desconsuelo, rabia, determinación e incredulidad. Todo al mismo tiempo. A pesar de la dureza de su semblante, se molesta en dedicarme una sonrisa apenas perceptible, pero que yo capto enseguida. Ahogo una exclamación de sorpresa y me llevo las manos a la boca en un acto reflejo. Nadie parece darse cuenta de la situación, tan solo él y yo. Después, se da la vuelta y se marcha sin una palabra. Me quedo un rato en el sitio, demasiado concentrada y momentáneamente ajena como para percatarme de que no es muy normal estar mucho tiempo aquí parada con cara de idiota.
Finalmente, me decido a bajar las escaleras de nuevo como si nada hubiera pasado. Mi madre me felicita en cuanto me ve con una sonrisa llena de dulzura. Mi padre, que ya ha vuelto de su pequeña excursión por sus recuerdos, me abraza con fuerza.
-No está bien escuchar conversaciones ajenas, Cat - me susurra entonces pegado a mi oído. Trago saliva, esperando una reprimenda. Pero no añade nada más. Después, me revuelve el pelo con cariño y se pone a hablar con mi madre, cambiando airosamente de tema. Yo me limito a sonreír y a mantener un par de conversaciones insustanciales con ellos durante el resto de la mañana, pero, aunque lo intento, no puedo librarme de esta inseguridad que se ha adueñado de mí.
· · ·
Abro los ojos lentamente, con una angustia creciente aferrada a mi alma, tengo la absoluta certeza de que no veré un nuevo amanecer. Se acerca el fin para mí y, en lugar de estar apenada o asustada, el único sentimiento que me permito padecer es rabia. No puedo evitar sentirme como una marioneta en manos de alguien mucho más poderoso, que se divierte haciéndome sufrir, pero al que no le importo en absoluto. Me levanto de la cama sin fuerzas y acudo al encuentro de mi familia para despedirme como es debido, no puedo culparles, ellos solo hacen lo que es mejor para la comunidad, aunque eso signifique sacrificar a su única hija. Lo cierto es que tal vez sea lo mejor para ellos dadas las circunstancias, mi muerte supondría una boca menos que alimentar y una supervivencia inmediata asegurada para mis tres hermanos menores, y también para el resto de la aldea.
Hoy es plenilunio. Lo que supone que es el día indicado para realizar la ofrenda al gran señor del Trueno, nuestro dios, rogándole por abundancia en las cosechas, ya que una terrible sequía azota nuestras tierras desde hace ya demasiados meses, impidiendo que brote cualquier tipo de vegetación y, con ella, la base de nuestro sustento. La falta de alimento viene acompañada de la enfermedad y la muerte. Por eso hoy, el día sagrado, el día que se abre la puerta que conecta el mundo terrenal con el mundo de los dioses, es el momento perfecto para rogar por la esperanza y la supervivencia de la comunidad. Pero nuestro señor solo se verá contentado con una ofrenda muy especial: el sacrificio de una muchacha joven y pura. Y tal vez, en ese caso, considere nuestras súplicas.
Debería sentirme halagada por el hecho de que yo sea la muchacha elegida para servir de ofrenda a mi dios, pero lo único que siento es un terror irracional cada vez que pienso en lo que me va a pasar esta noche. No es que yo haya visto alguna vez al señor, es más, pocos lo han visto, tan solo los chamanes más poderosos, y en muy contadas ocasiones. Por supuesto, nadie en su sano juicio se atrevería a entrar en el templo, hogar del señor del Trueno. Hay quien dice que no envejece, que lleva siglos ocupando el trono. Yo no lo sé, lo único que sé es que le temo más que al hambre y a la muerte. Que la sola mención de su nombre hace que me sienta la persona más insignificante y desdichada del mundo.
Se acerca la hora. Las mujeres de la aldea me han vestido para la ocasión. Creo que no ha estado más bonita en mi vida: llevo un vestido suelto, trenzado al cuello, y el pelo adornado con plumas y abalorios hechos de piedras de todos los colores; es bastante lamentable que tenga que ser precisamente el día de mi muerte. Mi madre se ha despedido de mí con lágrimas en los ojos. Yo no siento nada, hace ya tiempo que no siento nada, tan solo una extraña calma que me impide preocuparme realmente, se deberá al hecho de que ya he aceptado mi destino.
Colocan un altar en la base del templo repleto de amalá, quimbombó, plátanos, maíz tostado y toda clase de ofrendas, así como varias codornices y palomas. En el centro de todo, estoy yo, vestida de blanco inmaculado y atada de pies y manos, para que no se me ocurra escapar. Pero yo sé que no tendría fuerzas ni voluntad, aunque quisiera. Da comienzo el ritual, se suceden bailes, cantos y hogueras a mi alrededor. Todo mi mundo empieza a girar frenéticamente y me obligo a cerrar los ojos, a ver si así puedo frenarlo de alguna manera. A ver si puedo dejar de sentir completamente. A ver si puedo morir por mí misma, antes de tener que enfrentarme a mi horrible final. Pero es inútil, empiezo a sentirme enferma y asqueada. A partir de ese momento todo es muy confuso. La aldea al completo, ajena a mi sufrimiento, entona una oración final de súplica. Una inmensa luna llena brilla sobre nuestras cabezas.
Es noche cerrada, hace rato que terminó la ceremonia y me dejaron sola. Hace rato que espero la llegada de la muerte y rezo porque ésta sea rápida e indolora. La luna también parece haberse cansado de esperar y me ha abandonado a mi suerte, ocultándose tras una densa manta de nubes grises. Un silencio y una oscuridad total reinan a mi alrededor. Aún así, puedo apreciar un sutil movimiento frente a mí, un estremecimiento de sombras dentro de la propia oscuridad. Más que apreciarlo, lo percibo, oprimiéndome el alma como el mordisco de una terrible fiera. Un escalofrío me recorre de arriba a abajo cuando unos ojos tan rojos como la sangre se clavan en los míos, puedo verlos a pesar de no ver nada, puedo sentir cómo se adentran hasta lo más hondo de mi mente y destruyen lo poco que me quedaba de autocontrol y raciocinio. Los ojos del depredador. Comienzo a temblar, muerta de miedo. Casi puedo ver en la negra noche cómo la sombra sonríe con una mueca malévola antes de abalanzarse sobre mí. Shangó, mi señor, por fin ha venido a buscarme.
· · ·
Me despierto con un grito, sobresaltada, tengo la frente perlada de sudor y respiro entrecortadamente. No ha sido más que una pesadilla, una terrible pesadilla. Y esta vez no la he olvidado. Todavía puedo sentir esos ojos clavados en el fondo de mi alma. ¿Cómo olvidar esa mirada? Y, sin embargo, por muy raro que parezca, y aunque una parte de mí tiemble con su mero recuerdo, no siento terror, tan solo una extraña sensación de familiaridad.