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Debilidades — capítulo 5

Siena, si estás leyendo esto quiero que sepas que este capítulo te lo regalo y que he contestado a tu comentario en el capítulo anterior. Muchos Besos.

La noticia del atentado en el Callejón Diagón había estallado en la población causando la desolación en los corazones de aquellos oídos a los que llegaba. El Centro Sanitario de San Mungo se había llegando de reporteros del Profeta y otras fuentes mágicas, con tal de sonsacar la información más reciente de los heridos que habían sobrevivido. Pocos eran los que habían podido sobrevivir y, la población se sobrecogía por las perdidas.

Las horas pasaban lentas y se hacían interminables. Los que se vivieron desde dentro de la situación, deseaban que todo aquello terminara lo antes posible, pero el tiempo parecía no avanzar.

La mañana siguiente al terrible atentado, algunos miembros de la Orden llegarían a San Mungo. Su única intención era conocer el estado de los dos miembros que se habían visto dentro del fatídico accidente. Lily esperaba junto a James y a Peter en la sala de espera del pasillo B en la tercera planta. No se habían movido de ahí en toda la noche. No habían podido entrar a ver a Sirius, pero a ninguno se les había ocurrido moverse de allí. Peter había llegado dos horas después del atentado y se había quedado con ellos. James llevaba toda la noche sin dormir y Lily apenas había dormido unas horas. Remus estaba hablando con los médicos y tampoco había dormido nada. Su corazón, encogido y su pecho oprimiendo su respiración por la constante ansiedad, le habían mantenido despierto toda la fatigante noche.

—Duerme un poco, James... —susurró Lily a su oído. La cabeza del chico estaba apoyada sobre su hombro y sus ojos temían por cerrarse—. No vamos a movernos de aquí...

—No, da igual...

—James, tienes que dormir —Lily cogió su cabeza con ambas manos—. Ven.

Con suavidad, colocó la cabeza de su marido en sus piernas. James no se negó y dejó que su cuerpo se encogiera en la silla. Su cabeza quedó sobre las faldas de Lily y notó, entonces, el cansancio en sus ojos y el peso de sus parpados.

—No te preocupes, vamos a quedarnos aquí —Lily acarició su mejilla y pudo notar como la respiración de James se volvía más profunda—. Duerme...

Remus apareció al poco tiempo y se sentó al lado de Peter, delante de Lily y James. No eran los únicos en la sala de espera. Habían más familias que esperaban igual que lo hacían ellos. El día anterior, después de llegar ellos, el hospital se había empezado a llenar. Se creó un caos general que hizo al hospital caer presa del pánico. Toda la gente que llegaba se apilaba como loca sobre los médicos y enfermeras en busca de información. Ellos habían sido rápidos en llegar y habían podido hablar con el médico antes que la situación se fuera por la borda. Ahora, la gente parecía haberse calmado y las cosas volvían a su ritmo. Era la calma después de la tormenta. Se respiraba la agonía del silencio y el temor por la perdida. La muerte se paseaba por los pasillos y todo el mundo callaba.

—Remus, deberías dormir un poco —dijo Peter en un hilo de voz.

El chico suspiró, cerrando sus ojos cansados durante unos largos segundos.

—No tengo sueño...

—Sí que lo tienes, Remus —añadió Lily, torciendo la cabeza y adulzando la voz. Todos estaban viviendo sus emociones al límite—. Se que no quieres, pero no te vas a mover de aquí y él tampoco...

—¿Cómo sabes eso?

—Remus, Sirius no se va a ir —sentenció Lily—. Que te quede claro.

El chico suspiró con resignación. Se levantó y se sentó junto a Lily, apoyando la cabeza en su hombro.

—Cerraré los ojos un rato, no más —dijo Remus.

—Cállate.

Lily rodeó a Remus y dejó que apoyará su cabeza contra su hombro. Lily tenía a James durmiendo sobre sus piernas y a Remus en su hombro. Abrazaba a ambos con cariño y queriendo darles el apoyo necesario para poder superar el difícil momento que estaban pasando. Los dos eran las personas que más querían a Sirius y ahora mismo, esas dos personas, dependían de ella. Lily era ahora el núcleo de esa pequeña familia que ellos habían creado. Ahora ellos la necesitaban.

La mañana transcurrió. Remus y James durmieron mientras Lily charlaba con Peter durante unas cuantas horas. Los médicos y sanadores iban de aquí para allá. Las camillas se movían por los pasillos, la gente entraba y salía y todo estaba en movimiento. Pero ellos seguían allí, esperando un final para todo aquello. Un final que parecía nunca llegar.

Desde el pasillo se oyó a alguien gimotear.

—¿Los familiares de Sirius Black? —decía una voz lejana.

Lily se irguió en oírlo. Reconoció la voz, era Dorcas.

—Chicos, despertad... —dijo, moviéndose para despertar a James y a Remus.

—¿Qué pasa? —preguntó James todavía adormecido y con la voz ronca.

—Los de la Orden están aquí...

Lily se levantó mientras James y Remus se despejaban del sueño que ataba sus mentes y cerraba sus ojos. Se levantó y caminó hasta el pasillo. El blanco pasillo que se extendía ante ella estaba lleno puertas que entraban a habitaciones y al final, la Unidad de Quemados. Hablando con una enfermera estaban Dorcas, Edgar, Alice y Frank.

—¡Dorcas! —gritó Lily como un aullido ahogado por la pena que se aferraba a su garganta. Inmediatamente pensó en Marlene y sus ojos hablaron por si mismos. Dorcas se giró hacía ella y la miró con los ojos hinchados y enrojecidos. Dorcas caminó hasta ella, negando con la cabeza y intentado retener un llanto que acabó ganando a sus fuerzas por detenerlo. Dorcas llegó hasta Lily se abrazó a ella, dejando salir un sollozo de dolor.

—¿Dónde está Marlene? —consiguió decir Lily, sabiendo la respuesta—. Dorcas... ¿Dónde esta? —sollozó—. Dorcas... ¿Dónde está Marlene? ¡¿Dónde está?!

Dorcas lloraba con más fuerza. Lily no pudo evitarlo y su llanto se añadió al de Dorcas. Alice, Frank y Edgar caminaron hasta ellas, rodeándolas en el pasillo. Todos tenían los ojos rojos e hinchados, les dolía el pecho y tenían un nudo atado en el estómago que apretaba con más intensidad cada vez que tenían que dar la noticia a alguien.

—Los médicos no pudieron hacer nada por ella, Lily.... —dijo Edgar—. Estaba demasiado cerca de la explosión.

Lily se aferró más a Dorcas, intentando no caer al suelo. Fue entonces cuando llegaron James, Remus y Peter, encontrándose con la escena de desesperanza y desolación. Lily se abrazó a James en cuanto vio que estaba allí.

—¿Qué ha pasado? —consiguió decir Remus, sabiendo también la respuesta.

—Marlene —dijo Alice—. Ha muerto.

Remus se abrazó a Dorcas, que parecía no tener consuelo.

No podían creerse que tuvieran que estar viviendo algo así. En sus mentes no se había pasado nunca la idea de tener que afrontar tal situación, tales perdidas. Sobre sus vidas se estaba posando una neblina oscura que empezaba, poco a poco, a cubrirlo todo. La muerte paseaba a su lado, llevándose con cautela a todo aquel que podía. No había nada que ellos pudieran hacer para detenerlo y llegado el momento, no sabían como actuar frente a ello. No sabían como afrontar esta situación, sabían como reaccionar, no sabían que hacer. Se encontraban perdidos en un mundo que se les estaba haciendo demasiado grande. Ahora se había ido Marlene. ¿Quién sería el siguiente? ¿Quienes iban a ser ahora? ¿Cuál sería su próximo ataque? Su mundo se demoraba poco a poco y no había manera de detener la desolación que venía en camino. Nada podía detener la tormenta.

Cuando las cosas se calmaron, caminaron todos hasta la sala de espera y se sentaron, sin poder hacer otra cosa que esperar.

—Dumbledore nos ha dicho que vendrá a media tarde... En cuanto pueda dejar Hogwarts —dijo Frank, junto a Alice.

—¿Cómo está Sirius? —preguntó Alice.

—De momento está estable... No sabemos mucho —contestó Remus—. No nos quieren decir nada, parece que oculten algo... ¡Joder!

—Tranquilo... —James le rodeó por los hombros.

Todos estaban demasiado alterados como para pararse a pensar en lo que sus bocas expresaban.

Remus suspiró.

—¿Dónde estaba Marlene cuando ocurrió todo? —Lily parecía haber estado al margen de la situación, todavía asimilando la noticia de la muerte de su mejor amiga. Sollozó.

Edgar miró a Frank, sopesando el riesgo de contárselo o no. Frank asintió temeroso.

—No sabemos nada a ciencia cierta... Queremos esperar a que Sirius lo verifique —explicó Edgar—. De momento sabemos que Marlene estaba muy cerca de la explosión, por lo que podemos suponer que estaba siendo atacada por alguno de los Mortífagos que causaron el ataque...

—Pero todavía no tenemos nada claro...

Lily tenía el rostro escondido entre las manos. El peso del dolor oprimía con dureza su pecho y le impedía respirar.

—¿Habéis hablado con sus padres?

—Sí... —contestó Frank—. Hestia Jones está con ellos y ahora iba para allá Alastor con gente del Ministerio.

En la cabeza de Lily aparecían los ojos oscuros de su amiga, su melena rubia y su radiante sonrisa. Su dulce voz le hablaba y la llamaba por su nombre. Oí en su cabeza su risa y su llanto. Recordó vagamente toda su vida junto a Marlene y cayó rendida en los brazos de James, gimiendo y sollozando en el silencio sepulcral que tenía preso la blanquecina estancia.

El tiempo pasaba y esa mañana de un martes de 1979, el mundo mágico sucumbía ante la desesperanza y el dolor.

—¿Los familiares de Sirius Black? —dijo la enfermera, al entrar en la sala de espera.

Remus se puso en pie a son con un único latido.

—¿Si?

—¿Es usted familiar o amigo del señor Black?

—Soy lo más parecido que tiene a una familia —sentenció sin parpadear. Los demás lo miraban aturdidos por la situación.

La enfermera suspiró.

—¿Es el señor Lupin? —Remus asintió—. Está bien. El doctor del señor Black me ha informado que usted le representa.

—Sí.

—En ese caso.... Ya puede pasar a verle.

Todos callaron y Remus miró a James antes de dar un paso. Quiso pedirle permiso a James antes de dar un paso más, otorgándose el derecho, como pareja de Sirius, de entrar a verle antes que nadie. James asintió y Remus avanzó, siguiendo a la enfermera.

Esta le condujo a través del pasillo B de la tercera planta. Un pasillo blanco, lleno de gente que transitaba desesperada y esperando respuestas. Había pasado un día después del atentado y, aun con eso, el hospital y su funcionamiento no se habían normalizado.

Caminó hasta llegar a la Unidad de Quemados. Era una sala metalizada, sin ventanas y con una única puerta que conducía a otro pasillo. Entró mientras el corazón le latía a mil por hora. Le hicieron ponerse una especie de bata esterilizada. También le hicieron lavarse las manos para evitar infecciones externas. Después de haber tomado la medidas higiénicas de precaución, Remus entró.

Era una sala grande. Cada camilla estaba separada por unos telares blancos, como en la enfermería de Hogwarts. Los sanadores iban de aquí para allá cargando parapetos que volaban a su espalda. La sala estaba llena y en movimiento constante. Remus seguía a la enfermera que le condujo hasta el interior de la sala.

Llegaron hasta la última camilla. Había un cuerpo tumbado boca abajo sobre la blanquecina camilla. Unas finas vendas cubrían una espalda que brillaba al rojo vivo. Cientos de tubos se conectaban al cuerpo mortecino tendido sobre la camilla, y terminaba en unos suministros de medicamento que estaban tendidos en el aire junto a la camilla.

Remus se acercó cauteloso. Sus ojos se colapsaron de lágrimas que ardían con fuerza y ansiaban por salir. Pero Remus fue fuerte por Sirius y las contuvo.

Sirius tenía los ojos cerrados. Lo primero que llamó la atención de Remus fue su cara, no tenía ningun rasguño, estaba intacta. Eso hizo que pudiera acariciarle la frente, apartando el pelo de su rostro. No le importó que nadie le viera demostrando actos de cariño. Ya nada le importaba después de haber tenido que soportar el peso de la duda por perder a Sirius.

Entonces sus ojos se fijaron en la espalda. Las heridas cubrían toda la piel o lo que quedaba de ella. Remus observó detenidamente y sintió como el estómago le saldría por la boca en cualquier momento. Las lágrimas ardían en sus ojos, pero no podía dejar que salieran. En la espalda de Sirius no quedaba piel, estaba abrasada, quemada y destrozada. Habían zonas de color morado y otras de color verde. Pero la mayor parte era de un rosa pálido, el color de la piel de la muerte.

—Remus... —la voz de Sirius fue un susurró. Remus pensó que se lo había imaginado, que había sido una ilusión que su cabeza había creado, pero en bajar la vista vio que Sirius estaba despierto y le llamaba—. Remus...

—Oh, Sirius... —Remus se agachó para poder acercarse a más a su rostro. Quiso besarle, pero no lo hizo—. Amor, estoy aquí... Estoy contigo.

—Mi tatuaje, Remus —susurró Sirius—. Mi tatuaje...

—¿Qué? —Remus se quedó mirando sus ojos algo aturdido, pero finalmente entendió a lo que se refería Sirius. Con mucho cuidado, levantó un lateral de las finas vendas que cubrían su espalda desnuda de piel. Miró con temor el lateral del torso de Sirius, allí donde tenía el tatuaje de las lunas. Y allí estaba, intacto. Las llamas de la explosión no habían llegado hasta el tatuaje.

—Esta bien... —Remus sonrió mientras hablaba en un susurró, muy cerca del rostro de Sirius—. No le ha pasado nada, esta intacto...

—Bien... —Sirius suspiró hondo, cerrando los ojos adormecidos por la morfina—. No siento nada, pero es como si tuviera una hoguera sobre la espalda...

Remus no sabía que decir y optó por dejar que su corazón tomara la iniciativa. Abandonó la razón y la cordura y habló a Sirius con el alma a sus pies.

—Sirius, cuando llegué al Callejón Diagón pensé que te había perdido... Pensé que habías muerto —sus palabras dolían como dagas ponzoñosas apuñalando sus entrañas sin piedad—. Vi cadáveres por todas partes, gente muerta, Sirius... ¡Pensé que habías muerto¡ —Sirius lloraba, Remus lloraba y sus rostros estaban muy juntos. Sentían el calor de las lágrimas ajenas, el ardor del aliento y los gemidos entrecortados de pesadumbre—. No vuelvas a hacerme esto, Sirius... No vuelvas a hacerme esto, ¿entiendes? —Sirius asentía. Remus colocó sus manos en su rostro con delicadeza, miró a su alrededor y no vio a nadie cerca así que beso a Sirius. El amargo beso se mezclaba con lágrimas, sudor y saliva, un beso doloroso y profundo, un beso que sellaba una promesa.

—No te vayas —susurró Sirius.

—No pienso irme.

La imagen de Sirius allí tendido boca abajo —para que sus heridas respiraran— le contraía el pecho en un doloroso nudo asfixiante. Su cuerpo mortecino, su rostro pálido, denotando el profundo dolor que abrasaba su cuerpo, sus ojos sin vida y su voz quebrada. Una imagen de Sirius que Remus no podía asimilar y que, sin embargo, debía enfrentarse a esa realidad.

Acercó una silla y se sentó cerca, colocó su mano sobre el rostro de Sirius y apoyó su cara sobre la camilla. Se quedó ahí durante largo tiempo, sin hablar, simplemente acariciando a Sirius y respirando su aliento, impregnándose de él. Sentir su aliento sobre su rostro era el mayor de los regalos ahora, la mayor de las bendiciones.

Los padres de James llegaron a media tarde, una hora antes de que Dumbledore llegara. Remus no había salido de la Unidad de Quemados, no se había movido del lado de Sirius. Cuando los padres de James llegaron, les recibieron y se unieron a la espera.

Remus salió cuando los señores Potter ya habían llegado y se sentó para explicar como estaba Sirius.

—El doctor me ha dicho que este será un proceso lento de curación —dijo Remus, todos le escuchaban atentos—. Está reaccionando muy bien a los hechizos de curación y parece que está mejorando mucho en poco tiempo.

—Eso es bueno...

—¿Está despierto? —preguntó la señora Potter.

—Sí...

—¿Y qué te ha dicho? —insistió en saber.

Remus recordó su conversación con Sirius, algo que no iba a compartir. Así que tubo que eliminar mucha información sobre la conversación que los dos amantes habían compartido momentos antes.

—Estaba preocupado por el tatuaje.. —Remus agachó la cabeza y esbozó una sutil sonrisa, recordando el detalle del tatuaje. Había sido lo primero que había dicho en verle—. En cuanto me ha visto me ha preguntado si las quemaduras le habían llegado al tatuaje de las lunas...

—¿Le han llegado? —preguntó James alarmado.

—No —Remus alzó el rostro y afirmó mostrando esa media sonrisa dibujada por el recuerdo de su conversación con Sirius—. Tiene la espalda destrozada... —el rostro de James reflejaba agonía y ansiedad—. James, entra a verle...

El chico suspiró y se plantó si era lo suficientemente fuerte como para entrar. No sabía como iba a reaccionar en ver a Sirius de esa forma. Le iba a doler como nunca nada le había dolido y tenía miedo. Pero su egoísmo no le ganó esta vez. Así que se puso en pie, dispuesto a entrar.

En cuanto se encontró con Sirius, quiso llorar. Llorar como nunca había llorado antes, gritarle a la vida que esto no era justo y que mataría a todo aquel que tuviera algo que ver con lo que le había pasado a Sirius. Se acercó a su amigo con cuidado, como lo había hecho Remus en un momento. Se acercó a él y colocó su mano sobre la de Sirius, apretándola con fuerza.

—No quiero que me veas así, James...

—Cállate, pedazo de gilipollas —James no supo como controlarse, no sabía que decía, solo se dedicaba a apretar la mano de Sirius y acariciar su pelo enmarañado—. ¿Cómo estás, hermano?

—Bien jodido —Sirius intentó esbozar una sonrisa, pero está se convirtió en una mueca de dolor—. Me arde la espalda y estoy más drogado que nunca...

—No mientas —James le sonrió, escondiendo el llanto—. El verano del año pasado, aquel domingo de agosto, ibas mucho más colocado.

—Tienes razón —Sirius sonrió a su amigo, pero los ojos delataban su dolor—. Gracias por estar aquí, James.

—No pienso irme, nadie va a moverse hasta de aquí hasta que estés bien...

James se quedó con Sirius un largo rato. Aveces Sirius no tenía la fuerza suficiente para hablar y James le daba un respiro y dejaba que el silencio se ocupara de la conversación.

—Tienes a Remus ahí fuera histérico, Padfoot —dijo James, algo más calmado.

—Lo sé... Es el mejor novio del mundo.

James sonrió.

—No sabes cuanto te quiere...

—Casi tanto como yo a él.

—Más.

—Eso es imposible, James... Imposible —su voz se quebraba poco a poco.

La tarde pasó. La visita de Dumbledore fue rápida. No podía estar mucho rato, pues tenía que volver a Hogwarts para la hora de cenar. No les importó mucho, el simple hecho de que el hombre hubiera venido ya era un acto que agradecían. Muchos miembros de la Orden se habían pasado para saludar y dar ánimos, pero a la hora de la verdad, los que más se necesitaban eran solo unos pocos. Concretamente tres. Los miembros de la Orden y los padres de James, se marcharon cuando la noche cayó sobre el mundo. Habían pasado una jornada terriblemente larga e inacabable. Ahora se habían quedado solos James, Remus y Lily. Los necesarios e imprescindibles.

Se encontraban de nuevo en la sala de espera. No habían vuelto a entrar, pues el médico había insistido en que Sirius necesitaba descansar.

—Marlene y yo nos conocimos en subir al tren —Lily comenzó a hablar con la voz entristecida y mirándose las manos, estás estaban tensas y sus nudillos se teñían de blanco—. Recuerdo que se tropezó conmigo y yo la miré mal... —esbozó una sonrisa melancólica que atravesó el alma de Remus, James y Peter que la miraban atentos—. No nos soportábamos, nos llevábamos a matar durante principios de primero, pero entonces nos tocó en un trabajo en parejas para Transformaciones y... —suspiró—... a partir de entonces no nos hemos vuelto a separar. Hasta ahora.

—Lily... —James rodeó a su mujer y la acercó a él.

Ella se dejó enterrar en su pecho.

—No puedo creer que se haya ido... —decía. Ya no habían lágrimas en sus ojos, se habían gastado—. No está, mi Marlene no está...

James sintió como la impotencia de no poder hacer nada, corría a través de sus venas y se mezclaba con su sangre. Apretaba a Lily con fuerza contra él, con tal de sentirla viva y a su lado, deseando nunca sufrir por su perdida. La abrazaba como si la fuera a perder, como si algo le fuera a pasar. Habían sufrido y perdido tanto en un mismo día, que temía que pudiera acabar de perder a lo que más quería. Se aferraba con fuerza a ella y, no supó si estaba dándole calor él a ella o ella a él.

La perdida de Lily era parecida a la perdida que podría sufrir James si le pasar algo a Sirius. Eso hizo que se abrazaran con más fuerza.

—Chicos, deberíais iros a casa —dijo Remus—. Tenéis que descansar...

James le miró.

—No voy a irme.

—James, Lily necesita descansar... —Remus supo que nada ni nadie movería a James de aquí—. Llévate a Lily a casa y duerme un par de horas... Luego vuelves, si quieres. Pero Lily tiene que descansar y lo sabes —Lily siempre era la prioridad, así que era fácil hacer entrar en razón a James siempre que la salud de Lily o su bienestar, estuvieran por medio—. Hazme caso.

—Está bien.

Peter se fue con ellos. Todos necesitaban descansar. Remus sabía que una vez James cayera dormido, no se despertaría a las dos horas. Quería que sus amigos descansaran y desconcectaran del dolor y el asfixiante sufrimiento de los dos últimos días. Las emociones vividas desparecían de sus mentes durante unas horas si cerraban los ojos e intentaban dormir. Hacer que sus mentes descansaran y sus cuerpos restaran quietos, destensados. Pero Remus sabía que eso sería imposible para él. No podía dormir, lo había intentando, pero no podía. Tampoco le preocupó, podía aguantar sin dormir.

Estubo en la sala de espera unas cuantas horas. Le habían dicho que no podía volver a entrar a ver a Sirius, así que esperó. Cuando la noche había avanzado y todo se había calmado, bajó a la primera plata a por algo de comer. Se encontró con una gran variedad de platos, colores y olores que se le antojaban pesados. No tenía hambre, tenía un nudo en el estómago que le impedía poder ingerir algo. Así que se decantó por un café, este le ayudaría a aguantar la noche en vela.

En volver a la tercera planta, atravesó el pasillo principal hasta llegar al pasillo B, donde estaba la Unidad de Quemados. Frente a las plateadas puertas de la unidad, un hombre de espaldas a Remus discutía con una de las sanadoras. Remus se detuvo y observó, escuchando la voz del enigmático hombre que gritaba.

—Quiero entrar a verle... —decía—. Tengo derecho...

—No puede pasar, lo siento —insistía la sanadora.

—Tengo derecho a saber como está, quiero saberlo —el hombre inclinaba su cuerpo hacía las puertas metálicas, intentado pasar—. Debe dejarme entrar a verle... Es mi hermano.

Remus se quedó quieto en el pasillo, alejado de la acción y esperando a saber más. Fue entonces cuando la enfermera le vio.

—El señor Lupin es el responsable del señor Black... Hable con él —dijo la enfermera—. Pero, de momento no se puede entrar.

El corazón de Remus dio un vuelco.

El misterioso hombre se giró lentamente, hasta quedar de frente a un Remus paralizado. Inmediatamente, Remus caminó hacía él con los ojos ardiendo de ira. Regulus iba vestido de negro de pies a cabeza y en su frente había unas heridas rojas, bastante recientes. Sus ojos se hundían oscuros en su rostro y no había vida en su mirada. No se movía mientras Remus llegaba hasta él.

—¿Qué coño estás haciendo aquí? —Remus no quiso pronunciar su nombre, lo repudiaba.

Regulus le miró con el ceño fruncido.

—He venido a verle... —dijo, su voz era ronca y se había vuelto muchas más grave desde la última vez que Remus le había oído hablar.

—No tienes ningún derecho, vete —Remus hablaba con mucha fuerza, denotando repulsión y odio.

—No voy a irme, quiero saber como está y quiero entrar a verle... —volvió a insistir.

Remus se acercó a él y lo cogió por el antebrazo, clavando sus uñas en la piel de Regulus.

—¡No vas a entrar! —miró sus heridas—. ¿Acaso te pesa el remordimiento y el sentimiento de culpa? A juzgar por tus pintas, diría que tienes algo que ver con el atentado...

Regulus se vio paralizado por la fuerza de la mano de Remus que apretaba su piel. La fuerza de un hombre lobo que no necesitaba sufrir una transformación en luna llena para demostrar la fuerza que tenía y, de la que era capaz de alcanzar en momentos extremos como el que estaba viviendo.

—Yo no he tenido nada que ver...

—No mientas, Regulus —dijo con asco—. No vas a entrar a ver a Sirius y más te vale que te vayas ahora mismo si no quieres que avise a alguien. Supongo que sabrás que estás en busca y captura, como te encuentren vas directo a Azkaban... Y la idea se me antoja maravillosa —Remus se estaba comportando de una manera que ni él mismo se creía capaz.

Remus dejó ir su mano del brazo del chico. Regulus no dejaba de ser un chico, un chico indefenso ante unas palabras demasiado convincentes, que hacían que cualquiera lo suficiente débil de ideas, cayera en las garras de unos maníacos sin moral.

—Mi hermano no necesita a ningún hombre lobo que cuide de él —dijo Regulus, sin saber muy bien con que atacar a Remus—. No hace falta que te hagas el bueno ni el héroe por él. Yo sé como sois los vuestros y de lo que sois capaces de hacer a aquellos a los que creéis querer...

—¿Y quien va a cuidar de él? ¿Tu? ¿Vas a cuidar tu de él, Regulus? —Remus le miraba, y dentro de sus ojos rugía un mar embravecido por la tempestad desoladora—. Nunca has estado a su lado, nunca has sido su hermano y nunca vas a serlo... ¿Acaso crees que tienes algún derecho de estar aquí?

—¿Y qué derecho tienes tu? ¿Quién eres tu, Remus Lupin? ¿Con que derecho te has nombrado su responsable? —cuestionó Regulus.

—Soy su compañero de vida —sentenció Remus—. ¿Te basta con eso?

Regulus bajó la vista y sonrió burlón, dejando ir un suspiro. Volvió a mirar a Remus mientras fruncía los labios.

—Así que era cierto... —dijo Regulus—. Lo que decían en Hogwarts...

—¡Vete!

Regulus acercó su rostro amenazante a Remus.

—Voy a estar vigilando tus pasos... Como se te ocurra hacerle daño —el puño de Remus, no supo controlarse y las palabras se dolían como puñaladas. ¿Hacerle daño él a Sirius? El puño de Remus se levantó en el aire y colisiono en la nariz de Regulus. Esta estaba dura bajo sus nudillos y notó el contacto como si de una pared de macizos ladrillos se tratara. Regulus cayó al suelo aturdido. De su nariz comenzó a brotar sangre. Remus empuñó su varita y apuntó a Regulus.

—¡Vete ahora! —bramó Remus—. Y no te atrevas a volver... Nunca.

Regulus se puso en pie con dificultad, no se atrevió a sacar la varita. Sabía que no tenía nada que hacer, Remus había empuñado la suya antes y lo tendría todo perdido.

—Recuerda que yo soy su hermano y eso no lo puede cambiar un polvo...

—Yo no soy ningún polvo.

—¿A no? Supongo que serás muchos, uno cada noche... Pero eso no cambia que yo sea su hermano.

—¡Vete, Regulus o tu juro que te mato aquí mismo!

Regulus se quedó frente a Remus. Le sangraba la nariz y Remus quiso volver a darle, pero esta vez, más fuerte y hacerle sangrar más. Regulus se despareció en aquel instante, cuando apareció una sanadora preguntando por su estado. Preguntó a un aturdido Remus, si estaba bien o necesitaba atención. Era de madrugada y habían llamado un poco la atención, pero nadie se había metido entre los dos chicos.

Remus se fue a sentar a la sala de espera, guardando su varita de nuevo. Debía reponerse y pensar en lo que acaba de pasar. Y es que, no salía de su asombro. El hecho de que Regulus hubiera tenido la cara de presentarse allí, después de años sin ver a Sirius, y decir que tenía derecho a su hermano, le hacía hervir la sangre. Durante unos segundos, había deseado poder convertirse en lobo y arrancarle la cabeza al idiota del hermano de Sirius.

Remus estaba solo y esa fue la primera vez que se sintió realmente solo en mucho tiempo.

Volvió a entrar a ver a Sirius en un par de horas. La enfermera le avisó que volvía a estar despierto y que gracias a la rápida sanación de sus quemaduras, habían podido reducir un poco la cantidad de morfina que le estaban administrando.

Sirius seguía en la misma horrible posición que por la mañana. Estaba boca abajo sobre la camilla con la cara ladeada para poder mirar a Remus.

—Amor... —consiguió decir Sirius cuando vio llegar a Remus.

—Hola —susurró como respuesta, se acercó a él y le besó mientras nadie le veía—. ¿Como vas?

—Mejor, supongo —dijo Sirius, hablando entre gemidos entrecortados de agudo dolor—. Dicen que han bajado la dosis de morfina.

—Sí, eso me han dicho —Remus acariciaba su rostro con delicadeza—. Tus heridas están mejorando y seguramente no necesiten más medicina muggle dentro de poco.

—Que sería de mi sin ellos... —dijo casi en un suspiró.

Remus sonrió, sabiendo a que se debía el comentario de Sirius.

—Remus... —este se acercó más a él—. Había una niña durante el atentado —las palabras dolían más que las quemaduras—. Estaba con una niña que se había perdido, por eso me moví del lado de... —calló en la cuenta—. ¿Marlene? ¿Dónde está Marlene? Ella... ella —comenzó a balbucear—. Ella estaba cerca de...

Los ojos de Sirius se abrieron como platos y la máquina que marcaba su pulso, se aceleró.

—Remus, dime que Marlene no ha...

Remus calló, mirándose las manos enrojecidas. Sirius comenzó a sollozar, gimoteando lágrimas de dolor.

—Oh, dios... Es culpa mía —se decía—. Yo me alejé de ella y la dejé sola...

—¡No! —dijo Remus—. ¡No fue culpa tuya! ¡Tu no sabías que eso iba a ocurrir!

—No debía haberme ido, tendría que haberme quedado con ella... —repetía una y otra vez—. Marlene...

—Cálmate —Remus abrazó su cabeza, haciendo que Sirius ahogara su llanto junto a él y bajo su calor. Pero eso no parecía apaciguar su pena, nada la apaciguaría Ya nada podría darle consuelo—. Háblame de esa niña, Sirius...

Eso hizo que Sirius abandonara el llanto y se concentrara en hablar.

—Era morena, de ojos claros... Tendría siete u ochos años —dijo, haciendo un duro esfuerzo por recordarlo todo—. Estaba perdida y acudió a mi, yo quería ayudarla. Nos movimos hasta la tienda donde había estado con su madre y donde la había perdido de vista. No estábamos lejos de Marlene, pero entonces lo vi, Remus... Los vi. Aparecieron de repente tras un estruendo y eran muchos.

—No hace falta que lo recuerdes ahora.

—Eran muchos, pero no atacaron a nadie... Solo a Marlene que les hizo frente —Sirius paró su explicación en seco al recordar un gran factor que se le había olvidado—. Entonces vi a alguien, reconocí el rostro de uno de ellos.

—¿Quién era, Sirius? —Remus temió que se tratara de Regulus.

—Era Regulus.

Lamento mi tardanza en la publicación de este capítulo, pero he estado dudando la continuación de este fic. He publicado este capítulo porqué ya lo tenía escrito, pero estoy muy atascada con el siguiente. Me cuesta mucho escribir pero todavía me cuesta más el plantearme abandonar esta historia. Me duele el pensar que no tengo ganas de seguirla y hago lo posible por seguir escribiendo.

Ya me dirán que les ha parecido este capítulo. Por mi parte, me voy a poner a trabajar en el siguiente capítulo en cuanto me vea con fuerzas y espero poder seguir publicando con ritmo. Para aquellos que sigan la historia, si hay alguien que todavía lo hace... Pido perdón por mi irregularidad publicando.

Espero poder estar por aquí de nuevo lo más pronto posible, hasta entonces...

Besos, Lúthien.